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De las sierras de Córdoba a Copenhague

La autora de El anillo encantado y Stefano, libros que leemos en primer y en tercer año, acaba de recibir el Premio Hans Christian Andersen, conocido como el “pequeño Premio Nobel”,  el más prestigioso de la literatura infantil.

Por Silvia Friera

“¡Ay, qué loco todo esto! Tengo una ensalada en la cabeza que no te imaginás…” La carcajada de María Teresa Andruetto retumba desde las sierras cordobesas, el lugar en el mundo que eligió para vivir y escribir. La primera escritora argentina y en lengua castellana en ganar el Premio Hans Christian Andersen, considerado uno de los más prestigiosos de la literatura infantil –conocido también como el “pequeño Premio Nobel”–, no tuvo tiempo ni de encender la computadora. Le cuesta traducir emocionalmente el vendaval de sensaciones que zumba por el corazón. Este merecidísimo reconocimiento a una de las narradoras que con más denuedo ha combatido la mercantilización de un género que ella prefiere llamar “zona de lectura”, un borde donde chicos y grandes pueden compartir y traficar textos a su antojo, significa una “doble recompensa” a la “maestría en la escritura de obras importantes y originales que están fuertemente centradas en la estética”, como destacó el jurado del IBBY (Organización Internacional para el Libro Juvenil). “Sus libros se refieren a una gran variedad de temas, como la migración, los mundos interiores, la injusticia, el amor, la pobreza, la violencia o los asuntos políticos”, agregaron los especialistas a la hora de fundamentar la elección de la autora de Veladuras, Stefano, El país de Juan y La mujer vampiro, entre otros títulos. “Ya celebré el hecho de estar en la lista de los cinco finalistas. Pero estoy bastante impactada, no deja de ser una gran sorpresa”, dice Andruetto en diálogo con Página/12.

El fallo del galardón más importante de la literatura infantil y juvenil –que se entrega cada dos años al conjunto de una obra– se anunció ayer en la Feria del Libro Infantil de Bolonia. La mujer que nació en Arroyo Cabral y fue criada en la pequeña ciudad de Oliva se quedó con un premio que la legitima a nivel mundial. Andruetto sabe que ahora se abrirán las puertas de las traducciones, nuevos puentes y muchas más sorpresas cuando sus libros circulen en otras lenguas. Pero la pelea, el lento trabajo de los años, arrancó cuando fundó el Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil de Córdoba (Cedilij). Mucha agua corrió por el río de su experiencia en el campo, desde su paso como secretaria de redacción de la revista Piedra Libre, los talleres que dio como docente y formadora, sus conferencias y sus primeros títulos, dos volúmenes de cuentos, Misterio en la Patagonia y El anillo encantado, que publicó en 1993. “Mis libros han funcionado de abajo hacia arriba –reflexiona la autora de dos magníficas novelas para adultos como La mujer en cuestión y Lengua madre–. Yo tengo 58 años, empecé a escribir antes de los 20, pero publiqué a los 40 y comencé a circular a los 50. Recién a los 55 aparecí en la prensa nacional. Todo lo han hecho los lectores. Los libros se empezaron a leer, los pedían en las librerías y las librerías a las editoriales. Mis libros han circulado mucho de boca en boca. Yo puedo decir que he tenido un cuerpo de lectores antes de tener prensa. Cuando muchas veces el camino es a la inversa.”
“Mi escritura siempre está en los bordes, no sólo respecto de los géneros tradicionales, sino también de la propia literatura infantil. Perfectamente podrían ser textos para adultos”, subraya Andruetto.
–Este moverse por los bordes le ha generado cierta incomodidad al interior de la literatura infantil, ¿no?
–Sí. Pero tengo clara consciencia de la lectura y de qué se le puede acercar a un grupo de lectores. Siempre defendí la idea de una literatura infantil que no sea tan “infantil”, en el sentido de que sea por sobre todo literatura; algo que no suele suceder por la producción en serie y un público cautivo muy importante. Muchos de los libros que he publicado para chicos o jóvenes no los escribí especialmente para esos lectores, pero algún editor consideró que podían funcionar. Y de hecho funcionaron. Stefano, La niña, el corazón y la casa y Veladuras son libros que ahora llaman “crossover”; pero mucho antes de que esa categoría empezara a conocerse, yo sentía que simplemente lo que hay es lectores. Y mientras antes un lector pueda pasar a la literatura toda, mejor. Hay libros que por su sencillez o cierta posibilidad de conmocionar funcionan como libros interesantes en el tránsito de un lector entrenado hacia una mayor complejidad. Pero esos libros también pueden ser leídos por adultos, ¿no? Hay una discusión sobre si la literatura infantil es un género o no.
–¿Y qué opina usted sobre esa discusión: es o no un género?
–Más que un género –porque tiene todos los géneros adentro–, la literatura infantil es una zona de lectura. Muchos textos son leídos para chicos o para jóvenes por una categoría de la edición, cosa que no está mal. A veces es un editor el que puede hacer que un cuento se convierta en un libro para chicos en lugar de un libro para adultos o para ambos, porque está editado de tal manera, porque tiene ilustraciones y una cantidad de cuestiones que son categorías de la edición más que de la escritura. Y de la mediación: “Tengo este libro, a quién se lo debo”. Esto que digo es un poco incómodo al interior del campo de la literatura infantil, es como negar que exista la literatura infantil, ¿no? No quiero llevarlo a un extremo absoluto. Cuando hablamos de un niño muy pequeño la especificidad aumenta. Pero en el caso de un lector que tiene catorce años, por ejemplo, pienso en una editorial como Libros del Zorro Rojo, que publicó El monje y la hija del verdugo de Ambrose Bierce. Ahí está el ojo de un editor que descubre que ciertos textos pueden ser “libros puentes”, lo que los franceses llamaban “literatura pasarela”, en el borde entre niños y jóvenes, entre jóvenes y adultos. Me importa construir lectores que tengan más que ver con la literatura que con lo infantil.
–¿Por qué el Hans Christian Andersen implica una “doble recompensa” para usted?
–Me siento doblemente recompensada porque he sido una escritora que me he movido más por los márgenes; finalmente es la literatura y el lenguaje lo que me importa y no tanto los casilleros. En el casillero de la literatura infantil muchas veces lo primero que se pierde es la calidad literaria en función de enseñar tal tema, transmitir tal otro o ser políticamente correctos. Siempre traté de horadar esos límites, esos bordes. Al principio no me iba tan bien (risas). Pero pasados los años he tenido muchas recompensas. No puedo correrme de ese lugar ideológico de cómo hacer que un chico despierte a la riqueza del lenguaje, a la literatura; y cómo ese niño se va convirtiendo en un lector más fino. Lo que rechazo es la mala calidad deliberada. Tengo un amigo que dice: “Vos de tanto hacer que los chicos lean, los chicos se hacen grandes y te compran las novelas para adultos” (risas). Yo quiero que la literatura infantil no esté tan compartimentada, que sea más literatura y menos infantil.

Página/12, 20/3/2012. Link permanente a la nota.

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Stefano, una novela transformadora

Por Estrella Escriña Martí

En estos días me he embarcado en una tarea pendiente, la lectura de un libro de Aidan Chambers: Booktalk. Ocasional writing on literature and children. Allí un artículo me ha hecho pensar vivamente en la novela Stefano, de María Teresa Andruetto, y me ha llevado a reescribir este artículo que preparé para un curso sobre literatura infantil y migración.

Se pregunta Chambers sobre el tema, ya muy debatido, de la función de la literatura, y aunque reclama para la infancia toda clase de libros, rescata del olvido algunos que por su supuesta complejidad, han dejado de ser muy recomendados, leídos e incluso editados. Y para ello Chambers habla de libros transformacionales (‘transformational books’) y los define como: “libros que enriquecen en algún grado nuestra imagen del mundo y su existencia (…) los libros transformacionales tienen múltiples niveles, múltiples temas, son lingüísticamente conscientes, densos”.

Stefano es para mí sin ninguna duda, uno de estos libros transformacionales.

Y es por eso que me parece un libro no sólo genial sino también necesario. La inmigración es un tema central en nuestra sociedad hoy en día. Se podría afirmar que es un tema fundamental en el mundo pero mirado desde la sociedad española actual, es una de las cuestiones más importantes. Aquí, donde todavía las generaciones de inmigrantes son pocas como para estar generando su propia literatura. Aquí, donde parece que se nos ha olvidado que, no hace tanto tiempo, nosotros mismos emigrábamos a otros países y la realidad de los que ahora llegan a nuestros aeropuertos y costas era la de muchos que se marchaban de este país. Ahora que muchos parecen haberse olvidado de esos momentos y creen que Europa es un paraíso donde todos quieren vivir; no está demás recordar novelas como ésta que nos hablan de nuestro pasado migratorio. Y por todo eso, sería muy interesante que esta novela pudiera editarse también en España.

La temática de la migración abre, a mi entender una interesante línea de pensamiento, enfrenta a sus lectores con los conflictos de reconciliar lo propio y lo ajeno y por tanto pone de manifiesto ese diálogo que todos, inmigrantes o no, tenemos con la vida, en busca de nuestra propia identidad. En este sentido uno de los valores de la novela es que su lectura no nos deja impasibles sino que nos confronta con nuestro propio dilema, con nuestro propio diálogo entre lo propio y lo ajeno, entre lo conocido y lo nuevo, entre la infancia y la adultez.

Durante este análisis veremos como el diálogo es una cuestión central en esta novela de Andruetto, tanto en su temática como en su estructura.

El diálogo textual
Es precisamente el diálogo del que hablábamos algo central en esta obra, no sólo desde la temática, desde la historia, sino desde la estructura misma del texto. La novela formalmente deconstruída se conforma a partir de un diálogo entre dos narraciones que se interrelacionan. Es más, dos discursos diferentes, contados por dos narradores diferentes, son necesarios para contar esta historia.

El primer narrador que encontramos es un narrador omnisciente que cuenta la historia desde que Stefano parte de Italia hasta que conoce a su esposa, Ema, en la ciudad de Rosario (provincia de Santa Fe, Argentina). La narración es lineal: no hay ningún salto en el tiempo narrativo y el narrador parece descubrir la historia con nosotros.

El segundo narrador es Stefano. Él está al final de su viaje y le cuenta a Ema su historia. La narración de Stefano describe con más detalle su vida antes de su partida de Italia y no es lineal sino llena de saltos atrás en el tiempo que complementan, repiten y evocan ciertas escenas en particular.

Tipográficamente, el cambio entre narradores no está marcado en el texto. El lector tiene que deducir el cambio de narración a través de algunas claves como: la presencia del narratario, Ema, al que el narrador se dirige casi en cada párrafo; así como el cambio del narrador en tercera persona al narrador en primera, con una fuerte presencia del pronombre “yo”.

Cada línea narrativa va dejando vacíos que la otra línea narrativa va completando. Por ejemplo, el lector va descubriendo detalles sobre el padre de Stefano en ambas narraciones. Primero Stefano dice casi al pasar que su padre ha muerto:

“Se llamaba Agnese, pero casi nadie la llamaba por su nombre. Vestía de negro, de negro hasta las enaguas. Desde que mi padre murió no hizo otra cosa que arrastrar ese carro.”

Después la narración lineal nos da un poco más de información:

“Los dos quedaron en silencio, Remo pensando quizás en su padre y Stefano sin encontrar una huella del suyo, salvo la fotografía que lleva su madre entre la ropa. Es la foto de un hombre alto, vestido con el uniforme de los alpinos, pero está muy ajada y se le ha borrado el rostro.”

Y la historia se completa en el relato de Stefano que vuelve sobre el tema:

“No conocí a mi padre, Ema. Murió en el Piave, durante la guerra. Dicen que el agua corrió encarnada de tanto llevarse la sangre de los soldados, también la de mi padre. Cuando nací, ya había muerto. Todo lo que recuerdo son esas canciones que hablan de hombres sangrando en el agua. Y mi madre que dice que ha muerto junto al Piave. Y una foto, la única que tenemos, que ella guarda bajo la blusa.”

Diálogo y lenguaje
El lenguaje es otra cuestión central en las migraciones. Para que el diálogo con la otra cultura sea posible, el idioma es una cuestión fundamental. Incluso en aquellas situaciones en que hay un idioma compartido, las diferencias de pronunciación, semánticas o sintácticas requieren de los inmigrantes un esfuerzo de adaptación, de negociación entre la lengua propia y la ajena. Muchas novelas sobre inmigración sitúan el tema de la lengua como un eje central, como un problema básico a resolver por los protagonistas.

En Stefano esto no es así. Muy pocas referencias se hacen al encuentro con el español y ninguna al aprendizaje de la lengua. Se podría pensar que en el momento en que se desarrolla la novela, con una gran inmigración italiana llegando a Buenos Aires, e incluso la similitud entre el español y el italiano hicieran que esta cuestión no fuera tan central y sin embargo creo que esta decisión tomada por Andruetto tiene consecuencias más allá de las anecdóticas.

Esta cuestión del lenguaje no me parece que deba entenderse como una debilidad del texto, o un descuido de construcción de la novela. Muy al contrario, me parece que con ello Andruetto pretende tomar una posición que podríamos calificar de ideológica. La autora está dando prioridad a construir aquí un narrador con una voz claramente argentina. El otro, el inmigrante, no se construye con una voz diferente, sino que desde el principio se construye como argentino. Aún no han llegado a su destino, para ya tienen la lengua, no son por tanto “ajenos” sino parte de lo “propio”.

El diálogo en la historia. El diálogo con el otro: el otro sexo
Hasta aquí hemos visto que el diálogo es central en el texto mismo, pero también lo será en la historia. La búsqueda de una nueva identidad, la reconciliación de los dos mundos que le han tocado vivir, se centra en Stefano en la negociación con el otro sexo. La migración de Stefano no es sólo una de Italia a Argentina, sino que también es una migración interna: Buenos Aires, Montenievas, el circo y su establecimiento en Rosario. Una mujer diferente representa cada lugar y podríamos asegurar que la migración de Stefano se realiza a través de diferentes mujeres tanto como a través de distintos lugares.

Podríamos decir que la adolescencia tiene mucho de migración. Ese tiempo donde se emigra de la seguridad familiar a la independencia adulta. En este sentido la migración de Stefano es un viaje desde la infancia a la adultez donde la maduración sexual va a jugar un papel fundamental.

La primera mujer que encontramos en la narración es la madre, que representa Italia. La novela empieza desde su punto de vista mientras ve alejarse a su hijo de casa. La separación física de ella es entonces el primer paso simbólico para la aparición de otras mujeres.

“Ella preguntó: ¿Regresarás?

Y él contestó: En diez años.

Después, lo vio marcharse y no hizo un solo gesto. Distinguió, por sobre la distancia que los separaba, los tiradores derrumbados, el pelo de niño ingobernable, la compostura todavía de un pequeño. Sabía que correría riesgos, pero no dijo una palabra, la mirada detenida allá en la curva que le tragaba el hijo.”

En un primer momento estas mujeres son sólo algo para mirar. La segunda mujer que aparece en la vida de Stefano es Gina que representa ese momento transitorio, ese comienzo del viaje. La mujer llena sus sueños pero el único encuentro posible es la masturbación.

“El agua se le cae a ella de la boca; él le seca la cara, el cuello, y ve sus tetas bajo la tela mojada. Cuando se despierta mira hacia uno y otro lado: todos duermen. Entonces, mete la mano bajo la manta y se toca.”

Y aunque parece aquí muy consciente de sus actos a la mañana siguiente no sabe que ha sucedido y le pregunta a su amigo Ugo que le contesta:

“—Sucede cuando soñás con las tetas de una mujer— agrega Ugo por lo bajo.

Stefano se pone colorado y teme que su amigo le haga una broma pero no dice nada.”

La inocencia de Stefano se pone así de manifiesto.

Buenos Aires, el lugar de llegada, es donde se produce el encuentro con lo ajeno, la otra cultura, y también el otro sexo. En el hotel de inmigrantes hay algunas mujeres que “buscan en los hombres un poco de dinero”. Una de esas mujeres se le ofrece, aunque no pueda pagarlo y la relación sexual aparece en el texto como algo que da miedo, todavía, que parece estar muy relacionado con la muerte.

“Stefano ha sentido menos miedo en medio del mar que frente a esta mujer que lo ahoga.

‘¿Que te pasa?’, pregunta ella y él la mira.

‘¿Es la primera vez?’, pregunta ella, y él dice que sí con la cabeza.

‘Dejame a mí’, dice ella, y le toma las manos y se las lleva bajo la falda.

‘Dejame a mí, repite, y el se abandona, empuñado por ella, la de la boca grande, la que no tiene nombre.”

Esta relación entre sexo y muerte podría interpretarse como un símbolo de la pérdida de su inocencia, un paso más en su viaje hacia la madurez. Después, en una conversación con Pino, Stefano se ve a sí mismo como completo, casi terminado:

“En cambio yo —dice Stefano—, creo que ya lo hemos vivido todo.”

La siguiente mujer que se cruza en su camino es Lina, la hija del dueño de la hacienda donde empieza a trabajar. El amor platónico que hay entre ellos hace que esta sensación de madurez, de seguridad perdure en Stefano.

Sin embargo, la relación con otra mujer le hará entender que no es como cree, que no es un hombre con una identidad definida, y que su negociación se tendrá que seguir produciendo, quizás de por vida. Tersa, representa su vida en el circo y con ella Stefano vuelve a sentirse como un niño. Él ve que varios hombres visitan a Tersa durante la noche pero cuando pretende hacer lo mismo ella lo rechaza, “cuando seas grande” le dice como única esperanza. Finalmente ella accede, pero cree que es su primera vez, aunque él lo niega, y le trata todo el tiempo como si lo fuera. Un tiempo más tarde reconocerá sus avances en las artes amatorias: “¡Cuánto aprendiste!”, pero ella nunca llega a tratarle como un hombre.

Es a través de estas relaciones con el otro sexo que una parte de la identidad de Stefano se va construyendo. Él se va formando en gran parte por la forma en que los otros le miran, y en este sentido, durante su relación con Tersa, él es todavía un niño. Es importante que la única mujer que lo reconoce como un hombre es Ema, su esposa. Este personaje al que conocemos sólo como el narratario de la narración de Stefano, y que permanece silencioso a través de toda la historia, sólo pronuncia una frase, la última de la novela. Stefano ha llamado a la puerta. Ema va a abrir y su madre, Chiara, le pregunta quién ha llamado, entonces ella contesta: “No lo sé, un hombre”.

El diálogo con nosotros mismos
Por último cabría señalar que el diálogo no sólo está presente en el texto y no sólo es un diálogo con el otro sino también es un diálogo consigo mismo. Aunque en su narración la presencia del narratario es clara, no hay un diálogo sino un monólogo del que Ema es su único público. La identidad (entendida como lo expresa Madam Sarup: “la historia que contamos sobre nosotros y que es también la historia que otros cuentan sobre nosotros”) parece haber llegado a un punto final y definitorio expresado en las últimas palabras de Stefano. El relato de su propia historia parece hacerle entender las palabras de su madre, y de la comprensión llega un alivio de esa culpa que le persigue a lo largo del texto.

“Ahora que tendremos un hijo y repasamos la vida para seguirla juntos, comprendo a mi madre, sus palabras. Todo el camino me siguió diciendo lo que allá decía, golpeándome la memoria como el agua… Siempre la soñaba lejos, parada en la puerta de nuestra casa, con la mano en alto; pero anoche, Ema, ¿lo creerás?, soñé que llegaba hasta nosotros y me abrazaba.”

Y sin embargo el lector sabe, porque Stefano se lo ha dicho, que él no es un narrador completamente fiable:

“A veces pienso que no es verdad lo que ha pasado; que de todo lo que ha pasado, nada es verdad. Que sos vos la que decía: No te vayas. Que sos vos, Ema, y no mi madre. Otras veces pienso que el deseo de venir a América, mi madre, tu madre, el viaje a Montenievas y ese circo donde estuve, han existido solo para que te encontrara… Y a veces pienso que todo lo que pienso, es la misma cosa.”

La identidad, el sentido de la vida se muestran en este párrafo como algo inalcanzable, como una continua búsqueda. Por tanto aunque en el último párrafo de la novela parezca que él ha alcanzado alguna meta, los lectores presentimos que no es así.

Y quizás sea esa una de las más valiosas ideas que nos acompañan en la lectura de este texto, uno de los mensajes que quizás lleguen y transformen a sus futuros lectores, que la identidad no es más que una negociación continua entre lo propio y lo ajeno dentro y fuera de nosotros mismos.

(En Imaginaria. Revista sobre literatura infantil y juvenil.)

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Entrevista a M.Teresa Andruetto: La fatalidad de los hechos

Desde la calle, el paisaje que rodea la casa de María Teresa Andruetto en Cabana tiene el aspecto del final de un viaje. De hecho, el camino parece terminar en la tranquera de la casa, donde el ripio deviene césped. Adentro de la casa hay plantas. Hay muchas otras cosas (libros, adornos) pero lo que más llama la atención es la profusión de plantas. Desde todos los puntos de la casa, la vista hacia las montañas transmite esa sensación ligeramente pacífica, cálida y al mismo tiempo un poco esplendorosa de las tardes de sol en las sierras chicas.

La escritora vive aquí desde 2001. A cuatro kilómetros de cualquier asfalto, María Teresa Andruetto parece haber construido el escenario de una tranquilidad apenas interrumpida por el timbre del teléfono, un ámbito de calma que contrasta con su agitada agenda profesional. María Teresa ya presentó dos libros en lo que va del año (el de poemas Sueño Americano y el de ensayos Hacia una literatura sin adjetivos), y le esperan siete más, además del estreno de una obra de teatro. Este año parece concentrar una nueva etapa de ubicación pública de su obra, con un promedio insólito de publicaciones y la consolidación de sus novelas en los sellos de la casa Random House Mondadori Sudamericana.

Ahora mismo María Teresa habla por teléfono para acordar últimos detalles de producción de la obra de teatro Diría nadie la última palabra, una adaptación de la novela La mujer en cuestión que el grupo Balbuceando teatro estrenará el sábado 13. Esa misma novela, publicada por primera vez en 2003 tras ganar el premio del Fondo Nacional de las Artes, acaba de ser reeditada por el sello Debolsillo (Random House). Y esa reedición es la que Andruetto presentará el jueves 11 en el Teatro Real.

En el segundo semestre del año llegará la novela Lengua Madre, finalista del premio Clarín en 2006, una traducción italiana de Veladuras, los libros para niños Campeón y La durmiente, y el libro de conversaciones entre ella, Lilia Lardone y Andrés Ribera Ribak Redson Ribera. ¿Qué conexiones hay entre esa agenda llena de eventos y publicaciones y esta casa pacífica? La respuesta acaso esté en el encantador desorden del escritorio, pero sería imprudente describirlo más allá de la superposición de papeles, fotografías y libros abiertos.

Formas
Con la claridad y el amor pedagógico propios de un discurso docente cultivado en años de trabajo de escuela, Andruetto explica sus respuestas con un detallismo insistente, y acompaña sus palabras con gestos mínimos. Comienza a hablar de su particular 2009, un año enfocado en el trabajo “hacia afuera”, que le ha obligado a dejar colgada la escritura de una novela para la que no le queda tiempo. Hoy por hoy sus días se debaten entre las presentaciones de libros y el “fascinante” trabajo de adaptar la novela a las tablas. Junto a Florencia Cisnero, Alejandra Toledo y Ana Yukelson, Andruetto encaró esa adaptación “sin la obligación de ser fieles a la novela, ni a nada”, por lo que “no podría decir que se trata de una versión de La mujer en cuestión”.

Más bien es otra cosa, acaso sin nombre definido: “Se tomaron algunos elementos de la novela, pero sólo aquellos que la misma estructura de la obra iba pidiendo. Para mí lo más fascinante fue ver cómo la forma cambia el fondo… En la obra hay dos actrices, por ejemplo, y en la novela hay más de 50 testigos. Eso ya lo cambia todo”.

También parecen cambiarlo todo, en relación a La mujer en cuestión, los años transcurridos entre la primera publicación (2003, por el sello cordobés Alción), y esta reedición. Es evidente que la Argentina no es la misma de 2003, y esos cambios repercuten en la novela a pesar de que los cambios que introdujo la autora entre una y otra edición han sido “mínimos”. En principio, de 2007 a esta parte el discurso literario en torno de la última dictadura ha visitado los hasta hace poco inéditos terrenos de la parodia, por ejemplo, el sarcasmo, e incluso la curiosa pátina de incorrección que resulta de alzar, en la argentina kirchnerista, una voz de derecha (léase Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, por ejemplo).

–¿Puede ser que haya cambiado la novela? ¿Es posible que los cambios del contexto la hayan modificado?

–Puede ser. Pasan varias cosas. La lectura nunca es igual en distintos momentos. Es probable que sea éste un momento más propicio para la novela. La mujer en cuestión ha sido muy estudiada en distintas universidades, y ha sido vista como un punto de inflexión en la cuestión de la responsabilidad de la sociedad civil en la época de la dictadura militar.

Andruetto está al tanto de que la academia suele ubicar a su novela en la ruptura de un discurso post dictadura que adoptó en la década de 1980 el registro testimonial, en la última parte de la década de 1990 un registro de autocrítica (léase Detrás del vidrio, de Sergio Schmucler) y un discurso –inaugurado por La mujer en cuestión– que amplía la pregunta sobre aquellos años hacia el rol de la “gente común”.

“A la hora de escribir, lo que yo tenía en la cabeza no era la construcción del personaje central, sino las voces, los comentarios, momentos –explica Andruetto–. Todo guardado en la memoria. Mucha gente me ha preguntado cómo fue el proceso de investigación de la novela, y la verdad es que yo no investigué nada. Todo lo que aparece es un registro muy fuerte de cosas que han quedado a lo largo de los años en la memoria. Hay frases que escuché en paradas de colectivos… Esas voces de lo social son las que entraron en la novela”.

–También se ha hablado mucho de la forma en la que hiciste entrar esas voces…

–A mí me gusta explorar distintas formas de escritura y La mujer en cuestión es distinta a todo lo que he escrito. En general trabajo una búsqueda de lo poético, y aquí eso está desplazado.

–Es un registro despojado de esteticismo.

–Exacto. Hay un trabajo de lenguaje que busca la forma de un informe incluso mal escrito.

Lo poco que sabemos
–¿Te planteaste el tema de la dictadura al comenzar a escribir “La mujer en cuestión”?

–La novela nació cuando descubrí que una de las constantes en mi escritura es la precariedad del saber de los seres humanos. Y otra cosa que aparece bastante es la construcción de alguien a partir de las voces de los otros. La idea primera de la novela era hablar de una mujer desde los otros… pero no estaba la idea de hablar de la dictadura. No tuve la voluntad de contar algo sobre la dictadura… no es un tema que esté en el origen de mi producción, pero siempre aparece. Creo que es una aparición genuina… no es que yo quiera hacer una literatura de la dictadura…

–Está liberado a la fatalidad, digamos.

–Exacto. Y aparece porque eso atravesó toda mi vida. Y atraviesa la vida de mi generación. No me siento representativa de nada, ni mis personajes son representativos. Son gente común, porque a mí me interesa ver eso, cómo atraviesa determinada situación a la gente común. Entiendo la escritura como un camino de conocimiento, y en ese camino aparece esto. Me sorprende también que uno, pretendiendo hablar de tal o cual cosa, termine siempre hablando de uno.

–Aparece el tema, pero desde una perspectiva que se aleja del testimonio.

–Es que mi preocupación no es lo testimonial. Mi búsqueda siempre ha sido una búsqueda de lenguaje. A mí me parece que la literatura está ahí, que la literatura, si tiene algo para decir lo dice más en ese trabajo con las palabras que en lo que manifiesta en la superficie, lo dice en esa articulación de forma y sentido

–Y en tu caso, acerca de la dictadura, pareciera que la literatura, si tiene algo para decir, siempre es en clave de explicar el presente. Tomando la época como símbolo y no como objeto de estudio, por ejemplo. ¿Puede ser?

–Es eso, claro. Y cómo eso puede metaforizar otros ámbitos. Yo creo que lo que nos pasó, eso que de algún modo construimos entre todos, que fue la dictadura, está presente hoy no sólo en la realidad social, sino en el lenguaje mismo, de distintas maneras. Y sí, es el hoy lo que me interesa, comprender mi tiempo. Por eso nunca he trabajado algún interés por la novela histórica, por ejemplo. No me interesa un registro del pasado, no me interesa la conmemoración.

–Ni la denuncia, que sería la tentación más próxima…

–Claro. Siempre apareció con mucha fuerza el trabajo con la forma: no es la denuncia, no es el testimonio, no es el registro fiel, sino el punto en el que los discursos sociales refractan en lo literario. La escritura es poner en foco algo, bajar a lo pequeño, que es un personaje y ver que pasa. Y pasa todo. En cada uno de nosotros pasa todo.

Cuando comienza a caer la tarde el sol dibuja en las paredes de la casa de María Teresa un montón de manchas luminosas en las paredes. La casa es silenciosa, y algunas palabras de la escritora parecen retumbar con un eco especial. Cuando uno sale hacia la calle, el paisaje ya no parece el final de nada, sino todo lo contrario. Allí donde el césped comienza a ser ripio, comienza el viaje.

Presentación
La mujer en cuestión, de María Teresa Andruetto, será presentada el jueves 11 a las 19 en el Teatro Real (San Jerónimo 66). La novela acaba de ser reeditada por el sello Debolsillo, del grupo Random House Mondadori.

Estreno

El sábado 13 de junio, a las 21.30, en la sala Azucena Carmona del Teatro Real (San Jerónimo 66), el grupo Balbuceando teatro estrenará la obra Diría nadie la última palabra, dirigida por Julieta Daga. Se trata de una adaptación de la novela de María Teresa Andruetto La mujer en cuestión. Dramaturgia a cargo de María Teresa Andruetto, Florencia Cisnero, Alejandra Toledo y Ana Yukelson. Actúan Florencia Cisnero y Alejandra Toledo. Entrada general $ 20.

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