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El espíritu de Frontera

Por Juan Sasturain

Ayer fue el Día del Dibujante en la Argentina. Y ayer –como se recordó con justicia en muchas partes– se cumplieron veinte años de la desaparición de Alberto Breccia, que fue uno de los más grandes dibujantes de historietas del mundo y que –como tantos argentinos famosos– era apropiadamente uruguayo. Todo muy sabido, en realidad: tanto la puntería del soberano maestro al haber embocado justamente en su día, como el chiste fácil de la nacionalidad. La memoria del viejo Breccia se merece largamente estas cariñosas redundancias.

Pero no quiero hablar de eso una vez más, sino de otra cosa cercana y tangente: la casi inmediata aparición de un libro singular, originalísimo, acaso desmesurado en su pretensión, un auténtico despropósito debido al empeño del obsesivo investigador Carlos Altgelt, de quien desde ya pasamos a considerarnos deudores agradecidos de por vida. Ya verán por qué.

Altgelt es uno de los tantos Carlitos de su / nuestra generación en los que nos conocemos y reconocemos. Una generación de pibes nacidos a principios de los ’40, en medio o en las postrimerías de la Segunda Guerra, que hicieron la primaria con Evita en el libro de lectura y tomaron la leche con Toddy o Vascolet escuchando Poncho Negro o Tarzán por Radio Splendid. Una generación de Carlitos que usaron medias ídem y pantalón corto hasta los doce, lectores de Salgari, Stevenson y de El Príncipe Valiente en la colección Robin Hood. Pibes frecuentadores del cine continuado y de la matinée de aventuras con cowboys infalibles, piratas audaces, japoneses traicioneros y monstruos de utilería, que se emocionaban con los seriales en episodios ya viejos de Flash Gordon y los dibujos animados muy nuevos de Tex Avery mientras comían maní con cáscara de la bolsita y masticaban pastillas Trineo. Una generación de Carlitos –sobre todo y finalmente– enfermos de aventuras en cuadritos, formados y deformados por las omnipresentes historietas. Por eso hablo en nombre de todos aquellos que –deslumbrados por nuestros ídolos del kiosco– alguna vez quisimos ser dibujantes y llenamos los cupones de inscripción de alguna de las memorables escuelas de enseñanza en vivo o por correspondencia con la ilusión de llegar a ser Solano López, Arturo del Castillo, Pratt, Moliterni, Roume, Breccia…

Vamos al grano: este libro maravilloso –el último de los varios en los que el memorioso y laborioso Carlos Altgelt ha encauzado su cálida vocación por rescatar del olvido mojones de la cultura popular de su tiempo que es el nuestro– se propone y logra un objetivo singular: el registro, con reproducción de la tapa a color e índice pormenorizado –título por título, número a número, ejemplar por ejemplar, historieta por historieta– de todas las publicaciones de Editorial Frontera; es decir, los (primeros) libros y las famosas revistas creadas y dirigidas por Héctor Germán Oesterheld en el período más fecundo y recordado de su larga carrera como guionista de historietas, el que va de 1956 a 1963. La luz del fósforo que ilumina el corazón, el tramo final de la época de oro de la historieta argentina de aventuras.

Con sano criterio, el autor no ha querido redundar. A este Carlitos –cuasi increíble pariente a distancia del pionero Outcault, creador nada menos que del Yellow Kid– ya le debemos hermosas y completísimas monografías sobre personajes como Bull Rockett y Sargento Kirk. Acaso por eso, conocedor minucioso como es del trabajo de Oesterheld, en esta oportunidad ha optado por soslayar toda referencia y juicio de valor respecto de la obra del mayor de nuestros escritores de aventuras por considerarlo un tema (adecuadamente) transitado. Y hace muy bien. Sobre todo porque así concentra toda su energía en la busca del dato duro y la información más precisa y fina, algo que desde este lugar del fanático lector, se agradece. Y estoy seguro de no estar solo en eso.

Nunca hasta ahora, con los antecedentes notables de los trabajos de muchos otros investigadores a los que debemos aproximaciones valiosísimas a distintos aspectos de la producción del autor de El Eternauta, se había llegado tan lejos en este aspecto puntual: la elaboración de un índice pormenorizado de contenidos, personajes, fechas, ediciones y autores del período “de Frontera”, con referencias y datos muy novedosos por inexplorados o no consignados hasta el momento. No es el caso de la localización cronológica de las primeras publicaciones de muchos de los por entonces novatos Oswal, José Muñoz, Durañona o Lito Fernández, pero sí el de la identificación precisa de las historietas extranjeras –sobre todo las inglesas de la Fleetway– publicadas durante el largo y agónico período de decadencia que, iniciado el año anterior, se hace evidente y penoso a partir de 1961, y se prolonga hasta el galope muerto del demorado final.

Este libro resulta, así, para el lector común que todos seguimos siendo, un pretexto para volver a experimentar, sobre todo, la emoción de reconocer tapas y dibujos que nos sedujeron desde el abigarrado kiosco hace más de medio siglo –y la pesquisa de reconocer autores “no firmantes”–; y para el investigador actual y futuro, una herramienta eficaz, insoslayable: aquí están todas las referencias que permiten ubicar e inventariar autores y personajes de ese glorioso período, como nunca antes.

Parafraseando al tano Hugo Pratt –emblema, genio y figura de esa época y de estas revistas maravillosas–, es “el espíritu de la frontera” que él descubrió en el libro homónimo de su admirado Zane Grey y atraviesa su obra, de Kirk y Ticonderoga a Weheling, el mismo que mueve la empresa apasionada de este libro. Como nosotros, el autor parece siempre encaramado en el anca del caballo pampa dibujado por Mottini (famoso emblema, logo de Frontera) explorando un horizonte que sólo los caprichos del reloj han dejado a nuestras espaldas.

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Archivado bajo 2º Año, El eternauta

Breccia de nuevo recuperado

Por Juan Sasturain

Hace unos años –tres o cuatro–, en circunstancias de las que me gustaría acordarme puntualmente mejor, me cité a la vuelta de mi casa, en el café La Puerto Rico, con un español de paso por estas saqueadas costas, que –según dijo– tenía para vender originales de distintos dibujates argentinos de historietas y suponía que yo podía opinar algo (si no comprar: no colecciono) sobre posibles interesados. Era o se presentaba como un intermediario.

Me acuerdo muy poco de lo que charlamos ese mediodía y apenas de lo no mucho que me mostró en la pantalla de su pequeña y por entonces modernísima computadora. Es que de golpe, me quedé absolutamente sorprendido: me estaba mostrando, una a una, diez páginas que reconocí enseguida.

–¿Y esto?

–Es Alberto Breccia.

–Ya sé.

Y ahí, al verme interesado, me explicó que se trataba de una obra de Breccia de los años ochenta o antes; el comienzo de una serie sin título de la que –como yo podía observar– se conservaba solamente el lápiz, ya que el artista nunca la había pasado a tinta. Era un trabajo notable, empezó a explicar. –La conozco –lo corté impaciente–. ¿Y quién vende esto? –Un coleccionista inglés. –Qué hijo de puta… Se me escapó. Es que lo que tenía ahí en pantalla o –mejor dicho– los originales que alguien había escaneado para ponerlos a la venta internacional se suponía (yo suponía) que estaban, junto a muchos, centenares de otros, en Buenos Aires, en el lugar en que estaba depositada “toda” la obra del Viejo desde hacía tantos años esperando quién sabe qué.

–¿Le interesa? –dijo el tipo.

–Claro: me interesa saber cómo esto llegó hasta ahí. Esa historieta tiene nombre, se llama El Dibujado y la escribí yo. Y terminé con una larga serie de puteadas que el imperturbable intermediario –sin hacerse cargo de lo que le tocara– dijo estar dispuesto a intermediar cuando huyó sin dejar rastros.

Se sabe: el uruguayo Alberto Breccia, que vivió prácticamente toda su vida en la Argentina, fue (sigue siendo) uno de los dibujantes de historietas más importantes del mundo. Para los que necesitan avales y creen en el criterio de autoridad a la hora de opinar, Frank Miller dijo que “con Breccia empezó todo”. El autor de The Dark Knight y Sin City se refería simplemente a la modernidad.

Alberto Breccia nació en 1919 –como Héctor Oesterheld– y murió en Buenos Aires en 1993. Tras ganar popularidad en los cuarenta con el clásico Vito Nervio, escrito por Leonardo Wadel, fue con Oesterheld que realizó algunas de sus obras mayores: en los cincuenta Sherlock Time; Mort Cinder –obra maestra absoluta– a principios de los sesenta; y la Vida del Che y la segunda versión de El Eternauta (en colaboración con Enrique Breccia, su talentoso hijo) a fines de esa misma década. Trabajó luego largamente con Carlos Trillo sobre todo en los setenta (Un tal Daneri, El viajero de gris, Buscavidas) y realizó por entonces, solo o acompañado, insuperables adaptaciones de clásicos literarios de terror: Quiroga, Poe, Stoker, Lord Dunsany y –extensamente– H. P. Lovecraft. Ese famoso Breccia “negro” no opaca los otros registros, de la aventura clásica al humor y al dibujo infantil. Hizo todo, mucho y bien: artista y laburante.

Me tocó en suerte trabajar con él durante toda la década del ochenta. Hicimos casi diez años Perramus, además de algunas historias sueltas y adaptaciones de narradores latinoamericanos contemporáneos. Hacia 1986/87, tras las primeras tres historias de la saga ambientada en la metafórica dictadura, imaginé una nueva serie, más aventurera que sombría y con cierto tono retro, incluso en el dibujo clásico, a lo Sherlock Time: se llamaría El Dibujado y, en la ficción, el protagonista era un personaje originalmente creado por Oesterheld-Breccia, Juan Deveras, que ellos no habían llegado a desarrollar… La historia estaba contada por Diego Fierro, que trabajaba en una revista, y jugaba con el doble nivel de representación: los personajes clásicos creados por Oesterheld-Breccia décadas atrás –los Ojos de plomo, el Dr. Morgue, etc.– invadían la nueva historieta, interactuaban con El Dibujado Juan Deveras, lo acompañaban en las nuevas aventuras.

Escribí el primer guión de diez páginas, Alberto lo dibujó detalladamente a lápiz y allí quedó… Nunca lo pasó a tinta. Esperaba, “se” esperaba, no “sabía” cómo lo iba a resolver. No quería hacer lo mismo que en Perramus y tampoco volver a copiarse, retomar su estilo clásico. Y ahí quedó. Y pasó el tiempo, y nunca más.

Precisamente, la primera aventura –que aparece insinuada en la secuencia inicial– era el rescate de los dientes de Gardel diseminados tras su muerte. Y ése es el argumento que, apenas un par de años después, “canibalizamos” –como diría Chandler– para encarar la cuarta y última aventura de Perramus: Diente por diente. Yo me había ido un tiempo a vivir a España, trabajamos un poco más, a distancia, y fue nuestro último laburo juntos. Regresé en el verano del ’92 y al año siguiente el 10 de noviembre –el Día del Dibujante, para los que gustan de las coincidencias– el glorioso Viejo se murió. Tenía 73 años.

Bien: esas diez páginas de una historieta no nacida, El Dibujado, son las que –entre otras– un tránsfuga vendía en Buenos Aires, por cuenta de coleccionistas europeos, hace unos años atrás. ¿Cómo habían llegado allí? Es largo y penoso el trámite, y precisamente en estos días se ha echado algo de saludable luz sobre el asunto.

Todo empieza cuando, a la muerte de Breccia, el juez, a requerimiento de alguna de las partes en sucesión, decide, por cuestiones de seguridad y para evitar “filtraciones”, colocar el patrimonio artístico debidamente inventariado en depósito judicial hasta tanto se decida qué hacer con él. Y allá va toda la obra del maestro –centenares de páginas originales que estaban en la vieja casa de Haedo– a un depósito de la empresa Firme S.A. (oh paradojas nominales…) donde permanece –se supone– durante una docena de años, en segura custodia. Hasta que, al declararse en quiebra Firme S.A. en marzo del 2005, los acontecimientos se precipitan.

Avisos de venta de originales, y exhibiciones/exposiciones de algunas de esas obras inventariadas a ambos lados del Atlántico indican a las autoridades, previa denuncia, que no todo estaba o seguía estando donde debería: con la quiebra, o desde antes, algunos se habían literalmente afanado si no todo, gran parte.

Vía Internet y vía Interpol, ahora todo es más rápido –al menos en la detección– y así fue cómo, hace unas semanas, se acaba de anunciar que, tras meticulosas pesquisas –porque hubo voluntad y aptitud de la Justicia y de la policía para hacerlo– hay dos presos, se han recuperado casi 200 páginas en un domicilio de Glew, en el sur del Gran Buenos Aires, y hay localizadas –en España, Francia, Italia, Inglaterra, etc.– decenas y decenas de páginas vendidas en subastas públicas u operaciones privadas, por valor de varios centenares de miles de euros. El valor total de lo afanado (recuperado o en vías de) dicen que supera el millón de la moneda europea. Y ésa ha sido la buena noticia de estos días. Qué tal.

De todo esto, lo único que (nos) importa a muchos es que, después de tanto tiempo, se den las condiciones de volver a ver la extraordinaria obra de Alberto Breccia editada (algo se ha hecho) y –sobre todo– públicamente exhibida como se debe y merece, en la Argentina. Por múltiples razones, algunas obvias y otras menos, no ha habido una exposición integral en dos décadas. Acaso sea una inmejorable oportunidad de hacerlo, salvando todos los obstáculos, haciéndolo con cuidado y esmero, cuando en el 2013 se cumplan veinte años de la desaparición del Viejo. Será el modo de hacerle justicia a uno de los más grandes artistas que tuvimos la suerte y el privilegio de disfrutar durante décadas.

Y ahí no pierdo la esperanza de ver colgadas las páginas de El Dibujado que un pirata –como suelen hacerlo– se llevó, con el concurso necesario de ladrones nativos que nunca han faltado.

Página/12, 31/10/2011. Link permanente a la nota.

 

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El hombre que hizo de la realidad, fantasía

Por Andrés Valenzuela

Cuando Francisco Solano López dibujaba sus personajes, concentraba la verdad en sus ojos de tinta. No importa qué período de su extensa carrera se estudie, en la mirada de cada una de sus viñetas es posible encontrar la expresión que la definía. Desde la madrugada de ayer, cientos de esos ojos de papel están cerrados. Los de El Eternauta –Juan Salvo–, Helena, Martita, Favalli, Rolo, Slot Barr, Evaristo, y también los del propio Solano, quien falleció tras luchar contra las secuelas de un accidente cerebrovascular que sufrió a comienzos de mayo pasado.

En el último tiempo, su obra había sido releída y revalorizada en distintos ámbitos políticos, sociales y culturales. En el mundo del comic su obra ya era largamente reconocida. Su partida es la de uno de los últimos iconos de una época industrial “dorada” de la historieta argentina. Un representante de un medio que ya no es en volumen, estructura, tema ni estilo como entonces, pero que reconoce la herencia indispensable de su obra. Solano López era conocido como el cocreador de El Eternauta, junto al guionista Héctor Germán Oesterheld –desaparecido por la última dictadura militar–. Sus viñetas de una Buenos Aires cubierta de copos mortales son emblemáticas y se recuerdan siempre que cae agua nieve. Cuando en 2007 efectivamente nevó en Capital Federal, este diario hizo tapa con sus trazos, que permanecen en la memoria colectiva a 54 años de su publicación original.

Aunque es su obra más conocida, a lo largo de más de seis décadas trabajando sobre el tablero forjó otras decenas de personajes, historias y mundos junto a cantidad de guionistas argentinos, como Guillermo Saccomanno, Ricardo Barreiro y Carlos Sampayo, y también autores extranjeros. Esa, sin embargo, fue su obra cumbre y recientemente había vuelto a ser profundamente apreciada desde el ámbito político por los valores que encarnaba, a la vez que un resurgente ambiente historietístico honraba su grandeza.

Era dueño de un estilo de dibujo realista sin importar qué técnica ni materiales empleara. Un dibujante de la vieja escuela, de cuando las revistas serializadas de aventuras marcaban el ritmo de la producción. Tenía un dominio excepcional de la figura humana y era un gran dibujante de rostros. En particular sobresalían los gestos que imprimía a sus personajes y las miradas. En una entrevista a este diario, en 2007, contaba que eso se debía a que había estudiado mucho a los pintores impresionistas ingleses, quienes lo habían conmovido profundamente, y cuyo talento trataba “de emular humildemente”.

Murió a los 83 años y, pese a su edad, todavía trabajaba, o al menos lo hacía hasta el ACV que le afectó la garganta, lo mantuvo internado primero y en recuperación después. Hasta entonces era posible encontrarlo con su ayudante en el departamento de la calle Sánchez de Bustamante, donde solía atender las entrevistas que le hacían. Una mirada atenta descubría concentrada en el pequeño living una vida entera dedicada al dibujo. Solano López nació en 1928 y comenzó su carrera como dibujante de historietas en 1953, junto al guionista Roger Plá en la serie Perico y Guillermina. Tenía 25 años y, poco después, empezaría a ilustrar los guiones de Oesterheld. En 1957 el guionista fundaría la editorial Frontera y junto al dibujante cambiarían las viñetas argentinas con El Eternauta. Se publicaba como serie y su primera entrega fue publicada el 4 de septiembre, fecha por la que hoy se celebra con fuerza de ley el “Día de la Historieta Nacional”.

Es llamativo enterarse de que las páginas originales de esa obra fundamental de las viñetas argentinas no están en el país, sino en manos de un coleccionista italiano. Hace poco una editorial francesa publicó el libro a partir de esos originales y el propio Solano López comentaba sorprendido que allí había redescubierto un montón de detalles que había olvidado, merced a las falibles impresiones de la época en la que fue publicada originalmente, y sobre las cuales se hicieron las sucesivas reediciones.

Cuando el proyecto de editorial Frontera cayó, Solano se radicó en Europa y trabajó para la editorial inglesa Fleetway hasta mediados de los ‘70, cuando volvió al país. En 1976 la editorial Record lo convenció de continuar El Eternauta junto a Oesterheld. Fue una saga todavía más jugada políticamente, con Oesterheld ya integrando Montoneros, y Gabriel, hijo del dibujante, siguiendo un camino similar. Fue el propio Gabriel quien marcó los siguientes pasos del dibujante, cuando lo secuestró un grupo de tareas de la dictadura. Entonces Solano López recurrió a viejos conocidos de estudios en el Liceo Militar y consiguió liberarlo, a cambio del exilio en España. Allí creó Ana e Historias Tristes, sobre cuentos de su hijo, en lo que son varios de sus relatos más potentes y desgarradores.

Más tarde se radicó en Brasil y desde allí trabajó para editoriales norteamericanas. En su largo periplo acumuló personajes y series, siempre con un nivel notable, como Bull Rocket, capítulos de Ernie Pike, Slott Bar, Ministerio, Rolo el Marciano (las dos últimas publicadas un año y medio atrás por Página/12), Joe Zonda, Evaristo, Calle Corrientes o La guerra del Paraguay.

El de la infausta guerra de la Triple Alianza era uno de sus proyectos más valorados, ya que además de llamarse igual, era descendiente directo del presidente paraguayo al que las tropas argentinas, brasileñas y uruguayas derrocaron con la venia británica. Podía hablar horas sobre historia latinoamericana y de ese episodio en particular.

Sin embargo, jamás podría abandonar a Juan Salvo y las aventuras de quienes sobrevivían a la invasión extraterrestre. En 1997 retomó el personaje, esta vez con Pablo “Pol” Maiztegui en los guiones. Juntos crearon El mundo arrepentido. Más tarde harían otra continuación que funcionaría como metáfora del dominio neoliberal que cambiaba el poderío militar por los espejitos de colores. Luego, Juan Salvo, eterno viajero del tiempo, recorrería el cosmos buscando a su esposa, en La búsqueda de Elena. El año pasado, y en una colección bajo su dirección, publicó El Eternauta: el perro llamador, con la intervención de varios de los mejores dibujantes de las generaciones que siguieron el legado de Solano. Hasta hoy seguía en proceso una nueva historia que aguardan editores argentinos e italianos, ilustrada por el rosarino Carlos Ariel Barocelli, bajo la supervisión del maestro. La historia original, en tanto, se estaba republicando en la contratapa del matutino Tiempo Argentino. Y en Télam ilustraba la “sitcom” Sección imposible.

Curiosamente, durante mucho tiempo Solano López había tenido una mirada crítica de las intenciones políticas de Oesterheld en su obra cumbre. La progresiva radicalización del guionista, que hacia el final de su colaboración le pasaba los guiones desde la clandestinidad, generaba debate en la dupla. Los últimos años, sin embargo, habían suavizado el recuerdo y –explicaba en una entrevista reciente– había comprendido y aceptado con orgullo que los jóvenes leyeran en El Eternauta una serie de valores con los que identificarse y por los cuales luchar. En este contexto, agrupaciones kirchneristas habían retomado el dibujo clásico de Solano cambiando el rostro de Salvo por el de Néstor Kirchner y, luego, el de la presidenta Cristina Fernández.

Generaciones leyeron su obra y en cualquier charla que ofrecía se podía ver a lectores de todas las edades acercársele en busca de una firma suya. Bastaba su aparición en la presentación de un libro para que la charla se interrumpiera para recibirlo con aplausos de pie. Cuando el noveno arte local tuvo su “Espacio Comic” en la Feria del Libro de Buenos Aires 2010, se entregó un Premio que llevó su nombre, y cuyo jurado integró. Contra la ortodoxia de sus fieles más estrictos, Solano López votó por obras surgidas al amparo de nuevos tiempos y modos creativos. Para mejor guión, por ejemplo, se decidió por Cena con amigos, que llegó al papel tras publicarse al calor de los blogs. Para las categorías Mejor Dibujo y Mejor obra integral, en cambio, optó por Nocturno, de Salvador Sanz, serializada originalmente en la revista Fierro, y con influencias notorias de la narrativa oriental.

En los últimos años, con el reverdecer de la historieta local y el resurgir de los eventos dedicados a las viñetas argentinas, Solano López recibió multitud de homenajes. Todo el tiempo era invitado a muestras y convenciones en todo el país, e incluso en el exterior. Se seguía sorprendiendo y aceptaba halagado, siempre que su físico se lo permitiera, pues su avanzada edad hacía que se cansara rápido.

Solano se inscribe ahora en un año de dolorosas pérdidas para el noveno arte local. Sólo en 2011 fallecieron también el humorista gráfico Penni, el ilustrador Eduardo Santellán y el fundamental guionista Carlos Trillo. Solano se fue, pero dejó todo para que sus lectores disfruten. Sólo queda decirle gracias, Maestro, y hasta la próxima nevada.

Link a la nota. Link a opinión de Juan Sasturain.

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Patán y Sartre

Cada vez que oigo habla de medallas, me acuerdo de Patán.

A fines de los años sesenta, los estudios de dibujos animados Hanna-Barbera crearon una serie –entre tantas– para la CBS llamada The Wacky Races, que conocimos y disfrutamos como Los autos locos. Estaba basada –siguiendo el modelo de The Pink Panther– en otra comedia muy exitosa de Blake Edwards de 1965: The Great Race o La carrera del siglo entre nosotros. En la maravillosa Los autos locos –junto a Penélope Glamour, el espantomóvil del Profesor Locovich, Los Hermanos Macana y varios más– aparecía un malvado singular, Pierre Nodoyuna (versión brillante del original Dick Dastardly), larguirucho y maquiavélico intrigante inspirado en la pinta del histrión británico Terry Thomas, al que todo le salía alevosamente mal, entre otras cosas, por la capacidad conspirativa, traidora y oportunista de un perro inolvidable: Patán, el de la risa sorda y burlona.

Poco después, como secuela de Los autos locos, y también apoyado en el éxito cinematográfico de otra comedia que sólo cambiaba el ámbito de la competencia –These magnificent men in their flying machines (Los intrépidos y sus máquinas voladoras) de Ken Annakin, del mismo 1965– apareció otro dibujo animado de Hanna-Barbera, concebido por el mismo equipo en el que reaparecía Pierre Nodoyuna junto a Patán, pero ahora en el contexto de la Primera Guerra Mundial y de una escuadrilla de aviones estrafalarios cuya única e infructuosa misión era detener al palomo correo. Las aventuras de El escuadrón diabólico, siempre frustradas, solían terminar con la caída en picada de Nodoyuna, quien, como último y providencial recurso, atinaba a gritar: “¡Pataaaán…!” Acto seguido, el perro accionaba su cola en forma de hélice e iba en su auxilio. Sin embargo, mientras los plazos se acortaban y el suelo se acercaba, Patán condicionaba su ayuda –vía gestos mudos y expresivos– a la promesa de condecoración: Patán exigía una medalla a cambio del socorro. Logrado su propósito, reía tapándose la boca, entre las maldiciones de Pierre.

Esa simple secuencia infinitamente repetida, más –y sobre todo– la risa característica, han hecho de Patán un personaje memorable.

Cada vez que se menciona la posibilidad de un premio de reconocimiento a algún aspecto de la labor literaria me acuerdo de Jean-Paul Sartre.

No puedo dejar de recordar cómo en 1964, el autor de La náusea, de los cuentos de El muro, de la trilogía Los caminos de la libertad y de Las palabras –para no ir más allá de su obra narrativa– rechazó, sin parpadear con su ojo estrábico ni hacer temblar la pipa, el Premio Nobel que le otorgó la Academia Sueca. Eran casi los mismos años de las andanzas de Patán & Co.

Ese aparatoso gesto principista, sereno y soberbio, hace a Sartre –más allá de lo que uno piense de su literatura y de sus ideas consecuentes hasta el final– un personaje insoslayable, rara avis ética de la escena contemporánea.

Cada vez que se decide la entrega de medallas –en este caso Medallas del Bicentenario a difusores del libro y la lectura– como seguirá entregando mañana en Buenos Aires, más precisamente en la Feria del Libro, el Gobierno de la Ciudad Autónoma a escritores, editores y entidades, me acuerdo de Patán, de Pierre Nodoyuna, de la Academia Sueca y de Sartre. Y distribuyo mentalmente personajes y roles.

Ya sea por deseo o imperativo ético de hacer justicia o por necesidad objetiva de supervivencia personal, el que entrega medallas –lo quiera o no– in-viste al otro y se viste metafóricamente a sí mismo con ellas. Se entrega y a la vez se protege, da y recibe de rebote. Además de ser un gesto de reconocimiento de una virtud, de un mérito del elegido, la existencia misma del acto de entrega es un modo de reconocer una necesidad del dador/evaluador.

Son dos ejemplos extremos. Lo política/éticamente correcto de ambos lados en el desencuentro Nobel-Sartre: uno que premia a quien (sabe que) lo desprecia y uno que desprecia a alguien que lo premia pese a saberlo. Y lo flagrante/éticamente incorrecto en la transacción Nodoyuna-Patán. Uno que premia al otro sólo porque lo necesita y otro que sólo sirve al otro a cambio de una recompensa que no le importa si merece.

A la hora de elegir, puesto del lado del que recibe la medalla, me gusta pensar en la posibilidad de un Patán sartreano y satisfecho, que recibe lo suyo, que no se la cree demasiado y que se reserva el derecho a disfrutar del momento, agradecer sinceramente lo que liga y –siempre, con todo respeto– reírse un poco de la situación.

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Revelaciones de invierno

Por Juan Sasturain

Fue una mañana de invierno, un lunes como hoy pero del alevoso y helado julio de 1959, hace exactamente cincuenta años: yo tenía trece, iba a cumplir catorce en unos días y cursaba primer año en el Don Bosco de Mar del Plata, apenas uno de los 45 granujientos, incipientes varones de Primero A. Para eso iba en bici cada mañana pedaleando Avenida Luro arriba, treinta y pico de cuadras. Tras la diaria misa entre bostezos nos cagábamos religiosamente de frío hasta el mediodía en esas aulas grandes, altas, con pupitres oscuros y ventanales que daban al patio de cemento en que –cada recreo– jugábamos al fútbol de timbre a timbre, transpirando como salvajes con pulóver y gabán.

Esa mañana de hace medio siglo, el Pelado Marcángeli –que nos daba Castellano e Historia sucesivamente en las primeras horas– llegó y sin decir nada ni comentar el triunfo de Independiente se puso a escribir en el pizarrón con letra clara algo que leía en el diario que había traído de su casa. Era un poema, un soneto más precisamente: “A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell”.

–Copien –dijo el Pelado.

Y fue desplegando de arriba abajo los catorce versos endecasílabos en los correspondientes dos cuartetos y dos tercetos. Al final, a la derecha, escribió el nombre del autor: Jorge Luis Borges.

Nosotros no sabíamos qué era una efigie, cómo se reconocía un soneto y menos aún quiénes eran Cromwell o Borges. No sabíamos nada, en realidad; y hacía frío:

“No rendirán de Marte las murallas / a éste que salmos del Señor inspiran. / Desde otra luz, desde otro siglo, miran / los ojos, que miraron las batallas” ya leía, ya nos hacía leer el Pelado en voz alta y con fervor.

Hiatos y sinalefas mediantes, llegamos a reconocer las once rítmicas sílabas de cada verso; descubrimos las consonancias abba de la rima y sin transición nos trasladamos en el segundo cuarteto:

“La mano está en los hierros de la espada. / Por la verde región anda la guerra; / detrás de la penumbra está Inglaterra, / y el caballo y la gloria y tu jornada”. Y fue como quien pasa al segundo vagón de un tren en movimiento para verificar que el esquema del primero se repetía tal cual.

–Vamos ahora a los tercetos –dijo el Pelado.

“Capitán, los afanes son engaños, / vano el arnés y vana la porfía / del hombre, cuyo término es un día”, recitó Marcángeli. Caminando entre los bancos, releyó los tres versos, hizo la pausa justa para mostrar el encabalgamiento, resaltó el cdc de la rima y después siguió ya cuesta abajo, sin detenerse hasta el final: “Todo ha acabado hace ya muchos años. / El hierro que ha de herirte se ha herrumbrado; / estás, como nosotros, condenado”

Punto y silencio unánime.

–¿Qué les pareció?

En principio no nos parecía nada. No se entendía demasiado, éramos pendejos y nuestras lecturas habituales no iban más allá del Hora Cero para ver cómo seguía El Eternauta y de El Gráfico para que nos contaran los goles de Yaya Rodríguez y Senés que escuchábamos por radio. Además teníamos frío. Pero, sin embargo, el Pelado comenzó a hablar y algo pasó, algo (nos) empezó a pasar esa mañana, un lunes como este lunes de hoy, tan frío, hace cincuenta años exactos.

Simplemente nos había alcanzado la literatura. Y eso que pasaba entre versos –apenas intuido, deslumbrante, pero apenas comprendido del todo por falta de vida y experiencia– no era otra cosa que la poesía.

Puedo recitar desde entonces “A la efigie de un capitán de los ejércitos de Cromwell” de memoria. Debe ser el único poema de Borges que recuerdo así, entero y cadencioso. Incluso estoy seguro de reconstruir no la exégesis puntual del soneto deslumbrante –el profe lo había leído el día anterior en el suplemento literario de La Nación, el rotograbado que salía impreso en sepia el domingo, y nos lo trajo–, pero sí el fervor de la explicación, la pasión transmitida.

Al consultar los datos me doy cuenta de que Ricardo Marcángeli, el inolvidable maestro que me enseñó a leer, era del ’29, tenía en aquel momento nada más que treinta años. Parecía más grande. La calva precoz y nuestra mirada casi infantil nos engañaban. Severo y jodón a la vez, al Pelado le encantaba la Historia y contar goles de Erico; nos prestaba libros, compartía con nosotros los resultados del domingo y el tedio de la lectura obligatoria de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma y la Marianela de Galdós en las ediciones de Troquel. Pero sobre todo nos quería.

Cinco años después, cuando ya estudiaba Letras en Buenos Aires, había regalado mi colección de historietas y veía a Boca en la Bombonera, seguía pendejo pero menos, me compré El hacedor –que es de 1960 y uno de los libros que más me gustan de Borges– y me volví a encontrar con la efigie del capitán, la certeza de que “los afanes son engaños”, que es vana “la porfía del hombre, cuyo término es un día” y que estamos –como él– condenados. Desde entonces me pasa cada vez, y es como la primera.

Ricardo Marcángeli, por aquellos mismos años en que nos daba clase y letra como quien reparte comida caliente o besos, empezó a pintar y a eso se dedicó con talento durante décadas. Se murió en 2006 en Mar del Plata, dejó alrededor muchos amigos y también –más lejos– muchos pibes grandes como yo, agradecidos para siempre por aquellas revelaciones de una mañana de invierno.

 

(Página/12, 27 de julio de 2009. Link permanente a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/index.html)

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Archivado bajo Cuentos con escuela, Juan Sasturain

Premio Hammett para el argentino Guillermo Saccomanno

Por Juan Sasturain

Con los diarios de esta semana, con los cables de las agencias, llegó la buena y saludable noticia de que Guillermo Saccomanno –Buenos Aires, 1948– había ganado el Premio Hammett a la mejor novela negra publicada en lengua castellana durante 2008. La distinción, instituida hace algo más de veinte años en recuerdo y homenaje al autor de El halcón maltés y otras maravillas, se entrega anualmente a principios de julio durante el desarrollo de la Semana Negra de Gijón, en Asturias, uno de los encuentros de escritores de literatura policial más importantes y prestigiosos del mundo. En este caso, Saccomanno ganó con un relato que no es un texto de género sino una excelente, original y perturbadora novela a secas. Claro que atravesada por el crimen y la violencia política. La novela premiada se llama 77 (setenta y siete, sí; por el año 1977, epicentro cronológico de la represión), la publicó Planeta el año pasado en Buenos Aires, ha sido y es un éxito de crítica y de lectores, y constituye de algún modo la última parte de una trilogía que Saccomanno comenzó con La lengua del malón (2003) y continuó con El amor argentino, de 2004. El recurrente profesor Gómez –ya aquí cincuentón y docente de Literatura durante la dictadura– sirve de personaje puente e hilo conductor que atraviesa los tres pavorosos relatos. La premiada 77 hace foco –entre otras y entreveradas cosas– en las complicidades de la sociedad civil durante los años de la represión ilegal, con sus consabidas incomodidades. Para actores, escritores y lectores, digo. Un texto ejemplar.

Por otra parte, el premio para Saccomanno no hace sino ratificar un hecho largamente documentado a lo largo de estos últimos años: la reiterada presencia de narradores argentinos en las ternas y los premios de la Semana Negra, en sus diferentes categorías. Cabe recordar que –en paralelo con el Hammett– existe el Premio Rodolfo Walsh para el mejor trabajo de investigación periodística y no ficción (en su primera edición, hace más de dos décadas, lo ganó Miguel Bonasso) y no faltan las distinciones para las mejores primeras novelas y otros ítem. En todos los rubros proliferan los narradores argentinos. Algo (bueno) habrán hecho.

Sin entrar en detalles, y al voleo, recuerdo los premios que en diversas ediciones han recibido notables narradores como Rolo Diez (dos veces), Juan Damonte –el malogrado hermano de Copi, con su única novela–, Raúl Argemí o Carlos Salem –para mencionar sólo cuatro casos de novelistas no demasiado conocidos acá, porque han desarrollado y publicado su obra sobre todo fuera de la Argentina– o el joven y consagrado Leo Oyola, que ganó el Hammett el año pasado con Chamamé, compitiendo, entre otros, con Ernesto Mallo, otro novelista porteño. Incluso no hace mucho, el marplatense Carlos Balmaceda ganó una distinción y hay más –varios más– que se me escapan.

Si a estos datos les sumamos el hecho de que algunos de los últimos textos premiados en importantes concursos abiertos de novela castellana han recaído en relatos de autores argentinos fuertemente marcados por la impronta policial –pienso en Crímenes imperceptibles de Guillermo Martínez, Las viudas de los jueves de Claudia Piñeyro y El enigma de París de Pablo De Santis– y que las estanterías están pobladas de relatos nacionales que dan cuenta de muy diversa manera de crímenes y delitos violentos made in Argentina –del excelente texto de Battista sobre el comisario Meneses al incisivo de Feinmann sobre el asesinato de Aramburu o la terrible historieta Guastavino, de Trillo y Varela– cabe pensar que algo pasa: es que los (escritores) argentinos no volvemos al lugar del crimen. Vivimos en él.

Y es curioso porque no estamos en un momento en que la literatura de género policial –en sentido estricto– esté de moda en estos pagos. Casi no hay colecciones vivas, excepto Negro Absoluto, que propone autores nuevos e historias de ambientación argentina. Y sin embargo, pareciera que lo criminal prevalece, se cuela, atraviesa los relatos y los autores como una mancha voraz, a veces imperceptible, que va dejando su marca –su huella, más precisamente– en todas partes.

Es que tenemos demasiados cadáveres en el sótano, incontables indicios barridos bajo la alfombra y un mal olor entre los escombros del pasado reciente que apenas nos deja respirar. Habrá que hacer algo con eso. En principio, los escritores, escriben. Bien por Saccomanno & Co. Es un trabajo sucio, pero necesario. Gracias.

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-128526.html

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