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De las sierras de Córdoba a Copenhague

La autora de El anillo encantado y Stefano, libros que leemos en primer y en tercer año, acaba de recibir el Premio Hans Christian Andersen, conocido como el “pequeño Premio Nobel”,  el más prestigioso de la literatura infantil.

Por Silvia Friera

“¡Ay, qué loco todo esto! Tengo una ensalada en la cabeza que no te imaginás…” La carcajada de María Teresa Andruetto retumba desde las sierras cordobesas, el lugar en el mundo que eligió para vivir y escribir. La primera escritora argentina y en lengua castellana en ganar el Premio Hans Christian Andersen, considerado uno de los más prestigiosos de la literatura infantil –conocido también como el “pequeño Premio Nobel”–, no tuvo tiempo ni de encender la computadora. Le cuesta traducir emocionalmente el vendaval de sensaciones que zumba por el corazón. Este merecidísimo reconocimiento a una de las narradoras que con más denuedo ha combatido la mercantilización de un género que ella prefiere llamar “zona de lectura”, un borde donde chicos y grandes pueden compartir y traficar textos a su antojo, significa una “doble recompensa” a la “maestría en la escritura de obras importantes y originales que están fuertemente centradas en la estética”, como destacó el jurado del IBBY (Organización Internacional para el Libro Juvenil). “Sus libros se refieren a una gran variedad de temas, como la migración, los mundos interiores, la injusticia, el amor, la pobreza, la violencia o los asuntos políticos”, agregaron los especialistas a la hora de fundamentar la elección de la autora de Veladuras, Stefano, El país de Juan y La mujer vampiro, entre otros títulos. “Ya celebré el hecho de estar en la lista de los cinco finalistas. Pero estoy bastante impactada, no deja de ser una gran sorpresa”, dice Andruetto en diálogo con Página/12.

El fallo del galardón más importante de la literatura infantil y juvenil –que se entrega cada dos años al conjunto de una obra– se anunció ayer en la Feria del Libro Infantil de Bolonia. La mujer que nació en Arroyo Cabral y fue criada en la pequeña ciudad de Oliva se quedó con un premio que la legitima a nivel mundial. Andruetto sabe que ahora se abrirán las puertas de las traducciones, nuevos puentes y muchas más sorpresas cuando sus libros circulen en otras lenguas. Pero la pelea, el lento trabajo de los años, arrancó cuando fundó el Centro de Difusión e Investigación de Literatura Infantil y Juvenil de Córdoba (Cedilij). Mucha agua corrió por el río de su experiencia en el campo, desde su paso como secretaria de redacción de la revista Piedra Libre, los talleres que dio como docente y formadora, sus conferencias y sus primeros títulos, dos volúmenes de cuentos, Misterio en la Patagonia y El anillo encantado, que publicó en 1993. “Mis libros han funcionado de abajo hacia arriba –reflexiona la autora de dos magníficas novelas para adultos como La mujer en cuestión y Lengua madre–. Yo tengo 58 años, empecé a escribir antes de los 20, pero publiqué a los 40 y comencé a circular a los 50. Recién a los 55 aparecí en la prensa nacional. Todo lo han hecho los lectores. Los libros se empezaron a leer, los pedían en las librerías y las librerías a las editoriales. Mis libros han circulado mucho de boca en boca. Yo puedo decir que he tenido un cuerpo de lectores antes de tener prensa. Cuando muchas veces el camino es a la inversa.”
“Mi escritura siempre está en los bordes, no sólo respecto de los géneros tradicionales, sino también de la propia literatura infantil. Perfectamente podrían ser textos para adultos”, subraya Andruetto.
–Este moverse por los bordes le ha generado cierta incomodidad al interior de la literatura infantil, ¿no?
–Sí. Pero tengo clara consciencia de la lectura y de qué se le puede acercar a un grupo de lectores. Siempre defendí la idea de una literatura infantil que no sea tan “infantil”, en el sentido de que sea por sobre todo literatura; algo que no suele suceder por la producción en serie y un público cautivo muy importante. Muchos de los libros que he publicado para chicos o jóvenes no los escribí especialmente para esos lectores, pero algún editor consideró que podían funcionar. Y de hecho funcionaron. Stefano, La niña, el corazón y la casa y Veladuras son libros que ahora llaman “crossover”; pero mucho antes de que esa categoría empezara a conocerse, yo sentía que simplemente lo que hay es lectores. Y mientras antes un lector pueda pasar a la literatura toda, mejor. Hay libros que por su sencillez o cierta posibilidad de conmocionar funcionan como libros interesantes en el tránsito de un lector entrenado hacia una mayor complejidad. Pero esos libros también pueden ser leídos por adultos, ¿no? Hay una discusión sobre si la literatura infantil es un género o no.
–¿Y qué opina usted sobre esa discusión: es o no un género?
–Más que un género –porque tiene todos los géneros adentro–, la literatura infantil es una zona de lectura. Muchos textos son leídos para chicos o para jóvenes por una categoría de la edición, cosa que no está mal. A veces es un editor el que puede hacer que un cuento se convierta en un libro para chicos en lugar de un libro para adultos o para ambos, porque está editado de tal manera, porque tiene ilustraciones y una cantidad de cuestiones que son categorías de la edición más que de la escritura. Y de la mediación: “Tengo este libro, a quién se lo debo”. Esto que digo es un poco incómodo al interior del campo de la literatura infantil, es como negar que exista la literatura infantil, ¿no? No quiero llevarlo a un extremo absoluto. Cuando hablamos de un niño muy pequeño la especificidad aumenta. Pero en el caso de un lector que tiene catorce años, por ejemplo, pienso en una editorial como Libros del Zorro Rojo, que publicó El monje y la hija del verdugo de Ambrose Bierce. Ahí está el ojo de un editor que descubre que ciertos textos pueden ser “libros puentes”, lo que los franceses llamaban “literatura pasarela”, en el borde entre niños y jóvenes, entre jóvenes y adultos. Me importa construir lectores que tengan más que ver con la literatura que con lo infantil.
–¿Por qué el Hans Christian Andersen implica una “doble recompensa” para usted?
–Me siento doblemente recompensada porque he sido una escritora que me he movido más por los márgenes; finalmente es la literatura y el lenguaje lo que me importa y no tanto los casilleros. En el casillero de la literatura infantil muchas veces lo primero que se pierde es la calidad literaria en función de enseñar tal tema, transmitir tal otro o ser políticamente correctos. Siempre traté de horadar esos límites, esos bordes. Al principio no me iba tan bien (risas). Pero pasados los años he tenido muchas recompensas. No puedo correrme de ese lugar ideológico de cómo hacer que un chico despierte a la riqueza del lenguaje, a la literatura; y cómo ese niño se va convirtiendo en un lector más fino. Lo que rechazo es la mala calidad deliberada. Tengo un amigo que dice: “Vos de tanto hacer que los chicos lean, los chicos se hacen grandes y te compran las novelas para adultos” (risas). Yo quiero que la literatura infantil no esté tan compartimentada, que sea más literatura y menos infantil.

Página/12, 20/3/2012. Link permanente a la nota.

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Inolvidable Berti

“La literatura miente sobre cosas verdaderas”

Eduardo Berti, escritor argentino radicado en España, se refiere a las obsesiones que lo guiaron a la escritura de un puñado de relatos “redondos”. El olvido, la verosimilitud, la credulidad y los pliegues de la memoria navegan por un libro de notable factura.

Por Silvia Friera

Una dentadura postiza habla. “Hacía calor y había moscas”, dice en un tono amigable. El lector no debería perderse el espectáculo de los dientes parlantes al que asistirá una viuda sexagenaria. La dentadura erudita recitará, noche a noche, versos del poeta español Vicente Aleixandre. Si cree haber visto, oído y leído todo, conviene poner en suspenso esa certeza. En Eduardo Berti, lo fantástico inmerso en lo cotidiano desarticula la clásica oposición binaria entre ilusión y realidad. Ahora lo hace con casi una docena de cuentos “perfectos” en Lo inolvidable (Páginas de Espuma). Las superficies de las tramas de los once relatos dosifican un secreto, obsesión o misterio que, con una vuelta de tuerca imprevisible, emergerá desplazando las interpretaciones o los pálpitos iniciales. En el ramillete de historias, trenzadas a veces con un humus de ironía que amortigua el componente “dramático”, conviven una lectora metódica y compulsiva, que lee los diarios como se leen los libros –“en perfecto orden, de la primera hasta la última página–”; un músico que se queda tieso frente a su piano –como un “tango dentro de otro tango”, la percanta, que acá es la música, lo abandona sin previo aviso–; un marido que sostiene durante años un engaño: la falsificación de una joya; y dos empleados golondrinas, que trabajan en una remota cantera del sur, conectados al mundo a través de un puñado de cartas, serán protagonistas de una tragedia “escrita”, entre otras criaturas.

Berti regresa a la casa del cuento, hogar que nunca abandonó. “Cuando publiqué mi primer libro de ficción, los cuentos de Los pájaros, un periodista me dijo: ‘Ahora que te ejercitaste con los cuentos, supongo que vas a escribir una novela’. Siempre he combatido ese lugar común: que el cuento es como el cortometraje con el que se entrena el director antes de filmar un largometraje. Eso es cierto, no lo niego, en el caso de algunos escritores o cineastas, pero habla más de ellos que del género”, dice el escritor a Página/12 desde Madrid, la ciudad donde reside desde hace dos años. “Tan fuerte como esa idea es el prejuicio de que el cuento no vende. Ya es como un mito, ¿no es cierto? Yo siempre retruco que mi libro de cuentos La vida imposible vendió más, tanto en castellano como en francés, que algunas de mis novelas. Por suerte hay un puñado de editoriales, sobre todo en España, como Páginas de Espuma o Menoscuarto, que se propusieron ‘vivir del cuento’ y lo están haciendo. Lo que demuestra lo falso de este axioma.”

Desde hace un año, en España se habla de un renacimiento del género. “No sólo porque hay editoriales especializadas, sino porque los lectores, los críticos, los libreros y hasta los escritores parecen más interesados que antes en el asunto”, cuenta. Berti confiesa que aprendió “algo” en el oficio de escribir cuentos. “Soy un poco más consciente de ciertas cosas ligadas a la técnica, doy menos vueltas –menos idas y vueltas, diría– a la hora de pulir una versión final, y abandono más rápidamente ciertas escenas o ciertas digresiones que son caprichosas y que, por mucho que me gusten cuando las considero fuera de contexto, no van en el cuento. Cuando los astros se alinean un poco, consigo ser más preciso que antes.”

–En Lo inolvidable hay un epígrafe inicial de Luciano de Samósata: “En una sola cosa seré veraz: en decir que miento”. ¿Por qué comenzar con esta cita que parece instaurar un pacto de lectura “diferente”? La veracidad de una o varias mentiras, ¿convierten la materia narrada en algo “más verdadero” o acaso “auténtico” de lo que es proclamado “real”?

–La verdad de la literatura es lo verosímil; es el delicado pacto de confianza y de credulidad que se entabla entre el autor y el lector y que me gusta imaginar de matices tan infinitos como autores y lectores hay. Muchos escritores dijeron esto mismo antes que yo y de maneras mucho más inspiradas. Resumiendo lo que pienso, digamos que la literatura miente a partir de cosas verdaderas. Miente en serio. Y que a partir de esa mentira suele surgir una verdad, como afirmó Rulfo en un famoso texto.

–Quizá lo que incomoda de esta cita de Samósata sea el énfasis puesto en la mentira. Aunque no todo sea ficción, Borges “nos enseñó” que todo puede ser leído como ficción…

–Sí, es verdad. Y también pienso que todas las formas pueden ser usadas como ficción, incluso las formas más ligadas a la transmisión de exactitudes o verdades. En algunos cuentos anteriores usé la forma periodística para contar cosas ficticias. Falsas noticias. En este libro quise emplear –y proponer para que se lea como ficción– no sólo la forma del diario íntimo (el “Diario de una lectora de diarios”), sino también, como en el caso de “Retrospectiva de Bernabé Lofeudo”, el cuento más extenso, la forma del programa de cine. Es como si fueras a ver una retrospectiva de un director de cine en la sala Lugones. Vas y te dan un programa. Bueno, yo me inventé el director de cine, me inventé su obra y me inventé el programa. Y ese programa cuenta una historia ficticia.

–Uno de los hilos conductores podría ser, como el título de uno de los cuentos, la mentira o la verdad. En esta historia en la que un hombre le regala a su mujer unas joyas falsas que son robadas de su estuche, se lee: “Con el fin de remediar la gran mentira, estaba a punto de cometer otra mentira de similar o de peor gravedad”. ¿Cómo explica ese gusto por las paradojas que se encuentra en varios relatos?

–Ese cuento es como una bola de nieve. Una mentirita, un engaño casi infantil, va creciendo con los años en la conciencia del personaje masculino: del marido. La bola de nieve conduce a repeticiones. Y las repeticiones son interesantes, creo yo, si no son idénticas, si no son un mero calco. Si hay crescendo es mucho mejor. Si hay paradoja, también. A mí me gustan las paradojas, supongo, porque me gusta lo extraño, lo que no es fiel a las ideas más corrientes de lo que se considera normal o verdadero. Y mis cuentos hablan bastante de todo esto. De hechos en cierto aspecto excepcionales. O, en todo caso, memorables. Inolvidables, como dice el título.

–En el terreno del arte, en la literatura, siempre hubo copias y falsificaciones, ¿no? Si la primera novela moderna es el Quijote, ya en esas páginas está el eco de una falsificación, la del Quijote de Avellaneda. ¿Cómo impactan las nuevas tecnologías sobre el texto y la palabra impresa en términos de credulidad?

–Lo del Quijote es apasionante, sí, porque primero Cervantes reescribe una tradición, la de las novelas de caballería, y casi enseguida Avellaneda reescribe el Quijote, pero lo hace –en verdad– antes de que Cervantes publique la segunda parte de su famoso libro, la parte que la mayoría coincide en afirmar que es mejor que la primera. Más aún, se sostiene que, de no haber sido por Avellaneda, acaso Cervantes no hubiese sentido el impulso de escribir esa segunda parte. O sea que a un “infame impostor” le deberíamos ese libro sublime de Cervantes. Un libro que, además, no ha dejado de reescribirse con los años: desde novelas olvidadas como El Quijote Evangélico hasta el “Pierre Menard” de Borges o el “Monseñor Quijote”, de Graham Greene, por citar algunos ecos. Yendo al cuento de mi libro, lo que ahí ocurre –que no se pueda, para nada o casi nada, diferenciar entre las joyas originales y las falsas– es algo inquietante, puede ser, pero cada vez menos asombroso. Las nuevas tecnologías hacen posible la falsificación en masa y cada vez más perfecta. Esto nos hace modificar nuestra percepción de las cosas. Hace décadas una foto era una prueba más o menos objetiva. Hoy es muy fácil trucar o falsificar una foto. Lo puede hacer hasta un adolescente con su computadora.

–En “Diario de una lectora de diarios”, una mujer se propone leer los diarios como se leen los libros. Este cuento podría entablar un diálogo con El último lector, de Ricardo Piglia, con la figura del lector adicto, el que no puede dejar de leer al punto de que la lectura se convierte en una adicción que distorsiona la realidad, una enfermedad y un mal. La protagonista de su cuento se entera de que su hija hizo algo “terrible” a través de los diarios. ¿Qué le parece esta interpretación?

–No lo había pensado, sinceramente. En tal caso sería otro caso de quijotismo o bovarismo, ¿no? El otro día alguien me dijo que el modo de leer de esta mujer se parece a la memoria de Funes. O sea, que no se puede recordar todo como no se puede “saber” todo en términos de información. Me gusta esa lectura porque es una lección interesante acerca de eso que se llama sobreinformación, la “too much information” de The Police. Así como la excesiva memoria –o la falta de olvido– impide recordar de manera discriminada, la información excesiva –y, sobre todo, indiscriminada– equivaldría a no estar informado.

–Hay más ironía, más humor en Lo inolvidable, en sintonía con Felisberto Hernández. ¿Estuvo más presente Felisberto al momento de escribir los cuentos, ya sea por evocación de climas o situaciones o por relecturas que hizo?

–Es verdad que hay bastante humor. En ese sentido se parece más, dentro de mis libros anteriores, a La vida imposible. A mí me encanta el humor en la literatura; el humor inteligente y que hace pensar tanto o más que sonreír o reír es lo que me atrae de Gómez de la Serna, de Alphonse Allais, de Bu-zzati, de Ambrose Bierce, de Mrozek, de Tsutsui… O de Felisberto, que es uno de mis cuentistas favoritos. Hace bastante que no lo releo, aunque mi última relectura de algunos de sus cuentos la hice en forma no sistemática, con bastante libertad, hace unos cinco o seis años. Y por entonces estaba escribiendo un par de cuentos que acabaron en “Lo inolvidable”.

–En “Formas de olvido”, al pianista Romualdo Avella lo abandona la música sin previo aviso. ¿Cuál fue la anécdota que disparó el cuento?

–El disparador fue la imagen que abre el cuento: un pianista que de pronto queda con las manos suspendidas y la mente en blanco. La imagen se me ocurrió hace mucho, una noche que estaba viendo tocar, si no me equivoco, a Héctor “Chupita” Stamponi, el autor de “El ultimo café”, entre otras joyas, en un restaurante de Buenos Aires. O sea que el punto de partida fue totalmente imaginario. Pero en esos años yo estaba bastante en contacto con tangueros: Virgilio Expósito, Cadícamo, Federico Scorticati y otros. Así que también tomé varios detalles y varios climas de ese mundo, con el debido respeto y la debida admiración.

–¿Por qué el olvido es otra de las obsesiones que aparecen en varios relatos?

–Los libros han sido, a lo largo de la historia, una de las mayores armas contra el olvido, si no la mayor. Eso no impide, claro está, que incluso los lectores más entusiastas tengan lagunas, olvidos acerca de lo que leyeron, como le ocurre a la mujer en el cuento “Lo inolvidable”. Los libros serán objetos que aspiran a la perfección, pero todo lector es imperfecto por definición. A mí me angustia haber pasado tantas horas leyendo tal o cual novela de Balzac o de Dostoievski, haber vivido en ese cosmos durante una o dos semanas y, al mirar atrás años después, no recordar más que un detalle que, para colmo, acaso sea intrascendente o no exista en el libro. En cuanto a mi relato “Formas de olvido”, advierto que terminé hablando de varias cosas: desde el olvido del público –ese “monstruo”, como le dicen en Viña del Mar, que de pronto hace que un artista se eclipse, desaparezca de la masividad– hasta esos casos en que los artistas alcanzan la cumbre de su celebridad pero, por diversos factores, no tienen ya el tiempo –concreto o mental– para ocuparse de sus cosas y dejan “olvidado” su arte y se vuelven como estatuas de sí mismos.

–Tal vez lo que más angustia, como le sucede a la protagonista de “Lo inolvidable”, tiene que ver no sólo con olvidar lo leído por completo, sino con la pérdida de la capacidad de contabilizar lo existente, por ejemplo los textos que hablen acerca de los dientes. La lectura, que podría entenderse como un refugio, ¿es también un espacio hostil?

–No sé si me convence la primera imagen. Me resulta un poco pasiva y temerosa, como si la literatura fuese una especie de embajada que brinda asilo. Prefiero un abordaje más vital. La idea de que la lectura es una forma activa de pensar otras alternativas para todo aquello que no nos gusta, que nos enoja o nos frustra. Otras vidas posibles… o imposibles. Una forma creativa, imaginativa, de hacer una crítica de la realidad, y si es sin mensajes explícitos, sin grandilocuencias, mejor. En cuanto a los dientes… no sé… ¿Viste que hay un vínculo permanente entre lo textil y la escritura? Texto viene de ahí. Las historias se van hilando o tejiendo. A un mal texto se le ven, decimos, las costuras… Después de escribir este cuento advertí que también hay un vínculo permanente entre leer y comer. Se habla de lectores voraces, de lectores omnívoros, de ser un “traga” o de devorarse un libro o, claro, hincarle un diente a una novela. Sumale a eso que hay un vínculo entre perder los dientes y envejecer –o perder la memoria, si vamos a mi cuento–; ¡a esta altura ya me parece lo más sensato del mundo que la dentadura postiza de la protagonista –como ocurre en el relato– recite por las noches algunos fragmentos literarios! (risas).

Link permanente a la entrevista: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-21399-2011-04-15.html.

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Praga te maldecirá

Por Juan Forn

Praga le dio todo a Gustav Meyer, y después se lo quitó. Lo recibió con los brazos abiertos cuando Meyer llegó en su adolescencia a la ciudad, acompañando a su madre actriz (el padre era un ministro de la corte de Württenberg que jamás lo reconoció). Cuando la madre se unió a una compañía teatral que partía de gira a Rusia, el quinceañero quedó solo en Praga, pero se las arregló para concluir su bachillerato y la carrera de economía con notas brillantes y especializarse en comercio internacional. A los veintitrés años tenía el mundo a su disposición, pero una pena de amor lo llevó al borde del suicidio. En el preciso momento en que estaba por dispararse un tiro en el pecho, manos anónimas pasaron bajo su puerta un folleto espiritista titulado La vida que vendrá, y su existencia dio un drástico viraje. Dos años después, era uno de los banqueros más exitosos de Praga y un experto en las prácticas mediúmnicas que le causarían la ruina.

Los intereses esotéricos de Meyer abarcaban desde el yoga a la telepatía, las experiencias con alucinógenos y la teletransportación. Comía sólo legumbres y granos, no se permitía dormir más que tres horas por noche, era capaz de permanecer mucho más tiempo en dolorosas posturas asana que, según él, lo cargaban de energía. Sus prácticas espirituales no le impidieron destacarse como deportista (era un maestro en esgrima y tiro y representó a su país como remero, además de ser el primer propietario de un vehículo en Praga). Para demostrar sus dotes de videncia convocó una noche en su casa a un grupo selecto de amigos financistas, bebió delante de ellos un preparado de hachís (¡treinta gramos disueltos en un tazón de café negro!) y predijo el precio que alcanzarían en la Bolsa las acciones de una docena de empresas. En opinión unánime de todos aquellos expertos, el pronóstico era descabellado. Pero, al cerrar la Bolsa la jornada siguiente, Meyer había acertado en once de sus doce anuncios.

La historia se propagó como un mal olor por la ciudad; la comunidad biempensante exigió escandalizada que se lo arrestara por estafador. Meyer fue juzgado, la corte lo encontró inocente de estafa pero no de ofender el honor de sus colegas de la banca. En los días que duró el juicio, el Banco Meyer & Morgenstern quebró y Meyer quedó en la ruina. Cuando Kafka y Max Brod lo conocieron, en 1901, era un paria que recorría los cafés praguenses retando a duelo a sus enemigos: ilustres juristas, funcionarios públicos y ex colegas de la banca que, con la excusa de que Meyer era bastardo, lograban esquivar el desafío (y la muerte segura, porque Meyer era un espadachín sin par).

Por intermedio de Max Brod, Meyer encontró por fin cómo dar pelea a aquella sociedad que lo había ofendido y humillado. Brod le sugirió poner por escrito los tremendos relatos con los que Meyrink aterrorizaba a los borrachos del Café Continental y enviarlos a la revista satírica alemana Simplizissimus, que comenzó a publicar de inmediato esos retratos vitriólicos de las bajezas del mundo praguense. Meyer adoptó el seudónimo Gustav Meyrink (para simbolizar que hasta su buen nombre le había quitado Praga) y así fue como lo conocieron Thomas Mann, Karl Kraus, Rilke, Strindberg y Hamsun (cuyas firmas acompañaban la de Meyrink en la revista). Lo que le pagaban por sus cuentos no alcanzaba ni para un cuarto de pensión, pero los admiradores alemanes de Meyrink le consiguieron un pasaporte de salida de Praga: la editorial Fischer le habilitaba un departamentito en su sede de Viena a cambio de que tradujera para ellos, a jornada completa, las novelas de Dickens. Meyrink aceptó sin dudar la oferta (en los años siguientes llegaría a odiar a su adorado Dickens) y dejó Praga agitando un puño contra ella: “¡No he terminado contigo!”, le aseguró.

Diez años después, en 1915, llegó a manos de Kafka, a través de Max Brod, una novela llamada El Gólem. Kafka la leyó en una noche, aterrado, fascinado, literalmente abducido por el retrato de la vieja Praga, en particular del ghetto judío. Meyrink se tomaba venganza de la ciudad, la condenaba al terror y la retrataba despiadadamente en su más abyecto terror. Pero también había depositado en el libro todos sus conocimientos y creencias sobre la Cábala y la alquimia (es decir: la palabra y la capacidad de transformar el plomo en oro, lo inanimado en vida, tal como hace el viejo rabino Löew de Praga cuando da vida al Gólem, esa enorme criatura hecha de barro, introduciéndole en la boca un papelito llamado shem, donde está escrito el nombre impronunciable de Dios).

Imaginemos por un instante la escena: mientras afuera retumba la Gran Guerra, Kafka en su dormitorio devora a lo largo de una noche esa novela que exhumaba y entretejía todos los secretos y todas las miserias de Praga. Imposible imaginar un lector mejor, más idóneo, más perfecto que Kafka para El Gólem. Si Meyrink tuvo algún poder mediúmnico, alquímico, cabalístico, fue el que le permitió ganarse ese lector para su libro. Nunca sabremos lo que Kafka leyó en El Gólem, salvo que fue infinitamente más que lo que podremos leer en ese libro el resto de los mortales por los siglos de los siglos.

Sin embargo, por morir en 1924, Kafka se perdió el último acto del duelo implacable entre Praga y Meyrink: a principios del año 1932, cuando Meyrink y su familia vivían en un chalet en las montañas de Montreux, en Suiza, el único hijo varón del escritor, la luz de sus ojos, un muchacho “que brillaba por su inteligencia, su gusto artístico, sus cualidades deportivas y su benévola naturaleza”, sufrió un terrible accidente mientras esquiaba que lo dejó confinado de por vida a una silla de ruedas. No soportó mucho tiempo. Una mañana descubrieron que se había arrastrado desde la cama hasta el bosque que había frente a la residencia de los Meyrink y allí se había cortado las venas. La misma horrible muerte que sufría el vivaz estudiante Charousek en El Gólem. Meyrink no supo asimilar el golpe. Poco después, el 4 de diciembre de 1932, dio las buenas noches a toda su familia, se retiró a su dormitorio, se sentó en una silla, con el torso desnudo, “frente a una ventana abierta que apuntaba al Levante” y permaneció así “hasta que sus ojos vidriosos se posaron para siempre en la única estrella que seguía brillando en el cielo cuando amaneció”. Pasó el nazismo, pasó la guerra y luego el comunismo por Praga. Recién en 1989 se publicó por primera vez El Gólem en checo: habían transcurrido exactamente cien años desde el día en que Gustav Meyer, luego Meyrink, fue acusado, juzgado, arruinado y maldecido por Praga.

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Benedetti-Serrat, poema-canción

En 1986, Joan Manuel Serrat trabajó sobre algunos de los versos de Mario Benedetti, alumbrando un disco híbrido integrado por poemas-canción. Es decir, poemas que dejan de ser recitados para ser cantados.

El disco lleva el nombre de uno de los poemas, “El sur también existe”, e incluye , entre otros, “Los formales y el frío”. Estos videos pertenecen al show que dio Serrat en 1986, filmado por Televisión Española. La interpretación de “Currículum”, incluido también en el disco de 1986, es de un show gratuito y al aire libre que dio Serrat en 2008, en la Plaza de los Dos Congresos, ciudad de Buenos Aires.

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La poesía, recitada y en el cine

Esta entrada incluye una selección de los poemas más populares de Benedetti, recitados por anónimos locutores de la red. También hay fragmentos de El lado oscuro del corazón, la película de Eliseo Subiela en la que Oliverio, encarnado por Darío Grandinetti, y el resto de los personajes dialogan recitando los poemas de Mario Benedetti y Oliverio Girondo. Así, la poesía, en la voz de Grandinetti, va adquiriendo un nuevo significado, como en la escena en la que Oliverio no acepta los trabajos convencionales, sólo quiere ejercer el “Oficio de poeta”.

La película es célebremente recordada por una imagen surrealista en la que el protagonista, después de recitar “Si no sabés volar”, oprime un botón para descartar a la mujer que no supo volar en la cama. Otros dos grandes momentos de la película son las escenas en la que Oliverio y una mujer de cabaret intercambian fragmentos de “Táctica y estrategia” y otra, en la que interviene el mismísimo Benedetti, en la que recita, en alemán, su propio “Corazón coraza”.

Si te quedaste con ganas de más, tenés links a los fragmentos de la película en los que se recitan “No te salves” y “Rostro de vos”. Pero si todavía querés más, andá al video y buscá las dos partes de El lado oscuro del corazón.

En “Si Dios fuera mujer” Benedetti responde, amigablemente, una pregunta blasfema que se hizo el poeta argentino Juan Gelman: ¿y si Dios fuera una mujer?

Ahora, tres poemas populares, con voz mexicana, en un video preparado por la a editorial que publica a Benedetti en en tierra azteca. “No te salves”, “Táctica y estrategia”, “Hagamos un trato” y una selección de frases e imágenes del autor y de sus libros. ¡Para seguir leyendo!

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La vida de Benedetti por Benedetti

Una breve entrevista a Benedetti, en la que hace un repaso de su vida. Con poemas recitados entremezclados, Mario Benedetti cuenta anécdotas de su infancia, los malos negocios de su padre, el colegio primario, sus primeros trabajos, su vida en Buenos Aires, sus inicios como escritor, la influencia del poeta argentino Baldomero Fernández Moreno. Aquí, la primera parte.

En la segunda parte de la entrevista realizada por Telesur, más fragmentos de poemas recitados, y su visión del Uruguay y de lo que él llamó “la oficina convertida en república”. Esa mirada crítica sobre la burocracia y la vida del empleado público quedó reflejada en Poemas de la oficina (1953-1956). su octavo libro, y el que le dio cierto reconocimiento entre el público. Según Benedetti: “[Estamos ante] un país que era famoso, y ha sido recogido en varios libros incluso hechos por extranjeros, por su burocracia. El municipio de Montevideo creo que tiene el triple de funcionarios que el de Londres, a pesar de la enorme diferencia en cuanto a la cantidad de habitantes de ambas ciudades. Los empleados llegaban media hora antes para poder conseguir una silla porque había muchos más empleados que sillas, y esto es un dato que puede ser jocoso pero que es absolutamente verdadero, al menos en aquella época”.

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La muerte de un poeta

“Cuando me entierren / por favor no se olviden / de mi bolígrafo.” El poema pertenece a Rincón de haikus, publicado cuando el gran poeta uruguayo promediaba los 80 y la muerte era una sombra cercana con la que empezaba a dialogar para que no lo sorprendiera, para que no lo aplastara con el peso de su evidencia. Mario Benedetti era un hombre triste y cordial como un legítimo uruguayo, que supo conjurar el dolor de la finitud y escribió que había que vivir como si fuéramos inmortales. En cientos, miles y millones de almas, sin exagerar, garúa finito. Pocos poetas han sido tan saludablemente plagiados como Benedetti. Sus poemas de amor fueron copiados “clandestinamente” por miles de jóvenes que se atribuyeron la autoría para sorprender a esas muchachas esquivas o para acortar las distancias e iniciar un romance. No le molestaba saber de estos plagios y menos le importaba que sonara cursi. Al contrario: él mismo contaba anécdotas de parejas que le confesaban que se habían conocido, por ejemplo, gracias a Inventario. Quién no habrá repetido o cantado alguna que otra estrofa de “Te quiero”, “Por qué cantamos”, “Una mujer desnuda y en lo oscuro” y tantos otros poemas que popularizaron más de cuarenta intérpretes. Su apellido se ha convertido en sinónimo de la poesía hecha canción. La muerte del autor de La tregua se prolongó durante tres años. Comenzó en 2006, cuando murió su mujer Luz, con la que vivió toda la vida. Desde entonces, el impulso vital del autor de más de 80 libros de poemas, novelas, relatos, ensayos y teatro, así como de guiones de cine y crónicas de humor, se fue apagando. La voz del fiel compañero se apagó, finalmente, pero quedan sus poemas de amor y de resistencia.

Sería arriesgado y tal vez apresurado afirmar que su obra será inmortal, pero seguramente muchos de sus poemas ya han adquirido ese estatus porque supo anclar sus versos y textos en los puertos que inquietan a la condición humana: el amor, la muerte, el tiempo, la miseria, la injusticia, la soledad, la esperanza. Sencillamente, fue el cómplice de varias generaciones de lectores y de militantes políticos que, como él, fueron amenazados y tuvieron que escapar, como pudieron, de la muerte.

El ganador de tan preciados premios como el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, otorgado por la Universidad de Salamanca, nació el 14 de septiembre de 1920 como Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti en Paso de los Toros, departamento de Tacuarembó. La costumbre italiana disparatada de adosar tantos nombres –el poeta siempre recordaba que tuvo un tío que tenía los nombres de todos los reyes que reinaban el día en que nació– fue la primera batalla que libró el escritor hasta que logró suprimir los cuatro nombres restantes en todos sus documentos. Después de una quiebra de la farmacia que tuvo su padre, los Benedetti se trasladaron a Montevideo cuando Mario tenía cuatro años. El niño que se entretenía de la mano de Emilio Salgari y Julio Verne comenzó sus estudios primarios en el colegio Alemán, de donde fue retirado por su padre en 1933.

Tuvo una infancia y adolescencia poco amable y llena de privaciones por los problemas económicos. Vivían en un ranchito con techo de chapas de zinc; su madre tuvo que vender la vajilla, los cubiertos y los regalos del casamiento. A los catorce años Mario empezó a trabajar vendiendo repuestos para automóviles en la empresa Will L. Smith. Se ganó la vida de muchas formas –fue vendedor, taquígrafo de una editorial, cadete, oficinista, gerente de una inmobiliaria y periodista, entre otros oficios que ejerció– hasta que pudo vivir de la literatura. A los 18, en 1938, se vino a Buenos Aires a ver si podía torcer la mala racha familiar, mientras su vocación literaria se afirmaba durante sus lecturas en un banco de la plaza San Martín. Siempre recordaba que sus dos primeros libros, ediciones que las había pagado Benedetti, no vendieron ni un ejemplar. Su primer módico éxito –módico porque la tirada era muy limitada– fue Poemas de oficina (1956), aunque antes había publicado los poemarios La víspera indeleble (1945) y Sólo mientras tanto (1950) y los relatos de Esta mañana y otros cuentos (1949). Le gustaba definirse como un poeta que además escribía cuentos y novelas. Tenía la mano más habituada al poema, pero los cuentos lo hacían sudar. Montevideanos (1959) le llevó dieciocho años terminarlo. “El cuento no admite fallas, se construye palabra por palabra, cada una tiene que tener su rol, y los finales son muy importantes”, decía el escritor que en 1945 se integró al equipo del semanario Marcha, hasta 1974, cuando fue clausurado por la dictadura de Juan María Bordaberry.

Hacia fines de los años cuarenta fue miembro del consejo de redacción de Número, una de las revistas literarias más destacadas de la época, y participó en el movimiento contra el Tratado Militar con los Estados Unidos, su primera acción como militante. Sus viajes a Cuba fueron consolidando el despertar de su conciencia política. En 1968 creó y dirigió el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas, cargo en el cual se mantendría hasta 1971. Junto a miembros del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, fundó en 1971 el Movimiento de Independientes 26 de Marzo, una agrupación que pasó a formar parte de la coalición de izquierdas Frente Amplio desde sus orígenes. Ese año publicó Crónica del 71, compuesto de editoriales políticos publicados en el semanario Marcha en su mayoría, un poema inédito y tres discursos pronunciados durante la campaña del Frente Amplio. Después del golpe de Estado del 27 de junio de 1973 renunció a su cargo de director del Departamento de Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República.

Y llegó el exilio; lo arrancaron de cuajo de su ciudad. Primero cruzó el charco y trató de instalarse en Buenos Aires, en 1973. Fue aquí donde inauguró el “llavero de la solidaridad”: cuando las cosas comenzaron a ponerse oscuras acudía a ese manojo que le abría la puerta de las casas de cinco o seis amigos. Pero la Triple A le “concedió” un plazo de 48 horas para que se fuera y se dirigió a Perú. La peste del terrorismo de Estado y las amenazas parecían seguirlo. En Lima fue detenido y deportado. Los brazos de Cuba lo acogieron en 1976, pero finalmente, Benedetti recalaría en Madrid, donde estuvo exiliado hasta 1983. Fueron diez largos años los que vivió alejado de su patria y su esposa, quien tuvo que permanecer en Uruguay cuidando de las madres de ambos. En esa década que lo vio luchar contra el terror de los años ’70, la versión cinematográfica de su novela La tregua, dirigida por Sergio Renán, fue nominada al Oscar en 1974, a la mejor película extranjera (aunque el premio, finalmente, lo obtuvo la película italiana Amarcord).

Benedetti escribía, lo ha dicho, para esclarecer la mente de un individuo, del ciudadano de a pie. “Las causas en las que creo y que son derrotadas son las que me impulsan, porque gracias a que las defiendo puedo dormir tranquilo. No me siento derrotado en cuanto a mis creencias ideológicas y voy a seguir luchando por ellas. Sin éxito, eso sí”, aclaraba el escritor con los pies en la tierra, pero con la mirada siempre enfocada hacia ese horizonte de utopías que abrazó desde joven. “Siempre digo que los tres grandes utópicos que ha dado este mundo son Jesús, Freud y Marx; gracias a ellos la humanidad ha dado pasos positivos. Aunque de cada utopía se realice un diez por ciento, gracias a ese diez por ciento la humanidad ha mejorado un poco. Yo soy un optimista incorregible.” Regresó a Uruguay, en marzo de 1983, un poco mejor de lo que se había ido, “más ecuánime, más tolerante, menos radical, pero sin perder mis obsesiones”. Fue nombrado miembro del Consejo Editor de la nueva revista Brecha, que sería la continuidad del proyecto de Marcha, interrumpido en 1974. En 1985 Joan Manuel Serrat grabó el disco El Sur también existe sobre poemas de Benedetti, contando con su colaboración personal. Con el “desexilio” llegan los reconocimientos en todo el mundo.

Las líneas no alcanzan para repasar la cantidad de títulos que ha publicado, son más de ochenta en todos los géneros que frecuentó. Se destacan, por mencionar un par, las novelas Gracias por el fuego (1965), La borra del café (1992) y Andamios (1996); los poemarios Inventario uno (1963), Cuando éramos niños (1964), Quemar las naves (1969), Letras de emergencia (1973), Viento del exilio (1981), El amor, las mujeres y la vida (1995), La vida ese paréntesis (1998) y Adioses y bienvenidas (2005) y Testigo de uno mismo (2008); los cuentos de La muerte y otras sorpresas (1968), Con y sin nostalgia (1971), Recuerdos olvidados (1988), Buzón de tiempo (1999) y El porvenir de mi pasado (2003); los ensayos Peripecia y novela (1946), El escritor latinoamericano y la revolución posible (1974), La realidad y la palabra (1991) y Vivir adrede (2007); y la obra de teatro Pedro y el capitán (1979). En 1999 fue galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana; en 2001 recibió el I Premio Iberoamericano José Martí; en 2002 fue nombrado Ciudadano Ilustre por la Intendencia de Montevideo; en 2005 obtuvo el Premio Internacional Menéndez Pelayo.

Mario, ese Cupido involuntario que no merece quedar libre de culpa y cargo por la cantidad de parejas que unió, sabía que la vida es un paréntesis entre dos nadas. “Yo soy ateo, no creo en Dios ni nada por el estilo. Hay gente que tiene sus creencias religiosas y tiende a sentir que después de la muerte está el Paraíso, o el Infierno, porque muchos han hecho mérito para ir al Infierno. Yo creo en un dios personal, que es la conciencia”, afirmaba el poeta, que trabajaba en un nuevo libro de poesía cuyo título provisional es Biografía para encontrarme. “Muchos de mis poemas son producto de ser hombre de pueblo, y estar cerca del pueblo siempre ha sido una máxima para mí. Lo mejor que me pudo haber pasado en la vida es que lo que escribo le haya tocado el corazón a esa gente, a ese pueblo, a ese hombre de a pie.” Las lágrimas, esta vez, no tienen tregua posible. Y por favor, pensarán muchos ahora que hay que despedirse del compañero, no se olviden del bolígrafo de Mario.

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