8 Ene 2010

Historia literaria de los viajes espaciales

Por Pablo Capanna

Por alguna extraña razón, en estas comarcas rioplatenses se celebra el Día del Amigo junto con la llegada de la nave Apolo XI a la Luna. Aunque cualquiera diría que a los amigos es mejor tenerlos acá, especialmente cuando necesitamos de ellos.

Los cuarenta años del alunizaje fueron recordados con especial fervor por los amigos de Baudrillard, que se han cebado con la guerra mediática del Golfo y no dejan de buscar simulacros por todas partes. Digamos que no les cuesta mucho, porque la cultura global ofrece una amplia gama de mentiras, tanto piadosas como impiadosas.

Es sintomático que a cuatro décadas del primer alunizaje, justo cuando revivían los proyectos de exploración lunar, fueran tantos los que pusieron en duda que la NASA hubiese llegado a la Luna en 1969. La denuncia de que todo aquello no fue más que una simulación parece haberse inspirado en esas teorías conspirativas que circulan especialmente entre la ultraderecha yanqui y la comunidad de los ufólogos.

A los negadores del Holocausto y a aquellos que juran que la Tierra sigue siendo plana a pesar de que el Google Earth nos engañe, se han sumado los que no sólo cuestionan la televisación del alunizaje, sino que también niegan que Armstrong haya estado allá. Pretenden que la mentira fue tan perfecta que ni siquiera los rusos, que algo sabían de espionaje, se dieron cuenta. Sugieren que quien la fraguó fue Stanley Kubrick, pero parecen pensar en Ed Wood, porque habría sido tan torpe de filmar al aire libre, para que la bandera flameara con el viento.

Distanciándonos de estas polémicas, estamos en condiciones de ofrecer evidencias de la presencia argentina en el satélite, un año antes que el supuesto viaje de la NASA. Para probarlo está el libro Los argentinos en la Luna, publicado por Ediciones de la Flor en 1968, que reclutó a astronautas como Mujica Lainez, Oesterheld, Vanasco y Bajarlía, otros que pronto serían célebres y algunos que fuimos merecidamente olvidados.

Y ya que estamos, nadie sería capaz de poner en duda unos cuantos viajes anteriores, que algunos hicieron con la imaginación para que otros se pusieran a pensar que era posible intentarlo.

Cruzando las columnas de Hércules
Antes de que alguien se pusiera a soñar con viajar a la Luna, era necesario que hubiese otro que la imaginara como un mundo similar al nuestro, y dejara de verla como una divinidad.

El primero parece haber sido el filósofo Anaxágoras, que cinco siglos antes de la era cristiana causó escándalo al decir en público que el Sol y la Luna eran apenas más grandes que el Peloponeso, que la Luna tiene montañas y valles, que recibe su luz del Sol y que está habitada. Se salvó de que lo condenaran por impiedad gracias a su amigo Pericles, pero tuvo que irse de Atenas hasta que se calmaran los ánimos.

Anaxágoras hizo posible el paso siguiente. Si la Luna era otra Tierra, sería posible visitarla, quizá con los recursos disponibles y sin apartarse de la cosmología vigente.

El primero en pensarlo fue Luciano de Samosata, del cual sabemos muy poco. Pudo haber sido sirio o fenicio, aunque algunos lo dan por ateniense. Al parecer vivió en la segunda mitad del siglo I de nuestra era, un período muy poco apto para cualquier especulación astronómica. Por esos años Claudio Tolomeo consagró la visión geocéntrica del mundo, que dominaría el siguiente milenio.

Después del auge de la ciencia griega de Euclides y Arquímedes, en el Imperio se había impuesto una suerte de religión astrológica que vetaba ocuparse de los cuerpos celestes para otra cosa que no fuera escrutar el destino.

Sólo a un escéptico reconocido como Luciano se le toleraba que escribiese sobre algo tan disparatado como un viaje a la Luna. El mismo tomaba sus recaudos, porque presentaba a su Historia verdadera como un entretenimiento sin pretensiones. Si había tantos viajeros mentirosos, él también podía merecer la tolerancia del lector.

El viaje comenzaba en el mar. Luciano y sus amigos salían de las Columnas de Hércules (Gibraltar) rumbo al Mar de Occidente (el Atlántico). Eran nada menos que los precursores de Colón, y sobre el final hasta hablaban de “llegar al otro Continente”.

En lugar de descubrir América, los griegos pronto eran arrebatados por un tornado que los llevaba por los aires y veían acercarse la Luna como una isla resplandeciente.

Las distancias de Luciano eran modestas hasta para el sistema geocéntrico. La Luna estaba a 3 mil estadios de altura (570 kilómetros), lo que para nosotros sería la exósfera, una distancia insuficiente para mantenerla en órbita.

Recién alunizados, eran llevados ante el rey Endimión, que resultaba ser otro terrestre que había llegado con un tornado anterior. Los selenitas (Luciano fue el primero en llamarlos así) les explicaban que la Tierra es su Luna, y les mostraban en un espejo mágico imágenes “satelitales” de nuestro planeta.

Los lunares son hermafroditas, se visten de bronce y cristal, brindan con aire exprimido y al morir se evaporan. Al llegar la comitiva de Luciano, están empeñados en guerra con los habitantes del Sol, con quienes disputan una colonia en Venus. Se lucha con pulgas, hormigas y arañas gigantes, y hasta hay paracaidistas. Por fin, las tropas solares de Faetón levantan un muro de espesas nubes que arroja la sombra sobre los selenitas, forzándolos a rendirse. Era algo que hoy cualquiera llamaría ciencia ficción, aunque entonces era un poco prematuro.

El sueño de Kepler
Quien retomó la posta de Luciano fue nada menos que Kepler, uno de los fundadores de la ciencia moderna. Curiosamente, su Sueño astronómico (1630), un relato que no llegó a ver publicado, partía de una propuesta política. Kepler lo ofrecía como una guía para aquellos que quisieran marcharse a la Luna, hartos de las guerras de religión. El astrónomo había sufrido la intolerancia en carne propia, y había visto a su madre a punto de ser quemada como bruja.

El Sueño es la historia de su alter ego Duracotus, nacido en Islandia. Su madre lo vende a unos marineros, que lo ponen en manos de Tycho Brahe (el maestro de Kepler) y gracias a eso puede tener una formación científica. Cuando Duracotus vuelve a sus pagos descubre que su madre, la bruja Fiolxhilda, sabe más que todos los astrónomos porque tiene tratos con un demonio lunar.

La Luna de Kepler se llama Levania y está a una distancia de cincuenta mil leguas alemanas, algo que se acerca bastante a la astronomía moderna.

Claro está que el viaje es posible sólo si uno logra hacerse transportar por algún demonio, y siempre que sea durante un eclipse. Con todo, la mente científica de Kepler prevalece cuando recomienda a sus astronautas consumir opio para resistir la aceleración o describe sus cuerpos en caída libre, en cuanto “la atracción magnética (sic) de la Tierra y la Luna se equilibran”.

Recordando a Luciano, Kepler llama “endimionidas” a sus lunares, pero los pone en un contexto más realista al distinguir entre los que habitan la cara visible y los de la oculta. Los primeros son los subvolvani (Volva es la Tierra, porque da vueltas). No los vemos desde aquí porque viven en el subsuelo, y apenas alcanzamos a apreciar las murallas que levantan para protegerse del Sol: son los cráteres. Tienen cuerpo de serpiente; los rayos solares los achicharran, pero renacen en la sombra.

En cambio, los prevolvani, habitantes de la cara oculta, son nómades, porque deben desplazarse conforme a un clima que alterna noches heladas de nieve y viento con días de calor abrasador. Todo esto resultaba bastante ingenioso para una época en la cual ya existían los telescopios. Kepler no era muy adicto a ellos, pero no dejaba de valorar la obra de Galileo, y las fantasías comenzaban a acotarse.

El secretario Fontenelle
En el siglo XVII no había muchos que llegaran a vivir cien años, pero Bernard Bouvier de Fontenelle lo consiguió. Durante la mayor parte de su vida fue el secretario de la Academia de Ciencias francesa, lo cual le permitió convertirse en uno de los primeros divulgadores científicos y un decidido best-seller. Sus Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos (1686) tuvieron un número increíble de ediciones y traducciones a todas las lenguas europeas.

En uno de sus ficticios diálogos con una marquesa y sus damas, que por lo general se limitan a proferir exclamaciones, asegura que “la Luna es una Tierra habitada”. También da un paso audaz, si pensamos que la única nave aérea de su época era el globo de aire caliente, cuando anuncia que “el arte de volar apenas ha nacido, pronto se perfeccionará, y algún día viajaremos a la Luna”.

Fontenelle no se limita a eso; piensa que bien podrían ser los selenitas quienes vinieran a la Tierra. Imagina una suerte de Roswell estilo rococó. Si una nave lunar se estrellara, digamos, en Fontainebleau, nos permitiría “estudiar con toda comodidad las extraordinarias formas” de sus tripulantes, opina la marquesa.

El secretario le replica que si los extraterrestres son tan hábiles para navegar por el espacio, también podrían ser ellos quienes “nos pescaran como a peces”. La marquesa se ríe e, imaginándose vaya uno a saber qué, confiesa que “se arrojaría en sus redes sólo para tener el placer de conocerlos”.

Verne y Wells
El sueño de Fontenelle comienza a tomar forma cuando Julio Verne planea la expedición de su Viaje a la Luna (1865), que se completa con Alrededor de la Luna (1869). Fiel a los principios positivistas, Verne procura no apartarse demasiado de los conocimientos científicos de su tiempo. Por eso mete a sus pasajeros en una bala y los dispara con un cañón Columbiad, apenas más grande que los que se habían usado en la Guerra de Secesión norteamericana.

Claro que no repara en que aun para la ciencia de entonces la aceleración de la bala hubiera hecho puré a sus viajeros. Tampoco se atreve a hacerlos descender en nuestro satélite, para no tener que pronunciarse sobre el tema de los selenitas. Sus viajeros dan la vuelta a la Luna, y descienden en el Pacífico, como los astronautas del siglo XX. Pero no logran traer ni una piedra lunar, lo cual no deja de despertar sospechas.

El gran rival de Verne es H. G. Wells. Mucho menos riguroso que Verne, quien jamás se hubiera atrevido a imaginar un hombre invisible o una máquina del tiempo, no usa un cañón ni un cohete, sino algo tan hipotético como la antigravedad.

En Los primeros en la Luna (1901), gracias a una sustancia sintética que neutraliza la atracción gravitatoria, el sabio Cavor y su vecino viajan a un mundo bastante similar al de Luciano y Kepler, aderezado con hipótesis más aceptables para la ciencia de fines del siglo XIX.

Para entonces, con los telescopios modernos, era evidente que si hubiese vida o artefactos de alguna especie inteligente en la superficie lunar, ya los hubiéramos visto. Wells se mantiene fiel a Kepler y esconde a los selenitas bajo el suelo, permitiéndoles salir sólo en las sombras. Hasta se las ingenia para que el aire, congelado en el área oscura, se evapore al sol y permita respirar sin escafandra.

Wells aprovecha para diseñar una suerte de utopía: una sociedad de insectos súper especializados para funciones específicas, que dependen de una suerte de cerebro maestro, el cual no es más que la versión moderna de Endimión.

La tradición que viene de Luciano termina en Wells, aunque por un tiempo más la atmósfera lunar se negó a desaparecer. En el clásico La mujer en la Luna (1929), para el cual Fritz Lang se hizo asesorar por Herman Oberth, hay aire y agua, pero están en la cara oculta. En una película soviética de 1935 (El viaje cósmico, de Zhuravlev) los astronautas de la nave José Stalin andan en escafandra, y se llaman a los gritos, a pesar de contar con el asesoramiento de Ziolkovski. Pero todavía son capaces de encontrar aire congelado, que les permite sobrevivir y regresar. El aire nunca apareció, pero el agua acaba de ser encontrada, y todavía nadie ha empezado a dudar de su autenticidad.

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24 Nov 2009

El sueño del Eternauta

Oesterheld, en su casa, cerca de 1974.

Dentro del amplio abanico de calamidades que de­jó como legado la última dictadura militar se halla la de haber cercenado de forma brutal a la escena cultural argentina. En los campos de concentración de la década del 70 desaparecieron escritores, poetas, músicos y ar­tistas plásticos –algunos de ellos ya consagrados, otros en vías de lograrlo– quienes, junto con aque­llos que tomaron la ruta del exilio, conforman una especie de genera­ción ausente, un eslabón roto en la cadena de la identidad cultural de este país.

¿Cuáles habrían sido sus apor­tes al paisaje actual de la literatura, la música o el arte? ¿Qué caminos expresivos hubieran decidido transitar de haber continuado con vida? ¿Cuál habría sido su influen­cia sobre las nuevas camadas de creadores?

Estas son preguntas que re­verberan con especial intensidad en torno a la figura de Héctor G. Oesterheld, creador de El Eternau­ta , el libro sagrado de la historieta argentina. Al momento de ser se­cuestrado, en abril de 1977, Oes­terheld ya había hecho méritos suficientes para que se lo recor­dara como a uno de los grandes autores de la historia del género. Durante la década de 1950 había conformado con el italiano Hugo Pratt un dueto explosivo, un Len­non-McCartney de la historieta, que dio vida a series míticas como Sargento Kirk , Ernie Pike y Ticon­deroga , consideradas clásicos de la “literatura dibujada”, al igual que El Eternauta , su obra maestra. Antes de que lo alcanzara el fa­tal otoño del 77, el derrotero crea­tivo de Oesterheld avanzaba hacia dos horizontes diferentes, no ne­cesariamente contrapuestos. Por un lado, continuar adelante con obras de fuerte compromiso polí­tico, en la línea de las biografías del Che y Evita que realizó junto a Alberto Breccia o las historietas que publicaba en revistas de la iz­quierda peronista. Por el otro, con­cretar una vieja deuda pendiente: la de convertirse definitivamente en escritor, una idea que se sos­tenía sobre un importante cuerpo de relatos que fue construyendo desde mediados de los años 50 y proyectos que intentaba concre­tar al momento de su muerte. El más ambicioso de todos era una versión novelada de su historieta más famosa, en la que las peri­pecias del personaje Juan Salvo funcionarían como hilo conduc­tor de una revisión de la historia argentina, que Oesterheld preten­día contar desde el punto de vista de los postulados de la izquierda revolucionaria, tal como había es­bozado en la segunda parte de El Eternauta.

En torno a este proyecto trun­cado, cuya existencia es apenas conocida por su familia y sus alle­gados más cercanos, se despliega un anecdotario que da cuenta no sólo de la voluntad de Oesterheld de dar el salto hacia la literatura, sino también de la naturaleza de su sistema de valores. Corría el año 1974 cuando Oesterheld se dejó caer por las oficinas que Edi­ciones de la Flor tenía en la calle Lavalle y le propuso a Daniel Di­vinsky la idea de hacer la novela de El Eternauta. “Sí, por supues­to”, le respondió exultante Di­vinsky, y le extendió un adelanto de 25.000 pesos de la época para que pudiera dedicarse de lleno a escribir. Entre tanto, la situación política de la Argentina comen­zaba a precipitarse y, con ella, el destino de la familia Oesterheld. Animado por sus cuatro hijas, que también desaparecieron durante la dictadura, marchó a Ezeiza pa­ra recibir a Perón y poco a poco se fue integrando dentro de la estructura de Montoneros, hasta ocupar un rol relevante en su área de prensa. Enfrascado en objetivos mucho más urgentes y en un es­tado de semiclandestinidad –con todos los apremios del caso–, Oesterheld envió a su mujer Elsa para que devolviera a Divinsky el adelanto que había recibido por el libro, consciente, muy probable­mente, de que ya no iba a escri­birlo nunca.

El joven Oesterheld por 1940.

“Héctor se había formado co­mo geólogo y tenía una cultura fuera de serie”, recuerda Elsa, mientras cierra las ventanas de su departamento para que no entren las ráfagas de una tormenta de primavera. “Gracias a la historie­ta descubrió que su verdadera vo­cación era ser escritor, y hacia ahí se dirigía. Pero, lamentablemente, se dio cuenta de esto demasiado tarde”.

Diálogos con Borges
El legado del Oesterheld escritor es bastante más abundante de lo que podría suponerse y se nutre principalmente de relatos cortos que fueron publicados en revistas de circulación masiva, lo que lo emparenta con la tradición folle­tinesca y con los escritores-articu­listas estadounidenses del género pulp fictio.

Sus primeros pininos los hizo en el marco de la literatura para chicos, ámbito en el que produjo una gran cantidad de cuentos que suelen partir desde el universo clá­sico de las fábulas infantiles, pero que siempre ofrecen una vuelta de tuerca fantástica, un subtexto que encierra una lectura más adulta, reflexiva, donde se hace evidente el toque Oesterheld. Uno de ellos es Eran tres amigos , una pieza en­trañable que narra la amistad en­tre una niña, un conejo y un árbol que fue publicada el año pasado por Planta Editora, en una edición preciosista, ilustrada por Mariano Grassi. “El empezó haciendo tex­tos de divulgación científica para chicos y luego fue creando toda una serie de personajes mara­villosos, mucho más literarios”, evoca Elsa, y menciona también los encuentros entre su marido y María Elena Walsh, a finales de los años 60, en los que debatían acerca de las nuevas formas de la literatura infantil y fantaseaban con colaboraciones que no llega­ron a concretarse.

Otros encuentros, mucho más impensados por las afinidades ideológicas de los protagonistas, son los que mantuvieron Oester­held y Jorge Luis Borges. La sede era la casa del autor de El Aleph y los cónclaves se extendían has­ta bien entrada la noche, con un temario presidido por pasiones comunes como la ciencia, la filo­sofía y la literatura fantástica. “Se pasaban tardes enteras reunidos, hasta que mi abuela lo llamaba para que volviera a cenar”, cuenta Martín, uno de los dos nietos de Oesterheld. “Aunque había una diferencia de edad de casi veinte años, tenían muchos gustos com­partidos y yo intuyo que de aque­llas conversaciones surgieron ele­mentos que luego formarían parte del guión de Invasión “. Martín se refiere a la película de Hugo Santiago, estrenada en 1969, con guión de Borges y Bioy Casares, que presenta a una Buenos Aires metafórica, llamada Aquilea, a punto de ser invadida por un mis­terioso ejército. En la trama del fil­me, considerado como una de las expresiones más conceptuales y vanguardistas del cine argentino, se mezclan influencias de la Ilíada y de El Eternauta.

Maestro del relato breve
La sistematización de la obra na­rrativa de Oesterheld se debe en gran parte al esfuerzo de Juan Sas­turain, quien recopiló un sinfín de textos dispersos, atesorados en el archivo familiar, y les dio forma de colección. Según Sasturain, ha­bía material suficiente como para dar vida a una serie de entre 14 y 16 títulos, de los que finalmente sólo ocho acabaron saliendo a la calle, editados por Colihue y que actualmente se consiguen en li­brerías. La mayor parte de estos libros están protagonizados por personajes míticos de Oesterhled (el Sargento Kirk, Ernie Pike y Bull Rocket) y el restante reúne un relato basado en El Eternauta y un grupo de cuentos de ciencia ficción, algunos de ellos verdade­ramente magníficos.

“El cuerpo principal de la obra narrativa de Oesterheld son nueve novelas del Sargento Kirk y nueve de Bull Rocket”, señala Sasturain. “Se trata de libritos de género de quiosco, historias de aventuras, que fueron publicadas durante la década del 50 y son, en su ma­yoría, versiones noveladas y más desarrolladas de historietas ya publicadas en la revista Misterix”. Orgullosos representantes de lo mejor del género folletinesco, es­tos relatos abordan temas bélicos y westerns que se desarrollan a tra­vés de adictivas aventuras con mo­raleja, protagonizadas por héroes de principios sencillos e inque­brantables, como el Sargento Kirk, un alter ego del Martín Fierro en el Lejano Oeste. En sí mismas re­presentan la Edad de Oro de la “li­teratura de quiosco”, cuando estas ficciones populares (al igual que la novela negra en Estados Unidos) se vendían como pan caliente en los puestos de diarios.

“La voluntad de Oesterheld por convertirse en escritor se ve a las claras cuando funda su propia edi­torial, Frontera, y lo primero que hace es comenzar a publicar sus trabajos más literarios. En mu­chos de ellos se hace evidente que era un gran maestro del relato bre­ve y que manejaba a la perfección los elementos característicos de la ciencia ficción. Eso se ve especial­mente en piezas como ‘Sondas’ o ‘El Arbol de la Buena Muerte’”. Estos dos relatos que menciona Sasturain forman parte del libro El Eternauta y otros cuentos de ciencia-ficción , de la colección de Colihue. “Sondas” apareció origi­nalmente en Los argentinos en la Luna , una antología de literatura fantástica publicada por De la Flor en 1969, en la que también parti­ciparon escritores como Manuel Mujica Lainez y Angélica Goro­discher. Y no es técnicamente un cuento, sino un conjunto de textos brevísimos, poéticos, de extraña musicalidad, que utilizan el ima­ginario de la ciencia ficción para adentrarse en situaciones metafí­sicas. Por su parte, “El Arbol de la Buena Muerte” es otra pieza deli­ciosa y extraña, un relato inscripto dentro de un género inexistente que podría denominarse “costum­brismo marciano”.

La colonización de Marte, el futuro paisaje de la Humanidad y los secretos aún no revelados del Universo constituyen la materia narrativa de los relatos compilados en ese libro, en el que la figura del Oesterheld escritor brilla con ma­yor intensidad. Se trata de la veta más clásica y pura de la literatura de ciencia ficción, explotada por autores de la talla de Bradbury, Asimov y Philip K. Dick, pero que en la Argentina apenas si ha teni­do cultores. Los escasos pero ma­ravillosos relatos que Oesterheld realizó dentro de este ámbito ha­cen pensar que habría sido capaz de abrir ese camino, marcar una huella para que luego sea segui­da por otros, aunque eso no sea más que una intuición, una mera elucubración sobre lo que podría haber sido. Y no fue.

26 Ago 2009

Neruda, Capri y los Beatles

Por Antonio Skármeta
(Publicada en El País, de España. 24/11/2004)

La verdad es que iba a cumplir años en Chile. Nada tan malo. A todos nos pasa. Lo que sucede es que yo iba a cumplir 64. De todos los números posibles, el único que me parecía mágico. Por mi afición a los Beatles. Cuando tenía poco más de 30, canté por primera vez: Will you still need me, will you still feed me, when I am sixty four. Obsesionado como todo poeta, pensé hace muchas décadas que si llegaba a la vetusta edad de 64 años celebraría una fiesta en Santiago, invitaría a mis amigos músicos y corearíamos el tema de los Beatles hasta quedar exhaustos. En verdad, consideraba, cuando aún tenía pelo y era flaco, que 64 años sería una edad honorable y acaso final.

Mis planes fueron interrumpidos de la manera más deliciosa. El rector de la Universidad L’Orientale de Napoli, el doctor Pasquale Ciriello, me hace llegar una carta comunicándome que la universidad y la región de Campania han decidido otorgarme el Premio Internacional Pablo Neruda. Como ustedes sabrán, queridos lectores, por mi filme El cartero y por mi novela El cartero de Neruda soy tan adicto a Neruda como a los Beatles. Más grave aún, le tengo una irresistible simpatía a Italia desde Bocaccio y Dante, que se aumentó prodigiosamente cuando tuve la gloria de ver actuar mi historia a Massimo Troisi.

Conclusión, cambié la fiesta en casa por un viaje a Italia, y durante unos días disfruté de la lluvia en Capri, mientras me aprestaba con mi esposa para recibir el magnífico premio en Nápoles. La región de Campania planeó las cosas con cortesía y astucia napolitana. Me mandó a Capri, justamente la isla de sueños donde Neruda sobrellevó un exilio en los cincuenta, para tratarme como un rey, pero también para darme una lección. Neruda, como yo, hubiera tenido una vida infinitamente más áspera si no hubiese sido porque recibió la cálida amistad de italianos, que en momentos de penurias le ofrecieron una casa, le levantaron el ánimo y hasta le prometieron un editor, acaso el mejor de todos, dispuesto a publicar lo que escribiera en Capri.

Ahora bien, como todos saben, el libro que gestó Neruda en esa estadía fue Los versos del capitán, y la musa que animó sus versos tan fogosos fue Matilde Urrutia, su pelirroja amante de aquellos años. Con tacto, pero también ingenuidad, el poeta publicó los poemas como “Anónimo”, creyendo que así no ofendería a su esposa legítima, Delia de Carril, que lo aguardaba en Chile. La delicadeza fue desarmada por los primeros críticos y periodistas que leyeron el libro: todos hablaron del último texto de Pablo Neruda. Es que a un tigre se le conoce por las rayas.

Dije que he aprendido una lección. Una preciosa enseñanza de amistad y fraternidad. El exilio, aunque sea paradisiaco, significa un gran tormento para el alma de cualquier hombre, acaso un poco más para un poeta que ve de la noche a la mañana derrumbados sus sueños en Chile. Sin tener un lugar en la tierra, los intelectuales italianos deben literalmente luchar para conseguirle a Neruda un permiso de residencia. Lo logran. La bella abrupta Capri, con sus románticos acantilados, puede considerarse como coautora de la obra de Neruda. Pero, también, el espacio acotado (porque debe haber llovido también en los 50 en Capri) puede haber aislado al lírico con su Matilde en su preciosa casa. Y, probablemente, estaban “encerrados con un solo juguete”. ¿Qué tiene de extraño que un hombre, en sus 40, cree versos de tal voluntad pasional y política, cuando el espacio se comprime en belleza, solidaridad y erotismo?

Vuelvo a los Beatles. En la novela, amante como soy de la gran cultura y de la subcultura, hago bailar a Pablo Neruda nada menos que un tema del conjunto inglés: Wait a minute Mr. Postman. Neruda bromea con su mensajero: “Es el himno oficial de los carteros, Mario”.

Por esta situación, los eruditos nerudianos casi quisieron colgarme. Según ellos, Neruda jamás había bailado; las pretensiones de la pedantería. En los últimos años han sido mostrados filmes que exhiben a Neruda bailando la música tradicional chilena, la cueca, y hasta una danza nativa de la isla de Pascua, moviendo caderas y manos como un mozalbete pícaro. En El cartero aparece bailando un tango de Gardel, Madreselvas. Y hay que admitir que si no baila, aprieta.

En este artículo, con el que aprovecho para agradecer el premio a la Universidad degli Studi de Napoli L’Orientale y a la región de Campania, permítanme agregar otro tema de los Beatles a los que he citado: With a little help of my friends. Es un texto humilde y generoso donde se revela que sólo con una pequeña ayuda a la simpatía y fraternidad de los amigos, el exilio no sólo es soportable, sino hasta creativo e inolvidable. With a little help of my friends no fue la frase favorita de Neruda. Quizás la suya era la que pronunció cuando le dieron el Premio Nobel y citó a Rimbaud: “Sólo con una ardiente paciencia conquistaremos las espléndidas ciudades”. No en vano llamó al vate francés “hombre profético”. Con “una ardiente paciencia”, el pueblo chileno se deshizo de Pinochet y, tras años de veladuras y tramitaciones, se conoció todo el horror de las torturas en Chile. Y otro hecho de “ardiente paciencia”, que trae siempre la verdad: el comandante en jefe del Ejército en Chile, tras más de 30 años, ha reconocido días atrás que las violaciones de los derechos humanos no han sido, como se proclamaba hasta ahora, exceso de algunos individuos uniformados, sino lamentablemente táctica institucional en una época agria de nuestra patria.

Estoy feliz de recibir en Nápoles el Premio Pablo Neruda. Estoy orgulloso de haber escrito con alegría, fidelidad y ardiente paciencia la historia de mi gente. Estoy contento y agradecido al pueblo italiano que se ha sintonizado de maravillas con mi obra.

¡Qué manera tan linda de cumplir los 64, hermanos Beatles!

29 Jul 2009

Flores

Yo era profesor de Castellano en la Escuela Normal y a mediados del ochenta, en el segundo año A de bachillerato, tomé una prueba escrita de análisis sintáctico. Al devolver las hojas corregidas sobró una. Los alumnos me dijeron que ese nombre no correspondía al grupo. La evaluación, que había sido reprobada, llevaba la firma de un confuso Juan o José Flores. La guardé dentro de mi portafolios.

Por las dudas, en los días sucesivos pregunté en otros cursos: todos ignoraban su origen. Repasé las listas en vano. Nadie apareció con ese apellido.

No me sorprendí demasiado. Un escrito aplazado era quizás eludido hasta por su propio dueño. Probablemente abusando de mi ignorancia acerca de los integrantes de cada grupo, alguien había firmado con seudónimo previendo el resultado fatal.

Hacia septiembre, volví a examinar al segundo año. Corregí los trabajos y me encontré —creo que lo esperaba— con otra hoja firmada por Flores. Tampoco esta vez había aprobado.

No llevé a cabo más pesquisas. Ahora estaba seguro de que Flores pertenecía a segundo A. Haber encontrado dos veces un trabajo suyo entre las evaluaciones de ese grupo lo confirmaba. Sospeché que se trataba de un nombre apócrifo de algún bromista que había hecho dos pruebas. Una, firmada con su verdadero apellido para obtener un concepto real; la otra, que debía atribuirse a una sombra —Flores— y que era entregada con el solo propósito de perturbarme.

Durante el recreo, mencioné el episodio en el buffet del colegio, delante de mis colegas. En ese momento el comentario no produjo ningún efecto. Nunca se escucha realmente lo que dice el otro, salvo que el discurso sea por mera casualidad el que uno mismo está por decir.

Cuando ya iba a entrar al aula, sentí que me aferraban del brazo para detenerme. Era una preceptora.
Se la veía nerviosa.

—Sin querer —murmuró— he oído lo que relató en el bar.

Le dije para tranquilizarla que no tenía la menor importancia.

Ni siquiera intentó escucharme y empezó a hablar:

—Había hace tiempo, en segundo A, un chico Flores que nunca aprobó Castellano. Era voluntarioso y estudiaba mucho, pero sus deficiencias —mala escuela primaria o falta de cabeza, se ve— le impidieron eximirse. Una tarde, cuando venía hacia aquí a rendir examen por quinta o sexta vez, lo atropelló una camioneta y murió. Fue la única materia que quedó debiendo para siempre.

La narración era algo melodramática. Sin embargo, la mezcla de ambigüedad y precisión entre aquellas coincidencias me inquietó por varias semanas.

Ese verano, tomé la evaluación final en segundo A. Busqué la de Flores y la aprobé sin leerla. Al día siguiente, la dejé sobre el pupitre de un aula vacía.

Ya no volví a saber de mi inexistente alumno. Deliberadamente, deseché una última explicación posible: la intervención de algún familiar o amigo íntimo del difunto, que cursara en la escuela y hubiera prometido cumplir póstuma y simbólicamente su voluntad truncada.

Para mí (y para la sombra) había una sola realidad: Flores, ese año, se eximió en la materia que lo había fatigado.

29 Jul 2009

Cuando no es triste la muerte

Por Javier Marías

¿Es siempre la muerte triste, para quien la encuentra y sus allegados? Tendemos a pensar que sí, en toda ocasión y circunstancia, y así en efecto suele ser. Cuando se nos muere alguien próximo y querido sin duda, pero también cuando nos enteramos de la desaparición de gente desconocida, por la prensa y la televisión. Nos produce pesar hasta la de los seres de ficción, en películas, novelas, dramas: somos capaces de sentir una pena intensa por quienes hemos conocido hace sólo días o un par de horas, y además sabemos que nunca han existido en la realidad. Es famoso que cuando Sir Arthur Conan Doyle, cansado del personaje que lo había eclipsado, hizo sucumbir a Sherlock Holmes a manos de su mortal enemigo Moriarty, la pesadumbre y la furia de los lectores lo obligó a hacerlo resucitar: no soportaban lo que ninguno soportamos cuando padecemos la pérdida de quien nos brinda diversión y alegría y consuelo y placer, y ahí se vio una de las ventajas de la imaginario: Holmes volvió a la vida, y en ella sigue mientras viejos o nuevos lectores acudan a sus aventuras (y por cierto: eviten los nuevos a toda costa las recientes traducciones de la Editorial Valdemar, u odiarán a Holmes en vez de amarlo). Y uno de los momentos de mayor tristeza que yo y tantos otros hemos experimentado es aquel en el que Cervantes escribió estas sobrias y escuetas frases: “Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerte en su lecho tan sosegadamente y cristiano como Don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió.”

Nos acostumbramos a que la gente exista, aun la de ficción, y a veces no logramos acostumbrarnos a lo contrario, a que haya dejado de estar, bien por falta de tiempo -el primer hábito es profundo y largo-, bien por la punzante añoranza que nos provoca su cesación. ¿Cómo es posible que no vaya a ver más a tal persona querida?, nos preguntamos incrédulos. Y a menudo seguimos contando con ella, seguimos pensando en regalarle eso que vemos en una tienda y que le gustaría tanto -que le habría gustado, corregimos en seguida con melancolía el ya inadecuado tiempo verbal-; o en relatarle esta anécdota o aventura que tanto le habría hecho disfrutar; o en pedirle consejo o consuelo ante nuestras dudas o sinsabores. Y también nos duele, aunque de modo más efímero y -ay- rutinario, saber de la muerte de unos inmigrantes cuya patera zozobró en el Estrecho, o de los aldeanos guatemaltecos que arrasó un huracán, o de los incontables turcos sepultados por su terremoto. Y quizá aún más nos apenan las muertes individuales, sobre todo cuando son violentas, o injustas, o llegan a una edad temprana. Nos da lástima u horror la puta que acuchilló un cliente despótico o desequilibrado; y el ajusticiado por leyes que nos repugnan, así fueran graves los crímenes por él cometidos; no digamos el niño de pocos meses que la enfermedad no perdona, o aún peor, que conoció tan sólo los golpes de sus progenitores impacientes e incomprensibles, quienes se lo llevaron tan pronto de la cuna a la tumba. Sí, la muerte vivida, o sabida, o leída, o vista en el televisor brillante o en la oscuridad del cine, casi todas ellas nos traen pesadumbre, y a menudo también miedo.

Pero no siempre es triste, o no siempre es sólo triste. Anteayer me llegó la noticia de que la señorita Cuqui, o doña Carmen García del Diestro, mi vieja profesora de literatura del Colegio Estudio y de quien he hablado aquí en más de una ocasión, había muerto. Tenía, creo, noventa y dos años, y hace no mucho, en la que ha resultado su última tarjeta, me contaba con buen humor e ironía cómo había “rodado aparatosamente” por una escalera a la salida de una conmemoración. “Magulladita”, decía, “morada como una remolacha -eso sí, sin roturas-, muy alegre e ilusionada me dispongo a adentrarme en nuevos horizontes literarios…” En nuestra correspondencia de los últimos años, más de una vez me había dicho que nunca había deseado su inesperada longevidad. Pero tampoco se quejaba de ella, pues siempre tuvo curiosidades y capacidad para la diversión. Hasta hace nada fumaba, como lo hacía en clase cuando yo era niño, en épocas menos histéricas que la actual. Vivió con plenitud y provecho, supo disfrutar. Tuvo marido pero no hijos, y las veces de éstos, supongo, las hicimos los centenares de niños y niñas que atravesamos su aula llena de entusiasmo por la literatura y de cariño burlón. Al parecer no ha sufrido. Sin duda no la amargaba vivir algo más, pero me consta que tampoco lo necesitaba. Echaré de menos sus ocasionales tarjetas, tan simpáticas e ingeniosas. Pero su recuerdo será fuerte, y sé que ella no le habrá puesto mala cara a su muerte, se habrá sentido conforme. Así que para mí no es triste, o al menos no sólo triste. Estoy seguro de que ella no me lo habrá reprochado, ni que encienda ahora un pitillo en memoria suya, aunque yo no manche el filtro, como ella, con un sempiterno y coqueto rouge. Vayan estos insalubres humos por la inolvidable y risueña señorita Cuqui, por siempre jamás.

(Publicado en El Semanal, 24 de junio de 2001.)

 

27 Jul 2009

Revelaciones de invierno

Por Juan Sasturain

Fue una mañana de invierno, un lunes como hoy pero del alevoso y helado julio de 1959, hace exactamente cincuenta años: yo tenía trece, iba a cumplir catorce en unos días y cursaba primer año en el Don Bosco de Mar del Plata, apenas uno de los 45 granujientos, incipientes varones de Primero A. Para eso iba en bici cada mañana pedaleando Avenida Luro arriba, treinta y pico de cuadras. Tras la diaria misa entre bostezos nos cagábamos religiosamente de frío hasta el mediodía en esas aulas grandes, altas, con pupitres oscuros y ventanales que daban al patio de cemento en que –cada recreo– jugábamos al fútbol de timbre a timbre, transpirando como salvajes con pulóver y gabán.

Esa mañana de hace medio siglo, el Pelado Marcángeli –que nos daba Castellano e Historia sucesivamente en las primeras horas– llegó y sin decir nada ni comentar el triunfo de Independiente se puso a escribir en el pizarrón con letra clara algo que leía en el diario que había traído de su casa. Era un poema, un soneto más precisamente: “A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell”.

–Copien –dijo el Pelado.

Y fue desplegando de arriba abajo los catorce versos endecasílabos en los correspondientes dos cuartetos y dos tercetos. Al final, a la derecha, escribió el nombre del autor: Jorge Luis Borges.

Nosotros no sabíamos qué era una efigie, cómo se reconocía un soneto y menos aún quiénes eran Cromwell o Borges. No sabíamos nada, en realidad; y hacía frío:

“No rendirán de Marte las murallas / a éste que salmos del Señor inspiran. / Desde otra luz, desde otro siglo, miran / los ojos, que miraron las batallas” ya leía, ya nos hacía leer el Pelado en voz alta y con fervor.

Hiatos y sinalefas mediantes, llegamos a reconocer las once rítmicas sílabas de cada verso; descubrimos las consonancias abba de la rima y sin transición nos trasladamos en el segundo cuarteto:

“La mano está en los hierros de la espada. / Por la verde región anda la guerra; / detrás de la penumbra está Inglaterra, / y el caballo y la gloria y tu jornada”. Y fue como quien pasa al segundo vagón de un tren en movimiento para verificar que el esquema del primero se repetía tal cual.

–Vamos ahora a los tercetos –dijo el Pelado.

“Capitán, los afanes son engaños, / vano el arnés y vana la porfía / del hombre, cuyo término es un día”, recitó Marcángeli. Caminando entre los bancos, releyó los tres versos, hizo la pausa justa para mostrar el encabalgamiento, resaltó el cdc de la rima y después siguió ya cuesta abajo, sin detenerse hasta el final: “Todo ha acabado hace ya muchos años. / El hierro que ha de herirte se ha herrumbrado; / estás, como nosotros, condenado”

Punto y silencio unánime.

–¿Qué les pareció?

En principio no nos parecía nada. No se entendía demasiado, éramos pendejos y nuestras lecturas habituales no iban más allá del Hora Cero para ver cómo seguía El Eternauta y de El Gráfico para que nos contaran los goles de Yaya Rodríguez y Senés que escuchábamos por radio. Además teníamos frío. Pero, sin embargo, el Pelado comenzó a hablar y algo pasó, algo (nos) empezó a pasar esa mañana, un lunes como este lunes de hoy, tan frío, hace cincuenta años exactos.

Simplemente nos había alcanzado la literatura. Y eso que pasaba entre versos –apenas intuido, deslumbrante, pero apenas comprendido del todo por falta de vida y experiencia– no era otra cosa que la poesía.

Puedo recitar desde entonces “A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell” de memoria. Debe ser el único poema de Borges que recuerdo así, entero y cadencioso. Incluso estoy seguro de reconstruir no la exégesis puntual del soneto deslumbrante –el profe lo había leído el día anterior en el suplemento literario de La Nación, el rotograbado que salía impreso en sepia el domingo, y nos lo trajo–, pero sí el fervor de la explicación, la pasión transmitida.

Al consultar los datos me doy cuenta de que Ricardo Marcángeli, el inolvidable maestro que me enseñó a leer, era del ’29, tenía en aquel momento nada más que treinta años. Parecía más grande. La calva precoz y nuestra mirada casi infantil nos engañaban. Severo y jodón a la vez, al Pelado le encantaba la Historia y contar goles de Erico; nos prestaba libros, compartía con nosotros los resultados del domingo y el tedio de la lectura obligatoria de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma y la Marianela de Galdós en las ediciones de Troquel. Pero sobre todo nos quería.

Cinco años después, cuando ya estudiaba Letras en Buenos Aires, había regalado mi colección de historietas y veía a Boca en la Bombonera, seguía pendejo pero menos, me compré El hacedor –que es de 1960 y uno de los libros que más me gustan de Borges– y me volví a encontrar con la efigie del capitán, la certeza de que “los afanes son engaños”, que es vana “la porfía del hombre, cuyo término es un día” y que estamos –como él– condenados. Desde entonces me pasa cada vez, y es como la primera.

Ricardo Marcángeli, por aquellos mismos años en que nos daba clase y letra como quien reparte comida caliente o besos, empezó a pintar y a eso se dedicó con talento durante décadas. Se murió en 2006 en Mar del Plata, dejó alrededor muchos amigos y también –más lejos– muchos pibes grandes como yo, agradecidos para siempre por aquellas revelaciones de una mañana de invierno.

 

(Página/12, 27 de julio de 2009. Link permanente a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/index.html)

20 Jul 2009

Premio Hammett para el argentino Guillermo Saccomanno

Por Juan Sasturain

Con los diarios de esta semana, con los cables de las agencias, llegó la buena y saludable noticia de que Guillermo Saccomanno –Buenos Aires, 1948– había ganado el Premio Hammett a la mejor novela negra publicada en lengua castellana durante 2008. La distinción, instituida hace algo más de veinte años en recuerdo y homenaje al autor de El halcón maltés y otras maravillas, se entrega anualmente a principios de julio durante el desarrollo de la Semana Negra de Gijón, en Asturias, uno de los encuentros de escritores de literatura policial más importantes y prestigiosos del mundo. En este caso, Saccomanno ganó con un relato que no es un texto de género sino una excelente, original y perturbadora novela a secas. Claro que atravesada por el crimen y la violencia política. La novela premiada se llama 77 (setenta y siete, sí; por el año 1977, epicentro cronológico de la represión), la publicó Planeta el año pasado en Buenos Aires, ha sido y es un éxito de crítica y de lectores, y constituye de algún modo la última parte de una trilogía que Saccomanno comenzó con La lengua del malón (2003) y continuó con El amor argentino, de 2004. El recurrente profesor Gómez –ya aquí cincuentón y docente de Literatura durante la dictadura– sirve de personaje puente e hilo conductor que atraviesa los tres pavorosos relatos. La premiada 77 hace foco –entre otras y entreveradas cosas– en las complicidades de la sociedad civil durante los años de la represión ilegal, con sus consabidas incomodidades. Para actores, escritores y lectores, digo. Un texto ejemplar.

Por otra parte, el premio para Saccomanno no hace sino ratificar un hecho largamente documentado a lo largo de estos últimos años: la reiterada presencia de narradores argentinos en las ternas y los premios de la Semana Negra, en sus diferentes categorías. Cabe recordar que –en paralelo con el Hammett– existe el Premio Rodolfo Walsh para el mejor trabajo de investigación periodística y no ficción (en su primera edición, hace más de dos décadas, lo ganó Miguel Bonasso) y no faltan las distinciones para las mejores primeras novelas y otros ítem. En todos los rubros proliferan los narradores argentinos. Algo (bueno) habrán hecho.

Sin entrar en detalles, y al voleo, recuerdo los premios que en diversas ediciones han recibido notables narradores como Rolo Diez (dos veces), Juan Damonte –el malogrado hermano de Copi, con su única novela–, Raúl Argemí o Carlos Salem –para mencionar sólo cuatro casos de novelistas no demasiado conocidos acá, porque han desarrollado y publicado su obra sobre todo fuera de la Argentina– o el joven y consagrado Leo Oyola, que ganó el Hammett el año pasado con Chamamé, compitiendo, entre otros, con Ernesto Mallo, otro novelista porteño. Incluso no hace mucho, el marplatense Carlos Balmaceda ganó una distinción y hay más –varios más– que se me escapan.

Si a estos datos les sumamos el hecho de que algunos de los últimos textos premiados en importantes concursos abiertos de novela castellana han recaído en relatos de autores argentinos fuertemente marcados por la impronta policial –pienso en Crímenes imperceptibles de Guillermo Martínez, Las viudas de los jueves de Claudia Piñeyro y El enigma de París de Pablo De Santis– y que las estanterías están pobladas de relatos nacionales que dan cuenta de muy diversa manera de crímenes y delitos violentos made in Argentina –del excelente texto de Battista sobre el comisario Meneses al incisivo de Feinmann sobre el asesinato de Aramburu o la terrible historieta Guastavino, de Trillo y Varela– cabe pensar que algo pasa: es que los (escritores) argentinos no volvemos al lugar del crimen. Vivimos en él.

Y es curioso porque no estamos en un momento en que la literatura de género policial –en sentido estricto– esté de moda en estos pagos. Casi no hay colecciones vivas, excepto Negro Absoluto, que propone autores nuevos e historias de ambientación argentina. Y sin embargo, pareciera que lo criminal prevalece, se cuela, atraviesa los relatos y los autores como una mancha voraz, a veces imperceptible, que va dejando su marca –su huella, más precisamente– en todas partes.

Es que tenemos demasiados cadáveres en el sótano, incontables indicios barridos bajo la alfombra y un mal olor entre los escombros del pasado reciente que apenas nos deja respirar. Habrá que hacer algo con eso. En principio, los escritores, escriben. Bien por Saccomanno & Co. Es un trabajo sucio, pero necesario. Gracias.

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-128526.html

10 Jul 2009

El “boom” de la literatura latinoamericana en diez videos

De abajo a arriba, de sur a norte: Julio Cortázar (Argentina), Mario Vargas Llosas (Perú), Gabriel García Márquez (Colombia) y Carlos Fuentes (México) son los miembros del denominado boom latinoamericano de la literatura. En El “boom” latinoamericano. La mundialización de la literatura de América Latina  un grupo de escritores y docentes del continente intentan explicar el fenómeno literario más importante del siglo XX y el impacto que le causó al mundo la lectura de Rayuela, La ciudad y los perros, La muerte de Artemio Cruz y Cien años de soledad.

Se incluyen testimonios de los escritores Ignacio Solares, Luisa Valenzuela, Tomás Eloy Martínez, Sergio Ramírez,  y Antonio Skármeta; del ex presidente colombiano, Belisario Betancourt; y de los docentes Dulce Zúñiga, Oscar González y Carmen Galindo.

Primera parte:

Segunda parte:

Tercera parte:

Cuarta parte:

Quinta parte:

Sexta parte:

Séptima parte:

Octava parte:

Novena parte:

Décima parte:

10 Jul 2009

Berenice

La biblioteca portorriqueña Ciudad Seva nos permite leer, completo y con traducción de Julio Cortázar, el cuento de Edgar Allan Poe que trata sobre la extraña y enfermiza relación que la voz narrativa mantiene con la sonrisa de su prima, Berenice.

A continuación tenés el texto completo del cuento y, más abajo, el video para disfrutarlo, a través de la escalofriante narración de Alberto Laiseca que grabó para el canal de cable I-Sat.

 
Berenice

La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.

Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.

Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.

En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre… ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice.

Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes.

Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación.

Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.

Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación.

Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.

En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.

Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.

¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro.

La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.

Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro.

 

Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?

En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas?

Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía.

Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.

FIN

10 Jul 2009

Praga te maldecirá

Por Juan Forn

Praga le dio todo a Gustav Meyer, y después se lo quitó. Lo recibió con los brazos abiertos cuando Meyer llegó en su adolescencia a la ciudad, acompañando a su madre actriz (el padre era un ministro de la corte de Württenberg que jamás lo reconoció). Cuando la madre se unió a una compañía teatral que partía de gira a Rusia, el quinceañero quedó solo en Praga, pero se las arregló para concluir su bachillerato y la carrera de economía con notas brillantes y especializarse en comercio internacional. A los veintitrés años tenía el mundo a su disposición, pero una pena de amor lo llevó al borde del suicidio. En el preciso momento en que estaba por dispararse un tiro en el pecho, manos anónimas pasaron bajo su puerta un folleto espiritista titulado La vida que vendrá, y su existencia dio un drástico viraje. Dos años después, era uno de los banqueros más exitosos de Praga y un experto en las prácticas mediúmnicas que le causarían la ruina.

Los intereses esotéricos de Meyer abarcaban desde el yoga a la telepatía, las experiencias con alucinógenos y la teletransportación. Comía sólo legumbres y granos, no se permitía dormir más que tres horas por noche, era capaz de permanecer mucho más tiempo en dolorosas posturas asana que, según él, lo cargaban de energía. Sus prácticas espirituales no le impidieron destacarse como deportista (era un maestro en esgrima y tiro y representó a su país como remero, además de ser el primer propietario de un vehículo en Praga). Para demostrar sus dotes de videncia convocó una noche en su casa a un grupo selecto de amigos financistas, bebió delante de ellos un preparado de hachís (¡treinta gramos disueltos en un tazón de café negro!) y predijo el precio que alcanzarían en la Bolsa las acciones de una docena de empresas. En opinión unánime de todos aquellos expertos, el pronóstico era descabellado. Pero, al cerrar la Bolsa la jornada siguiente, Meyer había acertado en once de sus doce anuncios.

La historia se propagó como un mal olor por la ciudad; la comunidad biempensante exigió escandalizada que se lo arrestara por estafador. Meyer fue juzgado, la corte lo encontró inocente de estafa pero no de ofender el honor de sus colegas de la banca. En los días que duró el juicio, el Banco Meyer & Morgenstern quebró y Meyer quedó en la ruina. Cuando Kafka y Max Brod lo conocieron, en 1901, era un paria que recorría los cafés praguenses retando a duelo a sus enemigos: ilustres juristas, funcionarios públicos y ex colegas de la banca que, con la excusa de que Meyer era bastardo, lograban esquivar el desafío (y la muerte segura, porque Meyer era un espadachín sin par).

Por intermedio de Max Brod, Meyer encontró por fin cómo dar pelea a aquella sociedad que lo había ofendido y humillado. Brod le sugirió poner por escrito los tremendos relatos con los que Meyrink aterrorizaba a los borrachos del Café Continental y enviarlos a la revista satírica alemana Simplizissimus, que comenzó a publicar de inmediato esos retratos vitriólicos de las bajezas del mundo praguense. Meyer adoptó el seudónimo Gustav Meyrink (para simbolizar que hasta su buen nombre le había quitado Praga) y así fue como lo conocieron Thomas Mann, Karl Kraus, Rilke, Strindberg y Hamsun (cuyas firmas acompañaban la de Meyrink en la revista). Lo que le pagaban por sus cuentos no alcanzaba ni para un cuarto de pensión, pero los admiradores alemanes de Meyrink le consiguieron un pasaporte de salida de Praga: la editorial Fischer le habilitaba un departamentito en su sede de Viena a cambio de que tradujera para ellos, a jornada completa, las novelas de Dickens. Meyrink aceptó sin dudar la oferta (en los años siguientes llegaría a odiar a su adorado Dickens) y dejó Praga agitando un puño contra ella: “¡No he terminado contigo!”, le aseguró.

Diez años después, en 1915, llegó a manos de Kafka, a través de Max Brod, una novela llamada El Gólem. Kafka la leyó en una noche, aterrado, fascinado, literalmente abducido por el retrato de la vieja Praga, en particular del ghetto judío. Meyrink se tomaba venganza de la ciudad, la condenaba al terror y la retrataba despiadadamente en su más abyecto terror. Pero también había depositado en el libro todos sus conocimientos y creencias sobre la Cábala y la alquimia (es decir: la palabra y la capacidad de transformar el plomo en oro, lo inanimado en vida, tal como hace el viejo rabino Löew de Praga cuando da vida al Gólem, esa enorme criatura hecha de barro, introduciéndole en la boca un papelito llamado shem, donde está escrito el nombre impronunciable de Dios).

Imaginemos por un instante la escena: mientras afuera retumba la Gran Guerra, Kafka en su dormitorio devora a lo largo de una noche esa novela que exhumaba y entretejía todos los secretos y todas las miserias de Praga. Imposible imaginar un lector mejor, más idóneo, más perfecto que Kafka para El Gólem. Si Meyrink tuvo algún poder mediúmnico, alquímico, cabalístico, fue el que le permitió ganarse ese lector para su libro. Nunca sabremos lo que Kafka leyó en El Gólem, salvo que fue infinitamente más que lo que podremos leer en ese libro el resto de los mortales por los siglos de los siglos.

Sin embargo, por morir en 1924, Kafka se perdió el último acto del duelo implacable entre Praga y Meyrink: a principios del año 1932, cuando Meyrink y su familia vivían en un chalet en las montañas de Montreux, en Suiza, el único hijo varón del escritor, la luz de sus ojos, un muchacho “que brillaba por su inteligencia, su gusto artístico, sus cualidades deportivas y su benévola naturaleza”, sufrió un terrible accidente mientras esquiaba que lo dejó confinado de por vida a una silla de ruedas. No soportó mucho tiempo. Una mañana descubrieron que se había arrastrado desde la cama hasta el bosque que había frente a la residencia de los Meyrink y allí se había cortado las venas. La misma horrible muerte que sufría el vivaz estudiante Charousek en El Gólem. Meyrink no supo asimilar el golpe. Poco después, el 4 de diciembre de 1932, dio las buenas noches a toda su familia, se retiró a su dormitorio, se sentó en una silla, con el torso desnudo, “frente a una ventana abierta que apuntaba al Levante” y permaneció así “hasta que sus ojos vidriosos se posaron para siempre en la única estrella que seguía brillando en el cielo cuando amaneció”. Pasó el nazismo, pasó la guerra y luego el comunismo por Praga. Recién en 1989 se publicó por primera vez El Gólem en checo: habían transcurrido exactamente cien años desde el día en que Gustav Meyer, luego Meyrink, fue acusado, juzgado, arruinado y maldecido por Praga.