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Revelaciones de invierno

Por Juan Sasturain

Fue una mañana de invierno, un lunes como hoy pero del alevoso y helado julio de 1959, hace exactamente cincuenta años: yo tenía trece, iba a cumplir catorce en unos días y cursaba primer año en el Don Bosco de Mar del Plata, apenas uno de los 45 granujientos, incipientes varones de Primero A. Para eso iba en bici cada mañana pedaleando Avenida Luro arriba, treinta y pico de cuadras. Tras la diaria misa entre bostezos nos cagábamos religiosamente de frío hasta el mediodía en esas aulas grandes, altas, con pupitres oscuros y ventanales que daban al patio de cemento en que –cada recreo– jugábamos al fútbol de timbre a timbre, transpirando como salvajes con pulóver y gabán.

Esa mañana de hace medio siglo, el Pelado Marcángeli –que nos daba Castellano e Historia sucesivamente en las primeras horas– llegó y sin decir nada ni comentar el triunfo de Independiente se puso a escribir en el pizarrón con letra clara algo que leía en el diario que había traído de su casa. Era un poema, un soneto más precisamente: “A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell”.

–Copien –dijo el Pelado.

Y fue desplegando de arriba abajo los catorce versos endecasílabos en los correspondientes dos cuartetos y dos tercetos. Al final, a la derecha, escribió el nombre del autor: Jorge Luis Borges.

Nosotros no sabíamos qué era una efigie, cómo se reconocía un soneto y menos aún quiénes eran Cromwell o Borges. No sabíamos nada, en realidad; y hacía frío:

“No rendirán de Marte las murallas / a éste que salmos del Señor inspiran. / Desde otra luz, desde otro siglo, miran / los ojos, que miraron las batallas” ya leía, ya nos hacía leer el Pelado en voz alta y con fervor.

Hiatos y sinalefas mediantes, llegamos a reconocer las once rítmicas sílabas de cada verso; descubrimos las consonancias abba de la rima y sin transición nos trasladamos en el segundo cuarteto:

“La mano está en los hierros de la espada. / Por la verde región anda la guerra; / detrás de la penumbra está Inglaterra, / y el caballo y la gloria y tu jornada”. Y fue como quien pasa al segundo vagón de un tren en movimiento para verificar que el esquema del primero se repetía tal cual.

–Vamos ahora a los tercetos –dijo el Pelado.

“Capitán, los afanes son engaños, / vano el arnés y vana la porfía / del hombre, cuyo término es un día”, recitó Marcángeli. Caminando entre los bancos, releyó los tres versos, hizo la pausa justa para mostrar el encabalgamiento, resaltó el cdc de la rima y después siguió ya cuesta abajo, sin detenerse hasta el final: “Todo ha acabado hace ya muchos años. / El hierro que ha de herirte se ha herrumbrado; / estás, como nosotros, condenado”

Punto y silencio unánime.

–¿Qué les pareció?

En principio no nos parecía nada. No se entendía demasiado, éramos pendejos y nuestras lecturas habituales no iban más allá del Hora Cero para ver cómo seguía El Eternauta y de El Gráfico para que nos contaran los goles de Yaya Rodríguez y Senés que escuchábamos por radio. Además teníamos frío. Pero, sin embargo, el Pelado comenzó a hablar y algo pasó, algo (nos) empezó a pasar esa mañana, un lunes como este lunes de hoy, tan frío, hace cincuenta años exactos.

Simplemente nos había alcanzado la literatura. Y eso que pasaba entre versos –apenas intuido, deslumbrante, pero apenas comprendido del todo por falta de vida y experiencia– no era otra cosa que la poesía.

Puedo recitar desde entonces “A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell” de memoria. Debe ser el único poema de Borges que recuerdo así, entero y cadencioso. Incluso estoy seguro de reconstruir no la exégesis puntual del soneto deslumbrante –el profe lo había leído el día anterior en el suplemento literario de La Nación, el rotograbado que salía impreso en sepia el domingo, y nos lo trajo–, pero sí el fervor de la explicación, la pasión transmitida.

Al consultar los datos me doy cuenta de que Ricardo Marcángeli, el inolvidable maestro que me enseñó a leer, era del ’29, tenía en aquel momento nada más que treinta años. Parecía más grande. La calva precoz y nuestra mirada casi infantil nos engañaban. Severo y jodón a la vez, al Pelado le encantaba la Historia y contar goles de Erico; nos prestaba libros, compartía con nosotros los resultados del domingo y el tedio de la lectura obligatoria de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma y la Marianela de Galdós en las ediciones de Troquel. Pero sobre todo nos quería.

Cinco años después, cuando ya estudiaba Letras en Buenos Aires, había regalado mi colección de historietas y veía a Boca en la Bombonera, seguía pendejo pero menos, me compré El hacedor –que es de 1960 y uno de los libros que más me gustan de Borges– y me volví a encontrar con la efigie del capitán, la certeza de que “los afanes son engaños”, que es vana “la porfía del hombre, cuyo término es un día” y que estamos –como él– condenados. Desde entonces me pasa cada vez, y es como la primera.

Ricardo Marcángeli, por aquellos mismos años en que nos daba clase y letra como quien reparte comida caliente o besos, empezó a pintar y a eso se dedicó con talento durante décadas. Se murió en 2006 en Mar del Plata, dejó alrededor muchos amigos y también –más lejos– muchos pibes grandes como yo, agradecidos para siempre por aquellas revelaciones de una mañana de invierno.

 

(Página/12, 27 de julio de 2009. Link permanente a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/index.html)

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Borges y Rojo como el cielo

En una película italiana basada en hechos reales que se llama Rojo como el cielo y cuenta la historia de Mirco Mencacci (uno de los mejores ingenieros de sonido de Europa, que se quedó ciego a los diez años), me entero de que en Italia, hasta 1970, había escuelas obligatorias para pibes ciegos: no podían ir a escuelas normales. Mencacci tuvo un accidente a los diez años, estuvo dos meses con los ojos vendados y cuando le sacaron la venda sólo veía una niebla amarillenta, como si todo estuviera fuera de foco. Cuando llegó al internado estaba convencido, a pesar de lo que le habían dicho los médicos, a pesar de lo que le habían dicho sus padres, de que esa niebla se terminaría yendo si él se esforzaba realmente en hacer foco, y algún día lograría ver con la nitidez con que veía antes del accidente. Todos los pupilos del internado eran ciegos de nacimiento; él era el único que no había nacido así, cosa que lo convertía en el que más sufría la ceguera. En una escena memorable de la película, los compañeros de Mencacci le enseñan a ser ciego; es decir, a no ser inútil siendo ciego: le muestran cómo hacen ellos para bañarse, para comer, para “leer” la cara de alguien al tacto, para subirse a un árbol, incluso para correr. A cambio, Mencacci intenta explicarles cómo son los colores. La escena me hizo acordar la confesión de Borges a Bioy, al volver de sus primeras conferencias en Oxford en 1963: “En Londres me visitó un ciego de nacimiento. Le pregunté si veía tinieblas, si estaba en un mundo oscuro. Me contestó que no. Yo, si cierro el ojo que ve, veo una tiniebla rojiza. Ellos no tienen conciencia de ninguna tiniebla. Para ellos, los ojos y la palma de la mano tienen la misma conciencia de la oscuridad. No están en el ahogo en que uno los imagina. Aun cuando carecen de esa especie de tacto a distancia que tenemos los que vemos, no están oprimidos por ninguna oscuridad”.

La mayoría de la gente repite que la amistad entre Borges y Bioy “excluía la confidencia” (es una irritante costumbre hablar en borgeano para referirse a Borges). Yo no estoy de acuerdo. Quizá Bioy le daba poco calce a Borges para hablar de sus amores (según su bizarro código de honor, no era aceptable hablar de una mujer anhelada pero, en cambio, era perfectamente lícito acostarse con las esposas de sus amigos). Quizá Borges prefería que no le hicieran confidencias. Pero que él las hacía, y que la mayoría de esas confesiones se las hizo a Bioy, en particular las referidas a la evolución de su ceguera, es evidente para cualquiera que recorra las 1600 páginas del Borges de Bioy. Era Bioy quien lo acompañaba siempre al oculista, a veces incluso lo llevaba a la rastra, por pedido de la madre de Borges, cuando éste se negaba a ir, y muchas veces era Bioy quien pagaba la consulta o conseguía que la eminencia médica de turno atendiera sin cobrarle a Borges. Es famosa la anotación que hace Bioy en su diario al volver de aquella consulta en 1955, en que le explicaron a Borges que lo que tenía era efectivamente un desprendimiento de retina, pero no total, al menos hasta ese momento: “Cuando volvíamos a su casa, por distracción, casi choqué contra otro automóvil. Me sentí enfermo de disgusto. Un sacudón así podría dejar ciego a Borges”.

Las confidencias de Bioy suelen ser a su diario; las de Borges, en cambio, son a su amigo. Como cuando le describe con toda naturalidad (y años después del hecho) la operación en el Cemic de 1956: “El dolor de las inyecciones es tristísimo, mucho más doloroso que en la encía. Te previenen que no te muevas cuando sientas el pinchazo porque si se desvía la aguja podés quedar ciego. Ves las manos del cirujano y después están tan cerca que ya no las ves. Cuando te cortan oís un ruido como si cortaran una seda; es la córnea. Cuando te sacan la venda ves todo rojizo; es que el ojo está sanguinolento. Después la niebla virará del rojizo al amarillento”.

Esperando en aquellos consultorios le contó Borges a Bioy que, cuando su madre y su padre (que era muy mujeriego y muy chicato también), vivían en Ginebra, una tarde él siguió por las calles a una mujer hasta que, cansada del asedio, ella se dio vuelta y le dijo: “¡Jorge! ¿Ni siquiera a mí me vas a dejar tranquila?”. Era su propia esposa. El padre de Borges, que terminó su vida ciego, cuando nació Borges le miró ansiosamente los ojos y, al ver que eran claros, le dijo a su esposa: “Está salvado. Tiene tus ojos”. Se equivocaba: los ojos de Borges heredaron el color de la madre pero la enfermedad del padre. A los ocho años, le preguntaron qué decía en una lata de té blanca con letras doradas. “No dice nada, es todo blanco”, contestó Borges. Lo llevaron al médico. El diagnóstico fue cataratas. Como el padre, y cuatro generaciones de Borges antes, JLB supo en ese momento que se quedaría ciego tarde o temprano.

Lo que nadie imaginaba fue la manera en que aceptó la ceguera. En los años ’60 era bastante común, para los que andaban por los alrededores de la plaza San Martín o la vieja Biblioteca de la calle México, encontrarse con Borges parado en una esquina, apoyado en su bastón, esperando que alguien lo ayudara a cruzar la calle o a bajar al subte. Bioy anota esto que le dice en 1966: “Desde que soy ciego el tiempo fluye de otra manera. Antes, si tenía un rato libre, leía. Me molestaba esperar a una persona en la calle; los insomnios me parecían muy desagradables. Ahora, no. En cuanto estoy solo, en cuanto no hay alguien con quien conversar, estoy en una situación así, de modo que me acostumbré. No me importa estar esperando en una esquina. No me importa tener insomnio a la noche”. Que a Borges no le importara no significa que a los demás tampoco. El verano siguiente, en Mar del Plata, dice Bioy: “Los demás no existen para Borges. Se desnuda delante de todo el mundo en la playa, va al baño sin cerrar la puerta, hoy no orinó en la letrina sino en el piso. Por esta mala puntería, con dolor en el alma lo he desviado de mi baño a otro que no usa nadie”. Con el tiempo será más triste: “Borges no ve la clara del huevo frito en el blanco del plato. Durante un tiempo que parece infinito repite el acto de llevar a la boca el tenedor vacío”.

María Kodama terminó alejando a Borges de Bioy. Los amigos se despidieron por teléfono, cuando Borges ya estaba en Ginebra. Dos años después, sin embargo, una de las personas que estaban con Borges cuando murió le confesó a Bioy: “Unos días antes sintió la presencia de la muerte. Dijo: Ha llegado. Está aquí”. Bioy preguntó si la había descrito. Le contestaron que sí: “Como algo externo, rígido, frío”. Así fue, coincidiendo por casualidad con un semidesconocido en un hotel de Europa, como llegó hasta Bioy la última confidencia que le hizo su amigo de toda la vida.

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