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Los Oesterheld

Además de ser el gran ideólogo de la historieta moderna local nada menos que en Argentina, patria de historietistas, Héctor Germán Oesterheld también terminó siendo el protagonista de una tragedia familiar que culminó no sólo con su secuestro y desaparición a manos de la dictadura militar, sino también con el de sus cuatro hijas, sus tres yernos y dos de sus cuatro nietos. La historia violenta de un país descargada fatalmente contra una sola familia es la saga que narra de manera admirable un libro tan fascinante y necesario como Los Oesterheld (Sudamericana), en el que no sólo la figura del autor de El Eternauta se reconstruye como militante, sino que sus cuatro hijas adquieren vida propia gracias a cinco años de investigación y más de un centenar de testimonios que permiten reconstruir el camino cultural y político de una familia, una época y un país que terminó encaminándose hacia la violencia y el exterminio. En este adelanto exclusivo del libro de Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami, Radar presenta un retrato de Oesterheld cuando abandona definitivamente su hogar y comienza con su militancia clandestina, sin dejar nunca de hacer historietas.

Por Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami

El primer sábado que pasó en la casa de Devoto, Héctor sacó una reposera al jardín, se sentó al sol y empezó a hablar solo. Desde adentro, los anfitriones lo espiaban desconcertados. Le veían aspecto de viejo loco, así, desarrapado. A los pocos días, Héctor les dijo quién era y les mostró el grabador en el que registraba los guiones. Les habló de lo que estaba haciendo ahora, la adaptación de 20 mil leguas de viaje submarino para Billiken, que había empezado el año anterior con muchísimo éxito. También les contó que en Récord querían reeditar El Eternauta en formato de libro. Eso lo entusiasmaba especialmente.

Si en el mercado editorial Columba representaba la producción de una historieta estandarizada para un público masivo sin demasiadas exigencias y, desde lo ideológico, una línea explícitamente reaccionaria –se fiscalizaba que los policías y los soldados fueran siempre los buenos: a fin de cuentas sus publicaciones se repartían en los cuarteles–; Récord venía a representar todo lo contrario. Con su revista Skorpio, buscaba devolverle cierto prestigio a la historieta. Había repatriado las creaciones de Pratt dando a conocer su Corto Maltés, y convocado tanto a ilustradores reconocidos de la talla de Breccia, Arturo del Castillo y Solano López, como a jóvenes guionistas como Guillermo Saccomanno. También prometía ser un buen negocio para sus dueños, el agente editorial italiano Álvaro Zerboni y su socio local y ex empleado, Alfredo Scutti: las historietas se hacían con sueldos argentinos pero después se comercializaban en Europa, principalmente Italia, a precios internacionales.

Héctor fue uno de los últimos en sumarse. Como sucedía en cada lugar al que llegaba, su aparición, si bien silenciosa, fue un acontecimiento. Se sabía que su entrada previa en Columba había generado malestar en el guionista estrella, Robin Wood, autor talentoso pero que admiraba a Héctor a regañadientes: no podía disimular la molestia que le generaba que a Oesterheld lo consideraran un genio y a él, simplemente un buen guionista. En Récord, en cambio, nadie se sintió desplazado con su incorporación sino todo lo contrario. Muchos de ellos se habían formado con él y lo reivindicaban como el máximo autor de la cultura popular. Lo que no quitaba que algunos, como Saccomanno, se sintieran un poco inhibidos, a pesar de su amabilidad. Quien se animó a hablarle el primer día que lo vio fue el guionista Eugenio Zappietro, que firmaba como Ray Collins, había hecho su primera historieta policial –la renombrada Precinto 56– a pedido de Hugo Pratt para Misterix y era fanaìtico declarado de Héctor desde los 16 años.

–De chico yo andaba con una barra de amigos, sabe, y nos alegramos cuando leímos en Hora Cero que las historietas se iban a empezar a vender en Brasil porque eso significaba que la revista iba a seguir por mucho tiempo más.

Le dijo en la entrada de Récord. Héctor bajaba del ascensor y Zappietro lo interceptó. No podía contenerse. No sólo se sabía sus historias de memoria, sino que había continuado algunas de ellas en su paso por Abril, como El Indio Suárez y Santos Palma. Y, sin embargo, nunca lo había tenido enfrente. Siguió:

–Humildemente quiero decirle que nosotros, los que estamos acá, arrancamos desde donde usted llegó, usted nos allanó el camino.

–Bueno, gracias, es un poco mucho…

–¿Y me permite decirle otra cosita? Yo creo que su mejor trabajo es Mort Cinder.

–¿Sí? ¿Por qué?

–Porque usted ahí se mete a fondo con la interioridad del personaje y lo poco que yo he hecho hasta ahora se inscribe en esa buìsqueda que usted ya había empezado con Ernie Pike.

Héctor lo escuchó atento y sonrió halagado, pero no dijo nada más. Zappietro era un personaje particular dentro de Récord. Lector apasionado, escritor de novelas románticas primero y de historietas después, lo que más llamaba la atención, además de sus modos ceremoniosos, era su otra profesión: policía. Para 1975, tenía el cargo de subcomisario y estaba al frente de la revista oficial de la Policía Federal y de un programa de radio y otro de televisión, los dos sobre prevención. Él mismo hacía chistes sobre su condición de botón. En la redacción, de todos modos, era muy apreciado. Esa fue la única vez que conversaron. Un año y medio después, con Héctor ya desaparecido, el propio Pratt le iba a pedir a Zappietro que hiciera averiguaciones. Y lo hizo. Su respuesta fue que Héctor no constaba en ningún registro, ni en los de su fuerza ni en los militares.

La entrada en Récord también iba a significar para Héctor la posibilidad de volcar en una obra final su nueva vida. Después del éxito de la reedición de El Eternauta, Scutti le iba a pedir una segunda parte. Probablemente no la que el director de Récord imaginaba. Mientras tanto, iba a reeditar varios de sus clásicos como Ernie Pike, Sargento Kirk y Ticonderoga, crear otro western, Loco Sexton, y hasta incursionar en el género de terror con Nekrodamus.

En esos textos trabajaba los fines de semana, sentado en el jardín de la casa de la calle Navarro a la altura de Chivilcoy, en donde vivió con su hija Marina desde mayo hasta diciembre de 1975. Él dormía en un escritorio en la planta baja, en el que también escribía, y ella en un cuarto de juegos en el segundo piso. A la mañana, salían por el baldío del fondo sin que los vecinos los vieran para tomarse el tren, y volvían alrededor de las siete de la tarde. A veces Marina no volvía, y cuando estaba, apenas abría la boca. Con el padre era cariñosa, incluso en público, pero con los demás le costaba mucho relacionarse. Héctor, en cambio, se quedaba en largas sobremesas con Clara y Carlos, los dueños de casa. Les contaba de su vida de geólogo, de sus viajes por el interior y de su trabajo en el laboratorio del Banco Industrial.

–Es como si hablara de otra vida… Como si de repente me hubiera animado a dar un salto y estuviera en otro universo.

Les dijo una de esas noches.

–¿Y cómo te animaste a dar el salto?

–Por mis hijas.

Clara y Carlos, que habían empezado su militancia con un grupo católico, también estaban convencidos de que la única opción de cambio era la lucha armada. Pero habían decidido no incorporarse a la organización porque tenían dos hijos chicos y creían que protegerlos era su responsabilidad como padres. Seguían con su militancia de base en barrios de zona norte y colaboraban con la organización en cuestiones de logística. En ese tiempo, confeccionaban carteras con doble fondo para esconder armas.

Con el correr de los días, la confianza hacía que las charlas nocturnas pasaran de la historieta y la geología a cuestiones más personales. Si la preocupación de Héctor por la seguridad de sus hijas era un tema presente, su crisis y separación de Elsa era otra constante.

A pesar de que se lo había cruzado alguna vez en Columba, el joven Guillermo Saccomanno no se animaba a pedirle una entrevista a Héctor y le preguntó a su amigo y colega, Carlos Trillo, si podía interceder. Trillo, que venía de trabajar en Patoruzú y Satiricón, no tuvo problema: con Héctor se conocían desde hacía tiempo.

Unos meses antes, Saccomanno había viajado por primera vez a Europa y había entrevistado a Umberto Eco, que seis años antes, en 1969, había escrito el prólogo a la primera edición de Mafalda en italiano, en plena revalorización de la cultura popular a partir de su obra Apocalípticos e Integrados. Luego, en París, estuvo con Pratt, que había publicado el Sargento Kirk en italiano sólo con su nombre y que no tuvo problemas en atribuirse también otros guiones de Héctor durante toda la charla. Finalmente, en España, se reunió con un grupo de historietistas que se oponían a Franco –ya en sus últimos días– y que se agrupaban alrededor de la revista de historietas Bang! Oesterheld, para ellos, era una megaestrella. Herederos del Mayo Francés, estaban particularmente deslumbrados con El Che.

La consideraban una obra magna, tanto por los textos como por las ilustraciones expresionistas de los Breccia y querían una entrevista con el que consideraban el mejor historietista en lengua española.

Saccomanno y Trillo lo citaron a Héctor en una confitería de Santa Fe y Pueyrredón, El Olmo, y allí le hicieron la propuesta. Héctor se mostró encantado con la idea de que la revista fuera extranjera. El encuentro siguió con un almuerzo en un restaurante de la avenida Santa Fe, King George. Ya se habían bajado una botella de vino y el reportaje todavía no había empezado. Finalmente fueron al departamento en el que Saccomanno vivía con su mujer, Lucía Capozzo. Allí Héctor se sentó en un sillón. Detrás de él, sobre su cabeza, colgaban dos pósteres del dibujante Moebius: uno con figuras de cowboys y otro, de Pieles Rojas. Lucía le preguntó si le podía hacer unas fotos y Héctor sonrió para la cámara. Era fin del verano y llevaba una camisa color claro de mangas cortas y un pantalón de vestir. El pelo le caía lacio sobre un costado de la cara. Completamente blanco, contrastaba con el vello oscuro de sus brazos fornidos. A los pocos minutos se prendió el grabador. Serían poco más de las tres de la tarde. Le preguntaron todo lo que le querían preguntar. Estaban sorprendidos por la soltura y el humor en sus respuestas, y por lo actualizado que parecía, tanto en cine como en literatura. Se hicieron las nueve y media de la noche y seguían sacando y poniendo casetes, hasta que se acabaron. Entonces pidieron una pizza y siguieron conversando. Era marzo de 1975 y Héctor todavía vivía en Beccar. Fue en esas horas, ya sin grabador, que hablaron de política. Les dijo que reivindicaba la lucha de la juventud peronista y hablaron de la coyuntura, en términos generales. Sus entrevistadores, de todos modos, intuían que estaba siendo cauteloso.

La entrevista se publicó con las fotos en aquel departamento. Durante un tiempo, los jóvenes guionistas lo seguirían viendo en Récord. Hasta que Héctor dejó de ir y empezaron los rumores de que andaba clandestino. Una tarde, Lucía lo vio. Cuando volvió a su casa, se lo comentó a su marido:

–Lo crucé en la calle, con bigotes y sombrero. Pero miró para otro lado, como evitándome.

–O quizá como protegiéndote.

Era 1976 y ésa fue la última imagen que tuvieron de él.

En junio salió el quinto número de Evita Montonera a cinco pesos. Un recuadro pedía disculpas por la demora en su publicación –la anterior era de abril y su precio era de tres pesos– y alegaba: “Compañeros destinados a la redacción del Evita son absorbidos permanentemente por los distintos conflictos vividos en el país con motivo de las paritarias y el proceso político consecuente. Además debe sumarse entre otras dificultades nuestra inexperiencia en una prensa clandestina masiva, que también genera problemas de distribución”. El resto de la revista, que traía en tapa una foto de la marcha masiva de trabajadores a Plaza de Mayo del 27 de junio con el título “El pueblo dijo basta”, hacía un resumen de la salida del gobierno de López Rega y de su hombre en el Ministerio de Economía, Celestino Rodrigo, que con su famoso Rodrigazo había provocado una devaluación del 150 por ciento, la duplicación de las tarifas de los servicios públicos y el transporte, y el aumento del combustible, facilitando la licuación de las deudas de las grandes empresas pero también de los salarios.

Promediando la revista aparecía Camote, una historieta sin firma y con ilustraciones en las que se adivinaba un trazo ajeno a la historieta profesional y más cercano al boceto artístico –quizá de su hija Estela, tal vez del Vasco–, que Héctor había ideado también en su reposera del jardín de Devoto.

Camote no era otra cosa que la historia de un militante montonero: el protagonista, que lleva ese apodo, llega a una cita en el centro porteño cuando ve que dos hombres intentan apresar al compañero con el que debía encontrarse.

–¡Hijos de puta! ¡No se lo llevarán!

Grita Camote y dispara con su “rubí punta hueca” que, dice, no es gran cosa.

–La puta, más cana… ¡Qué música, ése es el 38 de Mario!… ¡No rajó, tira desde la esquina, quiere sacarme!… Los despisté, pero perdí la cartera cuando me caí… Gran boludo… la cartera con el sobre de la quincena, el nombre legal, la fábrica.

A partir de ese momento, Camote tiene que pasar a la clandestinidad y guardarse. Lo hace en la casa de Celina, otra militante.

–¿Una piba? ¿Qué tal está?

–Y, Susana Giménez no es…

Celina vive en un barrio obrero con calles de tierra y es hija de Anselmo, un tornero que se enfrenta a la burocracia sindical y que va a ser entregado por un compañero de la comisión interna. Junto con otros compañeros de la fábrica, Camote se va a encargar de ajusticiarlo matando al sindicalista que lo entregó. Con ese final, se despide de Celina, con quien tiene un enamoramiento platónico pero a quien deja de ver para seguir con su militancia.

–Che, esto de militantes montoneros es muy aburrido…

Dijo al pasar Perdía en una reunión de la Conducción Nacional mientras hojeaba la revista.

Inés llegó a la cita bastante nerviosa. Era en un bar cerca de la 9 de Julio y se sentía obligada a agradarle a la persona con la que se iba a encontrar. De eso dependía conseguir una casa dónde vivir, algo que no era muy sencillo en su situación. Estaba embarazada de siete meses, tenía un hijo de un año y medio y acababa de salir de la cárcel. Del otro lado de la mesa se encontró con un señor mayor. Tomaron un café y no hizo falta mucho más. El le contó un poco acerca de los dueños de casa y le dijo que la iba a llevar hasta el lugar. La casa era la de Devoto y el hombre era Héctor.

Inés, nombre de guerra de Graciela Iturraspe, militaba en Columna Norte como parte de la llamada “Banda de Galimberti”. En la madrugada del 27 de junio, la policía entró en el departamento que Inés compartía con su compañero, Jorge Taiana, en el barrio de Palermo, y los detuvo por posesión de armas. Unas semanas antes habían pedido plata a sus responsables para poder mudarse porque sospechaban que el encargado del edificio los podía delatar, pero la plata nunca llegó. A los dos los iban a blanquear como presos políticos. Pero primero a Taiana lo torturaron y a ella la internaron en el Hospital Fernández. Con un embarazo incipiente, pesaba menos de cuarenta y cinco kilos y llevaba encima semanas de agotamiento entre el trabajo político en fábricas San Martín con su pequeño hijo a cuestas y el ritmo vertiginoso que le imprimía Galimberti a cada operación. Cuando la policía la detuvo, apenas podía caminar.

Del hospital la trasladaron a la cárcel de Devoto. Cuatro meses después salió en libertad gracias a una resolución del juez Raúl Zaffaroni y a la intervención de su suegro, Jorge Alberto Taiana, el famoso médico de Perón, que evitó que la pusieran a disposición del Poder Ejecutivo. Su padre había arreglado para que se fuera al sur y dejara de militar, pero ella decidió quedarse con sus compañeros. Sabía que si lo hacía, tenía que pasar completamente a la clandestinidad y en esa situación llegó a la casa de Devoto, en la que enseguida se convirtió en un miembro más de esa rara familia extendida. Para los vecinos, era una prima de Clara que vivía en Bariloche y que había venido a Buenos Aires porque cursaba un embarazo complicado.

La complicación real sucedió unos días después cuando Nicolás, su hijo de un año y medio que también había pasado esos cuatro meses en Devoto, se contagió de meningitis. Internarlo era imposible –en su condición de clandestina no podía quedarse en el hospital con él– por lo que Clara consiguió que el pediatra de sus hijos lo atendiera dos veces por semana en la casa. Durante un mes, Nicolás se debatió entre la vida y la muerte. Sólo tenía reflejo de succión y el médico había prescripto que le dieran mamaderas con agua fría constantemente. Durante el día, Inés subía y bajaba escaleras con su panza de casi ocho meses. Por momentos, el calor de noviembre se hacía insoportable. El alivio llegaba a la noche con Héctor, que se quedaba junto a ella para hacerle compañía y para relevarla con la ida y venida de mamaderas.

–Vos descansá, que ahora ese trabajo lo hago yo.

Le decía. Entonces Inés aprovechaba para dormir junto a la cuna. Otras veces se quedaban conversando hasta la madrugada. El le contaba historias. Inés sabía quién era porque Clara se lo había dicho. Una de esas madrugadas también le habló de El Eternauta.

–Yo escribí sobre esa familia de clase media que a la noche se juntaba a jugar a las cartas y que de repente encuentra una causa mayor por la cual salir a luchar. Y a mí y a mis hijas nos pasó eso mismo… Entonces a veces me pregunto quién fue primero, si ellas con su militancia o yo con algunas ideas que ya estaban ahí…

También hablaban mucho sobre la coyuntura. A Héctor le gustaba escuchar lo que pensaba Inés y, en general, coincidía. Para fines del 75, la Columna Norte empezó a plantear la necesidad de ampliar los espacios de debate frente a la propuesta de la Conducción Nacional de estructurar la organización según el centralismo democrático, que para el ala disidente de Norte tenía mucho de centralismo y poco de democrático. Héctor estaba de acuerdo con los planteos de apertura del debate y con la premisa de que en los momentos más duros, era necesario descentralizar la organización. Algo que Rodolfo Walsh iba a hacer explícito en sus papeles, esos documentos redactados a fines de 1976 en los que criticaba, y debatía con la Conducción, el rumbo que había tomado la organización. A veces, sin embargo, Héctor también tenía sus dudas.

–Yo también creo que hay que tener un oído en lo que piensa la gente. ¿Pero esto no nos desbandará, Inesita?

Los días en la casa de Devoto terminaron una semana antes de Navidad. Clara y su familia se iban a pasar las fiestas fuera de la ciudad y ellos no podían quedarse solos. Nicolás ya se había repuesto de su meningitis y Héctor estaba especialmente entusiasmado: finalmente se había comprado una casita en la zona del Tigre, algo con lo que había soñado toda la vida. El dinero provino de la división del departamento de casados de Beatriz y Miguel, con quien Héctor seguía enojado.

A pesar de la compartimentación, Pucho sabía que Beatriz veía a su madre. Voy a ver a mamá, le decía ella, como una hija aplicada. También supo que para fin de año se había mudado con su padre a una casa del Delta, porque ella misma lo invitó a conocerla. Fueron con Mantecol en colectivo. Se suponía que debían ir tabicados, así que trataron de no prestarle atención al recorrido del colectivo. Para Mantecol era difícil: conocía tan bien la zona que podía identificar hasta los pastizales del borde de la ruta. Por eso, cuando Beatriz los fue a buscar a la entrada de un camino de tierra, él sabía que estaban cerca de Benavidez, quizá Villa La Ñata. A Pucho le llamó la atención la altura de los eucaliptos. En la casa los esperaban Héctor y Marina. El los saludó con un abrazo y les ofreció un café. La pequeña mesa de la cocina estaba llena de libros y papeles y el sol daba en una galería. De pronto, por primera vez en mucho tiempo, Pucho se sintió seguro. Estaban alejados, nadie conocía esa casa, nada les podía pasar ahí. De día salieron a caminar y de noche jugaron a las cartas. Como en los tiempos de Beccar, Héctor hacía trampa y se reía sin parar cuando lo descubrían. Durante la cena, le pidió a Mantecol que le contara de su vida.

Esta selección corresponde al capítulo “Clandestinos, la vida bajo las reglas de la lucha armada, 1975”, del libro Los Oesterheld (Sudamericana)

–¿En serio fuiste delegado de la villa a los 19 años? Qué bien, pibe. ¿Vos manejabas 180 familias?

Mantecol estaba encantado con los elogios de Héctor, a quien llamaba Don Germán. Un escritor como él se interesaba por su historia. Mantecol, además, elaboraba junto con Pucho un periódico que se llamaba El villero en lucha. A falta de prensa oficial legal, desde la Conducción Nacional pedían que cada agrupación o frente generara su prensa. Para hacerlo, Mantecol se había robado una máquina de escribir de una de las concesionarias que habían incendiado el 25 de julio. Eso le había valido una sanción: si la operación no contemplaba llevarse objetos, nadie se podía llevar nada, rezaba el código montonero. Para principios de 1976, Pucho volvió a ir a la casa del Delta. Aquella vez Marina no estaba y Héctor parecía más callado. Beatriz también se había vuelto más introvertida y taciturna. Unas semanas antes habían secuestrado a Roberto Quieto, el número tres de la organización, en una playa de San Isidro mientras pasaba la tarde con su familia, a pesar de que él mismo había redactado un documento en el que exhortaba a los militantes a no acercarse a sus parientes durante las fiestas por cuestiones de seguridad. A los milicianos se les ordenó hacer pintadas y ataques incendiarios para exigir su liberación. También repartir volantes. Fue lo que hizo Lito, que aún trabajaba para Héctor como tipeador. En lugar de darle los manuscritos para pasar a máquina, Héctor le entregó una pila de volantes para que repartiera en la puerta del diario La Opinión. Lito lo hizo muerto de miedo: la caída de Quieto, a quien admiraba, le había hecho tomar conciencia del peligro al que estaba expuesto. Luego vino la contraorden y hubo que pintar “Quieto traidor”, sin más explicación. La Conducción infirió que el jefe montonero, probablemente el cuadro mejor formado y con mayor capacidad de análisis político de todos ellos, había cantado. En los días subsiguientes cayeron casas operativas, una cárcel del pueblo y decenas de militantes. Héctor y todos los que hacían el Evita debieron levantar el departamento de Belgrano. Quieto había estado ahí, alguna vez, reunido con los miembros del Área Federal de Prensa. A partir de ese momento, además, todo montonero debía llevar la pastilla de cianuro consigo. Si estaba en duda la resistencia frente a la tortura, la orden era no entregarse vivo.

Internamente, algunos empezaban a preguntarse si estaban embarcados en una revolución o en un sacrificio con final incierto. De eso hablaron en la casa del Delta. En el último tiempo, Pucho solía escuchar que lo que estaba haciendo era una locura. Se lo decía Adolfo Pérez Esquivel, luego premio Nobel de la Paz, a quien conocía del barrio.

–Quizá sea un sacrificio, pero sea lo que sea, hay que seguir.

Dijo Héctor. A Pucho le sorprendió la convicción de Héctor. Hasta ese momento, creía que el padre de Beatriz era un adherente entusiasta que apoyaba a sus hijas. Ese día se dio cuenta de que aquel hombre estaba dispuesto a llegar hasta el final.

El pequeño Martìn con su tía Marina, en abril de 1976.
Raúl Mórtola, “El Vasco”, junto a Estela. Se pusieron de novios en 1972 y se casaron a los pocos meses. Son los padres de Martín.
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El espíritu de Frontera

Por Juan Sasturain

Ayer fue el Día del Dibujante en la Argentina. Y ayer –como se recordó con justicia en muchas partes– se cumplieron veinte años de la desaparición de Alberto Breccia, que fue uno de los más grandes dibujantes de historietas del mundo y que –como tantos argentinos famosos– era apropiadamente uruguayo. Todo muy sabido, en realidad: tanto la puntería del soberano maestro al haber embocado justamente en su día, como el chiste fácil de la nacionalidad. La memoria del viejo Breccia se merece largamente estas cariñosas redundancias.

Pero no quiero hablar de eso una vez más, sino de otra cosa cercana y tangente: la casi inmediata aparición de un libro singular, originalísimo, acaso desmesurado en su pretensión, un auténtico despropósito debido al empeño del obsesivo investigador Carlos Altgelt, de quien desde ya pasamos a considerarnos deudores agradecidos de por vida. Ya verán por qué.

Altgelt es uno de los tantos Carlitos de su / nuestra generación en los que nos conocemos y reconocemos. Una generación de pibes nacidos a principios de los ’40, en medio o en las postrimerías de la Segunda Guerra, que hicieron la primaria con Evita en el libro de lectura y tomaron la leche con Toddy o Vascolet escuchando Poncho Negro o Tarzán por Radio Splendid. Una generación de Carlitos que usaron medias ídem y pantalón corto hasta los doce, lectores de Salgari, Stevenson y de El Príncipe Valiente en la colección Robin Hood. Pibes frecuentadores del cine continuado y de la matinée de aventuras con cowboys infalibles, piratas audaces, japoneses traicioneros y monstruos de utilería, que se emocionaban con los seriales en episodios ya viejos de Flash Gordon y los dibujos animados muy nuevos de Tex Avery mientras comían maní con cáscara de la bolsita y masticaban pastillas Trineo. Una generación de Carlitos –sobre todo y finalmente– enfermos de aventuras en cuadritos, formados y deformados por las omnipresentes historietas. Por eso hablo en nombre de todos aquellos que –deslumbrados por nuestros ídolos del kiosco– alguna vez quisimos ser dibujantes y llenamos los cupones de inscripción de alguna de las memorables escuelas de enseñanza en vivo o por correspondencia con la ilusión de llegar a ser Solano López, Arturo del Castillo, Pratt, Moliterni, Roume, Breccia…

Vamos al grano: este libro maravilloso –el último de los varios en los que el memorioso y laborioso Carlos Altgelt ha encauzado su cálida vocación por rescatar del olvido mojones de la cultura popular de su tiempo que es el nuestro– se propone y logra un objetivo singular: el registro, con reproducción de la tapa a color e índice pormenorizado –título por título, número a número, ejemplar por ejemplar, historieta por historieta– de todas las publicaciones de Editorial Frontera; es decir, los (primeros) libros y las famosas revistas creadas y dirigidas por Héctor Germán Oesterheld en el período más fecundo y recordado de su larga carrera como guionista de historietas, el que va de 1956 a 1963. La luz del fósforo que ilumina el corazón, el tramo final de la época de oro de la historieta argentina de aventuras.

Con sano criterio, el autor no ha querido redundar. A este Carlitos –cuasi increíble pariente a distancia del pionero Outcault, creador nada menos que del Yellow Kid– ya le debemos hermosas y completísimas monografías sobre personajes como Bull Rockett y Sargento Kirk. Acaso por eso, conocedor minucioso como es del trabajo de Oesterheld, en esta oportunidad ha optado por soslayar toda referencia y juicio de valor respecto de la obra del mayor de nuestros escritores de aventuras por considerarlo un tema (adecuadamente) transitado. Y hace muy bien. Sobre todo porque así concentra toda su energía en la busca del dato duro y la información más precisa y fina, algo que desde este lugar del fanático lector, se agradece. Y estoy seguro de no estar solo en eso.

Nunca hasta ahora, con los antecedentes notables de los trabajos de muchos otros investigadores a los que debemos aproximaciones valiosísimas a distintos aspectos de la producción del autor de El Eternauta, se había llegado tan lejos en este aspecto puntual: la elaboración de un índice pormenorizado de contenidos, personajes, fechas, ediciones y autores del período “de Frontera”, con referencias y datos muy novedosos por inexplorados o no consignados hasta el momento. No es el caso de la localización cronológica de las primeras publicaciones de muchos de los por entonces novatos Oswal, José Muñoz, Durañona o Lito Fernández, pero sí el de la identificación precisa de las historietas extranjeras –sobre todo las inglesas de la Fleetway– publicadas durante el largo y agónico período de decadencia que, iniciado el año anterior, se hace evidente y penoso a partir de 1961, y se prolonga hasta el galope muerto del demorado final.

Este libro resulta, así, para el lector común que todos seguimos siendo, un pretexto para volver a experimentar, sobre todo, la emoción de reconocer tapas y dibujos que nos sedujeron desde el abigarrado kiosco hace más de medio siglo –y la pesquisa de reconocer autores “no firmantes”–; y para el investigador actual y futuro, una herramienta eficaz, insoslayable: aquí están todas las referencias que permiten ubicar e inventariar autores y personajes de ese glorioso período, como nunca antes.

Parafraseando al tano Hugo Pratt –emblema, genio y figura de esa época y de estas revistas maravillosas–, es “el espíritu de la frontera” que él descubrió en el libro homónimo de su admirado Zane Grey y atraviesa su obra, de Kirk y Ticonderoga a Weheling, el mismo que mueve la empresa apasionada de este libro. Como nosotros, el autor parece siempre encaramado en el anca del caballo pampa dibujado por Mottini (famoso emblema, logo de Frontera) explorando un horizonte que sólo los caprichos del reloj han dejado a nuestras espaldas.

Link permanente a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-233298-2013-11-11.html.

 

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El hombre que hizo de la realidad, fantasía

Por Andrés Valenzuela

Cuando Francisco Solano López dibujaba sus personajes, concentraba la verdad en sus ojos de tinta. No importa qué período de su extensa carrera se estudie, en la mirada de cada una de sus viñetas es posible encontrar la expresión que la definía. Desde la madrugada de ayer, cientos de esos ojos de papel están cerrados. Los de El Eternauta –Juan Salvo–, Helena, Martita, Favalli, Rolo, Slot Barr, Evaristo, y también los del propio Solano, quien falleció tras luchar contra las secuelas de un accidente cerebrovascular que sufrió a comienzos de mayo pasado.

En el último tiempo, su obra había sido releída y revalorizada en distintos ámbitos políticos, sociales y culturales. En el mundo del comic su obra ya era largamente reconocida. Su partida es la de uno de los últimos iconos de una época industrial “dorada” de la historieta argentina. Un representante de un medio que ya no es en volumen, estructura, tema ni estilo como entonces, pero que reconoce la herencia indispensable de su obra. Solano López era conocido como el cocreador de El Eternauta, junto al guionista Héctor Germán Oesterheld –desaparecido por la última dictadura militar–. Sus viñetas de una Buenos Aires cubierta de copos mortales son emblemáticas y se recuerdan siempre que cae agua nieve. Cuando en 2007 efectivamente nevó en Capital Federal, este diario hizo tapa con sus trazos, que permanecen en la memoria colectiva a 54 años de su publicación original.

Aunque es su obra más conocida, a lo largo de más de seis décadas trabajando sobre el tablero forjó otras decenas de personajes, historias y mundos junto a cantidad de guionistas argentinos, como Guillermo Saccomanno, Ricardo Barreiro y Carlos Sampayo, y también autores extranjeros. Esa, sin embargo, fue su obra cumbre y recientemente había vuelto a ser profundamente apreciada desde el ámbito político por los valores que encarnaba, a la vez que un resurgente ambiente historietístico honraba su grandeza.

Era dueño de un estilo de dibujo realista sin importar qué técnica ni materiales empleara. Un dibujante de la vieja escuela, de cuando las revistas serializadas de aventuras marcaban el ritmo de la producción. Tenía un dominio excepcional de la figura humana y era un gran dibujante de rostros. En particular sobresalían los gestos que imprimía a sus personajes y las miradas. En una entrevista a este diario, en 2007, contaba que eso se debía a que había estudiado mucho a los pintores impresionistas ingleses, quienes lo habían conmovido profundamente, y cuyo talento trataba “de emular humildemente”.

Murió a los 83 años y, pese a su edad, todavía trabajaba, o al menos lo hacía hasta el ACV que le afectó la garganta, lo mantuvo internado primero y en recuperación después. Hasta entonces era posible encontrarlo con su ayudante en el departamento de la calle Sánchez de Bustamante, donde solía atender las entrevistas que le hacían. Una mirada atenta descubría concentrada en el pequeño living una vida entera dedicada al dibujo. Solano López nació en 1928 y comenzó su carrera como dibujante de historietas en 1953, junto al guionista Roger Plá en la serie Perico y Guillermina. Tenía 25 años y, poco después, empezaría a ilustrar los guiones de Oesterheld. En 1957 el guionista fundaría la editorial Frontera y junto al dibujante cambiarían las viñetas argentinas con El Eternauta. Se publicaba como serie y su primera entrega fue publicada el 4 de septiembre, fecha por la que hoy se celebra con fuerza de ley el “Día de la Historieta Nacional”.

Es llamativo enterarse de que las páginas originales de esa obra fundamental de las viñetas argentinas no están en el país, sino en manos de un coleccionista italiano. Hace poco una editorial francesa publicó el libro a partir de esos originales y el propio Solano López comentaba sorprendido que allí había redescubierto un montón de detalles que había olvidado, merced a las falibles impresiones de la época en la que fue publicada originalmente, y sobre las cuales se hicieron las sucesivas reediciones.

Cuando el proyecto de editorial Frontera cayó, Solano se radicó en Europa y trabajó para la editorial inglesa Fleetway hasta mediados de los ‘70, cuando volvió al país. En 1976 la editorial Record lo convenció de continuar El Eternauta junto a Oesterheld. Fue una saga todavía más jugada políticamente, con Oesterheld ya integrando Montoneros, y Gabriel, hijo del dibujante, siguiendo un camino similar. Fue el propio Gabriel quien marcó los siguientes pasos del dibujante, cuando lo secuestró un grupo de tareas de la dictadura. Entonces Solano López recurrió a viejos conocidos de estudios en el Liceo Militar y consiguió liberarlo, a cambio del exilio en España. Allí creó Ana e Historias Tristes, sobre cuentos de su hijo, en lo que son varios de sus relatos más potentes y desgarradores.

Más tarde se radicó en Brasil y desde allí trabajó para editoriales norteamericanas. En su largo periplo acumuló personajes y series, siempre con un nivel notable, como Bull Rocket, capítulos de Ernie Pike, Slott Bar, Ministerio, Rolo el Marciano (las dos últimas publicadas un año y medio atrás por Página/12), Joe Zonda, Evaristo, Calle Corrientes o La guerra del Paraguay.

El de la infausta guerra de la Triple Alianza era uno de sus proyectos más valorados, ya que además de llamarse igual, era descendiente directo del presidente paraguayo al que las tropas argentinas, brasileñas y uruguayas derrocaron con la venia británica. Podía hablar horas sobre historia latinoamericana y de ese episodio en particular.

Sin embargo, jamás podría abandonar a Juan Salvo y las aventuras de quienes sobrevivían a la invasión extraterrestre. En 1997 retomó el personaje, esta vez con Pablo “Pol” Maiztegui en los guiones. Juntos crearon El mundo arrepentido. Más tarde harían otra continuación que funcionaría como metáfora del dominio neoliberal que cambiaba el poderío militar por los espejitos de colores. Luego, Juan Salvo, eterno viajero del tiempo, recorrería el cosmos buscando a su esposa, en La búsqueda de Elena. El año pasado, y en una colección bajo su dirección, publicó El Eternauta: el perro llamador, con la intervención de varios de los mejores dibujantes de las generaciones que siguieron el legado de Solano. Hasta hoy seguía en proceso una nueva historia que aguardan editores argentinos e italianos, ilustrada por el rosarino Carlos Ariel Barocelli, bajo la supervisión del maestro. La historia original, en tanto, se estaba republicando en la contratapa del matutino Tiempo Argentino. Y en Télam ilustraba la “sitcom” Sección imposible.

Curiosamente, durante mucho tiempo Solano López había tenido una mirada crítica de las intenciones políticas de Oesterheld en su obra cumbre. La progresiva radicalización del guionista, que hacia el final de su colaboración le pasaba los guiones desde la clandestinidad, generaba debate en la dupla. Los últimos años, sin embargo, habían suavizado el recuerdo y –explicaba en una entrevista reciente– había comprendido y aceptado con orgullo que los jóvenes leyeran en El Eternauta una serie de valores con los que identificarse y por los cuales luchar. En este contexto, agrupaciones kirchneristas habían retomado el dibujo clásico de Solano cambiando el rostro de Salvo por el de Néstor Kirchner y, luego, el de la presidenta Cristina Fernández.

Generaciones leyeron su obra y en cualquier charla que ofrecía se podía ver a lectores de todas las edades acercársele en busca de una firma suya. Bastaba su aparición en la presentación de un libro para que la charla se interrumpiera para recibirlo con aplausos de pie. Cuando el noveno arte local tuvo su “Espacio Comic” en la Feria del Libro de Buenos Aires 2010, se entregó un Premio que llevó su nombre, y cuyo jurado integró. Contra la ortodoxia de sus fieles más estrictos, Solano López votó por obras surgidas al amparo de nuevos tiempos y modos creativos. Para mejor guión, por ejemplo, se decidió por Cena con amigos, que llegó al papel tras publicarse al calor de los blogs. Para las categorías Mejor Dibujo y Mejor obra integral, en cambio, optó por Nocturno, de Salvador Sanz, serializada originalmente en la revista Fierro, y con influencias notorias de la narrativa oriental.

En los últimos años, con el reverdecer de la historieta local y el resurgir de los eventos dedicados a las viñetas argentinas, Solano López recibió multitud de homenajes. Todo el tiempo era invitado a muestras y convenciones en todo el país, e incluso en el exterior. Se seguía sorprendiendo y aceptaba halagado, siempre que su físico se lo permitiera, pues su avanzada edad hacía que se cansara rápido.

Solano se inscribe ahora en un año de dolorosas pérdidas para el noveno arte local. Sólo en 2011 fallecieron también el humorista gráfico Penni, el ilustrador Eduardo Santellán y el fundamental guionista Carlos Trillo. Solano se fue, pero dejó todo para que sus lectores disfruten. Sólo queda decirle gracias, Maestro, y hasta la próxima nevada.

Link a la nota. Link a opinión de Juan Sasturain.

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Solano López cuenta cómo conoció a Oesterheld

Durante las tardes de Radio Nacional AM 750, se emite el programa Argentina tiene historia, conducido por Jorge Halperín. Rescataron un archivo donde el primer dibujante de la historieta cuenta cómo conoció al guionista y creador de El eternauta.

Escuchalo haciendo clic acá.

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Solano en Calle Corrientes

Hay una muestra de Solano en el centro, en la calle Corrientes, en el ambiente y por donde circula mucha de la gente que lo ha leído/visto/seguido desde hace sesenta años (sic). Siempre vale la pena ir a ver el poderoso trabajo del dibujante, pero sobre todo cabe últimamente, cuando el sabio y veterano historietista asiste a múltiples homenajes y justos reconocimientos por su coherencia de trabajo, arte y vida. Además, coincide esta muestra con la circulación –poco difundida aún entre nosotros– de una edición ejemplar de El Eternauta –su (nuestra) historieta emblemática– realizada por primera vez (sic, otra vez) a partir de las planchas, los dibujos originales. Es que habitualmente estábamos acostumbrados a ver las 360 páginas apaisadas del clásico de Oesterheld y Solano tal cual se venían reproduciendo desde mediados de los setenta, “levantadas” con mayor o menor cuidado y fortuna de la revista en que comenzó a salir, el Hora Cero Semanal, aquel 4 de septiembre de 1957 que es, con justicia y desde no hace mucho, el Día de la Historieta en este país. Aquella impresión original era pésima: mal papel, berreta; líneas empastadas de tinta… Las ediciones que vinieron después hicieron lo que pudieron. Esta nueva –hecha a partir de originales que están desde hace décadas en manos de coleccionistas privados, en Europa– es, en cambio, una joya que confirma lo que sospechábamos: Solano dibujaba (ya entonces) más y mejor de lo que parecía…

Y ni hablar de esto que está expuesto ahora. En la muestra Homenaje a Solano López, que hasta el 19 de diciembre estará colgada en la sala Abraham Vigo, en la planta baja del Centro Cultural de la Cooperación, Floreal Gorini, en Corrientes 1543 –frente al Teatro Municipal San Martín–, se exhibe un abanico de trabajos de distintos momentos del autor, algunas maravillas no demasiado frecuentadas por la impresión o las ocasionales exposiciones.

Uno conoce, por ejemplo, bastante bien la excelencia del policial Evaristo, la obra maestra que hizo con guiones de Carlos Sampayo en los ochenta, pero son pocos los que recuerdan el único capítulo de la serie Clown, con el mismo autor. Acá está. Hay una muestra variada y exhaustiva de los distintos aspectos de su trabajo junto a Ricardo Barreiro: la ciencia ficción desatada de Slot Barr, la parábola antiutópica de Ministerio y el erotismo gótico de El prostíbulo del terror. Acá están también. Y no faltan los trabajos de las últimas dos décadas junto a Pablo Maiztegui en las distintas continuaciones de la saga de El Eternauta, o las feroces Historias Tristes y Ana –en uno de sus mejores momentos creativos– con guiones de Gabriel Solano López, su hijo.

Y dejo para el final, porque sirve de ejemplo del natural anclaje del creador con su medio y su gente, las breves y pequeñas historias que escribió Guillermo Saccomanno para la serie Calle Corrientes, a principios de los ochenta, precisamente para que el paseante al salir a la calle verifique una vez más que lo que dibuja Solano es simplemente así, verdadero. Nadie lo iguala en ese “efecto verdad” que va más allá de referencias precisas y parecidos exactos.

Y la última: hay por ahí una caja descomunal, un Solano-box si quieren, una caja negra que contiene –como la de los aviones– los secretos mejor guardados del arte del dibujante que nos toca admirar: edición limitada de quinientos ejemplares/cajas que incluyen setenta láminas obra del artista, quince serigrafías, trabajos de otros plásticos en su homenaje y otras maravillas. 

 mí, la caja, me la encajaron. Gracias.

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Los trazos eternos de Solano López

Por Victoria Linari 

López no se parece a su criatura más famosa. Menudo, de mirada amable y hablar pausado, supo crear a un Juan Salvo imponente, casi eterno, de paso firme y decidido. Su caracterización del protagonista de El Eternauta –a partir de la fantástica historia creada por Héctor Oesterheld– puede leerse como la síntesis de una obra en la que cada creación es construida minuciosamente y se afirma en los detalles. 

Amante del dibujo desde muy pequeño, Francisco Solano López cuenta que su admiración por las historietas ya era evidente desde antes de aprender a leer: “En los años ’30 empezaron a aparecer en la última página de los diarios las primeras tiras de aventuras novela

das. Había tres personajes que recuerdo: Buck Rogers, Flash Gordon y Brick Bradford. Yo era tan chico que me sentaba en las rodillas de mi padre a esperar que terminara de leer el diario, para que después me leyera lo que decían esos cuadritos que me fascinaban”. El Eternauta fue su obra más famosa, la que le valió el reconocimiento internacional y abrió puertas en su carrera, pero no fue la única. Comenzó a dibujar profesionalmente en 1953 en la Editorial Columba, donde con guiones de Roger Plá hizo Perico y Guillermina. En 1955 pasa a Editorial Abril, donde dibuja Uma-Uma para Rayo Rojo, y la serie Bull Rocket para la revista Misterix, ambas con guión de Oesterheld. Allí nace una de las duplas más importantes de la historieta argentina. Un par de años después brillarían juntos con este relato de una nevada mortal caída sobre Buenos Aires, y la odisea de Juan Salvo (el Eternauta), único sobreviviente que lucha por la resistencia. La tira fue publicada por primera vez en 1957 en la revista Hora Cero. En poco tiempo la historieta se transformó en un éxito mundial, reeditada, relanzada y leída por generaciones. 

Más tarde vendrían Amapola Negra, Flor Pampa, Marcianeros y la segunda parte de la saga de El Eternauta, todas junto a Oesterheld; Ana, Paraguay e Historias Tristes, creadas con su hijo Gabriel Solano; y Evaristo, un policial ambientado en la Buenos Aires de los ’50 ideada junto a Carlos Sampayo, por mencionar sólo algunas de sus obras.
Si hay algo que distingue a Solano es su capacidad de convertir cada cuadro de historieta, con sus personajes y atmósferas, en una obra de arte en miniatura. Muestra de eso es la reciente edición de la Solano Box, una inmensa caja en homenaje al artista –de la que sólo existen 500 únicas e irrepetibles unidades– que puede llegar a convertirse en la figurita difícil de coleccionistas y fanáticos: láminas con reproducciones del autor listas para encuadrar, serigrafías, e ilustraciones de artistas invitados de la talla de Ciruelo, Daniel Santoro, Benavídez Bedoya, El Tomi, Pol Maiztegui y Alcatena, entre muchos otros. 

Gentil e inquieto por la entrevista, el artista –que en octubre próximo cumplirá 83 años– recibe a Miradas al Sur en su casa del barrio de Almagro. Su humildad no lo deja hablar de este homenaje en vida que significa la edición de sus trabajos más emblemáticos. Prefiere en cambio conversar sobre su temprana pasión por el dibujo, su admiración por Oesterheld, y hasta su propia inquietud sobre los motivos que aún siguen haciendo que El Eternauta sobreviva en el tiempo. 

–¿Es cierta la anécdota que cuenta que al morir su padre, cuando usted tenía diez años, vio a su madre tirar los dibujos suyos que él guardaba, y tuvo un shock que lo llevó a dejar de dibujar por mucho tiempo?
–Yo no estaba enterado de que mi padre guardaba mis dibujos. Él no me hacía gran alharaca sino que recogía los dibujos que le gustaban cuando yo los dejaba por ahí tirados. Cuando falleció, en un rincón de su biblioteca tenía una pila de carpetas donde había ido archivándolos. Parece ser que mi madre no tenía mucho interés o, mejor dicho, trató de contrarrestar la pérdida y tiró todo. Después de eso estuve unos cuantos años sin dibujar. No me daba cuenta de por qué no quería dibujar más, pero por lo visto había un motivo importante en mi subconsciente. 

–¿Y cómo volvió al dibujo?
–A principios de la década del ’40, estaba pupilo en el Liceo Militar y los miércoles a la tarde, en el campo de deportes, era el día de visita de los familiares de los cadetes. A mí me venía a visitar mi madre, viuda ya, en compañía de mi hermana. Yo tenía 14 o 15 años y ella 9 o 10. Y entre las visitas había muchísimas chicas de mi edad, eran las hermanas, las amigas, las novias de mis compañeros. A esa edad, las mujeres eran un factor de interés muy fuerte. Entonces retomé la afición al dibujo, pero ya dirigida hacia otro factor de la realidad. 

–Volvió inspirado por las mujeres. ¿Y de chico qué dibujaba?
–A Tarzán peleando con los negros del África. Siempre era una visión aventurera. Lo que caracterizaba mi trabajo era el movimiento, la acción. Lo que me llamaba la atención eran las visitas al zoológico, al cine, las películas de aventura o de acción. 

–¿Y cómo ese pasatiempo se trasformó luego en una profesión?
–Mi padre había trabajado para la editorial Atlántida, entre otras cosas, y mi pretensión era suplantar a Raúl Manteola que era un dibujante chileno estupendo que hacía las tapas de la revista Para Ti. Yo quería ocupar su lugar y, aunque mis dibujos tenían muchos elogios, no lo conseguía. Así que pasó el tiempo y no me resignaba a hacer algún estudio académico únicamente. Tampoco tenía por parte de mi madre ningún apoyo, y no alcanzaba con el apoyo de mi tía. Era estudiante de Derecho, empleado de banco y dibujante libre, todo al mismo tiempo. Finalmente, lo que me satisfacía más era hacer ilustración de historias, de narraciones, de lo que fuera que contara una historia y que lo pudieran leer 100, 200, 300 mil lectores, que eran las tiradas semanales de las revistas de historietas de esa época. 

–¿Cómo lo conoce a Oesterheld?
–Cerca del ’51, cuando ya me había resignado a ir midiendo mis progresos de acuerdo con los rechazos sucesivos de las editoriales, fui contratado por Editorial Abril, donde conseguí que me dieran historias cortas. Había algunas que me gustaban mucho, las veía diferentes y las firmaba un tal señor Oesterheld. ¿Quién será éste?, me preguntaba. Su nivel de trabajo excitaba mi curiosidad, creía que era alguien que mandaba sus trabajos desde afuera. Resulta que era Héctor Oesterheld, quien tampoco pensaba dedicarse a la historieta. 

–Él era geólogo.
–Era geólogo y aficionado a la ciencia ficción. Tenía una gran cultura literaria, una gran apertura a la fantasía y una manera de tomar el estilo narrativo de la novela típica del siglo XIX y principios del XX. 

–¿Y cómo era trabajar con él?
–Trabajé varios años con Oesterheld, era muy soñador y habilidoso. Él tuvo la aventura de hacer sus propias historietas, con personajes no estereotipados, personajes a los que convertía en protagonista, se esforzaba mucho en volverlos héroes mucho más ricos e interesantes que lo que le proponían las editoriales, que era más parecido a los estereotipos que venían prefabricados de Norteamérica. Oesterheld me encargó distintas historietas, y tenía la habilidad de elegir muy bien a los ilustradores de sus narraciones. 

–Porque entendía que el dibujo era una parte fundamental de la historia.
–Eso fue precisamente lo que produjo el cambio. Por eso tuvo un éxito bárbaro entre los chicos que estaban terminando la primaria o en la secundaria. El nuevo estilo de Oesterheld incorpora a la historieta elementos de la narración de aventura dirigida a un público juvenil principalmente. Y a mí siempre me gustó ser el que descifra, el que visualiza a los protagonistas y crea el ambiente. La parte anecdótica de lo que ocurre en la historia prefiero dejar que otro la escriba y me sorprenda. 

–¿Por qué cree que El Eternauta se reeditó tantas veces y sigue vigente hoy?
–A mí eso mismo me llama la atención también. Creo que tiene que ver con cómo fue construida la historia, tanto desde lo narrativo como desde lo visual, con características que antes no existían. En aquellos años empecé a percibir que era posible dar un paso más hacia la intimidad de lo que significaba el repertorio de líneas, de recursos gráficos que un dibujante tenía a su disposición para crear los personajes. Se necesitaba una propuesta narrativa, un argumento en la trama de la historia que contuviera el valor agregado de profundizar un poco más en la personalidad de los actores, es decir que no sólo estén capacitados para pegar trompadas sino que sean personas. En El Eternauta había un contenido que respondía a los desafíos o a las situaciones dramáticas, que creaban una fisonomía y hacían pensar que detrás del personaje había una persona y no un muñeco. Ese fue el criterio con el que trabajamos. El desafío era transmitir algo real, con aliento de vida y no estar tan obsesionado por la creación de lo novedoso, lo extraño. Con eso se dejaba satisfecho al lector que podía reconocer a Juan Salvo, al que hoy le siguen teniendo cariño.
–¿Cree que abrieron un camino o logaron influenciar a otros jóvenes historietistas?
–Sí. Después de que dejé de trabajar con Oesterheld y después de su desaparición en manos de la dictadura militar –vamos a decir simplemente que se inmoló–, surgió toda una generación de dibujantes que terminaron siendo discípulos sin que hubiera un criterio orgánico de su parte. Juan Sasturain, por ejemplo, y toda su generación estuvo influenciada por ese estilo. Lo que ocurría con Oesterheld es que él escribía y era inagotable en su producción. Todos nosotros éramos jóvenes y cuando empezamos a trabajar con Oesterheld se produjo un cambio. Con lo que él nos daba como materia prima para ilustrar, conseguimos diferenciarnos y dar lugar a una capacidad de desarrollo de historias con un criterio y un contenido que no era frecuente. Algo que estaba más cerca de la novela y de las artes plásticas que del producto estereotipado que venía de Estados Unidos. 

SOLANO LÓPEZ PARA FANÁTICOS
La Solano Box –una maravillosa edición con un material digno de colección– es una publicación exclusiva de la que se editaron sólo 500 unidades numeradas, únicas e irrepetibles. Quienes quieran conseguirla pueden consultar en www.homenajesolanolopez.com.ar, y obtenerla con entrega a domicilio.

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Solano, a salvo

Por Juan Sasturain

Se acaba de inaugurar en estos días, en la sede central del Banco Nación, en el hall justo frente a Plaza de Mayo y la Casa Rosada, una exposición de páginas de historietas de Solano López. Le han puesto un título bárbaro, polisémico y sugestivo: Dibujos a salvo. No es necesario subrayar el doble sentido: por un lado, ciertas páginas que se exhiben –sobre todo las contadas y memorables de El Eternauta– son restos del naufragio generalizado de originales que han sufrido los millares de páginas de las primeras décadas de su producción: se han salvado –y él tiene– muy pocas; por otra parte, Solano ha dibujado largamente “a Salvo”, su personaje emblemático. Y ahí está Juan, una vez más, en secuencias inolvidables: la panorámica de la cabecera de puente de la invasión en Plaza Congreso antes del bazucazo de Franco, por ejemplo.

La exposición permite comprobar, una vez más y como si fuera necesario, las cualidades de este narrador gráfico excepcional pero también descubrir –para agradable sorpresa de muchos– cuánto más y “mejor” dibujaba Solano de lo que se veía publicado, qué poca justicia hacían las condiciones técnicas de reproducción de las revistas baratas de historietas de hace cincuenta años con su trabajo (y el de tantos otros creadores, claro). La reciente edición europea de El Eternauta, en la que se utilizó, para su realización, un ochenta por ciento o más de las planchas originales (en mano, desde hace décadas, de un coleccionista privado), ha permitido, por fin, ver impresa la primera obra maestra de Solano como su arte y el de cualquier artista se lo merecen.

Esta exposición de Dibujos a salvo, que además de aquellas páginas míticas incluye sobre todo obras de los años ochenta –sus versiones de Cabecita negra, de Rozenmacher, y de Operación Masacre– de Walsh, más episodios de Evaristo, la historieta realizada con Carlos Sampayo– confirma a Solano, con pluma, pincel, lápiz o Rotring, como uno de los últimos grandes cultores del relato clásico en su modalidad original: el blanco y negro. Al respecto, una vez más nos gustaría señalar ciertas precisiones que a veces suelen desdibujarse en la apreciación contemporánea.

En una secuencia memorable de El estado de las cosas, una bella y extraña película de Win Wenders de los ochenta, el personaje que es y compone el veterano Sam Fuller –al alemán Wenders a menudo le gustó sumar / citar a algún director yanqui arquetípico de la época de oro en sus filmes, que siempre hablan de cine–; Fuller, digo, le explica a alguien que no recuerdo, en un viejo bar de Lisboa, que si bien lo que conocemos como la realidad es en colores, en las películas el blanco y negro es más verdadero. El efecto de realidad –dice el veterano– es mayor en blanco y negro. Y claro que sí. Qué bárbaro.

Y no por casualidad me acuerdo de la cita –como me ocurrió cierta vez al referirme a las cualidades de Milton Caniff– al volver ahora, con esta exposición, sobre el arte de Solano López, sobre el efecto Solano, digamos. Y a él le cabe, perfectamente, lo de Fuller. Dímelo de nuevo, Sam: el blanco y negro de Solano es, sencillamente, verdad. Las cosas son así. El Buenos Aires de El Eternauta o de Evaristo; los suburbios, las callecitas, los colectivos, los interiores: cocinas, mesas con hule, livings, la gente, son ciertos… Sobre todo la gente puesta en situación: cómo les cae la ropa, les calza el sombrero o el casco, los moja la lluvia.

Acaso parezca o sea así porque el mundo más entrañable que Solano evoca y dibuja de memoria, el universo que lleva puesto, el de los cincuenta y sesenta, era un mundo que el cine solía fotografiar –de la ciencia ficción clase B al policial clásico o al costumbrismo argentino– en ese blanco y negro de matiné con tres películas: el color, como pasa con los clásicos yanquis coloreados por Turner para la tevé, le quitaría carácter, lo falsearía como alguna versión de El Eternauta en fascículos de la que no quiero acordarme. Y hay otra cosa respecto del efecto de realidad en Solano, otra aproximación en el mismo sentido. Hace unos años, tratando de describir en qué consistía el encanto y la soberana autoridad de su dibujo, concluimos –metafórica, arbitrariamente– en que Solano dibujaba gente que existía según peso y medida, que andaba por ahí. Más precisamente: que más allá de la precisión anatómica –músculo más o menos, escorzo logrado o forzado– había carne, huesos, nervios y grasa bajo el saco, la camisa arrugada de los hombres, tras la bufanda o los ojos vacíos de los hombres robots, dentro de los vestidos apretados o los escotes sudados de las mujeres.

Eso, por ejemplo: hay muchos buenos dibujantes de mujeres hermosas, que no existen… En cambio las nenas, las minas que dibuja Solano, más o menos vírgenes, hermosas o sensuales, sí; pendejas tersas o veteranas fuertes de arrugas, formas pasadas y repasadas por la vida, existen, están ahí. Tienen calle y carnadura. Un notable guionista, coequiper y conocedor cercano del dibujante, el inolvidable loco Barreiro, solía decir que la razón era muy simple: “Solano siempre la puso”, sostenía Ricardo, usando un lenguaje un poco más crudo. Es decir: la respuesta estaba fuera del tablero y de la tinta china, estaba en la vida, en la manera de vivir. Cuando dibuja, Solano sabe de qué se trata. Y lo mismo que decimos de sus mujeres cabe para sus viejos, esos criollos, esos cabecitas, esos obreros, canas, chorros, vigilantes; sus desolados hombres robots, incluso las manos de El Eternauta, atravesados por una paradójica, carnal humanidad.

Epico, lírico, sensual –expresivo sin ademanes– Solano es, además, y cabe repetirlo, un narrador excepcional. Solano fluye. Porque cuenta con pincel, con lápiz o con Rotring como todos pero con una intuición narrativa y una sensibilidad extremas, como casi nadie.

Por eso, ya lo hemos dicho otras veces y lo repetimos ahora: grande, Solano.

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