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Cuando no es triste la muerte

Por Javier Marías

¿Es siempre la muerte triste, para quien la encuentra y sus allegados? Tendemos a pensar que sí, en toda ocasión y circunstancia, y así en efecto suele ser. Cuando se nos muere alguien próximo y querido sin duda, pero también cuando nos enteramos de la desaparición de gente desconocida, por la prensa y la televisión. Nos produce pesar hasta la de los seres de ficción, en películas, novelas, dramas: somos capaces de sentir una pena intensa por quienes hemos conocido hace sólo días o un par de horas, y además sabemos que nunca han existido en la realidad. Es famoso que cuando Sir Arthur Conan Doyle, cansado del personaje que lo había eclipsado, hizo sucumbir a Sherlock Holmes a manos de su mortal enemigo Moriarty, la pesadumbre y la furia de los lectores lo obligó a hacerlo resucitar: no soportaban lo que ninguno soportamos cuando padecemos la pérdida de quien nos brinda diversión y alegría y consuelo y placer, y ahí se vio una de las ventajas de la imaginario: Holmes volvió a la vida, y en ella sigue mientras viejos o nuevos lectores acudan a sus aventuras (y por cierto: eviten los nuevos a toda costa las recientes traducciones de la Editorial Valdemar, u odiarán a Holmes en vez de amarlo). Y uno de los momentos de mayor tristeza que yo y tantos otros hemos experimentado es aquel en el que Cervantes escribió estas sobrias y escuetas frases: “Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerte en su lecho tan sosegadamente y cristiano como Don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió.”

Nos acostumbramos a que la gente exista, aun la de ficción, y a veces no logramos acostumbrarnos a lo contrario, a que haya dejado de estar, bien por falta de tiempo -el primer hábito es profundo y largo-, bien por la punzante añoranza que nos provoca su cesación. ¿Cómo es posible que no vaya a ver más a tal persona querida?, nos preguntamos incrédulos. Y a menudo seguimos contando con ella, seguimos pensando en regalarle eso que vemos en una tienda y que le gustaría tanto -que le habría gustado, corregimos en seguida con melancolía el ya inadecuado tiempo verbal-; o en relatarle esta anécdota o aventura que tanto le habría hecho disfrutar; o en pedirle consejo o consuelo ante nuestras dudas o sinsabores. Y también nos duele, aunque de modo más efímero y -ay- rutinario, saber de la muerte de unos inmigrantes cuya patera zozobró en el Estrecho, o de los aldeanos guatemaltecos que arrasó un huracán, o de los incontables turcos sepultados por su terremoto. Y quizá aún más nos apenan las muertes individuales, sobre todo cuando son violentas, o injustas, o llegan a una edad temprana. Nos da lástima u horror la puta que acuchilló un cliente despótico o desequilibrado; y el ajusticiado por leyes que nos repugnan, así fueran graves los crímenes por él cometidos; no digamos el niño de pocos meses que la enfermedad no perdona, o aún peor, que conoció tan sólo los golpes de sus progenitores impacientes e incomprensibles, quienes se lo llevaron tan pronto de la cuna a la tumba. Sí, la muerte vivida, o sabida, o leída, o vista en el televisor brillante o en la oscuridad del cine, casi todas ellas nos traen pesadumbre, y a menudo también miedo.

Pero no siempre es triste, o no siempre es sólo triste. Anteayer me llegó la noticia de que la señorita Cuqui, o doña Carmen García del Diestro, mi vieja profesora de literatura del Colegio Estudio y de quien he hablado aquí en más de una ocasión, había muerto. Tenía, creo, noventa y dos años, y hace no mucho, en la que ha resultado su última tarjeta, me contaba con buen humor e ironía cómo había “rodado aparatosamente” por una escalera a la salida de una conmemoración. “Magulladita”, decía, “morada como una remolacha -eso sí, sin roturas-, muy alegre e ilusionada me dispongo a adentrarme en nuevos horizontes literarios…” En nuestra correspondencia de los últimos años, más de una vez me había dicho que nunca había deseado su inesperada longevidad. Pero tampoco se quejaba de ella, pues siempre tuvo curiosidades y capacidad para la diversión. Hasta hace nada fumaba, como lo hacía en clase cuando yo era niño, en épocas menos histéricas que la actual. Vivió con plenitud y provecho, supo disfrutar. Tuvo marido pero no hijos, y las veces de éstos, supongo, las hicimos los centenares de niños y niñas que atravesamos su aula llena de entusiasmo por la literatura y de cariño burlón. Al parecer no ha sufrido. Sin duda no la amargaba vivir algo más, pero me consta que tampoco lo necesitaba. Echaré de menos sus ocasionales tarjetas, tan simpáticas e ingeniosas. Pero su recuerdo será fuerte, y sé que ella no le habrá puesto mala cara a su muerte, se habrá sentido conforme. Así que para mí no es triste, o al menos no sólo triste. Estoy seguro de que ella no me lo habrá reprochado, ni que encienda ahora un pitillo en memoria suya, aunque yo no manche el filtro, como ella, con un sempiterno y coqueto rouge. Vayan estos insalubres humos por la inolvidable y risueña señorita Cuqui, por siempre jamás.

(Publicado en El Semanal, 24 de junio de 2001.)

 

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