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Cuadritos que supieron marcar época

Hace unos años, en Amadora, una ciudad portuguesa próxima a Lisboa, críticos y especialistas del género eligieron a los 100 mejores comics del siglo XX. Al lado de Batman y Astérix, fueron seleccionadas las historietas argentinas Mafalda y El Corto Maltés.

Por Juan Sasturain
Amadora –nombre de princesa, de hechicera consecuente– es un suburbio de Lisboa, una ciudad joven, no necesariamente atractiva por eso, pero inmediata, a tiro de metro de la añosa, bellísima capital de la melancolía. En Amadora se realiza desde hace quince años un Festival de BD, es decir, de banda desenhada –los portugueses han abandonado la denominación tradicional de quadrinhos por la más descriptiva, menos rica y más francesa– en la que reúnen público, autores y obras con buen criterio y mejor resultado.

La historieta goza de buena salud por estos pagos. Al menos, de una mucho mejor que en los nuestros. Los locales (tantas décadas “orgullosamente solos”) no poseen una tradición demasiado rica en esta especie rara y mutante de expresión narrativa, pero sí una industria editorial activa y un contacto fluido con poderosos centros de producción: Estados Unidos, Francia, Japón. Eso les permite a los portugueses estar al día con las novedades –aunque nunca son tantas, en realidad–, tener siempre figuritas para mirar, copiar e incluso poder elegir a los creadores, invitarlos a dedo para que vengan a colgar sus cosas y hablar de ellas ante auditorios nutridos y fervorosos.

Este año, entre otras exposiciones especiales hubo una dedicada a la historieta argentina. No es la primera vez que autores criollos visitan y se exponen en Amadora –Muñoz, Zentner, Mordillo, Risso, Trillo, Quino (in absentia), Oscar Zárate y algún otro pasaron durante los últimos años por aquí–, pero ésta fue la primera en que, con la presencia de Liniers, Rep y Patricia Breccia en vivo y en dibujo, se acompañó una exposición de frutos del país, como resultado de la gestión, la transpiración y el cuidado de María Socas, una compatriota que desde 1997 comparte su vocación plástica –es escultora– con la docencia y la gestión cultural todo terreno. El comentario con respecto a esta muestra y sus avatares merece un apartado especial.

Todo para ver
Entre varias zonas dedicadas a autores y fenómenos locales o europeos específicos –la BD flamenca, la ilustración infantil y el cartoon–, también hubo espacios físicos especiales para el talentoso guionista Neil Gaiman, el de Sandman, y sus ilustradores –Sueños, palabras e imágenes–, el vistoso e interminable Marsupilami nacido hace más de medio siglo del pincel y el talento de Franquin y las minuciosas páginas cubiertas por el dibujo lineal del multiforme Seth. Un dato aparte y para subrayar es la especial atención que Amadora ha prodigado durante los últimos años al trabajo de los guionistas –esa otra pata de la creación historietística a veces ignorada– en la figura de notables creadores como el prolífico Alan Moore en el 2002 y ahora Neil Gaiman. Se preparan aproximaciones similares al trabajo del gran Goscinny y de nuestro Oesterheld.

Las cien del siglo
Sin embargo, lo más importante de este año en Amadora fue –y tuvimos la suerte de estar allí para disfrutarlo– la exposición que acompañó los resultados de la encuesta, realizada entre un centenar de críticos especializados de todo el mundo (o casi) para elegir 100 comics del siglo XX. Al respecto, los meticulosos organizadores se curaron en salud al aclarar de antemano que no se trataría de “los” cien mejores sino de “cien” representativos del gusto mayoritario. En esa encuesta resultaron en los diez primeros lugares del ranking de preferencias de los especialistas, un amplio espectro de grandes obras, sin señalarse prioridades: la consabida Tintin, del belga Hergé; los dos extraordinarios clásicos yanquis de principios de siglo, Krazy Kat, de Herriman y LittleNemo in Slumberland, de McCay; los conflictuados Peanuts de Schultz; el moderno aventurero Corto Maltés de Hugo Pratt; la saga realista del Teniente Blueberry, de Charlier y Giraud; la sorpresiva irrupción –tan arriba en las preferencias– de Maus, de Spiegelman; la insoslayable epopeya burlona del Astérix de Goscinny y Uderzo; los esplendores de Spirit, la obra maestra absoluta de Will Eisner; y el incombustible Batman, de Bob Kane y de los creadores de sus innumerables secuelas.

Uno cree que deberían estar las historias de Caniff, que no deberían faltar el Dick Tracy ni el monstruo Cliff Sterret y que podría asomar nuestro Mort Cinder entre esas primeras diez. Pero no es fácil elegir en semejante maraña. Por lo menos, todos ellos están entre los cien, un muestreo impresionante de la diversidad de expresiones y talentos heterogéneos. Ahí sí, en el paquete grande es donde se puede tropezar con algún intruso y sentir ciertos agujeros indudables: no está el extraordinario Lyonel Feininger –el “otro” McCay, después hombre de la Bauhaus–, no se acordaron del inclasificable –acaso por eso– Joost Swarte, ni figura The Little King (El rey petiso) de Otto Soglow.
Entre una saludable presencia de yanquis de vanguardia –ya no sólo el “viejo” Crumb mal representado por Fritz The Cat– que incluye a Chris Ware, Pekar, Dave McKean y Seth, y de muchos clásicos inamovibles, de todo Raymond y Segar a Roy Crane y Al Capp, de Hogarth a Frank Miller y los X-Men, aparecen también los colados democráticamente votados. Hay algunos superhéroes de más y varios opacos franceses empezando por Les Pieds Nikelés, de Forton, que sólo son antiguos, el inexpresivo Alix de Martín, las sobrevaloradas Barbarella de Forest y Lone Sloane, de Druillet –iconos de los ‘60– incluso el Valérian de Meziéres. Es que hubo muchos electores galos y pocos o desatentos italianos –sólo aparecen, además del Corto, la Valentina de Crepax y los gloriosos Fuocci de Mattotti–, ya que de otra manera si no se explican las ausencias de Altan, de Jacobiti, de Liberatore, de Pazienza, de Buzzelli, incluso de los clásicos Battaglia y Toppi, acaso por ser autores notables pero no haber desarrollado personajes fuertes. Los españoles brillan por su ausencia: sólo la arqueológica Cuto, de Jesús Blasco, y Trazo de tiza, del siempre creativo gallego Miguelanxo Prado, dan pobre cuenta de una producción que algún lugarcito más merecía. Entre los crecientes japoneses –no llegan a cinco– brilla Akira, el insoslayable clásico de Otomo, pero falta el amado precursor, Tezuka, creador de Astroboy.

A la hora de Latinoamérica, como era previsible, sólo la Argentina aporta. Pero no lo suficiente, claro. Y en el catálogo, en la nota que comenta los resultados, se le hace justicia al enumerar las ausencias manifiestas. Están Mort Cinder de Breccia y Oesterheld, está Mafalda, claro; también el admirado Alack Sinner de Muñoz y Sampayo y, acaso sorprendentemente, el Cisco Kid que hizo José Luis Salinas para la King Features. Pero no está flagrantemente El Eternauta, se extraña algún Breccia más y Copi no tendría que faltar. Los portugueses señalan, además, las ausencias de algo de la notable producción argumental de Carlos Trillo y el hueco que deja Horacio Altuna, dos nombres con décadas de presencia en el comic europeo.

Así, estos 100 comics del siglo XX son muchos de los que deberían ser pero no todos, y a la inversa: sobran algunos que no son.

Páginas de gloria
Un placer aparte, y seguramente el mayor, ha sido recorrer la exposición, necesariamente incompleta –no había originales de todos– y poder disfrutar, acaso por única vez para algunos de nosotros, de las páginas y tiras vivas de ciertos autores definitivos. Entre lo más deslumbrante, una sábana de Blondie del gran Chic Young, una página de Spirit, una tira de Terry and The Pirates de Caniff y otra, conmovedora, de Bringing Up Father, de McMannus. En un rincón, diseños de Carl Barks para una páginade Uncle Scrooge –su creación para Disney–, incluso un blanco y negro del Krazy Kat y algún Pogo de Walt Kelly. Como para reconciliarse con la historieta a través de la obra de los maestros del medio. No está muerto quien dibuja.

Las selección argentina
El espacio reservado para la exposición de la historieta argentina en Amadora dio buena cuenta de nuestra diversidad creativa. También en este caso fueron historietas argentinas y no “la” historieta nacional lo que se colgó. De aventuras, realista o no tanto, y humorística, vinculada por el trazo caricaturesco. Lo clásico y lo innovador. No estuvieron todos ni mucho menos –problemas de espacio, de organización, de coordinación, de decisión personal–, pero lo que hubo estuvo muy bien.

La vieja (e intemporal) guardia estuvo representada por trabajos mayores de Alberto Breccia –el Lovecraft, El Eternauta, La gallina degollada, Perramus–, Solano López con páginas de Ministerio, guionadas por Barreiro y un Quino de vasto espectro, con la nena famosa y varias muestras de humor unitario a todo trazo. La generación intermedia estuvo con un Nine brillante que te dejaba con las ganas, el Alack Sinner de Muñoz-Sampayo muy bien elegido, Enrique Breccia, un unitario de Fontanarrosa, y personajes fijos de Viuti –Teodoro y Cía.– más Caloi con Clemente y chistes sueltos, entre otros. Y no faltaron el Matías de Sendra, el Diógenes de Tabaré, muy buenas páginas de Risso con guión de Trillo, Sin novedad en el frente de Patricia Breccia, las tiras cada vez más abiertas y libres de Rep, más sus páginas del nuevo Bellas Artes; el siempre vistoso y eficaz Liniers y el informalísimo Max Cachimba, con un cuarteto de páginas deslumbrantes, más los brillos consabidos de El Tomi, que convidó la mejor Polenta con Pajaritos. En síntesis, una verdadera selección nacional que incluyó la sorpresa de un virtual desconocido en casa, Jorge González, dibujando a color un guión de Horacio Altuna: Hard Story.

La puesta en escena del espacio de la muestra fue un acierto: pintadas, algún símil de cartel callejero y un simulacro de kiosco tapizado de hojas de diario –Página/12 estuvo allí– con ejemplares de Humor y Fierro, libritos de Mafalda e Inodoro Pereyra. No sería como pasear por la calle Corrientes pero algo de ese clima había. //

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