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Los Oesterheld

Además de ser el gran ideólogo de la historieta moderna local nada menos que en Argentina, patria de historietistas, Héctor Germán Oesterheld también terminó siendo el protagonista de una tragedia familiar que culminó no sólo con su secuestro y desaparición a manos de la dictadura militar, sino también con el de sus cuatro hijas, sus tres yernos y dos de sus cuatro nietos. La historia violenta de un país descargada fatalmente contra una sola familia es la saga que narra de manera admirable un libro tan fascinante y necesario como Los Oesterheld (Sudamericana), en el que no sólo la figura del autor de El Eternauta se reconstruye como militante, sino que sus cuatro hijas adquieren vida propia gracias a cinco años de investigación y más de un centenar de testimonios que permiten reconstruir el camino cultural y político de una familia, una época y un país que terminó encaminándose hacia la violencia y el exterminio. En este adelanto exclusivo del libro de Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami, Radar presenta un retrato de Oesterheld cuando abandona definitivamente su hogar y comienza con su militancia clandestina, sin dejar nunca de hacer historietas.

Por Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami

El primer sábado que pasó en la casa de Devoto, Héctor sacó una reposera al jardín, se sentó al sol y empezó a hablar solo. Desde adentro, los anfitriones lo espiaban desconcertados. Le veían aspecto de viejo loco, así, desarrapado. A los pocos días, Héctor les dijo quién era y les mostró el grabador en el que registraba los guiones. Les habló de lo que estaba haciendo ahora, la adaptación de 20 mil leguas de viaje submarino para Billiken, que había empezado el año anterior con muchísimo éxito. También les contó que en Récord querían reeditar El Eternauta en formato de libro. Eso lo entusiasmaba especialmente.

Si en el mercado editorial Columba representaba la producción de una historieta estandarizada para un público masivo sin demasiadas exigencias y, desde lo ideológico, una línea explícitamente reaccionaria –se fiscalizaba que los policías y los soldados fueran siempre los buenos: a fin de cuentas sus publicaciones se repartían en los cuarteles–; Récord venía a representar todo lo contrario. Con su revista Skorpio, buscaba devolverle cierto prestigio a la historieta. Había repatriado las creaciones de Pratt dando a conocer su Corto Maltés, y convocado tanto a ilustradores reconocidos de la talla de Breccia, Arturo del Castillo y Solano López, como a jóvenes guionistas como Guillermo Saccomanno. También prometía ser un buen negocio para sus dueños, el agente editorial italiano Álvaro Zerboni y su socio local y ex empleado, Alfredo Scutti: las historietas se hacían con sueldos argentinos pero después se comercializaban en Europa, principalmente Italia, a precios internacionales.

Héctor fue uno de los últimos en sumarse. Como sucedía en cada lugar al que llegaba, su aparición, si bien silenciosa, fue un acontecimiento. Se sabía que su entrada previa en Columba había generado malestar en el guionista estrella, Robin Wood, autor talentoso pero que admiraba a Héctor a regañadientes: no podía disimular la molestia que le generaba que a Oesterheld lo consideraran un genio y a él, simplemente un buen guionista. En Récord, en cambio, nadie se sintió desplazado con su incorporación sino todo lo contrario. Muchos de ellos se habían formado con él y lo reivindicaban como el máximo autor de la cultura popular. Lo que no quitaba que algunos, como Saccomanno, se sintieran un poco inhibidos, a pesar de su amabilidad. Quien se animó a hablarle el primer día que lo vio fue el guionista Eugenio Zappietro, que firmaba como Ray Collins, había hecho su primera historieta policial –la renombrada Precinto 56– a pedido de Hugo Pratt para Misterix y era fanaìtico declarado de Héctor desde los 16 años.

–De chico yo andaba con una barra de amigos, sabe, y nos alegramos cuando leímos en Hora Cero que las historietas se iban a empezar a vender en Brasil porque eso significaba que la revista iba a seguir por mucho tiempo más.

Le dijo en la entrada de Récord. Héctor bajaba del ascensor y Zappietro lo interceptó. No podía contenerse. No sólo se sabía sus historias de memoria, sino que había continuado algunas de ellas en su paso por Abril, como El Indio Suárez y Santos Palma. Y, sin embargo, nunca lo había tenido enfrente. Siguió:

–Humildemente quiero decirle que nosotros, los que estamos acá, arrancamos desde donde usted llegó, usted nos allanó el camino.

–Bueno, gracias, es un poco mucho…

–¿Y me permite decirle otra cosita? Yo creo que su mejor trabajo es Mort Cinder.

–¿Sí? ¿Por qué?

–Porque usted ahí se mete a fondo con la interioridad del personaje y lo poco que yo he hecho hasta ahora se inscribe en esa buìsqueda que usted ya había empezado con Ernie Pike.

Héctor lo escuchó atento y sonrió halagado, pero no dijo nada más. Zappietro era un personaje particular dentro de Récord. Lector apasionado, escritor de novelas románticas primero y de historietas después, lo que más llamaba la atención, además de sus modos ceremoniosos, era su otra profesión: policía. Para 1975, tenía el cargo de subcomisario y estaba al frente de la revista oficial de la Policía Federal y de un programa de radio y otro de televisión, los dos sobre prevención. Él mismo hacía chistes sobre su condición de botón. En la redacción, de todos modos, era muy apreciado. Esa fue la única vez que conversaron. Un año y medio después, con Héctor ya desaparecido, el propio Pratt le iba a pedir a Zappietro que hiciera averiguaciones. Y lo hizo. Su respuesta fue que Héctor no constaba en ningún registro, ni en los de su fuerza ni en los militares.

La entrada en Récord también iba a significar para Héctor la posibilidad de volcar en una obra final su nueva vida. Después del éxito de la reedición de El Eternauta, Scutti le iba a pedir una segunda parte. Probablemente no la que el director de Récord imaginaba. Mientras tanto, iba a reeditar varios de sus clásicos como Ernie Pike, Sargento Kirk y Ticonderoga, crear otro western, Loco Sexton, y hasta incursionar en el género de terror con Nekrodamus.

En esos textos trabajaba los fines de semana, sentado en el jardín de la casa de la calle Navarro a la altura de Chivilcoy, en donde vivió con su hija Marina desde mayo hasta diciembre de 1975. Él dormía en un escritorio en la planta baja, en el que también escribía, y ella en un cuarto de juegos en el segundo piso. A la mañana, salían por el baldío del fondo sin que los vecinos los vieran para tomarse el tren, y volvían alrededor de las siete de la tarde. A veces Marina no volvía, y cuando estaba, apenas abría la boca. Con el padre era cariñosa, incluso en público, pero con los demás le costaba mucho relacionarse. Héctor, en cambio, se quedaba en largas sobremesas con Clara y Carlos, los dueños de casa. Les contaba de su vida de geólogo, de sus viajes por el interior y de su trabajo en el laboratorio del Banco Industrial.

–Es como si hablara de otra vida… Como si de repente me hubiera animado a dar un salto y estuviera en otro universo.

Les dijo una de esas noches.

–¿Y cómo te animaste a dar el salto?

–Por mis hijas.

Clara y Carlos, que habían empezado su militancia con un grupo católico, también estaban convencidos de que la única opción de cambio era la lucha armada. Pero habían decidido no incorporarse a la organización porque tenían dos hijos chicos y creían que protegerlos era su responsabilidad como padres. Seguían con su militancia de base en barrios de zona norte y colaboraban con la organización en cuestiones de logística. En ese tiempo, confeccionaban carteras con doble fondo para esconder armas.

Con el correr de los días, la confianza hacía que las charlas nocturnas pasaran de la historieta y la geología a cuestiones más personales. Si la preocupación de Héctor por la seguridad de sus hijas era un tema presente, su crisis y separación de Elsa era otra constante.

A pesar de que se lo había cruzado alguna vez en Columba, el joven Guillermo Saccomanno no se animaba a pedirle una entrevista a Héctor y le preguntó a su amigo y colega, Carlos Trillo, si podía interceder. Trillo, que venía de trabajar en Patoruzú y Satiricón, no tuvo problema: con Héctor se conocían desde hacía tiempo.

Unos meses antes, Saccomanno había viajado por primera vez a Europa y había entrevistado a Umberto Eco, que seis años antes, en 1969, había escrito el prólogo a la primera edición de Mafalda en italiano, en plena revalorización de la cultura popular a partir de su obra Apocalípticos e Integrados. Luego, en París, estuvo con Pratt, que había publicado el Sargento Kirk en italiano sólo con su nombre y que no tuvo problemas en atribuirse también otros guiones de Héctor durante toda la charla. Finalmente, en España, se reunió con un grupo de historietistas que se oponían a Franco –ya en sus últimos días– y que se agrupaban alrededor de la revista de historietas Bang! Oesterheld, para ellos, era una megaestrella. Herederos del Mayo Francés, estaban particularmente deslumbrados con El Che.

La consideraban una obra magna, tanto por los textos como por las ilustraciones expresionistas de los Breccia y querían una entrevista con el que consideraban el mejor historietista en lengua española.

Saccomanno y Trillo lo citaron a Héctor en una confitería de Santa Fe y Pueyrredón, El Olmo, y allí le hicieron la propuesta. Héctor se mostró encantado con la idea de que la revista fuera extranjera. El encuentro siguió con un almuerzo en un restaurante de la avenida Santa Fe, King George. Ya se habían bajado una botella de vino y el reportaje todavía no había empezado. Finalmente fueron al departamento en el que Saccomanno vivía con su mujer, Lucía Capozzo. Allí Héctor se sentó en un sillón. Detrás de él, sobre su cabeza, colgaban dos pósteres del dibujante Moebius: uno con figuras de cowboys y otro, de Pieles Rojas. Lucía le preguntó si le podía hacer unas fotos y Héctor sonrió para la cámara. Era fin del verano y llevaba una camisa color claro de mangas cortas y un pantalón de vestir. El pelo le caía lacio sobre un costado de la cara. Completamente blanco, contrastaba con el vello oscuro de sus brazos fornidos. A los pocos minutos se prendió el grabador. Serían poco más de las tres de la tarde. Le preguntaron todo lo que le querían preguntar. Estaban sorprendidos por la soltura y el humor en sus respuestas, y por lo actualizado que parecía, tanto en cine como en literatura. Se hicieron las nueve y media de la noche y seguían sacando y poniendo casetes, hasta que se acabaron. Entonces pidieron una pizza y siguieron conversando. Era marzo de 1975 y Héctor todavía vivía en Beccar. Fue en esas horas, ya sin grabador, que hablaron de política. Les dijo que reivindicaba la lucha de la juventud peronista y hablaron de la coyuntura, en términos generales. Sus entrevistadores, de todos modos, intuían que estaba siendo cauteloso.

La entrevista se publicó con las fotos en aquel departamento. Durante un tiempo, los jóvenes guionistas lo seguirían viendo en Récord. Hasta que Héctor dejó de ir y empezaron los rumores de que andaba clandestino. Una tarde, Lucía lo vio. Cuando volvió a su casa, se lo comentó a su marido:

–Lo crucé en la calle, con bigotes y sombrero. Pero miró para otro lado, como evitándome.

–O quizá como protegiéndote.

Era 1976 y ésa fue la última imagen que tuvieron de él.

En junio salió el quinto número de Evita Montonera a cinco pesos. Un recuadro pedía disculpas por la demora en su publicación –la anterior era de abril y su precio era de tres pesos– y alegaba: “Compañeros destinados a la redacción del Evita son absorbidos permanentemente por los distintos conflictos vividos en el país con motivo de las paritarias y el proceso político consecuente. Además debe sumarse entre otras dificultades nuestra inexperiencia en una prensa clandestina masiva, que también genera problemas de distribución”. El resto de la revista, que traía en tapa una foto de la marcha masiva de trabajadores a Plaza de Mayo del 27 de junio con el título “El pueblo dijo basta”, hacía un resumen de la salida del gobierno de López Rega y de su hombre en el Ministerio de Economía, Celestino Rodrigo, que con su famoso Rodrigazo había provocado una devaluación del 150 por ciento, la duplicación de las tarifas de los servicios públicos y el transporte, y el aumento del combustible, facilitando la licuación de las deudas de las grandes empresas pero también de los salarios.

Promediando la revista aparecía Camote, una historieta sin firma y con ilustraciones en las que se adivinaba un trazo ajeno a la historieta profesional y más cercano al boceto artístico –quizá de su hija Estela, tal vez del Vasco–, que Héctor había ideado también en su reposera del jardín de Devoto.

Camote no era otra cosa que la historia de un militante montonero: el protagonista, que lleva ese apodo, llega a una cita en el centro porteño cuando ve que dos hombres intentan apresar al compañero con el que debía encontrarse.

–¡Hijos de puta! ¡No se lo llevarán!

Grita Camote y dispara con su “rubí punta hueca” que, dice, no es gran cosa.

–La puta, más cana… ¡Qué música, ése es el 38 de Mario!… ¡No rajó, tira desde la esquina, quiere sacarme!… Los despisté, pero perdí la cartera cuando me caí… Gran boludo… la cartera con el sobre de la quincena, el nombre legal, la fábrica.

A partir de ese momento, Camote tiene que pasar a la clandestinidad y guardarse. Lo hace en la casa de Celina, otra militante.

–¿Una piba? ¿Qué tal está?

–Y, Susana Giménez no es…

Celina vive en un barrio obrero con calles de tierra y es hija de Anselmo, un tornero que se enfrenta a la burocracia sindical y que va a ser entregado por un compañero de la comisión interna. Junto con otros compañeros de la fábrica, Camote se va a encargar de ajusticiarlo matando al sindicalista que lo entregó. Con ese final, se despide de Celina, con quien tiene un enamoramiento platónico pero a quien deja de ver para seguir con su militancia.

–Che, esto de militantes montoneros es muy aburrido…

Dijo al pasar Perdía en una reunión de la Conducción Nacional mientras hojeaba la revista.

Inés llegó a la cita bastante nerviosa. Era en un bar cerca de la 9 de Julio y se sentía obligada a agradarle a la persona con la que se iba a encontrar. De eso dependía conseguir una casa dónde vivir, algo que no era muy sencillo en su situación. Estaba embarazada de siete meses, tenía un hijo de un año y medio y acababa de salir de la cárcel. Del otro lado de la mesa se encontró con un señor mayor. Tomaron un café y no hizo falta mucho más. El le contó un poco acerca de los dueños de casa y le dijo que la iba a llevar hasta el lugar. La casa era la de Devoto y el hombre era Héctor.

Inés, nombre de guerra de Graciela Iturraspe, militaba en Columna Norte como parte de la llamada “Banda de Galimberti”. En la madrugada del 27 de junio, la policía entró en el departamento que Inés compartía con su compañero, Jorge Taiana, en el barrio de Palermo, y los detuvo por posesión de armas. Unas semanas antes habían pedido plata a sus responsables para poder mudarse porque sospechaban que el encargado del edificio los podía delatar, pero la plata nunca llegó. A los dos los iban a blanquear como presos políticos. Pero primero a Taiana lo torturaron y a ella la internaron en el Hospital Fernández. Con un embarazo incipiente, pesaba menos de cuarenta y cinco kilos y llevaba encima semanas de agotamiento entre el trabajo político en fábricas San Martín con su pequeño hijo a cuestas y el ritmo vertiginoso que le imprimía Galimberti a cada operación. Cuando la policía la detuvo, apenas podía caminar.

Del hospital la trasladaron a la cárcel de Devoto. Cuatro meses después salió en libertad gracias a una resolución del juez Raúl Zaffaroni y a la intervención de su suegro, Jorge Alberto Taiana, el famoso médico de Perón, que evitó que la pusieran a disposición del Poder Ejecutivo. Su padre había arreglado para que se fuera al sur y dejara de militar, pero ella decidió quedarse con sus compañeros. Sabía que si lo hacía, tenía que pasar completamente a la clandestinidad y en esa situación llegó a la casa de Devoto, en la que enseguida se convirtió en un miembro más de esa rara familia extendida. Para los vecinos, era una prima de Clara que vivía en Bariloche y que había venido a Buenos Aires porque cursaba un embarazo complicado.

La complicación real sucedió unos días después cuando Nicolás, su hijo de un año y medio que también había pasado esos cuatro meses en Devoto, se contagió de meningitis. Internarlo era imposible –en su condición de clandestina no podía quedarse en el hospital con él– por lo que Clara consiguió que el pediatra de sus hijos lo atendiera dos veces por semana en la casa. Durante un mes, Nicolás se debatió entre la vida y la muerte. Sólo tenía reflejo de succión y el médico había prescripto que le dieran mamaderas con agua fría constantemente. Durante el día, Inés subía y bajaba escaleras con su panza de casi ocho meses. Por momentos, el calor de noviembre se hacía insoportable. El alivio llegaba a la noche con Héctor, que se quedaba junto a ella para hacerle compañía y para relevarla con la ida y venida de mamaderas.

–Vos descansá, que ahora ese trabajo lo hago yo.

Le decía. Entonces Inés aprovechaba para dormir junto a la cuna. Otras veces se quedaban conversando hasta la madrugada. El le contaba historias. Inés sabía quién era porque Clara se lo había dicho. Una de esas madrugadas también le habló de El Eternauta.

–Yo escribí sobre esa familia de clase media que a la noche se juntaba a jugar a las cartas y que de repente encuentra una causa mayor por la cual salir a luchar. Y a mí y a mis hijas nos pasó eso mismo… Entonces a veces me pregunto quién fue primero, si ellas con su militancia o yo con algunas ideas que ya estaban ahí…

También hablaban mucho sobre la coyuntura. A Héctor le gustaba escuchar lo que pensaba Inés y, en general, coincidía. Para fines del 75, la Columna Norte empezó a plantear la necesidad de ampliar los espacios de debate frente a la propuesta de la Conducción Nacional de estructurar la organización según el centralismo democrático, que para el ala disidente de Norte tenía mucho de centralismo y poco de democrático. Héctor estaba de acuerdo con los planteos de apertura del debate y con la premisa de que en los momentos más duros, era necesario descentralizar la organización. Algo que Rodolfo Walsh iba a hacer explícito en sus papeles, esos documentos redactados a fines de 1976 en los que criticaba, y debatía con la Conducción, el rumbo que había tomado la organización. A veces, sin embargo, Héctor también tenía sus dudas.

–Yo también creo que hay que tener un oído en lo que piensa la gente. ¿Pero esto no nos desbandará, Inesita?

Los días en la casa de Devoto terminaron una semana antes de Navidad. Clara y su familia se iban a pasar las fiestas fuera de la ciudad y ellos no podían quedarse solos. Nicolás ya se había repuesto de su meningitis y Héctor estaba especialmente entusiasmado: finalmente se había comprado una casita en la zona del Tigre, algo con lo que había soñado toda la vida. El dinero provino de la división del departamento de casados de Beatriz y Miguel, con quien Héctor seguía enojado.

A pesar de la compartimentación, Pucho sabía que Beatriz veía a su madre. Voy a ver a mamá, le decía ella, como una hija aplicada. También supo que para fin de año se había mudado con su padre a una casa del Delta, porque ella misma lo invitó a conocerla. Fueron con Mantecol en colectivo. Se suponía que debían ir tabicados, así que trataron de no prestarle atención al recorrido del colectivo. Para Mantecol era difícil: conocía tan bien la zona que podía identificar hasta los pastizales del borde de la ruta. Por eso, cuando Beatriz los fue a buscar a la entrada de un camino de tierra, él sabía que estaban cerca de Benavidez, quizá Villa La Ñata. A Pucho le llamó la atención la altura de los eucaliptos. En la casa los esperaban Héctor y Marina. El los saludó con un abrazo y les ofreció un café. La pequeña mesa de la cocina estaba llena de libros y papeles y el sol daba en una galería. De pronto, por primera vez en mucho tiempo, Pucho se sintió seguro. Estaban alejados, nadie conocía esa casa, nada les podía pasar ahí. De día salieron a caminar y de noche jugaron a las cartas. Como en los tiempos de Beccar, Héctor hacía trampa y se reía sin parar cuando lo descubrían. Durante la cena, le pidió a Mantecol que le contara de su vida.

Esta selección corresponde al capítulo “Clandestinos, la vida bajo las reglas de la lucha armada, 1975”, del libro Los Oesterheld (Sudamericana)

–¿En serio fuiste delegado de la villa a los 19 años? Qué bien, pibe. ¿Vos manejabas 180 familias?

Mantecol estaba encantado con los elogios de Héctor, a quien llamaba Don Germán. Un escritor como él se interesaba por su historia. Mantecol, además, elaboraba junto con Pucho un periódico que se llamaba El villero en lucha. A falta de prensa oficial legal, desde la Conducción Nacional pedían que cada agrupación o frente generara su prensa. Para hacerlo, Mantecol se había robado una máquina de escribir de una de las concesionarias que habían incendiado el 25 de julio. Eso le había valido una sanción: si la operación no contemplaba llevarse objetos, nadie se podía llevar nada, rezaba el código montonero. Para principios de 1976, Pucho volvió a ir a la casa del Delta. Aquella vez Marina no estaba y Héctor parecía más callado. Beatriz también se había vuelto más introvertida y taciturna. Unas semanas antes habían secuestrado a Roberto Quieto, el número tres de la organización, en una playa de San Isidro mientras pasaba la tarde con su familia, a pesar de que él mismo había redactado un documento en el que exhortaba a los militantes a no acercarse a sus parientes durante las fiestas por cuestiones de seguridad. A los milicianos se les ordenó hacer pintadas y ataques incendiarios para exigir su liberación. También repartir volantes. Fue lo que hizo Lito, que aún trabajaba para Héctor como tipeador. En lugar de darle los manuscritos para pasar a máquina, Héctor le entregó una pila de volantes para que repartiera en la puerta del diario La Opinión. Lito lo hizo muerto de miedo: la caída de Quieto, a quien admiraba, le había hecho tomar conciencia del peligro al que estaba expuesto. Luego vino la contraorden y hubo que pintar “Quieto traidor”, sin más explicación. La Conducción infirió que el jefe montonero, probablemente el cuadro mejor formado y con mayor capacidad de análisis político de todos ellos, había cantado. En los días subsiguientes cayeron casas operativas, una cárcel del pueblo y decenas de militantes. Héctor y todos los que hacían el Evita debieron levantar el departamento de Belgrano. Quieto había estado ahí, alguna vez, reunido con los miembros del Área Federal de Prensa. A partir de ese momento, además, todo montonero debía llevar la pastilla de cianuro consigo. Si estaba en duda la resistencia frente a la tortura, la orden era no entregarse vivo.

Internamente, algunos empezaban a preguntarse si estaban embarcados en una revolución o en un sacrificio con final incierto. De eso hablaron en la casa del Delta. En el último tiempo, Pucho solía escuchar que lo que estaba haciendo era una locura. Se lo decía Adolfo Pérez Esquivel, luego premio Nobel de la Paz, a quien conocía del barrio.

–Quizá sea un sacrificio, pero sea lo que sea, hay que seguir.

Dijo Héctor. A Pucho le sorprendió la convicción de Héctor. Hasta ese momento, creía que el padre de Beatriz era un adherente entusiasta que apoyaba a sus hijas. Ese día se dio cuenta de que aquel hombre estaba dispuesto a llegar hasta el final.

El pequeño Martìn con su tía Marina, en abril de 1976.
Raúl Mórtola, “El Vasco”, junto a Estela. Se pusieron de novios en 1972 y se casaron a los pocos meses. Son los padres de Martín.

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Frankenstein celebra 200 años intactos de terror

Por Laura Ventura

Mary_Shelley

Dentro de cada uno de nosotros habita un monstruo. El ego, la ambición, la curiosidad y la capacidad de destrucción son un fuego que arde en el alma. Inspirada en la figura de Prometeo, aquel titán que les entregó el fuego sagrado a los mortales y quien a causa de su soberbia debió padecer una tortura eterna, una joven escritora burlaba el tedio del encierro con su pluma.

Con los retazos del mito griego daba a luz un género y un clásico de la literatura. Mary Wollstonecraft, que luego firmaría con el apellido de su marido y se daría a conocer como Mary Shelley, creaba la ficción científica. Villa Diodati, habitada por entonces por el polémico y famosísimo poeta Lord Byron, fue la mansión testigo de las pasiones desatadas de estos exponentes del romanticismo y, por eso, no resulta extraño que haya sido un temporal en pleno verano, un fenómeno meteorológico, la excusa para trasladar estas emociones al papel.

Cada uno de los invitados debía escribir una historia de terror para luego compartirla con los presentes en las veladas de truenos -esa electricidad que nace de la naturaleza no es un mero detalle para Shelley-, deseo y alcohol. En ese concurso improvisado donde el único trofeo era generar pavor, nació un relato sobre un anatomista que buscaba insuflarles vida a los muertos. Frankenstein, o el moderno Prometeo salió de las tinieblas y dio sus primeros latidos hace dos siglos, un 16 de junio, a orillas del lago Leman.

“Diodati se mueve”

Frankenstein es un libro de mirada novedosa para su época que trata de ahondar en la soledad del ser humano, su destino fatal. Es una novela filosófica, pero a la vez Mary halló un argumento genial donde todos nos vemos reflejados, y de ahí la fascinación que nunca termina. En cada nueva lectura genera una reflexión y sentimiento, una obra grande realizada en estado de gracia. Y además está la magia de la concepción de la novela. Todo ello envuelve a Frankenstein en un halo que multiplica hasta el infinito su trascendencia”, opina Marías.

En ese laboratorio literario improvisado germinó el gótico, con identidad de necrofilia y su oscuridad. Shelley se dedicó, como pionera, a escribir sobre otro pionero, un hombre osado, un reflejo de ella misma, quien poseía un conocimiento y un talento especiales.

Fue una transgresora como lo fueron su criatura, su propuesta y su tratamiento de un tema sensible en la pacata sociedad victoriana (“no soy en absoluto indiferente al modo en que afectan al lector las tendencias morales existentes en los sentimientos y personajes que en ella se contienen, cualesquiera que sean”, escribe en el prefacio de septiembre de 1817).

La escritora sabía cuán tedioso resultaba desafiar la finitud de la cual daban cuenta tantos de sus contemporáneos y cuán ardua era la mirada ajena. Hija del filósofo William Godwin, a quien le dedicó la novela, y de una feminista homónima, escandalizó a su contexto porque tuvo un amorío con un hombre casado, el poeta Percy Shelley, cuyo apellido tomaría cuando éste quedara viudo y pudiera casarse con ella.

En un universo misógino, la primera edición de Frankenstein, o el moderno Prometeosalió a la venta en 1818 con el seudónimo “The Author”, que ocultaba que ese talentoso escritor era mujer. A pesar de su identidad secreta, confiesa que ese texto ha sido inspirado por El Paraíso perdido, de Milton; la Ilíada, y también por La tempestad ySueño de una noche de verano, ambas de Shakespeare.

El escritor colombiano William Ospina publicó El año del verano que nunca llegó,donde un narrador en primera persona cuenta en más detalle aquellos días en la Villa Diodati, donde además de Lord Byron, Percy Shelley, su ignota novia y la media hermana de esta joven se encontraba el médico John Polidori. Quizás inspirado por la sangre que había visto en sus consultas y en el quirófano, el doctor escribió un relato sobre vampiros en una versión primigenia de lo que luego se conocería como Drácula.

Metáfora del terror

La gótica reflexión de Shelley sobre los alcances y límites de la ciencia, la paternidad, la muerte y la eternidad ha tenido innumerables versiones en el cine y en la TV (The Frankenstein Chronicles, Penny Dreadful o la reciente Second Chance) y también el cine, desde el icónico monstruo de Boris Karloff, en 1931, pasando por la parodia de Mel Brooks y la visión de Kenneth Branagh hasta los homenajes que le ha brindado Tim Burton, tanto explícitos como no, como es el caso de El joven manos de tijera.

A menudo se identifica el título de la novela, aquel apellido que hoy es metáfora del terror y de la fealdad, con el monstruo, quizá como eco de que las criaturas son mucho más que hijos de sus magos, que pueden incluso sobrevivir a ellos. Ser inmortales. A Mary Shelley le interesaba centrarse en el perfil y en las consecuencias del acto del transgresor, Victor Frankenstein, aquella mente brillante que juega a ser Dios conmovida por la muerte de un ser querido.

Hay en esta obra un motivo literario detrás de la proeza que narra Shelley, que consiste en afirmar que somos también aquello que creamos, como progenitores y como autores. No podemos escaparle a esa naturaleza, y si la rechazamos nos perseguirá en forma de sombra, como el monstruo lo hace con el científico. En Shelley, por el contrario, quien engendró el personaje con piedad, ocurre un espejo inverso de lo que sucede en su relato y no se trata de persecución, sino de un eterno velatorio donde es el monstruo quien hace inmortal a su creadora.

 

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Historia literaria de los viajes espaciales

Por Pablo Capanna

Por alguna extraña razón, en estas comarcas rioplatenses se celebra el Día del Amigo junto con la llegada de la nave Apolo XI a la Luna. Aunque cualquiera diría que a los amigos es mejor tenerlos acá, especialmente cuando necesitamos de ellos.

Los cuarenta años del alunizaje fueron recordados con especial fervor por los amigos de Baudrillard, que se han cebado con la guerra mediática del Golfo y no dejan de buscar simulacros por todas partes. Digamos que no les cuesta mucho, porque la cultura global ofrece una amplia gama de mentiras, tanto piadosas como impiadosas.

Es sintomático que a cuatro décadas del primer alunizaje, justo cuando revivían los proyectos de exploración lunar, fueran tantos los que pusieron en duda que la NASA hubiese llegado a la Luna en 1969. La denuncia de que todo aquello no fue más que una simulación parece haberse inspirado en esas teorías conspirativas que circulan especialmente entre la ultraderecha yanqui y la comunidad de los ufólogos.

A los negadores del Holocausto y a aquellos que juran que la Tierra sigue siendo plana a pesar de que el Google Earth nos engañe, se han sumado los que no sólo cuestionan la televisación del alunizaje, sino que también niegan que Armstrong haya estado allá. Pretenden que la mentira fue tan perfecta que ni siquiera los rusos, que algo sabían de espionaje, se dieron cuenta. Sugieren que quien la fraguó fue Stanley Kubrick, pero parecen pensar en Ed Wood, porque habría sido tan torpe de filmar al aire libre, para que la bandera flameara con el viento.

Distanciándonos de estas polémicas, estamos en condiciones de ofrecer evidencias de la presencia argentina en el satélite, un año antes que el supuesto viaje de la NASA. Para probarlo está el libro Los argentinos en la Luna, publicado por Ediciones de la Flor en 1968, que reclutó a astronautas como Mujica Lainez, Oesterheld, Vanasco y Bajarlía, otros que pronto serían célebres y algunos que fuimos merecidamente olvidados.

Y ya que estamos, nadie sería capaz de poner en duda unos cuantos viajes anteriores, que algunos hicieron con la imaginación para que otros se pusieran a pensar que era posible intentarlo.

Cruzando las columnas de Hércules
Antes de que alguien se pusiera a soñar con viajar a la Luna, era necesario que hubiese otro que la imaginara como un mundo similar al nuestro, y dejara de verla como una divinidad.

El primero parece haber sido el filósofo Anaxágoras, que cinco siglos antes de la era cristiana causó escándalo al decir en público que el Sol y la Luna eran apenas más grandes que el Peloponeso, que la Luna tiene montañas y valles, que recibe su luz del Sol y que está habitada. Se salvó de que lo condenaran por impiedad gracias a su amigo Pericles, pero tuvo que irse de Atenas hasta que se calmaran los ánimos.

Anaxágoras hizo posible el paso siguiente. Si la Luna era otra Tierra, sería posible visitarla, quizá con los recursos disponibles y sin apartarse de la cosmología vigente.

El primero en pensarlo fue Luciano de Samosata, del cual sabemos muy poco. Pudo haber sido sirio o fenicio, aunque algunos lo dan por ateniense. Al parecer vivió en la segunda mitad del siglo I de nuestra era, un período muy poco apto para cualquier especulación astronómica. Por esos años Claudio Tolomeo consagró la visión geocéntrica del mundo, que dominaría el siguiente milenio.

Después del auge de la ciencia griega de Euclides y Arquímedes, en el Imperio se había impuesto una suerte de religión astrológica que vetaba ocuparse de los cuerpos celestes para otra cosa que no fuera escrutar el destino.

Sólo a un escéptico reconocido como Luciano se le toleraba que escribiese sobre algo tan disparatado como un viaje a la Luna. El mismo tomaba sus recaudos, porque presentaba a su Historia verdadera como un entretenimiento sin pretensiones. Si había tantos viajeros mentirosos, él también podía merecer la tolerancia del lector.

El viaje comenzaba en el mar. Luciano y sus amigos salían de las Columnas de Hércules (Gibraltar) rumbo al Mar de Occidente (el Atlántico). Eran nada menos que los precursores de Colón, y sobre el final hasta hablaban de “llegar al otro Continente”.

En lugar de descubrir América, los griegos pronto eran arrebatados por un tornado que los llevaba por los aires y veían acercarse la Luna como una isla resplandeciente.

Las distancias de Luciano eran modestas hasta para el sistema geocéntrico. La Luna estaba a 3 mil estadios de altura (570 kilómetros), lo que para nosotros sería la exósfera, una distancia insuficiente para mantenerla en órbita.

Recién alunizados, eran llevados ante el rey Endimión, que resultaba ser otro terrestre que había llegado con un tornado anterior. Los selenitas (Luciano fue el primero en llamarlos así) les explicaban que la Tierra es su Luna, y les mostraban en un espejo mágico imágenes “satelitales” de nuestro planeta.

Los lunares son hermafroditas, se visten de bronce y cristal, brindan con aire exprimido y al morir se evaporan. Al llegar la comitiva de Luciano, están empeñados en guerra con los habitantes del Sol, con quienes disputan una colonia en Venus. Se lucha con pulgas, hormigas y arañas gigantes, y hasta hay paracaidistas. Por fin, las tropas solares de Faetón levantan un muro de espesas nubes que arroja la sombra sobre los selenitas, forzándolos a rendirse. Era algo que hoy cualquiera llamaría ciencia ficción, aunque entonces era un poco prematuro.

El sueño de Kepler
Quien retomó la posta de Luciano fue nada menos que Kepler, uno de los fundadores de la ciencia moderna. Curiosamente, su Sueño astronómico (1630), un relato que no llegó a ver publicado, partía de una propuesta política. Kepler lo ofrecía como una guía para aquellos que quisieran marcharse a la Luna, hartos de las guerras de religión. El astrónomo había sufrido la intolerancia en carne propia, y había visto a su madre a punto de ser quemada como bruja.

El Sueño es la historia de su alter ego Duracotus, nacido en Islandia. Su madre lo vende a unos marineros, que lo ponen en manos de Tycho Brahe (el maestro de Kepler) y gracias a eso puede tener una formación científica. Cuando Duracotus vuelve a sus pagos descubre que su madre, la bruja Fiolxhilda, sabe más que todos los astrónomos porque tiene tratos con un demonio lunar.

La Luna de Kepler se llama Levania y está a una distancia de cincuenta mil leguas alemanas, algo que se acerca bastante a la astronomía moderna.

Claro está que el viaje es posible sólo si uno logra hacerse transportar por algún demonio, y siempre que sea durante un eclipse. Con todo, la mente científica de Kepler prevalece cuando recomienda a sus astronautas consumir opio para resistir la aceleración o describe sus cuerpos en caída libre, en cuanto “la atracción magnética (sic) de la Tierra y la Luna se equilibran”.

Recordando a Luciano, Kepler llama “endimionidas” a sus lunares, pero los pone en un contexto más realista al distinguir entre los que habitan la cara visible y los de la oculta. Los primeros son los subvolvani (Volva es la Tierra, porque da vueltas). No los vemos desde aquí porque viven en el subsuelo, y apenas alcanzamos a apreciar las murallas que levantan para protegerse del Sol: son los cráteres. Tienen cuerpo de serpiente; los rayos solares los achicharran, pero renacen en la sombra.

En cambio, los prevolvani, habitantes de la cara oculta, son nómades, porque deben desplazarse conforme a un clima que alterna noches heladas de nieve y viento con días de calor abrasador. Todo esto resultaba bastante ingenioso para una época en la cual ya existían los telescopios. Kepler no era muy adicto a ellos, pero no dejaba de valorar la obra de Galileo, y las fantasías comenzaban a acotarse.

El secretario Fontenelle
En el siglo XVII no había muchos que llegaran a vivir cien años, pero Bernard Bouvier de Fontenelle lo consiguió. Durante la mayor parte de su vida fue el secretario de la Academia de Ciencias francesa, lo cual le permitió convertirse en uno de los primeros divulgadores científicos y un decidido best-seller. Sus Conversaciones sobre la pluralidad de los mundos (1686) tuvieron un número increíble de ediciones y traducciones a todas las lenguas europeas.

En uno de sus ficticios diálogos con una marquesa y sus damas, que por lo general se limitan a proferir exclamaciones, asegura que “la Luna es una Tierra habitada”. También da un paso audaz, si pensamos que la única nave aérea de su época era el globo de aire caliente, cuando anuncia que “el arte de volar apenas ha nacido, pronto se perfeccionará, y algún día viajaremos a la Luna”.

Fontenelle no se limita a eso; piensa que bien podrían ser los selenitas quienes vinieran a la Tierra. Imagina una suerte de Roswell estilo rococó. Si una nave lunar se estrellara, digamos, en Fontainebleau, nos permitiría “estudiar con toda comodidad las extraordinarias formas” de sus tripulantes, opina la marquesa.

El secretario le replica que si los extraterrestres son tan hábiles para navegar por el espacio, también podrían ser ellos quienes “nos pescaran como a peces”. La marquesa se ríe e, imaginándose vaya uno a saber qué, confiesa que “se arrojaría en sus redes sólo para tener el placer de conocerlos”.

Verne y Wells
El sueño de Fontenelle comienza a tomar forma cuando Julio Verne planea la expedición de su Viaje a la Luna (1865), que se completa con Alrededor de la Luna (1869). Fiel a los principios positivistas, Verne procura no apartarse demasiado de los conocimientos científicos de su tiempo. Por eso mete a sus pasajeros en una bala y los dispara con un cañón Columbiad, apenas más grande que los que se habían usado en la Guerra de Secesión norteamericana.

Claro que no repara en que aun para la ciencia de entonces la aceleración de la bala hubiera hecho puré a sus viajeros. Tampoco se atreve a hacerlos descender en nuestro satélite, para no tener que pronunciarse sobre el tema de los selenitas. Sus viajeros dan la vuelta a la Luna, y descienden en el Pacífico, como los astronautas del siglo XX. Pero no logran traer ni una piedra lunar, lo cual no deja de despertar sospechas.

El gran rival de Verne es H. G. Wells. Mucho menos riguroso que Verne, quien jamás se hubiera atrevido a imaginar un hombre invisible o una máquina del tiempo, no usa un cañón ni un cohete, sino algo tan hipotético como la antigravedad.

En Los primeros en la Luna (1901), gracias a una sustancia sintética que neutraliza la atracción gravitatoria, el sabio Cavor y su vecino viajan a un mundo bastante similar al de Luciano y Kepler, aderezado con hipótesis más aceptables para la ciencia de fines del siglo XIX.

Para entonces, con los telescopios modernos, era evidente que si hubiese vida o artefactos de alguna especie inteligente en la superficie lunar, ya los hubiéramos visto. Wells se mantiene fiel a Kepler y esconde a los selenitas bajo el suelo, permitiéndoles salir sólo en las sombras. Hasta se las ingenia para que el aire, congelado en el área oscura, se evapore al sol y permita respirar sin escafandra.

Wells aprovecha para diseñar una suerte de utopía: una sociedad de insectos súper especializados para funciones específicas, que dependen de una suerte de cerebro maestro, el cual no es más que la versión moderna de Endimión.

La tradición que viene de Luciano termina en Wells, aunque por un tiempo más la atmósfera lunar se negó a desaparecer. En el clásico La mujer en la Luna (1929), para el cual Fritz Lang se hizo asesorar por Herman Oberth, hay aire y agua, pero están en la cara oculta. En una película soviética de 1935 (El viaje cósmico, de Zhuravlev) los astronautas de la nave José Stalin andan en escafandra, y se llaman a los gritos, a pesar de contar con el asesoramiento de Ziolkovski. Pero todavía son capaces de encontrar aire congelado, que les permite sobrevivir y regresar. El aire nunca apareció, pero el agua acaba de ser encontrada, y todavía nadie ha empezado a dudar de su autenticidad.

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¡Llegaron los marcianos!

¿Qué nos pasaría si TN interrumpiera su transmisión para poner la placa “Urgente” o si Crónica TV pusiera las grandes letras blancas sobre fondo rojo anunciaran “Extraterrestres invaden Argentina” y comenzaran a contarnos que llegaron los marcianos? Probablemente nos desesperaríamos, buscaríamos un lugar seguro e intentaríamos irnos los más lejos posible.

Eso es exactamente lo que ocurrió en los Estados Unidos un día de 1938 cuando al actor y director de cine Orson Wells, famoso por su película El ciudadano, se le ocurrió leer como verdadero algo que había ocurrido en el libro La guerra de los mundos, de H.G. Wells. (Sí, el mismo autor de La máquina del tiempo.)

Mirá este video en el que History Channel cuenta por qué la gente no entendió que aquello que estaba escuchando por radio.

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Una escuela un poco rara

Sci Fi, un canal español especializado en la proyección de películas y series de televisión de ciencia ficción, anuncia la creación del primer master para estudiar esta “rara” materia. Obviamente, no hay que asistir a tediosas clases, ni tomar apuntes, ni leer libros… y, mucho menos, estudiar. Va una pequeña ayudita para entender la canción: “mola mogollón”, gusta muchísimo; “flipante”, alucinante. Conocé más sobre la programación de Sci Fi en www.scifi.es.

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