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Roberto Arlt y las escenas de la angustia argentina

El artículo, publicado el 15 de diciembre de 2014, cobra actualidad porque este año, con los alumnos de Sexto, leeremos Los siete locos, de Roberto Arlt. Mientras tanto, falta menos para ver la miniserie dirigida por el gran director Fernando Spiner. A continuación, la nota firmada por Natali Schejtman.

Roberto Arlt pudo haber fantaseado con la televisión, pero lo cierto es que murió casi diez años antes de que se produjera la primera transmisión en Argentina, el 17 de octubre de 1951. Ahora, con Ricardo Piglia al frente de un nutrido equipo de trabajo, se está llevando adelante la filmación de Los siete locos y su continuación, Los lanzallamas, que podrá verse por la Televisión Pública el año próximo. Un viaje al corazón de los años ’30 y al alma de ese gran personaje del siglo pasado llamado Erdosain, en treinta capítulos que contarán con las actuaciones, entre otros, de Carlos Belloso, Belén Blanco, Daniel Fanego, Diego Velázquez y Daniel Hendler

Roberto Arlt, un escritor fascinado por la invención y la técnica, murió en 1942: nunca conoció la televisión en Argentina, que tuvo su primera transmisión el 17 de octubre de 1951. Arlt pudo haber soñado con la televisión: era una fantasía común, cuando la radio ya había desarrollado cierta cotidianidad de lo instantáneo y el cine había ofrecido varias generaciones de estrellas. Sólo faltaba un poco para que imagen y transmisión a distancia se cruzaran para siempre. Esa sinergia daba sus primeros pasos en Europa casualmente al mismo tiempo que él escribía su obra más poderosa, Los siete locos. Arlt, que en sus novelas construyó personajes como Remo Augusto Erdosain, obsesionados como él con los inventos (y con la chance de hacerse ricos con ellos), abordó también el american dream hollywoodense y la máquina de picar carne de los medios de comunicación masiva, tal vez imaginó que algún día podría él mismo escribir guiones. Pero pasaría mucho tiempo hasta que comenzaran las adaptaciones televisivas y cinematográficas de su obra, como hizo Alejandro Doria con “El jorobadito” y “Noche terrible” (dentro de su ciclo de espaciales para TV de 1996) o las películas Los siete locos, dirigida por Torre Nilsson (1973), y El juguete rabioso (versión de Aníbal Di Salvo y José Maria Paolantonio, 1984, y de Javier Torre en 1998). Hasta ahora, nunca nadie se había animado a la empresa de llevar sus dos novelas más sustanciosas, Los siete locos y su continuación, Los lanzallamas, ejemplos notables de ferocidad escrita, al lenguaje y formato seriado de la televisión. Hasta que Ricardo Piglia –uno de los escritores y críticos que más consistentemente trabajaron sobre la obra de Arlt– se convirtió en la cabeza de un equipo que durante 2014 trabajó arduamente en la adaptación del texto a 30 capítulos de una miniserie. Esa adaptación acaba de culminar para dar paso al rodaje de la serie, que tendrá aire en la TV Pública el año que viene. El titánico proyecto que está en proceso cuenta con la dirección de Fernando Spiner y Ana Pitterbarg y la coordinación de guión a cargo de Leonel D’Agostino. Se trata de una ambiciosa coproducción entre TV Pública, la Biblioteca Nacional y Nombre Productora, cada uno a cargo de diversas tareas y responsabilidades.

En estos días la producción recorre locaciones disímiles, cuidadosamente ambientadas en la década del ’30, para convertir el guión en realidad audiovisual, como por ejemplo la farmacia de Ergueta, un negocio actual convertido en botica histórica, la mítica quinta del Astrólogo en Temperley, los vagones de un tren en donde ocurren acciones definitorias o los estudios de Canal 7 devenidos en la pensión de Barsut, el prostíbulo de Haffner o la oficina de redacción. Por todos estos lugares, desfilan actores que trabajan sobre clima de época y el tono filoso y oscuro de un Arlt revisitado. Entre otros, aparecen Carlos Belloso, Belén Blanco, Daniel Fanego, Diego Velázquez, Daniel Hendler, Marcelo Subiotto, Julieta Zylberberg, Fabio Alberti, Leonor Manso y Pompeyo Audivert. Se nota el trabajo puesto en pintar un mundo magnético que llevan a cabo los directores Spiner y Pitterbarg: entrar al set de la farmacia de Ergueta (interpretado por Alberti), ahí donde Erdosain (Velázquez) recurría tantas veces, es un pasaje instantáneo a la atmósfera amarronada, química y extrema de la novela de Arlt.

La conspiración

No es la primera vez que Piglia, quien ha analizado el rol de las series y su lugar privilegiado como narrativas de esta época, trabaja activamente en televisión. Es más: esta idea de adaptación surgió cuando él estaba terminando su ciclo de clases Borges por Piglia, emitidas a fines de 2013 en la TV Pública, que a su vez fueron la continuación de otro ciclo de clases de 2012, Escenas de la novela argentina, en el que analizaba a distintos autores trascendentales de nuestra literatura y su relación con los medios de comunicación. “Cuando terminamos el programa sobre Borges nos pusimos a discutir el proyecto del año próximo y surgió la idea de hacer un programa sobre Arlt. Entonces pensamos que era mejor no repetir la forma que habíamos usado y en lugar de hacer clases sobre Arlt, decidimos hacer un programa con Arlt. Ahí entonces propuse hacer la adaptación para una serie de Los siete locos y Los lanzallamas. Primero me pareció importante no repetir el formato, que es uno de los males de la televisión, la repetición incesante de lo que ha funcionado. Y segundo, me pareció que era un modo no de adaptar la literatura a la televisión, sino la televisión a la literatura. Es un gran riesgo y un desafío.”

Una vez aceptado el desafío de llevar Los siete locos y Los lanzallamas a la TV, el trabajo comenzó en la oficina de Piglia, en reuniones populosas, como describe Alejandro Montalbán, productor ejecutivo por parte de Nombre Productora, en las que se cruzaban María Pía López (socióloga, ensayista, directora del Museo del Libro y de la Lengua) y el historiador Javier Trímboli (de la Televisión Pública), ambos abocados también a la adaptación. Junto con ellos, los directores Fernando Spiner –quien ya había trabajado con Piglia cuando escribieron, junto con Fabián Bielinsky, el guión de su película La sonámbula– y Ana Pitterbarg; y Gabriel Reches y Alejandro Montalbán, de Nombre Productora.

Piglia describe el proceso terminado recientemente y en su relato uno puede recrear lo que habrán sido esas jornadas intensas de discusión documentada en términos literarios, sociológicos e históricos: “Primero hicimos una lectura exhaustiva de la novela, preparamos una síntesis de las acciones del libro y una primera discusión sobre el desarrollo de la trama. Vimos en seguida que debíamos convertir al personaje elíptico del comentador que aparece en la novela en un protagonista importante. El comentador en el libro es quien recibe el relato de Erdosain después del crimen y recibe otros testimonios sobre lo sucedido, de hecho es quien narra la novela. Otra cuestión importante fue revisar el complot del Astrólogo. La idea como sabemos es muy poderosa y a ellos alude el título del libro. Mantuvimos la forma de la conspiración pero ampliamos algunos datos aludidos en el libro. Por ejemplo el encuentro con Di Giovanni y Paulino Scarfó presente en la novela nos dio pie para ampliar la conexión con las acciones de los anarquistas. También con Javier Trímboli, que participó muy productivamente en la adaptación, trabajamos la serie de conspiraciones del partido radical que en los años ’30 usó la violencia para quebrar el régimen dictatorial. En la adaptación, el Astrólogo parece estar relacionado con esas dos formas de acción política que son contemporáneas al relato”. Entre lo más desafiante del trabajo, Piglia hace foco en cómo trasladar lo que funciona en Arlt al lenguaje audiovisual y televisivo: “Lo más difícil, desde luego, es trasladar la prosa de Arlt. Está claro que Arlt es un novelista excepcional en la construcción de situaciones dramáticas y de personajes inolvidables, pero toda esa maquinaria funciona gracias al carácter extremo de la prosa. Entonces, el punto central para nosotros es el de transmitir con la imagen la misma intensidad que tiene la prosa de Arlt”.

Montalbán agrega detalles del proceso: “Durante tres meses de arduo pero feliz trabajo, mientras se iniciaba la preproducción, las idas y vueltas con el guión insumieron febriles discusiones presenciales y por mail sobre los personajes, el tono general del proyecto y el elenco”, y no cuesta imaginar esos largos debates alrededor de todas las aristas que hacen de estas novelas, piezas de lo más productivas: su época, sus personajes, su locura, sus fantasías, su violencia. Hasta que por fin comenzó el rodaje, que durará hasta febrero, para empezar a trabajar en el estreno en 2015.

La vigencia de Erdosain

Si bien llevar Los siete locos y Los lanzallamas a la televisión podría parecer algo relativamente nuevo para el frondoso recorrido de Ricardo Piglia, se articula muy naturalmente no sólo con sus antecedentes como guionista y su continuo foco en la relación entre la imagen, la literatura y los medios, sino también en su propia narrativa y lo que Arlt significa en su lectura de la literatura argentina. Ya en su libro Crítica y ficción, había remarcado su actualidad en un sentido muy profundo: “Las novelas de Arlt parecen alimentarse del presente, de nuestra actualidad. Si hay un escritor profético en la Argentina, ése es Arlt. No trabaja con elementos coyunturales sino con las leyes del funcionamiento de la sociedad”, decía en una entrevista de Ricardo Kunis para Clarín en 1984. Y llamativamente, como una corroboración más de su interés y capacidad de seguir (re) escribiendo a Arlt, la adaptación coincidió con la publicación de su Antología personal (Fondo de Cultura Económica), en donde uno de sus cuentos inéditos, “El astrólogo”, ofrece una continuación posible del destino de uno de los protagonistas de este dúo dinámico de novelas en clave policial, en donde se cruzan y toman protagonismo elementos de la historia política argentina como el golpe del ’55 y el peronismo proscripto. La fascinación de Piglia por Arlt alcanza múltiples plataformas. La televisiva, además, concentra preocupaciones que el autor también ha desarrollado a lo largo de los años, como la narración cinematográfica.

¿Qué elementos de la novela de Arlt dirías que la hacen más fácil de adaptar y qué elementos la hacen más difícil?

–Lo más sencillo, como dije, es que la novela maneja escenas notables en una trama secretamente melodramática y casi folletinesca, con elementos del género policial y de una comprensión extraordinaria de las motivaciones de los personajes. Lo más difícil fue, por supuesto, transmitir la cualidad excepcional que tiene el personaje de Erdosain, que es para mí, el mayor personaje de la literatura argentina del siglo XX. En el siglo XIX tenemos a Martín Fierro y en el siglo XX lo tenemos a Erdosain. Todo gira alrededor de él y de su percepción de la realidad. De hecho, la serie podría haberse llamado Erdosain.

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Escuchá “Esdrújulo”, del cantautor uruguayo Daniel Viglietti y “Mazúrquica modérnica”, de la siempre vigente Violeta Parra, interpretada por Joan Manuel Serrat.

Mirá los videos de los dos temas. “Esdrújulo”“Mazúrquica modérnica”.

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“El Quijote está cerca de todos”

Miguel Rep, dibujante, creador de Gaspar el Revolú, Lukas y otros personajes entrañables, “completó” el vínculo artístico entre la localidad bonaerense y Alcalá de Henares, ciudad natal de Miguel de Cervantes Saavedra. En ambas dibujó al célebre personaje literario, aunque aclara: “Allá me salió un Quijote más indignado”.

“Si yo tuviera que comparar al Quijote con algún personaje argentino, lo pondría al lado de Mafalda: ambos son universales.” Lo dijo Miguel Rep en la presentación del mural con el que se inauguró esta semana la quinta edición del Festival Cervantino de Azul. La obra completó el “hermanamiento” entre la localidad del centro de la provincia de Buenos Aires y Alcalá de Henares, que es la ciudad natal de Miguel de Cervantes Saavedra. Claro que esos datos pasaban a un segundo plano al ver cómo las mamás y los chicos de los barrios vecinos se acercaban al artista para agradecer y saludarlo, en una noche de primavera que abrió la fiesta más importante que hay en la zona.

Rep había llegado a mediados de octubre. Los azuleños se acostumbraron a divisar su figura lunga jugando al fútbol o andando en bici, con el pincel siempre atento para completar lo que había comenzado meses antes en España, donde plasmó en una pared alcalaína la lucha del hidalgo contra los molinos. “Allá me salió un Quijote más indignado”, contrastó el creador. En Argentina el lugar de trabajo fue la recién remodelada Casa de López, que queda pegadita a las estatuas de Carlos Regazzoni que hay en la Plaza del Quijote. Siempre en Azul, por supuesto. Fueron días de andamios, picaditos y fans que acercaban mates con facturas.

“¿Por qué será que uno se empeña en hacer al Quijote? –se preguntó el dibujante en uno de los descansos–. A lo mejor porque quiere que los demás también sientan el placer que tuvo uno al leerlo. Es un ser que excede lo hispánico y lo coyuntural. Que simplemente está cerca de todos, de ahí mi asociación con Mafalda. Además, es importante rescatarlo del anquilosamiento al que lo ha sometido la academia. De hecho, yo llegué a él a partir del dibujo. Y adentrarme en este libro fue una de las decisiones más importantes que tomé en mi vida.”

Jueves, día de inauguración. Una especie de sábana enorme impedía adivinar el resultado final. La multitud se fue juntando en la plaza para escuchar al especialista español José Manuel Lucía Mejía –catedrático de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid y coordinador académico del Centro de Estudios Cervantinos de Alcalá– repasar la trepidante existencia del Manco de Lepanto. Habló de los duelos que protagonizó el autor, de su cautiverio en manos de piratas y de cómo el Cervantes crepuscular escribió casi hasta agotar el último aliento. Mientras, Rep ilustraba en vivo y convocaba un coro de risas y de aplausos.

Y el telón se movió. En el muro surgió un Quijote con rumbo sur, sobre un Rocinante de líneas mansas, el Sancho cerca y la paisanada de la pampa dando la bienvenida a la luz de la luna. El artista –que lleva pintados más de treinta murales de diversa índole– pasó la posta a los espectadores: “Hoy abandono este laburo. Ya les pertenece, y decidirán cómo mirarlo, cuidarlo o mejorarlo si es que les gusta. Porque es el pueblo el que les pone alma a los murales. Las obras tienen aura o no, y eso lo decide la gente”.

Los proyectos de Alcalá y Azul comparten la paleta de colores –priman el negro y el amarillo–, aunque exhiben cierto matiz en la vibración que transmiten sus líneas. Son hermanos, es decir similares y distintos. Rep: “Siento que la horizontalidad que puse en este Quijote argentino representa la paz que hemos encontrado nosotros después de tanto quilombo. Si uno lo compara con el de allá, nota la diferencia”.

¿Y qué relación hay entre la obra magna de la lengua castellana y Azul? Mucha. En principio, la Biblioteca Bartolomé Ronco reúne una cantidad asombrosa de ediciones, en numerosos idiomas y de varias épocas. Por otro lado, existe el deseo de resaltar el idealismo del caballero andante y convertirlo en núcleo de los valores compartidos por la comunidad. Eso sí: si bien Azul fue declarada Ciudad Cervantina en el 2007 por la Unesco, su identidad va mucho más allá de la fiebre literaria. En efecto, no han faltado los que deslizan ironías sobre la aspiración un poco ridícula de organizar una reunión de investigadores y artistas en un espacio tan atípico. ¿Pero acaso no es el legado quijotesco un desafío a ese tipo de pudores? Después de todo, el arraigo que ha ganado en estos pagos el entrañable loco de La Mancha es una excusa para conocer mejor una región repleta de historias que el público masivo no conoce. Algunas son truculentas, como la de Mateo Banks, el primer asesino múltiple que hubo en el país. Otras son conmovedoras, como la que se cuenta en Auca Nahuel, el film que hicieron los pobladores locales para rememorar al último cacique pampa que hubo en el sur de Buenos Aires.

A este acervo viene a añadirse la pieza de Rep. En las jornadas que vienen, Azul albergará elencos y personalidades de la cultura, con la participación comunitaria como eje articulador. En música se podrá disfrutar de shows a cargo de la Orquesta Juan De Dios Filiberto, Luna Monti y Juan Quintero, entre otros. En el segmento dedicado al teatro se interpretarán puestas como Apátrida, de Rafael Spregelburd; Desastres, del grupo cordobés Cirulaxia Contra Ataca Teatro; El Centésimo Mono, con dramaturgia y dirección de Osqui Guzmán; La Familia Argentina, de Alberto Ure y dirigida por Cristina Banegas; Souvenir, de Stephen Temperley; y Epopeya L’Aéropostale, con la participación de la prestigiosa pianista argentina Marcela Roggeri, el clarinetista francés Florent Héau y el actor Jean-Pierre Noher. Habrá teatro infantil, danza y artes visuales. Por último –el domingo 13 de noviembre– el Parque Municipal será sede de la famosa “fiesta de la comunidad”. A partir de las tres de la tarde habrá barriletes y desfiles, para despedir al sol con un concierto gratuito de Vicentico. Ideal para tomarse un respiro de la Capital.

* El cronograma completo del quinto Festival Cervantino puede consultarse en www.azul.ciudadcervantina.org.ar.

Página/12, 5 de noviembre de 2011. Link permanente a la nota.

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“Soy un enfermo de la lectura, pero no sé si es una virtud”

En esta entrevista,  el escritor y traductor Luis Chitarroni ofrece su perspectiva sobre el tema que solemos discutir en clase: qué se define como literatura. (La entrevista completa, acá.)

–¿No hay tensiones en la literatura argentina?

–Que no haya agrupamientos no quiere decir que no haya tensiones. Creo que hay tensiones y diferencias estéticas. A mí me encanta lo que hace Washington Cucurto, pero quizás algunos pueden decir que no es literatura. Siempre hay alguien que dice “eso no es literatura”, como si literatura no fuera todo lo que se lee como literatura. Hubo escritores y críticos que decían que no era literatura lo que hacía Puig. Yo crecí en una sociedad impugnadora: “Eso no es literatura”, “lo que hace Lamborghini no es literatura”, “lo que hago yo es literatura”. ¿Por qué lo que hace usted es literatura? Ha habido una discrepancia ideológica que ponía el acento donde no había que ponerlo. Si uno toma a dos escritores de ideologías distintas como Alejo Carpentier y Manuel Mujica Laínez, puede notar que son escritores familiares. Los dos tienen una concepción y un repertorio de lecturas parecidos, aunque uno apoyó la revolución cubana y el otro estaba horrorizado. La idea que tienen de la literatura es lujosa y tal vez no admitirían que Lamborghini y Cucurto es literatura. Tampoco estoy hablando como campeón del desprejuicio, pero trato de no localizarlos en esta especie de escena voluptuosa de impugnación.

–Quizás el problema es que ahora es más difícil argumentar qué no es literatura.

–Exactamente; antes se daba por sentado que literatura era lo que hacían unos señores que dominaban una cantidad suficiente de figuras retóricas. De ninguna manera quiero hacer un elogio contra la retórica. Me parece que Guillermo Cabrera Infante decía que achacarle a la retórica la mala literatura es como achacarle a la ley de gravedad la caída de los cuerpos. Uno de los enemigos de la literatura es la imprecisión, la vaguedad. No la ambigüedad, que es una riqueza. Kafka es tan interesante porque se obstina en decir exactamente qué es lo que le pasa. ¿No quiere casarse? Te explica caudalosamente por qué no, como un síntoma que para encontrar la cura hay que describir con mucha precisión y exactitud. Yo creo que cuanto más elementos y recursos tenga un escritor mejor será.

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Web para entender Crónica de una muerte anunciada

Vamos a aprovecharnos de esta página desarrollada para estudiantes de castellano de la Universidad de Willamette y a sacarle el jugo al material incluido sobre la novela de Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada.  Contexto, sinopsis, vocabulario, personajes… listos para ser usados. Hacé clic acá y ¡salud!

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Qué es la literatura

Definir qué es la literatura, ya sabemos, es una tarea difícil e intrincada. En este pasaje de la entrevista realizada en el marco de su visita al Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (FILBA), Marc Augé, el antropólogo francés que creó el concepto de “no lugar”, intenta conectar las líneas que exiten entre la literatura, la ficción, un género, como la novela, y el mercado de consumo, en los diferentes momentos de la historia.

[…]

–Las similitudes que hay entre la antropología y la literatura son más de las que se puede intuir…
–Sí, pero hay que preguntarse qué es la literatura. A menudo se entiende por literatura la novela. Pero si uno revisa la historia de la literatura, hay de todo. ¿O no son escritores Voltaire, Rousseau o Montesquieu? Hoy en día serían científicos, humanistas, filósofos. Hemos inventado títulos terribles, pero son escritores que han escrito ficciones, aunque no siempre. Hay una frase del novelista Julien Gracq que se refiere a este problema a propósito de la filosofía. Dice que es evidente que Kant no es un escritor, pero que Nietzsche es un escritor. Los filósofos se han preguntado cuál es la relación entre la filosofía –que se ocupa de la verdad– y el estilo. No es posible oponer un tipo de verdad objetiva que no necesitaría una expresión particular de escritura para la comunicación. No me gusta la palabra comunicación, porque indica una relación sin estilo. No se comunica nada si no hay consistencia; tiene que haber una captación de intereses tal como en la retórica. Se dice que el primer oficio del orador es la captación de la benevolencia; es, sin dudas, un hecho de lengua. Pero hoy tenemos una idea demasiado pobre de la escritura literaria. La literatura es más que la ficción. No es suficiente escribir ficciones para ser un escritor. A menudo se confunde literatura y ficción.

–¿Por qué se produce esa confusión?
–Sería necesario tener una aproximación histórica y no puedo hacerla. Pero esta confusión puede ser una expresión de la sociedad de consumo, porque un libro que tiene interés es un libro que se vende. En Francia es evidente: cuando un libro tiene éxito, el número de ejemplares vendidos aparece como una razón del libro. No hay que leer el libro porque represente algún tipo de interés concreto, sino porque los otros lo han leído. La sociedad de consumo introduce, por intereses propios, esta confusión, sugiriendo que sólo la ficción es literatura. Lo que no es cierto. Cuando pensamos en la literatura del siglo XIX, hay mucha información en las obras de los novelistas, como en Balzac.

La entrevista, completa, se puede leer haciendo clic aquí.

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Patán y Sartre

Cada vez que oigo habla de medallas, me acuerdo de Patán.

A fines de los años sesenta, los estudios de dibujos animados Hanna-Barbera crearon una serie –entre tantas– para la CBS llamada The Wacky Races, que conocimos y disfrutamos como Los autos locos. Estaba basada –siguiendo el modelo de The Pink Panther– en otra comedia muy exitosa de Blake Edwards de 1965: The Great Race o La carrera del siglo entre nosotros. En la maravillosa Los autos locos –junto a Penélope Glamour, el espantomóvil del Profesor Locovich, Los Hermanos Macana y varios más– aparecía un malvado singular, Pierre Nodoyuna (versión brillante del original Dick Dastardly), larguirucho y maquiavélico intrigante inspirado en la pinta del histrión británico Terry Thomas, al que todo le salía alevosamente mal, entre otras cosas, por la capacidad conspirativa, traidora y oportunista de un perro inolvidable: Patán, el de la risa sorda y burlona.

Poco después, como secuela de Los autos locos, y también apoyado en el éxito cinematográfico de otra comedia que sólo cambiaba el ámbito de la competencia –These magnificent men in their flying machines (Los intrépidos y sus máquinas voladoras) de Ken Annakin, del mismo 1965– apareció otro dibujo animado de Hanna-Barbera, concebido por el mismo equipo en el que reaparecía Pierre Nodoyuna junto a Patán, pero ahora en el contexto de la Primera Guerra Mundial y de una escuadrilla de aviones estrafalarios cuya única e infructuosa misión era detener al palomo correo. Las aventuras de El escuadrón diabólico, siempre frustradas, solían terminar con la caída en picada de Nodoyuna, quien, como último y providencial recurso, atinaba a gritar: “¡Pataaaán…!” Acto seguido, el perro accionaba su cola en forma de hélice e iba en su auxilio. Sin embargo, mientras los plazos se acortaban y el suelo se acercaba, Patán condicionaba su ayuda –vía gestos mudos y expresivos– a la promesa de condecoración: Patán exigía una medalla a cambio del socorro. Logrado su propósito, reía tapándose la boca, entre las maldiciones de Pierre.

Esa simple secuencia infinitamente repetida, más –y sobre todo– la risa característica, han hecho de Patán un personaje memorable.

Cada vez que se menciona la posibilidad de un premio de reconocimiento a algún aspecto de la labor literaria me acuerdo de Jean-Paul Sartre.

No puedo dejar de recordar cómo en 1964, el autor de La náusea, de los cuentos de El muro, de la trilogía Los caminos de la libertad y de Las palabras –para no ir más allá de su obra narrativa– rechazó, sin parpadear con su ojo estrábico ni hacer temblar la pipa, el Premio Nobel que le otorgó la Academia Sueca. Eran casi los mismos años de las andanzas de Patán & Co.

Ese aparatoso gesto principista, sereno y soberbio, hace a Sartre –más allá de lo que uno piense de su literatura y de sus ideas consecuentes hasta el final– un personaje insoslayable, rara avis ética de la escena contemporánea.

Cada vez que se decide la entrega de medallas –en este caso Medallas del Bicentenario a difusores del libro y la lectura– como seguirá entregando mañana en Buenos Aires, más precisamente en la Feria del Libro, el Gobierno de la Ciudad Autónoma a escritores, editores y entidades, me acuerdo de Patán, de Pierre Nodoyuna, de la Academia Sueca y de Sartre. Y distribuyo mentalmente personajes y roles.

Ya sea por deseo o imperativo ético de hacer justicia o por necesidad objetiva de supervivencia personal, el que entrega medallas –lo quiera o no– in-viste al otro y se viste metafóricamente a sí mismo con ellas. Se entrega y a la vez se protege, da y recibe de rebote. Además de ser un gesto de reconocimiento de una virtud, de un mérito del elegido, la existencia misma del acto de entrega es un modo de reconocer una necesidad del dador/evaluador.

Son dos ejemplos extremos. Lo política/éticamente correcto de ambos lados en el desencuentro Nobel-Sartre: uno que premia a quien (sabe que) lo desprecia y uno que desprecia a alguien que lo premia pese a saberlo. Y lo flagrante/éticamente incorrecto en la transacción Nodoyuna-Patán. Uno que premia al otro sólo porque lo necesita y otro que sólo sirve al otro a cambio de una recompensa que no le importa si merece.

A la hora de elegir, puesto del lado del que recibe la medalla, me gusta pensar en la posibilidad de un Patán sartreano y satisfecho, que recibe lo suyo, que no se la cree demasiado y que se reserva el derecho a disfrutar del momento, agradecer sinceramente lo que liga y –siempre, con todo respeto– reírse un poco de la situación.

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