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Historieta de siniestro esplendor

Juan Sasturain celebra el nuevo trabajo del dibujante sueco, Spiegelman:  Sin la sombra de las Torres. El autor de Maus reelabora el atentado y la caída de las Torres Gemelas desde su percepción personal.
 
Por Juan Sasturain

Un mes atrás, y coincidente con el tercer aniversario de los atentados del 11 de septiembre, el historietista norteamericano Art Spiegelman, editor de la mítica Raw y ganador del Premio Pulitzer por su álbum Maus a principios de los noventa, lanzó en Estados Unidos –y simultáneamente en Francia, Italia, Alemania, Holanda y España– un extraordinario volumen de comics sobre la tragedia del 2001 y sus consecuencias, titulado In the Shadow of No Towers (Sin la sombra de las Torres, en su versión castellana). Mucho más allá de la resonancia mediática que le garantiza la espectacularidad del tema, se trata de un auténtico acontecimiento artístico: Spiegelman llega, formal y conceptualmente, muy lejos. Como en Maus, como en la versión ilustrada del poema The Wild Party, como en sus libros para niños, cada vez por una mano diferente, Spiegelman explora y explota nuevas formas para desafíos nuevos. El resultado es simplemente poderoso.

El álbum de sólo 42 páginas en gran formato a color y con memorable tapa negra fue editado por Pantheon Books –Editorial Norma se encargó de la edición española– y es la respuesta artística y personal del autor no sólo a los atentados terroristas, sino a su tratamiento en los medios y a sus secuelas en la política exterior de Bush, con la guerra de Irak incluida. En el prólogo, Spiegelman cuenta su experiencia inmediata del desastre –vive en Greenstreet y Canalstreet, en la llamada “zona cero”– y evoca “la imagen del esqueleto de una de las Torres en llamas, justo antes de evaporarse”. En seguida él y su esposa, Françoise Mouly, corrieron entre el humo para rescatar a Dash, su hijo de nueve años, de la cercana Escuela de las Naciones Unidas, y a Nadja, de trece, cuyo colegio queda a pocas cuadras de las Torres. “Sentía que llegaba el fin del mundo, que el bíblico Armaggedon estaba próximo –dice–, aunque en realidad sólo mi pequeño mundo privado se acabó, y para siempre.”

Bajo esa impresión, Spiegelman se puso a trabajar casi de inmediato sobre su experiencia personal del atentado como una forma de refugio, de exorcismo o de terapia. Así, realizó esa misma semana una memorable tapa para el New Yorker, donde su mujer es directora de arte y él era, por entonces, habitual ilustrador. Es esa misma siniestra imagen –las Torres más oscuras recortadas sobre un fondo también negro– que ahora, con una tira colorida atravesada, es tapa de In the Shadow of the No Towers.

Para llegar a este libro después de tres años del shock, Spiegelman no hizo otra cosa –durante todo el 2002 y hasta fines del 2003– que trabajar las páginas con una dedicación nihilista, ya que sentía que nunca las vería publicadas, que todo acabaría (Nueva York acabaría) antes de que las terminara. “Al principio pensé sólo en capturar lo que me pasó aquel día”, recuerda Spiegelman. “Mi objetivo era mostrar lo que había visto en directo y contrastarlo con la realidad que presentaron los medios.” Y en el arranque es así: en las primeras páginas del álbum se ve a las Torres Gemelas, de diseño esquelético, envueltas en llamas de color naranja y amarillo, mientras la multitud callejera huye desesperada de la terrible escena y un gran zapato que dice “Jihad” cae sobre sus cabezas. Sin embargo, el tiempo y Bush decidieron que el relato no se quedara allí, fuera otra cosa.

Lo explica él mismo: “El New York Times publicó una reseña sobre mí en la sección de arte en el otoño del año pasado –declaraba hace poco– que incluso iba acompañada de la mismísima viñeta (extraída de su work in progress) en que yo aparecía igualmente aterrorizado tanto por Al Qaida como por mi gobierno”. El terror y la compulsión inicial habían ido dando espacio a una reflexión corrosiva que entreveraba planos y circunstancias, pues en otra plancha, posterior, una lluvia de botas texanas decoradas por el signo del dólar evocativas de Bush y del gobierno republicano llovían sobre personajes emblemáticos del comic norteamericano, como Little Annie o Charlie Brown. La homología es transparente. Un comentario reciente sobre el álbum puntualiza que, mientras esto ocurre, “Nueva York se convierte en escenario de la Convención Nacional Republicana; y la tragedia se transforma en parodia”. Exactamente.

Reflexiones en primera persona
Así, las consecuencias de la obsesión de Spiegelman y su manera de canalizarla sin filtro se vieron enseguida: ninguno de los grandes medios que lo habían albergado y publicado sus trabajos quisieron saber nada con la nueva historieta políticamente incorrecta. Ni el New York Times ni sus patrones de entonces en el New Yorker –que abandonó a fines del 2002– ni el New York Review of Books le hicieron lugar a lo que proponía como una serie fuertemente crítica. Así, en Estados Unidos finalmente sólo Forward, un semanario de la comunidad judía que más de una década atrás había serializado la segunda parte de Maus, lo fue publicando en entregas sucesivas pero irregulares. También apareció en la revista alemana Die Zeit y en la London Review of Books. Pero el propio Spiegelman no fue capaz de mantener el ritmo mensual que se había propuesto: las soberbias páginas dobles a color le llevaron –con su complejidad narrativa y acabado minucioso– más tiempo del previsto, algo que nunca le ha preocupado demasiado. Median veinte años entre los primeros esbozos del tema de Maus –el Holocausto contado desde la perspectiva de su padre, Vladek, un sobreviviente de Auschwitz– que fueron tres páginas de 1972, cuando Art tenía 24 años y era un dibujante underground, y la aparición del segundo y definitivo tomo de la saga en 1992. En el medio hubo vida, dolores y trescientas páginas de riguroso blanco y negro hasta que llegaron la fama y el Pulitzer. Ahora, tres años de trabajo con sus experiencias y sensaciones –ya no las de su padre– han decantado en otras cuarenta páginas no menos memorables.

Spiegelman nunca dudó de la historieta como vehículo de la expresión autobiográfica y en esto, como en tantas cosas, ha sido un iniciador junto con al explícito Robert Crumb, compañero de los comix under. Spiegelman no se muestra a sí mismo con el realista desparpajo del autor de Mis problemas con las mujeres, pero las máscaras que supo utilizar, con la de ratón en primer lugar, sólo sirven para subrayar su presencia. En In the Shadow of the No Towers, la primera persona irrumpe reiteradamente, y el personaje principal es el propio Spiegelman, que a ratos se dibuja de forma realista y a veces encarnando a otros personajes en las dos zonas en que se divide el álbum, The First Tower y The Second Tower.

Collage e intervención
Con la lectura se produce un diálogo formal y conceptual entre ambas partes. Las secuencias iniciales están dibujadas por el propio Spiegelman –diez dobles páginas casi monumentales, a la manera de las sundays a color de la época de oro– y una serie de siete páginas constituyen “la segunda Torre”, en que tiras, medios y personajes clásicos son “intervenidos” en mayor o menor medida en función de las necesidades narrativas de la historia. Hay una secuencia de Foxy Grandpa de 1902 en que su lectura de la declaración de la Independencia del 4 de Julio se ve interrumpida por una explosión; aparece el celebérrimo Happy Hooligan disfrazado de Abdullah, the Arab Chief; hay un viajero yanqui en Europa que sueña que se le cae la Torre de Pisa encima de una strip de 1921, y así, no faltan ni Los Sobrinos del Capitán. Una vez más, Spiegelman utiliza sus comics como un espacio de reflexión sobre el género, cruzándolos e interviniéndolos, algo que siempre ha hecho, sobre todo en las historietas cortas anteriores a Maus reunidas en Breakdowns (1977) o publicadas sueltas en Raw a partir de 1980.

Sobre el final del álbum, Spiegelman reproduce la primera plana de The New York World del lejano pero homólogo 11 de septiembre de 1901, que anunciaba a toda página: “Presidente’s wound reopened: slight change for the worse”. Y así fue, efectivamente: se produjo lo peor. El presidente William McKinley, baleado por anarquistas, murió a los pocos días. En el feroz collage de Spiegelman, las heridas abiertas no paran de sangrar y sólo auguran suerte para la desgracia.

(El artículo principal está acompañado de las subnotas “Dentista no; mejor, cabeza de ratón”, “Maus y otras sutilezas” y “Leer y mirar figuritas”. Los tres, se reproducen a continuación.)
 
Dentista no; mejor, cabeza de ratón
Art Spiegelman nació en 1948 en Estocolmo, donde habían recalado sus padres Vladek y Anja –polacos sobrevivientes de familias devastadas– tras haber pasado por Auschwitz y Dachau, los campos de concentración nazis. Cuando Art tiene tres años, los Spiegelman se radican en Estados Unidos, primero en Pennsylvania, después en Rego Park, Queens, en Nueva York. Descubre las historietas y ya dibuja profesionalmente a los 16. Más allá de la voluntad familiar de verlo convertido en dentista, estudia artes y filosofía en Harpur College –después se formaría en la Art School de San Francisco– y en seguida se suma al movimiento del comix underground junto a Crumb, Shelton y el resto. Mientras se gana la vida en la Topps Chewing Gum Co. diseñando packaging de golosinas y la serie de cartas Garbage Pails Kid, el año 1968 será clave por lo traumático: pasa una breve temporada internado por desorden nervioso tras una crisis por drogas y se suicida su madre. Tiene veinte años.

Definido en su vocación, hasta mediados de los setenta dibuja con su nombre o bajo seudónimos –Joe Cutrate, Skeeter Grant y Al Flooglebucke– historietas satíricas como Ace Hole, Midget Detective; Nervous Rex; Douglas Comics y Cracking Jokes, etc., en multitud de efímeras revistas de comix: Real Pulp, Young Lust, Bizarre Sex, entre otras. De 1972 son sus dos primeros ejercicios de relato autobiográfico. En Short Others Comics aparece el terrible Prisoner of the Hell Planet, sobre el suicidio de su madre, y en sólo tres páginas de Funny Animals un esbozo de Maus en que –con otro dibujo– ya están los ratones y gatos, la relación padre-hijo y una síntesis de toda la historia.

En 1975 debuta como editor. Funda junto a Bill Griffith la excelente Arcade, una revista trimestral que dura siete números –publican también Crumb, S. Clay Wilson, Justin Green– y que marca en cierto modo el fin del underground y el comienzo, para Spiegelman, de las búsquedas conceptuales más interesantes, trabajando con referencias al género, citas, cruces, sátira y reflexión. Breakdowns (Depresiones), de 1977, reúne la mayoría de sus historietas de ese período.

Precisamente, ese mismo año se casa con la diseñadora francesa Françoise Mouly, su compañera y socia, afectiva e intelectual desde entonces y en todo sentido. Con ella tendrá dos hijos –Dash y Nadjia– y fundará en 1980 la mítica revista Raw, que durante la primera mitad de los ochenta dará cabida a los autores nuevos y creativos del comic norteamericano: Mark Beyer, Charles Burns, Gary Panter, David Mazzuchelli, Otto Sebold, Jerry Moriarty, Chris Ware y Daniel Cowes, entre otros futuros grandes. Además, Spiegelman publica a notables creadores extranjeros desconocidos en Estados Unidos. Tardi, Pascal Doury, Ever Meulen, Joost Swarte e incluso los argentinos Muñoz y Sampayo aparecen en Raw.

Pero además, cada número de la cuidada revista incluye en separata una entrega de Maus, la saga que ha comenzado a dibujar sistemáticamente en 1978 y cuya primera parte –A Survivor’s Tale (Memorias de un sobreviviente)– completará hacia 1986 y publicará Pantheon Books. El álbum resulta un éxito editorial y de crítica. Spiegelman alcanza reconocimiento europeo y publicaciones. Le conceden la beca Guggenheim y al aparecer la segunda parte, Maus II: From Mauschwitz to the Catskills, en 1991, obtiene el Premio Pulitzer. Es ya una pequeña celebridad.
El éxito trae sus consecuencias. Mientras Spiegelman enseña historia y estética de los comics en la School for Visual Arts de Nueva York, su mujer y él entran a trabajar en el área de diseño del New Yorker. El se quedará, ilustrando portadas –algunas memorables– como consultant editor, durante diez años. Françoise Mouly sigue aún allí. Juntos han creado en los noventa la publicación infantil Little Lit y Art, además, ha realizado un par de libros que muestran la ductilidad de su talento y la pluralidad de sus intereses: Open Me, I’m a Dog!, para chicos, la versión ilustrada de The Wild Party, un trágico y audaz poema narrativo de Joseph Moncure March de 1928, sobre el desmadre de los locos años veinte en Hollywood, además de un ensayo sobre el notable Jack Cole, el de Plasticman, un loco genial de los cuarenta.

Hoy, desvinculado del New Yorker y con la publicación del durísimo e inclasificable In the Shadows of the No Towers, Art Spiegelman, un artista de 56 años a la intemperie, sigue dibujando y sorprendiendo mientras espera –uno más– que ahora desaparezca Bush.
 
Maus y otras sutilezas
Autor de una obra breve, no es mucho lo de Spiegelman que se pueda leer en castellano. Hace diez años César Aira tradujo impecablemente para Emecé los dos tomos de Maus, esa obra maestra de conmovedor equilibrio: “Por su antisentimentalismo, por su distanciamiento, por su relato minucioso de la vida antes, durante y después de los campos de concentración, es uno de los relatos mayores sobre el Holocausto”, ha escrito De Santis con justeza. Del resto, no ha habido una edición de Breackdowns, pero se publicaron historietas sueltas en El Víbora de los ochenta, dignas de rastrearse. Imprevistamente, Diario de Poesía mostró hace un par de años sus hermosas ilustraciones símil grabado para The Wild Party, todo un hallazgo. Y ahora la Editorial Norma española –nada que ver con la latinoamericana– acaba de sacar este lujoso Sin la sombra de las torres, cuyo precio en euros obliga a hacer cuentas antes de encandilarse con las planchas luminosas. Será cuestión de esperar, y mirar mientras figuritas por Internet.

Leer y mirar figuritas
A diferencia de muchos de sus camaradas, Art Spiegelman es un hombre de intereses múltiples que van mucho más allá de la disciplina artística que ha elegido utilizar para expresarse. Además de la preocupación plástica a secas, como lector se reconoce discípulo de Kafka, lo deslumbró Faulkner, disfruta la técnica y los ambientes de Hammett, Chandler o Cain y las sutilezas de Nabokov y Gertrude Stein. Además, docente, crítico y editor de vanguardia, nunca ha dejado de reflexionar sobre su trabajo. Admirador sobre todo de los grandes creadores de la etapa fundacional del comic norteamericano, que reunían “convicción e inocencia”, considera que la grandeza del medio fue obra sobre todo de notables narradores. Con el Krazy Kat de Herriman, Lyonel Feininger, el Little Nemo de Winsor McCoy o la obra de Cliff Sterrett, Spiegelman reivindica a artistas que inventaron una forma original de contar más allá de ser (o no) buenos ilustradores ortodoxos. Así, preferirá el Dick Tracy de Chester Gould a todo el clasicismo convencional de Alex Raymond y Al Foster; a Muñoz y Tardi por sobre los superhéroes, y nada le impedirá rendirse ante la perfección narrativa de las historias de patos de Carl Barks o los episodios de Little Lulu.

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