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Patán y Sartre

Cada vez que oigo habla de medallas, me acuerdo de Patán.

A fines de los años sesenta, los estudios de dibujos animados Hanna-Barbera crearon una serie –entre tantas– para la CBS llamada The Wacky Races, que conocimos y disfrutamos como Los autos locos. Estaba basada –siguiendo el modelo de The Pink Panther– en otra comedia muy exitosa de Blake Edwards de 1965: The Great Race o La carrera del siglo entre nosotros. En la maravillosa Los autos locos –junto a Penélope Glamour, el espantomóvil del Profesor Locovich, Los Hermanos Macana y varios más– aparecía un malvado singular, Pierre Nodoyuna (versión brillante del original Dick Dastardly), larguirucho y maquiavélico intrigante inspirado en la pinta del histrión británico Terry Thomas, al que todo le salía alevosamente mal, entre otras cosas, por la capacidad conspirativa, traidora y oportunista de un perro inolvidable: Patán, el de la risa sorda y burlona.

Poco después, como secuela de Los autos locos, y también apoyado en el éxito cinematográfico de otra comedia que sólo cambiaba el ámbito de la competencia –These magnificent men in their flying machines (Los intrépidos y sus máquinas voladoras) de Ken Annakin, del mismo 1965– apareció otro dibujo animado de Hanna-Barbera, concebido por el mismo equipo en el que reaparecía Pierre Nodoyuna junto a Patán, pero ahora en el contexto de la Primera Guerra Mundial y de una escuadrilla de aviones estrafalarios cuya única e infructuosa misión era detener al palomo correo. Las aventuras de El escuadrón diabólico, siempre frustradas, solían terminar con la caída en picada de Nodoyuna, quien, como último y providencial recurso, atinaba a gritar: “¡Pataaaán…!” Acto seguido, el perro accionaba su cola en forma de hélice e iba en su auxilio. Sin embargo, mientras los plazos se acortaban y el suelo se acercaba, Patán condicionaba su ayuda –vía gestos mudos y expresivos– a la promesa de condecoración: Patán exigía una medalla a cambio del socorro. Logrado su propósito, reía tapándose la boca, entre las maldiciones de Pierre.

Esa simple secuencia infinitamente repetida, más –y sobre todo– la risa característica, han hecho de Patán un personaje memorable.

Cada vez que se menciona la posibilidad de un premio de reconocimiento a algún aspecto de la labor literaria me acuerdo de Jean-Paul Sartre.

No puedo dejar de recordar cómo en 1964, el autor de La náusea, de los cuentos de El muro, de la trilogía Los caminos de la libertad y de Las palabras –para no ir más allá de su obra narrativa– rechazó, sin parpadear con su ojo estrábico ni hacer temblar la pipa, el Premio Nobel que le otorgó la Academia Sueca. Eran casi los mismos años de las andanzas de Patán & Co.

Ese aparatoso gesto principista, sereno y soberbio, hace a Sartre –más allá de lo que uno piense de su literatura y de sus ideas consecuentes hasta el final– un personaje insoslayable, rara avis ética de la escena contemporánea.

Cada vez que se decide la entrega de medallas –en este caso Medallas del Bicentenario a difusores del libro y la lectura– como seguirá entregando mañana en Buenos Aires, más precisamente en la Feria del Libro, el Gobierno de la Ciudad Autónoma a escritores, editores y entidades, me acuerdo de Patán, de Pierre Nodoyuna, de la Academia Sueca y de Sartre. Y distribuyo mentalmente personajes y roles.

Ya sea por deseo o imperativo ético de hacer justicia o por necesidad objetiva de supervivencia personal, el que entrega medallas –lo quiera o no– in-viste al otro y se viste metafóricamente a sí mismo con ellas. Se entrega y a la vez se protege, da y recibe de rebote. Además de ser un gesto de reconocimiento de una virtud, de un mérito del elegido, la existencia misma del acto de entrega es un modo de reconocer una necesidad del dador/evaluador.

Son dos ejemplos extremos. Lo política/éticamente correcto de ambos lados en el desencuentro Nobel-Sartre: uno que premia a quien (sabe que) lo desprecia y uno que desprecia a alguien que lo premia pese a saberlo. Y lo flagrante/éticamente incorrecto en la transacción Nodoyuna-Patán. Uno que premia al otro sólo porque lo necesita y otro que sólo sirve al otro a cambio de una recompensa que no le importa si merece.

A la hora de elegir, puesto del lado del que recibe la medalla, me gusta pensar en la posibilidad de un Patán sartreano y satisfecho, que recibe lo suyo, que no se la cree demasiado y que se reserva el derecho a disfrutar del momento, agradecer sinceramente lo que liga y –siempre, con todo respeto– reírse un poco de la situación.

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