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“El español está completamente anglizado”

Extracto de la entrevista realizada por Silvina Friera al escritor Fernando Vallejo.

–Otra preocupación que recorre sus libros es el mal uso del idioma. ¿Qué elementos lo llevan a afirmar que el español está muerto?
–El español está completamente anglizado. No es la primera vez que la lengua española recibe la influencia de otro idioma; en el siglo XIX con la Revolución Francesa hubo un afrancesamiento en la cultura española. Pero era menor al lado de lo que está pasando ahora. Por los medios de comunicación, el inglés se está convirtiendo en una lengua universal. Y absorbió a la lengua española en un grado que no nos imaginamos. Podría escribirte un diccionario de anglicismos o un tratado de anglización de la lengua española. El español ha ido perdiendo el sentido de propiedad de las palabras y está cambiando a una velocidad vertiginosa imposible de absorber. Todos los idiomas han cambiado, pero con lentitud. Algunos un poco menos lentamente que otros. El italiano cambió lentamente; Petrarca, Boccaccio y Dante son todavía legibles para el italiano. El inglés cambió a más velocidad porque Shakespeare casi no es legible en su lengua original. El español ha cambiado menos que el inglés, pero un poco más que el italiano. En las últimas décadas el cambio ha sido vertiginoso y el español se está anglizando de una forma que nadie alcanza a detectar. Yo tengo un punto de comparación porque he visto cambiar el español, no sólo la lengua española en general, sino el idioma hablado en Colombia, en mi región de Antioquia, en el curso de mi vida, hasta volverse casi incomprensible. El colombiano que yo hablé en mi niñez se ha vuelto una especie de protoespañol, desapareció. Los viejos van aprendiendo el idioma de los jóvenes porque el idioma se contagia como la gripe.

–¿De qué palabras o frases se contagió?
–Hay miles, por ejemplo “de alguna manera”. ¡Eso es una estupidez! Todo es de alguna manera. No hay nada que no sea de una manera. La anglización llega a las interjecciones, a la puntuación. Cómo vas a escribir en un mail “querido Pablo, (coma)”. En español escribíamos, “querido Pablo: (dos puntos)”; la coma nos viene del inglés y del francés. Cómo vamos a decir “guau”, la exclamación inglesa, como si fuéramos perros. En Colombia diríamos “uy”; en México, “híjole”; en cada zona del idioma tenemos una forma de interjección, de exclamación. ¡Hasta las exclamaciones están anglizadas! El verbo “involucrar” se usaba en un delito, pero cómo vas a decir que estás “involucrada en una obra de caridad”. Porque se está traduciendo del inglés “implicarse” como “involucrarse”. Es una anglización sutil. El inglés tomó todas las palabras del latín, pero las ha usado la mayoría de las veces con un significado distinto a como las hemos usado nosotros. Es asombroso cómo estamos mandando al demonio más de mil años de tradición de la lengua española.

–¿Usted estaría de acuerdo con la contaminación de las lenguas o le parece que esa contaminación se pasó de la raya?
–No cuestiono la contaminación porque es imparable. A mí no me importa que el común de la gente hable mal; que los políticos, los burócratas y los locutores de fútbol hablen mal. No me importa. Pero que sean los escritores que escriban tan mal, sí me importa. ¡Pero allá ellos, que escriban como puedan! Yo escribo como me da la gana a mí.

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Cómo hablamos los argentinos

¿Cómo hablamos los argentinos? Si las posibles respuestas son bien, mal o regular, elegir la segunda opción es la posta: el que lo hace obtiene la aprobación inmediata del público. No se sabe exactamente qué quiere decir “hablar mal” ni a quiénes abarca el sujeto “los argentinos”, aunque uno sospecha que probablemente siempre se trate de “los otros”, ni usted ni yo.

El lenguaje de los argentinos no es un bloque homogéneo y tampoco los usuarios lo son. Planteada en esos términos, la pregunta parece dar por sentado que, como en las tragedias griegas, hay un destino inexorable, una culpa histórica en el linaje que determina la caída estrepitosa que abarca por igual a una comunidad de hablantes en la que no existen niveles socioculturales con estratos altos, medios o bajos, registros específicos de subgrupos, como el del lenguaje carcelario, por ejemplo, y en la que hay una absoluta igualdad de oportunidades en todas las regiones del país.

Hecha esta salvedad, y aceptando la pregunta, quienes se complacen en afirmar lo mal que hablamos apuntan centralmente a la pobreza del vocabulario y a la aceptación indiscriminada de los neologismos, en especial de los que son extranjerismos crudos. Esto no se discute, pero quizá convenga revisar la ausencia de otros problemas.

No es un tema menor que se apunte a un vocabulario rico o a ser selectivos en materia de préstamos. Sin embargo, llama la atención que no se insista con igual énfasis en la dificultad para conceptualizar, para expresar con precisión una idea, que tiene que ver más con el manejo de la sintaxis, de las estructuras del idioma, en fin, de la gramática en general (modos y aspectos verbales, correlación temporal, uso de conjunciones, de los enlaces oracionales), que con la pobreza de vocabulario.

Por ejemplo, entre las pésimas correlaciones temporales, la más frecuente se da en el uso del potencial en lugar del imperfecto del subjuntivo en las prótesis condicionales: “Si yo tendría una casaquinta, me iría a descansar un mes”. ¿Era tan difícil vincular tuviera con iría? ¡Y cuánto se oye! Norma Carricaburo observa que, “si bien este fenómeno parecía, a mediados del siglo pasado, anclado en la lengua subestándar, y sobre todo en los hijos de la inmigración, su empleo se ha ido extendiendo al habla de personas con estudios secundarios e incluso universitarios. Asimismo en la oralidad, por analogía fónica, es común el empleo del pretérito imperfecto de verbos auxiliares en lugar del condicional: “Lo que debía [en lugar de debería] hacer el gobierno es sincerar la relación peso-dólar”.

Otro problema son los enlaces enclenques entre la oración principal y la subordinada: “Este es el hombre que te hablé” cuando debió decirse “Este es el hombre del que te hablé”. Si se pudiera asociar que uno habla de, acaso podría evitar la omisión al armar esa otra estructura oracional.

Decía el aristotélico Boileau que lo que se piensa con claridad se expresa con claridad. Pero bueno, en el medio están las armas que ayudan a desarrollar esa capacidad de simbolizar y una, la fundamental, es el dominio de las estructuras del idioma.

La división política de la lengua
El hecho de referir la pregunta a los argentinos establece una división política de la lengua, cuyas áreas suelen exceder las fronteras. ¿Hablamos bien o mal, en el aspecto que sea, con respecto a qué? ¿Al español europeo? ¿Al español de América? Estas regiones, de más está decirlo, tampoco son bloques uniformes y comparten, en general, problemas semejantes.

Nuestra habla se caracteriza básicamente por la conformación particular del léxico, en el que se combinan varias fuentes, por el voseo pronominal y verbal (vos sabés), el yeísmo rehilado (pronunciación de la elle como ye más una vibración en el punto de articulación que le suma sonoridad), la r asibilada (en la emisión se percibe una suerte de silbido) o la preferencia por el futuro perifrástico (voy a ir) sobre el futuro imperfecto (iré). A todo esto debemos sumarle las entonaciones regionales, los famosos “cantitos”, originadas en la mezcla del sustrato indígena con la pronunciación particular que trajo el conquistador según su procedencia. Chilenos y mendocinos, tan parecidos al hablar, ¿no están emparentados, acaso, con los andaluces?

El considerar que la norma culta del país no representa una “desviación” respecto de la del español peninsular, sino que las normas son policéntricas (cada una representa a un país o a una región), ya no debería ser solamente un principio de lingüistas, pero un ejemplo casero deja ver que la enseñanza de la lengua no siempre incluye la reflexión acerca estos temas. Es bastante frecuente objetar el uso del pretérito perfecto (ha visto) por el imperfecto del indicativo (vio): “Nosotros no lo usamos”. El “nosotros” no sale de los límites del área rioplatense, donde por cierto predomina el imperfecto, sin tener en cuenta que en muchas provincias, sobre todo en el Norte y en Cuyo, el predominio se invierte. En síntesis, algunos hablantes creen que el eje de la norma culta argentina pasa por el habla de Buenos Aires, de la misma manera que otros, ya premodernos, siguen pensando que la del español peninsular es la única válida.

El tono nuestro
La tenía clara Borges cuando, en referencia a los escritores de las generaciones del 37 y del 80, dice en El idioma de los argentinos (1927): “El tono de su escritura fue el de su voz; su boca no fue contradicción de su mano. Fueron argentinos con dignidad: su decir criollo no fue una arrogancia orillera ni un malhumor. Escribieron el dialecto usual de sus días: ni recaer en españoles ni degenerar en malevos fue su apetencia. Pienso en Esteban Echeverría, en Domingo Faustino Sarmiento, en Vicente Fidel López, en Lucio V. Mansilla, en Eduardo Wilde. Dijeron bien en argentino: cosa en desuso. No precisaron disfrazarse de otros ni dragonear de recién venidos para escribir. Hoy, esa naturalidad se gastó. Dos deliberaciones opuestas, la seudo plebeya y la seudo hispánica, dirigen las escrituras de ahora”.

Cada vez que se logró ese decir bien en argentino, el arte dio sus frutos. El teatro, por ejemplo, al momento de la llegada de los Podestá, con su representación hablada de Juan Moreira, en 1886. Por esos años, las obras de autores nacionales eran llevadas a escena por compañías españolas: la gestualidad, la entonación, se daban de patadas con el ritmo de la frase y el vocabulario. Con las primeras compañías rioplatenses, puede decirse que hubo actores para nuestro lenguaje, en su sentido más amplio.

Los diccionarios del lenguaje argentino
Nuestro vocabulario ha sido estudiado desde temprano. Una obra de referencia, que vincula palabras tratadas con glosarios, estudios o diccionarios regionales o generales, sin incluir definiciones, es el Registro de lexicografía argentina, publicado en CD-ROM por la Academia Argentina de Letras. En ella se puede ver la cantidad asombrosa de trabajos existentes, en especial de vocabularios.

En cuanto a los diccionarios de argentinismos, hasta ahora han sido concebidos con criterio contrastivo. El primero producido por una Corporación fue el realizado entre 1875 y 1879 por la Academia de Ciencias, Letras y Artes, a la que pertenecían figuras como Eduardo Holmberg, Martín Coronado, Rafael Obligado, Juan María Gutiérrez o Manuel Ricardo Trilles. Estuvo inédito hasta 2006, salvo unas pocas palabras que habían sido publicadas en El Plata Literario, en 1877.

Puede sorprender a muchos que este sea uno de los artículos:

che. Particular de origen araucano en cuyo idioma significa hombre; entre nosotros, como pronombre, es tratamiento familiar; como interjección, sirve para llamar la atención de alguno y para expresar sorpresa, sentimiento o dolor, repitiéndose en esos últimos casos como: ¡Che! ¡Che! ¿Tan mal te ha ido? Úsase en toda la República anteponiéndolo y posponiéndolo a la segunda persona de los verbos. En la provincia de Buenos Aires, suele usarse también con la tercera persona, y así se dice: Che, venga; Oiga, che.”

Cierra el círculo de obras corporativas, el Diccionario del habla de los argentinos, cuya primera edición es de 2003 y la última de 2008. Sus características básicas, de acuerdo a tres de los puntos de su “Decálogo”, son estos:

1. Se trata de un diccionario dialectal nacional, es decir que registra voces (“curtir”, “facilongo”, “gilastrún”) y frases (“hacer boleta”, “no hay drama”, “conciliación obligatoria”) de uso argentino, y no contiene las correspondientes a la lengua general (“palestra”, “tenaza”, “marcapaso”).

2. Es diferencial respecto del Diccionario de la lengua española (RAE), en el sentido de que no contiene palabras o expresiones de uso peninsular español recogidas en el DRAE.

3. Se halla ejemplificado con citas reales. Cada voz o locución va acompañada por una ilustración escrita, literaria, periodística o proveniente de páginas web, en cuyo contexto se aprecia su acepción neta de uso.

Esta producción reciente, que poco a poco abandona el sesgo casi exclusivamente folclórico como definición de lo nacional, común a muchos diccionarios tradicionales, tiende a reflejar en una dimensión amplia el vocabulario contrastivo usual. En ella, el léxico es una fotografía cuyo campo abarca palabras procedentes de los pueblos originarios (quechua, aimara, guaraní, mapuche, lengua pampa), anglicismos; galicismos, arcaísmos del español peninsular que aquí se conservaron vivos, acepciones nuestras de cantidad de voces españolas, neologismos técnicos o voces rurales, regionalismos, palabras cotidianas o técnicas que no parecen argentinismos. Como telón de fondo, en un corte diacrónico, se ve un mosaico integrado por el lunfardo histórico y por otras voces poco usadas o ya caídas en desuso.
Todas las voces, todas
Es, en síntesis, un diccionario del español usual en nuestro país, pero no de argentinismos. O, en todo caso, de argentinismos en un sentido amplio: de todo el caudal de voces en uso. Tiene un perfil de usuarios distinto, ya que el que quiere conocer lo exclusivo de nuestra habla, con el origen de las voces, con indicaciones diatópicas o marcas cronológicas, debe consultar un diccionario contrastivo. Y el que quiere conocer rápidamente el significado de una palabra o resolver una duda lingüística cuenta con este diccionario integral.

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Neologismos en discusión

De esa inmensa cantidad de palabras nuevas que invaden la lengua todos los días, ¿cuáles son las necesarias y cuáles las innecesarias? Esa tensión entre neologismos totalmente aceptados y adecuados para expresar una idea y una forma de pensar, y otros absolutamente rebuscados (y mal usados), se actualiza día a día. Aquí, una aproximación a un tema fascinante, con ejemplos y opiniones de expertos en la lengua.

Por: Susana Anaine

El Centro Pierre Auger, en Malargüe (Mendoza), se encarga de medir las miles de partículas de rayos cósmicos que golpean la Tierra a cada segundo. Si algún observatorio se propusiera hacer lo mismo con las palabras que viajan de una lengua a otra o con las que nacen en cada una de ellas, probablemente los continuos golpes harían colapsar el sistema que los capta. Y, sí, las lenguas son fábricas de neologismos que, apenas salidos del horno, se diseminan por todos lados: notas periodísticas, avisos publicitarios, SMS, novelas, ensayos, paneles de críticos o mesas de opinólogos, tiras diarias. Como son sociables, inquietos y, por lo común, dan cuenta del presente, se les asigna un gran protagonismo y se los asimila rápidamente. Por eso, de entrada o luego de transcurrir un tiempo, en la mayoría de los casos las palabras nuevas revitalizan el idioma, hayan surgido en él o no.

Hace poco, en una columna, Beatriz Sarlo acuñó la locución aduana lexicológica para referirse a la actitud de quienes, por un “complejo de inferioridad lingüística”, se niegan a creer que las “importaciones y contaminaciones de vocabulario forman parte de la vida de las lenguas, que demuestran su fuerza en la medida en que son capaces de incorporar lo que viene de afuera”. […] Resetear una computadora equivale a decir que se vuelve a cero para que ella comience nuevamente sus operaciones. Carezco de una palabra mejor y resetear me suena perfectamente integrada al sistema del vocabulario castellano”.

Sin embargo, a pesar de que estos intercambios contribuyen a la vitalidad del idioma, a su perduración, como lo prueba la lectura de cualquier historia de la lengua o de los diccionarios que incluyen en los artículos la datación de sus entradas e incluso de cada una de las acepciones, no toda palabra nueva, sobre todo si es recibida como préstamo, se integra apropiadamente al sistema en el que se gesta o ingresa. Para Humberto Hernández, catedrático de Lengua Española en la Facultad de Ciencias de la Información (Universidad de La Laguna), un buen número de neologismos se utiliza por una razón esnobista y puramente mimética. “Se han oído –dice– de boca de otros en quienes se reconoce cierto prestigio, se reproducen sin ningún tipo de control y se convierten en clichés intolerables; y estos son muy frecuentes en los medios de comunicación. Aparecen de este modo acepciones neológicas como vendedor agresivo, o voces extranjeras, absolutamente innecesarias como compact, feedback o feeling”.

Acerca de este tipo de palabras, el lingüista español Fernando Lázaro Carreter decía que tal vez fuera conveniente “despegarlas de su original foráneo y ponerles etiqueta propia”. El tiempo, o quizá el trabajo paciente de quienes impulsan este pensamiento, en muchísimos casos le ha dado la razón a Carreter: hoy es más frecuente el uso de los equivalentes disco compacto y retroalimentación. También resetear, el verbo citado por Sarlo, es una asimilación del préstamo inglés reset. Esta adecuación se denomina híbrido porque integra en una palabra formas de distinta procedencia; en esta circunstancia una raíz inglesa y un sufijo castellano de derivación. (Véase el recuadro sobre algunos procedimientos de formación de neologismos).

¿Y qué va a pasar con feeling? ¿Cuál es el equivalente castellano más próximo a la locución verbal tener feeling con alguien? Tener piel, quizá, otro neologismo con algunas décadas; o uno más reciente como la locución verbal tener onda.

Actitud de los hablantes

En un país como el nuestro, donde a muchos hablantes les gustan las palabras extranjeras sin adaptar, sobre todo si se trata de anglicismos o galicismos, no es fácil lograr que tal propuesta funcione siempre. A estos cálidos receptores podríamos llamarlos, neológicamente, los aceptáticos, los del sí fácil o los muy amplios.

En el extremo opuesto de quienes emplean indiscriminadamente neologismos de cualquier laya, están los que se niegan a usarlos si no los encuentran registrados en un diccionario. Este último grupo, formado por los respetuosos inseguros, los legalistas o como quieran llamarlos, debe resignarse con mucha frecuencia a la realidad de que los diccionarios generales –como no puede ser de otra manera– van detrás del idioma, porque representan la última estación de una larga secuencia: los hablantes crean, la comunidad descarta esa creación o la toma y va mostrando preferencias en cuanto a sus variantes, los estudiosos observan, analizan, proponen; las academias de la lengua regulan. Ni hablar de cuando ese proceso lleva más de un siglo. Un caso. No siempre se sabe cómo usar la locución sustantiva mala conciencia, “insatisfacción que se siente por no obrar de acuerdo a los propios valores morales” y “acción o expresión débilmente reparadora de quien tiene esa insatisfacción”, forma compleja que aún no figura fuera de los diccionarios especializados, pero que es bastante empleada en el habla culta. Hoy no es un neologismo, es un simple, llano y viejo omitido. Otro: el argentinismo mayo/ya, adjetivo aplicado a todo acontecimiento relacionado con la Revolución de Mayo, se usa predominantemente como modificador de sustantivos femeninos, por ejemplo gesta maya o fiesta/s maya/s (los hechos de la Semana de Mayo de 1810 / su celebración anual). Documentación: 1813. ¿Este neologismo de la Asamblea del Año XIII seguirá excluido hasta el Bicentenario?

Tales omisiones pueden remediarse parcialmente consultando diccionarios especializados. En cuanto a las palabras recientes, con suerte figuran definidas en algunos diccionarios de neologismos o están registradas en bases de datos que los contienen. Estas bases, que normalmente no incluyen definiciones, son una fuente interesante para confirmar las variantes de escritura o ejemplos de uso, si no fuera que se hallan destinadas a especialistas y que no son de fácil acceso para el común de los mortales. Hace poco, el Centro Virtual Cervantes presentó una extracción de las bases de neologismos. Sin establecer valoraciones, como un inventario a partir del cual se pueden establecer diagnósticos y realizar trabajos analíticos sobre el uso y la implantación de los neologismos en español y en catalán, se muestran allí los neologismos procedentes de los medios de comunicación, escritos y orales.
Sin ser especialistas, en un punto cercano al del investigador, se ubica intuitiva o voluntariamente el hablante curioso, interesado, con sensibilidad lingüística, preocupado por no aplicar el “todo vale” a la lengua. Los integrantes de este grupo bien podrían ser llamados los amantes: quieren, respetan la libertad del otro y, celosos del objeto amado, lo cuidan sin convertirse en vulgares guardabosques del idioma. Lo dejan crecer.

Para el periodismo, la literatura, el ensayo, el empleo de neologismos es el pan con que se nutre la escritura, el pulso de un momento histórico, la mejor vía para transmitir sin vueltas una información, una imagen, una idea.

El seguimiento de un neologismo, su hoja de ruta, indica por dónde pasan los intereses de la sociedad, los valores imperantes, sus descubrimientos. Sirve para contar la historia porque él mismo indica la dirección de la mirada. Por ejemplo, la presencia de la construcción eufemística daño colateral narra las responsabilidades de los actores de los conflictos armados desde la guerra del Golfo hasta hoy, la banalidad con que se invita a pensar la muerte de civiles, la banalidad con que se invita a pensar la muerte de civiles, la destrucción de ciudades enteras.

En un ensayo, el brasileño Emir Sader emplea la frase cementerio teórico para referirse a la descalificación de la teoría promovida por el neoliberalismo a partir de 1989. A esta postura ideológica, cercana al concepto del “fin de la historia”, de Francis Fukuyama, la lengua inglesa la nombró con la sigla TINA (Theare Is No Alternative). El tecnicismo cementerio teórico tiene veinte años, pero se lo siente neológico, al menos en su difusión en el habla culta general y en la vigencia de lo que describe. Yendo un poco más lejos, la jerga oscura de los culturosos a los que alude Juan Bedoian (véase recuadro), ¿no es una forma más de descalificar la teoría bajo una aparente exaltación? Se simula comunicar, se simula saber. Entonces no hay comunicación, no hay conocimiento. El lector queda excluido. Y, sí, como la palabra mayo.

Clases de nuevas palabras
Desde un punto de vista lingüístico, los neologismos podrían clasificarse con estos parámetros:

Palabras nuevas

partusa, partuza; partucero, ra partusa o partuza. f. Argentina y Chile. Coloquial. Fiesta descontrolada en la que se practica el sexo grupal, se bebe mucho alcohol y se consumen drogas. La palabra se está difundiendo en otras regiones hispanoamericanas y en España. partucero, ra. Adjetivo. Argentina y Chile. Coloquial. Se dice de la persona que suele organizar partuzas o asistir a ellas.

 

Palabra nueva formada por derivación de una existente

Botinera. De botín, calzado deportivo muy resistente. Adjetivo. Argentina. Se dice de la mujer que suele entablar relaciones amorosas con jugadores de fútbol famosos. Se usa también como sustantivo femenino. “Donde hay un jugador de fútbol exitoso, hay plata (dinero), fama y detrás de eso, una botinera.”
Revisitar. Verbo transitivo. En crítica literaria, analizar o recrear obras del pasado, o las posturas de sus autores, desde nuevas perspectivas.

Palabra nueva originada en un acortamiento

Argento, ta. Adjetivo. Argentina. Coloquial. Propio de los argentinos. Se usa más en la locución verbal ser muy argento. // m. y f. Argentina. Coloquial. Natural de la Argentina. Es forma abreviada de argentino, na. “Last but not least, es muy *argento* (como te gusta decir) eso de minimizar el trabajo y el mérito ajeno.”; “La pieza retrata la sociedad menemista de los 90, que va a Miami de vacaciones. De formas muy *argentas*, es una familia brutal” (Luis Ziembrowski, actor).
Celu. Sustantivo masculino. Teléfono celular, aparato portátil de telefonía móvil. La voz es un acortamiento de celular.
Emo. adj. Se dice de la subcultura de los emos. Usado también como sustantivo. Emos. pl. Tribu urbana de jóvenes angustiados, hipersensibles, tendencia a autolastimarse, que suelen vestir de negro. Viene del inglés emos, abreviatura de emotional.

 

Palabra compuesta con otras existentes

Cuidacasas. Adjetivo. Argentina. Se dice de la persona que, a cambio de un monto voluntario de dinero, se ofrece para vigilar una casa transitoriamente. Se usa como sustantivo de género común a los dos sexos (un cuidacasas, una cuidacasas).

Prestanombre. Adjetivo. Argentina. En la jerga policial, es la persona cuyo nombre utilizado otra para realizar un acto delictivo. Usado como sustantivo de uso común a los dos géneros.

 

Acepción nueva

Campo (el). Figurado. Conjunto de entidades representativas de la actividad agroganadera. “El campo debe cambiar el modo de la protesta y no porque lo diga Kirchner.”
Pochoclero, ra. Adjetivo. Argentina. Coloquial. Despectivo. Que corresponde a la cultura propia de quienes dan preeminencia al consumismo y siguen fielmente las tendencias de la moda; de rebaño.
Tóxico, ca. Adjetivo. Dicho de un crédito, especialmente hipotecario, que difícilmente pueda ser cobrado.

 

Forma compleja nueva (algunas locuciones)

Echar flit. Locución verbal. Argentina. Coloquial. Rechazar o apartar a alguien abiertamente de un proyecto, cargo, o de cualquier tipo de intervención en un asunto. Neologismo. Flit (marca registrada) es el nombre de un matamosquitos que se echaba con una máquina de rociar hace muchos años.
Faltarle a alguien un jugador. Locución verbal. Argentina. Coloquial. Figurado. Ser muy poco inteligente. // Coloquial. Figurado. Argentina. Estar un poco loco, corto de entendederas. Esta expresión neológica, de la que parece no haber todavía suficiente documentación en textos literarios o periodísticos ni en obras de lexicografía, es una metáfora basada en una realidad del deporte: cuando un equipo compite con un jugador menos, se halla en desventaja frente a su contrincante. 1. Sentido recto: “A Simeone le falta un jugador.” 2. Uso metafórico: Respuestas a una pregunta hecha en un foro: “He’s one can short of a full six pack: ¡¡Hola!! Tengo que traducir un texto donde aparece esta expresión, sé que es una forma canadiense de decir que alguien está loco, pero querría saber la traducción literal y no sé como unir «can» con «short». «Tiene una lata del pack de 6»”. Respuesta: “1) Le falta una lata para completar el paquete de seis de la bebida. 2) Es algo corto de entendederas.3) [….] En Argentina decimos: «le falta un jugador…»”

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