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“Hablamos latín todos los días”

Antonio Cascón, profesor de Latín.Por Víctor Amela, La Vanguardia.

El latín se evapora del horizonte de nuestros saberes. Antonio Cascón me convence de lo lastimoso de esta pérdida: estudiar el latín y su cultura nos daría alegría y seguridad. Y me demuestra que, pese a todo, seguimos empuñando el latín: él y dos colegas suyos (Rosario López y Luis Uncenta) del departamento de Filología Latina de la Universidad Autónoma de Madrid publican Peccata minuta (Ariel), con el pseudónimo de Víctor Amiano, para glosar locuciones y frases latinas que usamos todos, explicando su origen.

-¿Se nos muere el latín?
-Sí, y es una pena. Habrá quien dirá: “El latín no sirve para nada”. Y yo digo: si sólo estudias lo que sirve para algo, ¡adiós a la cultura general!

-Pero ¿sirve el latín para algo o no?
-Sirve para descubrir una cultura, la latina, matriz de la nuestra. Para entender la lógica interna del castellano o el catalán, lo que ayuda a pensar mejor. Para entender el genio de la lengua que hoy hablamos.

-¿Qué queda del latín en nuestro habla?
-El 90% del léxico del castellano y del catalán deriva del latín. Hablamos un latín degradado o evolucionado, según lo mires.

-¿Estoy hablando latín cada día?
-¡Más de lo que crees! Y continuamente usamos frases hechas y locuciones latinas.

-¿Por ejemplo?
-Currículum (literalmente, carrerita), ópera prima (primera obra), post mórtem (después de la muerte), statu quo (estado en el cual), a priori (de antemano), in albis (estar en blanco), in situ (en el sitio), ipso facto (en el mismo acto).

-La última que ha leído en la prensa es…
-Ayer leí que un gobierno había tomado una decisión in extremis (en el último momento). Y si vamos a las secciones de deportes.

-¿Qué?
-Denominan al arquero cancerbero: el Cerbero era el perro que custodiaba la entrada del infierno. O al delantero, ariete, el tronco con cabeza de carnero (aries) de bronce para romper puertas de fortalezas.

-¿Cuál es su favorita?
Excusatio non petita accusatio manifesta.

-Una excusa no pedida…
-… es una acusación manifiesta. Siempre funciona: quien se deshace en excusas sin pedírselas… ¡se delata! Algo quiere ocultar.

-Otra frase que le guste, por favor.
Res tenet verba sequntur: si tienes el asunto, las palabras siguen. Es verdad: si tienes claro qué decir, ¡encuentras cómo decirlo!

-¿Y la más filosófica?
-Esta medieval: primum vivere deinde philosophari (primero vivir, después filosofar). Los goliardos (o clérigos vagabundos) escribían bibere: primero beber.

-Los goliardos eran muy partidarios del carpe diem, ¿no?
-Sí, significa aprovecha el día. A mí me place también Nunc est bibendum (ahora toca beber): la copita del relax, al final del día…

-Porque in vino veritas.
-En el vino está la verdad, sí, pero in aqua sanitas (en el agua, la salud).

-Entiendo más Nulle dies sine linea.
-Ningún día sin una línea: muy propio de escritores, periodistas. De todos modos, parece que proviene de un pintor, de modo que se refiere a dibujar y pintar.

La Iglesia católica ha manejado y maneja aún muchos latines.
Sanctasanctórum (el lugar más santo); santiamén (últimos fonemas de la frase espiritu sancti, amen, que se decía rápido y ha adquirido ese sentido). O perder el oremus: llegar tarde a misa para esa oración.

-Más.
Sursum corda: arriba los corazones. En la misa se dice “levantemos el corazón hacia el Señor”, y por eso muchos creyeron que sursum corda equivalía a autoridad máxima.

-También la jerga jurídica está cuajada de latinajos.
Sub iudice (juzgándose), ab intestato (sin testar), pro indiviso (sin división), in dubio pro reo (en la duda, favorecer al reo), quid prodest (¿a quién beneficia?), quid pro quo (esto por lo otro), do ut des (te doy, me das).

-Se dice “ese sabe latín” para señalar que es muy listo.
-Por el prestigio del latín, arma de personas instruidas, y, por extensión, espabiladas.

-¿Desde cuándo se habla latín?
-Hay constancia escrita desde el siglo V aC., y las personas cultas lo han usado con soltura hasta el siglo XVIII: ¡son veintitrés siglos seguidos de cultura en latín!

-¿Qué poeta latino cree que ha dejado más huella en Occidente?
-Horacio: cantó al carpe diem, cantó al goce del aurea mediocritas (dorada medianía), cantó al beatus ille (feliz aquel…).

-Feliz aquel que huye del mundanal ruido, ¿no?
-Y elige la plácida vida campestre en vez de la agitada vida urbanita. Así arranca un verso que inspirará luego el sentido de beato, beatífico, beatitud.

-Ya veo que el latín enseña y deleita.
-Lástima que quien lo conozca será pronto una rara avis (ave extraña), expresión acuñada por el poeta Juvenal para ponderar una rareza: aludía al cisne negro, y hoy preferimos decir mirlo blanco.

-Y los que mandan prefieren fomentar el panem et circenses.
-Pan y circo, esto es, sustento y diversión: lo exigía la plebe al emperador para estar contenta y tranquila, y el emperador se lo daba. ¡En el circo Máximo de Roma cabían hasta 200 mil personas para ver carreras de carros y apostar por unos u otros!

-Es muy instructivo, pero tenemos que ir terminando la clase, profesor.
-Lástima, pero ya entiendo que ruit hora (corre la hora) y tempus fugit (el tiempo huye).

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De las sierras de Córdoba a Copenhague

La autora de El anillo encantado y Stefano, libros que leemos en primer y en tercer año, acaba de recibir el Premio Hans Christian Andersen, conocido como el “pequeño Premio Nobel”,  el más prestigioso de la literatura infantil.

Por Silvia Friera

“¡Ay, qué loco todo esto! Tengo una ensalada en la cabeza que no te imaginás…” La carcajada de María Teresa Andruetto retumba desde las sierras cordobesas, el lugar en el mundo que eligió para vivir y escribir. La primera escritora argentina y en lengua castellana en ganar el Premio Hans Christian Andersen, considerado uno de los más prestigiosos de la literatura infantil –conocido también como el “pequeño Premio Nobel”–, no tuvo tiempo ni de encender la computadora. Le cuesta traducir emocionalmente el vendaval de sensaciones que zumba por el corazón. Este merecidísimo reconocimiento a una de las narradoras que con más denuedo ha combatido la mercantilización de un género que ella prefiere llamar “zona de lectura”, un borde donde chicos y grandes pueden compartir y traficar textos a su antojo, significa una “doble recompensa” a la “maestría en la escritura de obras importantes y originales que están fuertemente centradas en la estética”, como destacó el jurado del IBBY (Organización Internacional para el Libro Juvenil). “Sus libros se refieren a una gran variedad de temas, como la migración, los mundos interiores, la injusticia, el amor, la pobreza, la violencia o los asuntos políticos”, agregaron los especialistas a la hora de fundamentar la elección de la autora de Veladuras, Stefano, El país de Juan y La mujer vampiro, entre otros títulos. “Ya celebré el hecho de estar en la lista de los cinco finalistas. Pero estoy bastante impactada, no deja de ser una gran sorpresa”, dice Andruetto en diálogo con Página/12.

El fallo del galardón más importante de la literatura infantil y juvenil –que se entrega cada dos años al conjunto de una obra– se anunció ayer en la Feria del Libro Infantil de Bolonia. La mujer que nació en Arroyo Cabral y fue criada en la pequeña ciudad de Oliva se quedó con un premio que la legitima a nivel mundial. Andruetto sabe que ahora se abrirán las puertas de las traducciones, nuevos puentes y muchas más sorpresas cuando sus libros circulen en otras lenguas. Pero la pelea, el lento trabajo de los años, arrancó cuando fundó el Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil de Córdoba (Cedilij). Mucha agua corrió por el río de su experiencia en el campo, desde su paso como secretaria de redacción de la revista Piedra Libre, los talleres que dio como docente y formadora, sus conferencias y sus primeros títulos, dos volúmenes de cuentos, Misterio en la Patagonia y El anillo encantado, que publicó en 1993. “Mis libros han funcionado de abajo hacia arriba –reflexiona la autora de dos magníficas novelas para adultos como La mujer en cuestión y Lengua madre–. Yo tengo 58 años, empecé a escribir antes de los 20, pero publiqué a los 40 y comencé a circular a los 50. Recién a los 55 aparecí en la prensa nacional. Todo lo han hecho los lectores. Los libros se empezaron a leer, los pedían en las librerías y las librerías a las editoriales. Mis libros han circulado mucho de boca en boca. Yo puedo decir que he tenido un cuerpo de lectores antes de tener prensa. Cuando muchas veces el camino es a la inversa.”
“Mi escritura siempre está en los bordes, no sólo respecto de los géneros tradicionales, sino también de la propia literatura infantil. Perfectamente podrían ser textos para adultos”, subraya Andruetto.
–Este moverse por los bordes le ha generado cierta incomodidad al interior de la literatura infantil, ¿no?
–Sí. Pero tengo clara consciencia de la lectura y de qué se le puede acercar a un grupo de lectores. Siempre defendí la idea de una literatura infantil que no sea tan “infantil”, en el sentido de que sea por sobre todo literatura; algo que no suele suceder por la producción en serie y un público cautivo muy importante. Muchos de los libros que he publicado para chicos o jóvenes no los escribí especialmente para esos lectores, pero algún editor consideró que podían funcionar. Y de hecho funcionaron. Stefano, La niña, el corazón y la casa y Veladuras son libros que ahora llaman “crossover”; pero mucho antes de que esa categoría empezara a conocerse, yo sentía que simplemente lo que hay es lectores. Y mientras antes un lector pueda pasar a la literatura toda, mejor. Hay libros que por su sencillez o cierta posibilidad de conmocionar funcionan como libros interesantes en el tránsito de un lector entrenado hacia una mayor complejidad. Pero esos libros también pueden ser leídos por adultos, ¿no? Hay una discusión sobre si la literatura infantil es un género o no.
–¿Y qué opina usted sobre esa discusión: es o no un género?
–Más que un género –porque tiene todos los géneros adentro–, la literatura infantil es una zona de lectura. Muchos textos son leídos para chicos o para jóvenes por una categoría de la edición, cosa que no está mal. A veces es un editor el que puede hacer que un cuento se convierta en un libro para chicos en lugar de un libro para adultos o para ambos, porque está editado de tal manera, porque tiene ilustraciones y una cantidad de cuestiones que son categorías de la edición más que de la escritura. Y de la mediación: “Tengo este libro, a quién se lo debo”. Esto que digo es un poco incómodo al interior del campo de la literatura infantil, es como negar que exista la literatura infantil, ¿no? No quiero llevarlo a un extremo absoluto. Cuando hablamos de un niño muy pequeño la especificidad aumenta. Pero en el caso de un lector que tiene catorce años, por ejemplo, pienso en una editorial como Libros del Zorro Rojo, que publicó El monje y la hija del verdugo de Ambrose Bierce. Ahí está el ojo de un editor que descubre que ciertos textos pueden ser “libros puentes”, lo que los franceses llamaban “literatura pasarela”, en el borde entre niños y jóvenes, entre jóvenes y adultos. Me importa construir lectores que tengan más que ver con la literatura que con lo infantil.
–¿Por qué el Hans Christian Andersen implica una “doble recompensa” para usted?
–Me siento doblemente recompensada porque he sido una escritora que me he movido más por los márgenes; finalmente es la literatura y el lenguaje lo que me importa y no tanto los casilleros. En el casillero de la literatura infantil muchas veces lo primero que se pierde es la calidad literaria en función de enseñar tal tema, transmitir tal otro o ser políticamente correctos. Siempre traté de horadar esos límites, esos bordes. Al principio no me iba tan bien (risas). Pero pasados los años he tenido muchas recompensas. No puedo correrme de ese lugar ideológico de cómo hacer que un chico despierte a la riqueza del lenguaje, a la literatura; y cómo ese niño se va convirtiendo en un lector más fino. Lo que rechazo es la mala calidad deliberada. Tengo un amigo que dice: “Vos de tanto hacer que los chicos lean, los chicos se hacen grandes y te compran las novelas para adultos” (risas). Yo quiero que la literatura infantil no esté tan compartimentada, que sea más literatura y menos infantil.

Página/12, 20/3/2012. Link permanente a la nota.

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Florencio Sánchez viaja en colectivo

Cada país tiene un puñado de autores que lo representan. Junto a Horacio Quiroga -del que leíste, seguSánchez recorre Montevideoramente, Cuentos de la selva-, José Enrique Rodó, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Florencio Sánchez, el autor de M`hijo el dotor, compone el parnaso de escritores de la otra orilla.

Algunos de ellos fueron elegidos para recorrer la ciudad de Montevideo bajo el eslogan “Es Uruguay” y, así, fortalecer la identidad nacional.

En 2010, al cumplirse cien años de su muerte, Florencio Sánchez fue homenajeado profusamente en la otra orilla. Además de organizar eventos con su nombre, poner en escena sus obras y rescatar aspectos de su vida a través de muestras fotográficas y documentales, Sánchez también paseó en colectivo por la pequeña y bonita ciudad de Montevideo.

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La lengua que hablamos

Por Mempo Giardinelli
Página/12, 7/10/2011

A propósito del Museo de la Lengua recientemente inaugurado en la Biblioteca Nacional, en varias notas de diarios, revistas y radios se lo identifica como “de la lengua española”. Y es curioso, porque tal categoría es un error conceptual, además de que no es la denominación oficial que le ha dado la BN al flamante museo.

Pero este yerro ya está instalado en el imaginario nacional contemporáneo. Lo que obliga a hacer algunas precisiones, porque nosotros hablamos Castellano, no Español.

Es claro que, como se dice comúnmente, hablamos la lengua de Cervantes. Pero es también la lengua de Sor Juana y de Sarmiento, la de Borges y Cortázar, y la de Neruda, García Márquez, Rulfo y tantos y tantas más que han creado una magnífica literatura que hoy nos expresa a más de 500 millones de personas, y es, después del chino mandarín, la lengua más hablada y leída del planeta por el número de personas que la tienen como lengua materna.

El Castellano es la lengua romance que ha logrado mayor difusión en el mundo contemporáneo. Es uno de los seis idiomas oficiales de las Naciones Unidas; el segundo más estudiado en el mundo después del Inglés y el tercero más usado en Internet.

Pero es Castellano. No Español, como se popularizó en el mundo última y equivocadamente, y por diversas razones políticas y económicas. Entre ellas, el avance de Telefónica en América y la creación del Instituto Cervantes como avanzada política cultural de España en el mundo. Lo cual estuvo muy bien para ellos, pero limitó el término “castellano” a designar el dialecto románico nacido en el Reino de Castilla durante la Edad Media, y que se habla en esa región. Contribuyó a ello la fácil traducción del gentilicio: Spanish, espagnol, Spanisch, spagnolo, espanhol, etc.

“El término español resulta más recomendable por carecer de ambigüedad”, declara ambiguamente el Diccionario Panhispánico de Dudas, en su edición de 2005. Pero entre nosotros hace ya 200 años que ese enorme lingüista que fue Andrés Bello advirtió el eje de la cuestión, al titular su obra principal, Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos. Un título perfecto.

Bello explicaba: “Se llama lengua castellana (y con menos propiedad española) la que se habla en Castilla y que con las armas y las leyes pasó a América, y es hoy el idioma común de los Estados hispanoamericanos”.

“Hoy no hay foco de conflicto con la RAE porque tiene un nivel de comprensión de las singularidades dialectales en América latina”, razona Horacio González. Lo que es cierto, pero no clausura la cuestión. De hecho, y no dudo de que HG lo comparte, el asunto está vigente entre nosotros, e incluso no termina de resolverse en España. La vigente Constitución Española de 1978, posterior a la caída del franquismo, define: “El castellano es la lengua española oficial del Estado (…) Las demás lenguas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas”.

No es dato menor que fue a partir de los ’90 que se inició la reconquista de la América latina por algunas grandes casas editoriales de España, que se transnacionalizaron comprando empresas locales, de México a Buenos Aires.

Nuestra lengua viene de la península, desde ya, pero se ha enriquecido y complejizado con muchísimos aportes propios, y hoy se compone de elementos lingüísticos extraeuropeos que merecen estudio y reconocimiento y la hacen otra, una y múltiple. El Castellano Americano que nos identifica y hermana políticamente recoge tradiciones propias y enlaza parentescos nacidos de esta tierra prodigiosa a la que vinieron millones de extranjeros para asimilarse y enriquecer su carácter, creando una cultura latinoamericana que necesariamente es un fruto plural y que tiene expresiones peculiares y su propia y riquísima tradición literaria. Y así es leída en todo el continente, porque ha sido y es escrita en el Castellano de América.

Hace poco, en la Universidad Federal de Niterói, en Brasil, me tocó inaugurar el 14º Congreso de Hispanistas de ese país, donde nuestro idioma está adquiriendo un notable desarrollo gracias a políticas públicas que advierten la importancia de la lengua que los rodea en todo el continente y que expresa a casi 40 millones de latinoamericanos de todos los países (excepto Chile) con los que Brasil tiene fronteras. Y allí observé el mismo fenómeno: la cuasi imposición de la denominación Español para una lengua –la nuestra– que en realidad es el Castellano Americano que se habla, escribe y lee en Nuestra América.

El asunto no es nuevo. En tiempos de Perón, por cierto, se estudiaba “Lenguaje Nacional”. Y cuando yo era chico estudiábamos “Castellano” de primero, segundo y tercer año; y luego, en cuarto y quinto, Literatura Universal e Hispanoamericana. Hoy se impuso una deslavada e imprecisa “Lengua” mientras se populariza la creencia de que hablamos “Español”.

La importancia del idioma en la formación de una identidad, así como la propiedad, el uso coloquial y la enseñanza de la Literatura no son asuntos menores ni superfluos. Ya Don Juan Filloy lo subrayaba en los albores de la democracia, cuando resaltaba la pobreza coloquial de los argentinos, que usaban poco más de mil vocablos de una lengua que tenía entonces 73.000.

Un cuarto de siglo después las cosas no han mejorado. Hoy, con los aportes de todas las academias correspondientes de la América hispana, nuestro idioma supera los 90.000 vocablos, pero sigue siendo urgente detener la pobreza lexical, la pauperización expresiva y la extranjerización agresiva y aculturizante de nuestro pueblo. Y si ni siquiera sabemos el nombre correcto de la lengua que hablamos, la cosa es más grave aún.

Link permanente a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-178415-2011-10-07.html

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Material sobre M’hijo el dotor

Desde esta página también podés descargarte las preguntas sobre M’hijo el dotor. Para que no te pierdas en la marea de Internet, aquí van algunas páginas interesantes:

Escuela Digital, de Uruguay; y Biblioteca Cervantes, de España. En los botones del menú ubicado a la izquierda de la página, tenés más opciones para conocer al autor, su obra y las opiniones de especialistas. No dejes de leer el artículo que habla sobre los dramas rurales, en el que se inscribe, obviamente, la obra que estudiamos. Va un fragmento para tentarte:

“En M’hijo el dotor se oponen dos mentalidades, representadas por el padre, don Olegario, y su hijo Julio y, entre ellos, la joven Jesusa, ahijada del primero y novia del segundo. El enfrentamiento generacional ya se trató décadas antes en la célebre novela de Turgéniev, Padres e hijos (1862) que resuelve el dilema mediante dos variantes: Arkadij que vuelve finalmente al lado de los padres y Bazarov, que muere solitario, sin renunciar a sus ideas «nihilistas», léase revolucionarias. La acción del drama se ubica en Uruguay, en «una estancia» (actos I y III) y en Montevideo (II). El padre, don Olegario, es un hacendado apegado a las tradiciones y con una ética rígida. Exige de su hijo respeto hacia su persona y hacia su ahijada igual que parsimonia con el patrimonio familiar. Por el contrario, para Julio todo son convencionalismos, incluida la exigencia de que un joven que dejó embarazada a una muchacha (precisamente Jesusa) debe contraer matrimonio con ella, aun cuando no la ame ya. El conflicto se expresa simultáneamente en varios niveles: en el espacial, como oposición entre campo y ciudad; en el biológico, entre dos generaciones y en el psicológico, entre dos mentalidades: una aferrada al pasado, la otra, moderna, que pretende destruir los convencionalismos y que pone su propia libertad por delante de las responsabilidades sociales. Posiblemente habrá que relacionar las nuevas ideas, todavía vagas en Julio, con la situación del Uruguay del momento: ese año llegó a la presidencia Batlle y Ordóñez, gran reformador que introdujo el voto secreto y la representación proporcional, aprobó nuevas leyes laborales y sindicales, etc. La actitud de Julio podría inspirarse en esa efervescencia renovadora. Sin embargo, en M’hijo el dotor, igual que en La Gringa, el conflicto se soluciona de forma romántica: la mujer (Jesusa o Victoria), como mediadora, supera con su amor los opuestos enfrentados en los hombres.”

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M`hijo el dotor

Ingresá a esta página para poder descargar el libro de Florencio Sánchez, M’hijo el dotor.

Hacé clic sobre el nombre del libro y comenzá a disfrutar de esta obra de teatro que trata sobre la relación entre padres e hijos. Ahora sí, leé M’hijo el dotor.

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Stefano, una novela transformadora

Por Estrella Escriña Martí

En estos días me he embarcado en una tarea pendiente, la lectura de un libro de Aidan Chambers: Booktalk. Ocasional writing on literature and children. Allí un artículo me ha hecho pensar vivamente en la novela Stefano, de María Teresa Andruetto, y me ha llevado a reescribir este artículo que preparé para un curso sobre literatura infantil y migración.

Se pregunta Chambers sobre el tema, ya muy debatido, de la función de la literatura, y aunque reclama para la infancia toda clase de libros, rescata del olvido algunos que por su supuesta complejidad, han dejado de ser muy recomendados, leídos e incluso editados. Y para ello Chambers habla de libros transformacionales (‘transformational books’) y los define como: “libros que enriquecen en algún grado nuestra imagen del mundo y su existencia (…) los libros transformacionales tienen múltiples niveles, múltiples temas, son lingüísticamente conscientes, densos”.

Stefano es para mí sin ninguna duda, uno de estos libros transformacionales.

Y es por eso que me parece un libro no sólo genial sino también necesario. La inmigración es un tema central en nuestra sociedad hoy en día. Se podría afirmar que es un tema fundamental en el mundo pero mirado desde la sociedad española actual, es una de las cuestiones más importantes. Aquí, donde todavía las generaciones de inmigrantes son pocas como para estar generando su propia literatura. Aquí, donde parece que se nos ha olvidado que, no hace tanto tiempo, nosotros mismos emigrábamos a otros países y la realidad de los que ahora llegan a nuestros aeropuertos y costas era la de muchos que se marchaban de este país. Ahora que muchos parecen haberse olvidado de esos momentos y creen que Europa es un paraíso donde todos quieren vivir; no está demás recordar novelas como ésta que nos hablan de nuestro pasado migratorio. Y por todo eso, sería muy interesante que esta novela pudiera editarse también en España.

La temática de la migración abre, a mi entender una interesante línea de pensamiento, enfrenta a sus lectores con los conflictos de reconciliar lo propio y lo ajeno y por tanto pone de manifiesto ese diálogo que todos, inmigrantes o no, tenemos con la vida, en busca de nuestra propia identidad. En este sentido uno de los valores de la novela es que su lectura no nos deja impasibles sino que nos confronta con nuestro propio dilema, con nuestro propio diálogo entre lo propio y lo ajeno, entre lo conocido y lo nuevo, entre la infancia y la adultez.

Durante este análisis veremos como el diálogo es una cuestión central en esta novela de Andruetto, tanto en su temática como en su estructura.

El diálogo textual
Es precisamente el diálogo del que hablábamos algo central en esta obra, no sólo desde la temática, desde la historia, sino desde la estructura misma del texto. La novela formalmente deconstruída se conforma a partir de un diálogo entre dos narraciones que se interrelacionan. Es más, dos discursos diferentes, contados por dos narradores diferentes, son necesarios para contar esta historia.

El primer narrador que encontramos es un narrador omnisciente que cuenta la historia desde que Stefano parte de Italia hasta que conoce a su esposa, Ema, en la ciudad de Rosario (provincia de Santa Fe, Argentina). La narración es lineal: no hay ningún salto en el tiempo narrativo y el narrador parece descubrir la historia con nosotros.

El segundo narrador es Stefano. Él está al final de su viaje y le cuenta a Ema su historia. La narración de Stefano describe con más detalle su vida antes de su partida de Italia y no es lineal sino llena de saltos atrás en el tiempo que complementan, repiten y evocan ciertas escenas en particular.

Tipográficamente, el cambio entre narradores no está marcado en el texto. El lector tiene que deducir el cambio de narración a través de algunas claves como: la presencia del narratario, Ema, al que el narrador se dirige casi en cada párrafo; así como el cambio del narrador en tercera persona al narrador en primera, con una fuerte presencia del pronombre “yo”.

Cada línea narrativa va dejando vacíos que la otra línea narrativa va completando. Por ejemplo, el lector va descubriendo detalles sobre el padre de Stefano en ambas narraciones. Primero Stefano dice casi al pasar que su padre ha muerto:

“Se llamaba Agnese, pero casi nadie la llamaba por su nombre. Vestía de negro, de negro hasta las enaguas. Desde que mi padre murió no hizo otra cosa que arrastrar ese carro.”

Después la narración lineal nos da un poco más de información:

“Los dos quedaron en silencio, Remo pensando quizás en su padre y Stefano sin encontrar una huella del suyo, salvo la fotografía que lleva su madre entre la ropa. Es la foto de un hombre alto, vestido con el uniforme de los alpinos, pero está muy ajada y se le ha borrado el rostro.”

Y la historia se completa en el relato de Stefano que vuelve sobre el tema:

“No conocí a mi padre, Ema. Murió en el Piave, durante la guerra. Dicen que el agua corrió encarnada de tanto llevarse la sangre de los soldados, también la de mi padre. Cuando nací, ya había muerto. Todo lo que recuerdo son esas canciones que hablan de hombres sangrando en el agua. Y mi madre que dice que ha muerto junto al Piave. Y una foto, la única que tenemos, que ella guarda bajo la blusa.”

Diálogo y lenguaje
El lenguaje es otra cuestión central en las migraciones. Para que el diálogo con la otra cultura sea posible, el idioma es una cuestión fundamental. Incluso en aquellas situaciones en que hay un idioma compartido, las diferencias de pronunciación, semánticas o sintácticas requieren de los inmigrantes un esfuerzo de adaptación, de negociación entre la lengua propia y la ajena. Muchas novelas sobre inmigración sitúan el tema de la lengua como un eje central, como un problema básico a resolver por los protagonistas.

En Stefano esto no es así. Muy pocas referencias se hacen al encuentro con el español y ninguna al aprendizaje de la lengua. Se podría pensar que en el momento en que se desarrolla la novela, con una gran inmigración italiana llegando a Buenos Aires, e incluso la similitud entre el español y el italiano hicieran que esta cuestión no fuera tan central y sin embargo creo que esta decisión tomada por Andruetto tiene consecuencias más allá de las anecdóticas.

Esta cuestión del lenguaje no me parece que deba entenderse como una debilidad del texto, o un descuido de construcción de la novela. Muy al contrario, me parece que con ello Andruetto pretende tomar una posición que podríamos calificar de ideológica. La autora está dando prioridad a construir aquí un narrador con una voz claramente argentina. El otro, el inmigrante, no se construye con una voz diferente, sino que desde el principio se construye como argentino. Aún no han llegado a su destino, para ya tienen la lengua, no son por tanto “ajenos” sino parte de lo “propio”.

El diálogo en la historia. El diálogo con el otro: el otro sexo
Hasta aquí hemos visto que el diálogo es central en el texto mismo, pero también lo será en la historia. La búsqueda de una nueva identidad, la reconciliación de los dos mundos que le han tocado vivir, se centra en Stefano en la negociación con el otro sexo. La migración de Stefano no es sólo una de Italia a Argentina, sino que también es una migración interna: Buenos Aires, Montenievas, el circo y su establecimiento en Rosario. Una mujer diferente representa cada lugar y podríamos asegurar que la migración de Stefano se realiza a través de diferentes mujeres tanto como a través de distintos lugares.

Podríamos decir que la adolescencia tiene mucho de migración. Ese tiempo donde se emigra de la seguridad familiar a la independencia adulta. En este sentido la migración de Stefano es un viaje desde la infancia a la adultez donde la maduración sexual va a jugar un papel fundamental.

La primera mujer que encontramos en la narración es la madre, que representa Italia. La novela empieza desde su punto de vista mientras ve alejarse a su hijo de casa. La separación física de ella es entonces el primer paso simbólico para la aparición de otras mujeres.

“Ella preguntó: ¿Regresarás?

Y él contestó: En diez años.

Después, lo vio marcharse y no hizo un solo gesto. Distinguió, por sobre la distancia que los separaba, los tiradores derrumbados, el pelo de niño ingobernable, la compostura todavía de un pequeño. Sabía que correría riesgos, pero no dijo una palabra, la mirada detenida allá en la curva que le tragaba el hijo.”

En un primer momento estas mujeres son sólo algo para mirar. La segunda mujer que aparece en la vida de Stefano es Gina que representa ese momento transitorio, ese comienzo del viaje. La mujer llena sus sueños pero el único encuentro posible es la masturbación.

“El agua se le cae a ella de la boca; él le seca la cara, el cuello, y ve sus tetas bajo la tela mojada. Cuando se despierta mira hacia uno y otro lado: todos duermen. Entonces, mete la mano bajo la manta y se toca.”

Y aunque parece aquí muy consciente de sus actos a la mañana siguiente no sabe que ha sucedido y le pregunta a su amigo Ugo que le contesta:

“—Sucede cuando soñás con las tetas de una mujer— agrega Ugo por lo bajo.

Stefano se pone colorado y teme que su amigo le haga una broma pero no dice nada.”

La inocencia de Stefano se pone así de manifiesto.

Buenos Aires, el lugar de llegada, es donde se produce el encuentro con lo ajeno, la otra cultura, y también el otro sexo. En el hotel de inmigrantes hay algunas mujeres que “buscan en los hombres un poco de dinero”. Una de esas mujeres se le ofrece, aunque no pueda pagarlo y la relación sexual aparece en el texto como algo que da miedo, todavía, que parece estar muy relacionado con la muerte.

“Stefano ha sentido menos miedo en medio del mar que frente a esta mujer que lo ahoga.

‘¿Que te pasa?’, pregunta ella y él la mira.

‘¿Es la primera vez?’, pregunta ella, y él dice que sí con la cabeza.

‘Dejame a mí’, dice ella, y le toma las manos y se las lleva bajo la falda.

‘Dejame a mí, repite, y el se abandona, empuñado por ella, la de la boca grande, la que no tiene nombre.”

Esta relación entre sexo y muerte podría interpretarse como un símbolo de la pérdida de su inocencia, un paso más en su viaje hacia la madurez. Después, en una conversación con Pino, Stefano se ve a sí mismo como completo, casi terminado:

“En cambio yo —dice Stefano—, creo que ya lo hemos vivido todo.”

La siguiente mujer que se cruza en su camino es Lina, la hija del dueño de la hacienda donde empieza a trabajar. El amor platónico que hay entre ellos hace que esta sensación de madurez, de seguridad perdure en Stefano.

Sin embargo, la relación con otra mujer le hará entender que no es como cree, que no es un hombre con una identidad definida, y que su negociación se tendrá que seguir produciendo, quizás de por vida. Tersa, representa su vida en el circo y con ella Stefano vuelve a sentirse como un niño. Él ve que varios hombres visitan a Tersa durante la noche pero cuando pretende hacer lo mismo ella lo rechaza, “cuando seas grande” le dice como única esperanza. Finalmente ella accede, pero cree que es su primera vez, aunque él lo niega, y le trata todo el tiempo como si lo fuera. Un tiempo más tarde reconocerá sus avances en las artes amatorias: “¡Cuánto aprendiste!”, pero ella nunca llega a tratarle como un hombre.

Es a través de estas relaciones con el otro sexo que una parte de la identidad de Stefano se va construyendo. Él se va formando en gran parte por la forma en que los otros le miran, y en este sentido, durante su relación con Tersa, él es todavía un niño. Es importante que la única mujer que lo reconoce como un hombre es Ema, su esposa. Este personaje al que conocemos sólo como el narratario de la narración de Stefano, y que permanece silencioso a través de toda la historia, sólo pronuncia una frase, la última de la novela. Stefano ha llamado a la puerta. Ema va a abrir y su madre, Chiara, le pregunta quién ha llamado, entonces ella contesta: “No lo sé, un hombre”.

El diálogo con nosotros mismos
Por último cabría señalar que el diálogo no sólo está presente en el texto y no sólo es un diálogo con el otro sino también es un diálogo consigo mismo. Aunque en su narración la presencia del narratario es clara, no hay un diálogo sino un monólogo del que Ema es su único público. La identidad (entendida como lo expresa Madam Sarup: “la historia que contamos sobre nosotros y que es también la historia que otros cuentan sobre nosotros”) parece haber llegado a un punto final y definitorio expresado en las últimas palabras de Stefano. El relato de su propia historia parece hacerle entender las palabras de su madre, y de la comprensión llega un alivio de esa culpa que le persigue a lo largo del texto.

“Ahora que tendremos un hijo y repasamos la vida para seguirla juntos, comprendo a mi madre, sus palabras. Todo el camino me siguió diciendo lo que allá decía, golpeándome la memoria como el agua… Siempre la soñaba lejos, parada en la puerta de nuestra casa, con la mano en alto; pero anoche, Ema, ¿lo creerás?, soñé que llegaba hasta nosotros y me abrazaba.”

Y sin embargo el lector sabe, porque Stefano se lo ha dicho, que él no es un narrador completamente fiable:

“A veces pienso que no es verdad lo que ha pasado; que de todo lo que ha pasado, nada es verdad. Que sos vos la que decía: No te vayas. Que sos vos, Ema, y no mi madre. Otras veces pienso que el deseo de venir a América, mi madre, tu madre, el viaje a Montenievas y ese circo donde estuve, han existido solo para que te encontrara… Y a veces pienso que todo lo que pienso, es la misma cosa.”

La identidad, el sentido de la vida se muestran en este párrafo como algo inalcanzable, como una continua búsqueda. Por tanto aunque en el último párrafo de la novela parezca que él ha alcanzado alguna meta, los lectores presentimos que no es así.

Y quizás sea esa una de las más valiosas ideas que nos acompañan en la lectura de este texto, uno de los mensajes que quizás lleguen y transformen a sus futuros lectores, que la identidad no es más que una negociación continua entre lo propio y lo ajeno dentro y fuera de nosotros mismos.

(En Imaginaria. Revista sobre literatura infantil y juvenil.)

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