Archivo de la etiqueta: Alberto Breccia

El espíritu de Frontera

Por Juan Sasturain

Ayer fue el Día del Dibujante en la Argentina. Y ayer –como se recordó con justicia en muchas partes– se cumplieron veinte años de la desaparición de Alberto Breccia, que fue uno de los más grandes dibujantes de historietas del mundo y que –como tantos argentinos famosos– era apropiadamente uruguayo. Todo muy sabido, en realidad: tanto la puntería del soberano maestro al haber embocado justamente en su día, como el chiste fácil de la nacionalidad. La memoria del viejo Breccia se merece largamente estas cariñosas redundancias.

Pero no quiero hablar de eso una vez más, sino de otra cosa cercana y tangente: la casi inmediata aparición de un libro singular, originalísimo, acaso desmesurado en su pretensión, un auténtico despropósito debido al empeño del obsesivo investigador Carlos Altgelt, de quien desde ya pasamos a considerarnos deudores agradecidos de por vida. Ya verán por qué.

Altgelt es uno de los tantos Carlitos de su / nuestra generación en los que nos conocemos y reconocemos. Una generación de pibes nacidos a principios de los ’40, en medio o en las postrimerías de la Segunda Guerra, que hicieron la primaria con Evita en el libro de lectura y tomaron la leche con Toddy o Vascolet escuchando Poncho Negro o Tarzán por Radio Splendid. Una generación de Carlitos que usaron medias ídem y pantalón corto hasta los doce, lectores de Salgari, Stevenson y de El Príncipe Valiente en la colección Robin Hood. Pibes frecuentadores del cine continuado y de la matinée de aventuras con cowboys infalibles, piratas audaces, japoneses traicioneros y monstruos de utilería, que se emocionaban con los seriales en episodios ya viejos de Flash Gordon y los dibujos animados muy nuevos de Tex Avery mientras comían maní con cáscara de la bolsita y masticaban pastillas Trineo. Una generación de Carlitos –sobre todo y finalmente– enfermos de aventuras en cuadritos, formados y deformados por las omnipresentes historietas. Por eso hablo en nombre de todos aquellos que –deslumbrados por nuestros ídolos del kiosco– alguna vez quisimos ser dibujantes y llenamos los cupones de inscripción de alguna de las memorables escuelas de enseñanza en vivo o por correspondencia con la ilusión de llegar a ser Solano López, Arturo del Castillo, Pratt, Moliterni, Roume, Breccia…

Vamos al grano: este libro maravilloso –el último de los varios en los que el memorioso y laborioso Carlos Altgelt ha encauzado su cálida vocación por rescatar del olvido mojones de la cultura popular de su tiempo que es el nuestro– se propone y logra un objetivo singular: el registro, con reproducción de la tapa a color e índice pormenorizado –título por título, número a número, ejemplar por ejemplar, historieta por historieta– de todas las publicaciones de Editorial Frontera; es decir, los (primeros) libros y las famosas revistas creadas y dirigidas por Héctor Germán Oesterheld en el período más fecundo y recordado de su larga carrera como guionista de historietas, el que va de 1956 a 1963. La luz del fósforo que ilumina el corazón, el tramo final de la época de oro de la historieta argentina de aventuras.

Con sano criterio, el autor no ha querido redundar. A este Carlitos –cuasi increíble pariente a distancia del pionero Outcault, creador nada menos que del Yellow Kid– ya le debemos hermosas y completísimas monografías sobre personajes como Bull Rockett y Sargento Kirk. Acaso por eso, conocedor minucioso como es del trabajo de Oesterheld, en esta oportunidad ha optado por soslayar toda referencia y juicio de valor respecto de la obra del mayor de nuestros escritores de aventuras por considerarlo un tema (adecuadamente) transitado. Y hace muy bien. Sobre todo porque así concentra toda su energía en la busca del dato duro y la información más precisa y fina, algo que desde este lugar del fanático lector, se agradece. Y estoy seguro de no estar solo en eso.

Nunca hasta ahora, con los antecedentes notables de los trabajos de muchos otros investigadores a los que debemos aproximaciones valiosísimas a distintos aspectos de la producción del autor de El Eternauta, se había llegado tan lejos en este aspecto puntual: la elaboración de un índice pormenorizado de contenidos, personajes, fechas, ediciones y autores del período “de Frontera”, con referencias y datos muy novedosos por inexplorados o no consignados hasta el momento. No es el caso de la localización cronológica de las primeras publicaciones de muchos de los por entonces novatos Oswal, José Muñoz, Durañona o Lito Fernández, pero sí el de la identificación precisa de las historietas extranjeras –sobre todo las inglesas de la Fleetway– publicadas durante el largo y agónico período de decadencia que, iniciado el año anterior, se hace evidente y penoso a partir de 1961, y se prolonga hasta el galope muerto del demorado final.

Este libro resulta, así, para el lector común que todos seguimos siendo, un pretexto para volver a experimentar, sobre todo, la emoción de reconocer tapas y dibujos que nos sedujeron desde el abigarrado kiosco hace más de medio siglo –y la pesquisa de reconocer autores “no firmantes”–; y para el investigador actual y futuro, una herramienta eficaz, insoslayable: aquí están todas las referencias que permiten ubicar e inventariar autores y personajes de ese glorioso período, como nunca antes.

Parafraseando al tano Hugo Pratt –emblema, genio y figura de esa época y de estas revistas maravillosas–, es “el espíritu de la frontera” que él descubrió en el libro homónimo de su admirado Zane Grey y atraviesa su obra, de Kirk y Ticonderoga a Weheling, el mismo que mueve la empresa apasionada de este libro. Como nosotros, el autor parece siempre encaramado en el anca del caballo pampa dibujado por Mottini (famoso emblema, logo de Frontera) explorando un horizonte que sólo los caprichos del reloj han dejado a nuestras espaldas.

Link permanente a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-233298-2013-11-11.html.

 

Deja un comentario

Archivado bajo 2º Año, El eternauta

Breccia de nuevo recuperado

Por Juan Sasturain

Hace unos años –tres o cuatro–, en circunstancias de las que me gustaría acordarme puntualmente mejor, me cité a la vuelta de mi casa, en el café La Puerto Rico, con un español de paso por estas saqueadas costas, que –según dijo– tenía para vender originales de distintos dibujates argentinos de historietas y suponía que yo podía opinar algo (si no comprar: no colecciono) sobre posibles interesados. Era o se presentaba como un intermediario.

Me acuerdo muy poco de lo que charlamos ese mediodía y apenas de lo no mucho que me mostró en la pantalla de su pequeña y por entonces modernísima computadora. Es que de golpe, me quedé absolutamente sorprendido: me estaba mostrando, una a una, diez páginas que reconocí enseguida.

–¿Y esto?

–Es Alberto Breccia.

–Ya sé.

Y ahí, al verme interesado, me explicó que se trataba de una obra de Breccia de los años ochenta o antes; el comienzo de una serie sin título de la que –como yo podía observar– se conservaba solamente el lápiz, ya que el artista nunca la había pasado a tinta. Era un trabajo notable, empezó a explicar. –La conozco –lo corté impaciente–. ¿Y quién vende esto? –Un coleccionista inglés. –Qué hijo de puta… Se me escapó. Es que lo que tenía ahí en pantalla o –mejor dicho– los originales que alguien había escaneado para ponerlos a la venta internacional se suponía (yo suponía) que estaban, junto a muchos, centenares de otros, en Buenos Aires, en el lugar en que estaba depositada “toda” la obra del Viejo desde hacía tantos años esperando quién sabe qué.

–¿Le interesa? –dijo el tipo.

–Claro: me interesa saber cómo esto llegó hasta ahí. Esa historieta tiene nombre, se llama El Dibujado y la escribí yo. Y terminé con una larga serie de puteadas que el imperturbable intermediario –sin hacerse cargo de lo que le tocara– dijo estar dispuesto a intermediar cuando huyó sin dejar rastros.

Se sabe: el uruguayo Alberto Breccia, que vivió prácticamente toda su vida en la Argentina, fue (sigue siendo) uno de los dibujantes de historietas más importantes del mundo. Para los que necesitan avales y creen en el criterio de autoridad a la hora de opinar, Frank Miller dijo que “con Breccia empezó todo”. El autor de The Dark Knight y Sin City se refería simplemente a la modernidad.

Alberto Breccia nació en 1919 –como Héctor Oesterheld– y murió en Buenos Aires en 1993. Tras ganar popularidad en los cuarenta con el clásico Vito Nervio, escrito por Leonardo Wadel, fue con Oesterheld que realizó algunas de sus obras mayores: en los cincuenta Sherlock Time; Mort Cinder –obra maestra absoluta– a principios de los sesenta; y la Vida del Che y la segunda versión de El Eternauta (en colaboración con Enrique Breccia, su talentoso hijo) a fines de esa misma década. Trabajó luego largamente con Carlos Trillo sobre todo en los setenta (Un tal Daneri, El viajero de gris, Buscavidas) y realizó por entonces, solo o acompañado, insuperables adaptaciones de clásicos literarios de terror: Quiroga, Poe, Stoker, Lord Dunsany y –extensamente– H. P. Lovecraft. Ese famoso Breccia “negro” no opaca los otros registros, de la aventura clásica al humor y al dibujo infantil. Hizo todo, mucho y bien: artista y laburante.

Me tocó en suerte trabajar con él durante toda la década del ochenta. Hicimos casi diez años Perramus, además de algunas historias sueltas y adaptaciones de narradores latinoamericanos contemporáneos. Hacia 1986/87, tras las primeras tres historias de la saga ambientada en la metafórica dictadura, imaginé una nueva serie, más aventurera que sombría y con cierto tono retro, incluso en el dibujo clásico, a lo Sherlock Time: se llamaría El Dibujado y, en la ficción, el protagonista era un personaje originalmente creado por Oesterheld-Breccia, Juan Deveras, que ellos no habían llegado a desarrollar… La historia estaba contada por Diego Fierro, que trabajaba en una revista, y jugaba con el doble nivel de representación: los personajes clásicos creados por Oesterheld-Breccia décadas atrás –los Ojos de plomo, el Dr. Morgue, etc.– invadían la nueva historieta, interactuaban con El Dibujado Juan Deveras, lo acompañaban en las nuevas aventuras.

Escribí el primer guión de diez páginas, Alberto lo dibujó detalladamente a lápiz y allí quedó… Nunca lo pasó a tinta. Esperaba, “se” esperaba, no “sabía” cómo lo iba a resolver. No quería hacer lo mismo que en Perramus y tampoco volver a copiarse, retomar su estilo clásico. Y ahí quedó. Y pasó el tiempo, y nunca más.

Precisamente, la primera aventura –que aparece insinuada en la secuencia inicial– era el rescate de los dientes de Gardel diseminados tras su muerte. Y ése es el argumento que, apenas un par de años después, “canibalizamos” –como diría Chandler– para encarar la cuarta y última aventura de Perramus: Diente por diente. Yo me había ido un tiempo a vivir a España, trabajamos un poco más, a distancia, y fue nuestro último laburo juntos. Regresé en el verano del ’92 y al año siguiente el 10 de noviembre –el Día del Dibujante, para los que gustan de las coincidencias– el glorioso Viejo se murió. Tenía 73 años.

Bien: esas diez páginas de una historieta no nacida, El Dibujado, son las que –entre otras– un tránsfuga vendía en Buenos Aires, por cuenta de coleccionistas europeos, hace unos años atrás. ¿Cómo habían llegado allí? Es largo y penoso el trámite, y precisamente en estos días se ha echado algo de saludable luz sobre el asunto.

Todo empieza cuando, a la muerte de Breccia, el juez, a requerimiento de alguna de las partes en sucesión, decide, por cuestiones de seguridad y para evitar “filtraciones”, colocar el patrimonio artístico debidamente inventariado en depósito judicial hasta tanto se decida qué hacer con él. Y allá va toda la obra del maestro –centenares de páginas originales que estaban en la vieja casa de Haedo– a un depósito de la empresa Firme S.A. (oh paradojas nominales…) donde permanece –se supone– durante una docena de años, en segura custodia. Hasta que, al declararse en quiebra Firme S.A. en marzo del 2005, los acontecimientos se precipitan.

Avisos de venta de originales, y exhibiciones/exposiciones de algunas de esas obras inventariadas a ambos lados del Atlántico indican a las autoridades, previa denuncia, que no todo estaba o seguía estando donde debería: con la quiebra, o desde antes, algunos se habían literalmente afanado si no todo, gran parte.

Vía Internet y vía Interpol, ahora todo es más rápido –al menos en la detección– y así fue cómo, hace unas semanas, se acaba de anunciar que, tras meticulosas pesquisas –porque hubo voluntad y aptitud de la Justicia y de la policía para hacerlo– hay dos presos, se han recuperado casi 200 páginas en un domicilio de Glew, en el sur del Gran Buenos Aires, y hay localizadas –en España, Francia, Italia, Inglaterra, etc.– decenas y decenas de páginas vendidas en subastas públicas u operaciones privadas, por valor de varios centenares de miles de euros. El valor total de lo afanado (recuperado o en vías de) dicen que supera el millón de la moneda europea. Y ésa ha sido la buena noticia de estos días. Qué tal.

De todo esto, lo único que (nos) importa a muchos es que, después de tanto tiempo, se den las condiciones de volver a ver la extraordinaria obra de Alberto Breccia editada (algo se ha hecho) y –sobre todo– públicamente exhibida como se debe y merece, en la Argentina. Por múltiples razones, algunas obvias y otras menos, no ha habido una exposición integral en dos décadas. Acaso sea una inmejorable oportunidad de hacerlo, salvando todos los obstáculos, haciéndolo con cuidado y esmero, cuando en el 2013 se cumplan veinte años de la desaparición del Viejo. Será el modo de hacerle justicia a uno de los más grandes artistas que tuvimos la suerte y el privilegio de disfrutar durante décadas.

Y ahí no pierdo la esperanza de ver colgadas las páginas de El Dibujado que un pirata –como suelen hacerlo– se llevó, con el concurso necesario de ladrones nativos que nunca han faltado.

Página/12, 31/10/2011. Link permanente a la nota.

 

Deja un comentario

Archivado bajo Alberto Breccia, Historieta