Archivo de la etiqueta: Solano López

El hombre que hizo de la realidad, fantasía

Por Andrés Valenzuela

Cuando Francisco Solano López dibujaba sus personajes, concentraba la verdad en sus ojos de tinta. No importa qué período de su extensa carrera se estudie, en la mirada de cada una de sus viñetas es posible encontrar la expresión que la definía. Desde la madrugada de ayer, cientos de esos ojos de papel están cerrados. Los de El Eternauta –Juan Salvo–, Helena, Martita, Favalli, Rolo, Slot Barr, Evaristo, y también los del propio Solano, quien falleció tras luchar contra las secuelas de un accidente cerebrovascular que sufrió a comienzos de mayo pasado.

En el último tiempo, su obra había sido releída y revalorizada en distintos ámbitos políticos, sociales y culturales. En el mundo del comic su obra ya era largamente reconocida. Su partida es la de uno de los últimos iconos de una época industrial “dorada” de la historieta argentina. Un representante de un medio que ya no es en volumen, estructura, tema ni estilo como entonces, pero que reconoce la herencia indispensable de su obra. Solano López era conocido como el cocreador de El Eternauta, junto al guionista Héctor Germán Oesterheld –desaparecido por la última dictadura militar–. Sus viñetas de una Buenos Aires cubierta de copos mortales son emblemáticas y se recuerdan siempre que cae agua nieve. Cuando en 2007 efectivamente nevó en Capital Federal, este diario hizo tapa con sus trazos, que permanecen en la memoria colectiva a 54 años de su publicación original.

Aunque es su obra más conocida, a lo largo de más de seis décadas trabajando sobre el tablero forjó otras decenas de personajes, historias y mundos junto a cantidad de guionistas argentinos, como Guillermo Saccomanno, Ricardo Barreiro y Carlos Sampayo, y también autores extranjeros. Esa, sin embargo, fue su obra cumbre y recientemente había vuelto a ser profundamente apreciada desde el ámbito político por los valores que encarnaba, a la vez que un resurgente ambiente historietístico honraba su grandeza.

Era dueño de un estilo de dibujo realista sin importar qué técnica ni materiales empleara. Un dibujante de la vieja escuela, de cuando las revistas serializadas de aventuras marcaban el ritmo de la producción. Tenía un dominio excepcional de la figura humana y era un gran dibujante de rostros. En particular sobresalían los gestos que imprimía a sus personajes y las miradas. En una entrevista a este diario, en 2007, contaba que eso se debía a que había estudiado mucho a los pintores impresionistas ingleses, quienes lo habían conmovido profundamente, y cuyo talento trataba “de emular humildemente”.

Murió a los 83 años y, pese a su edad, todavía trabajaba, o al menos lo hacía hasta el ACV que le afectó la garganta, lo mantuvo internado primero y en recuperación después. Hasta entonces era posible encontrarlo con su ayudante en el departamento de la calle Sánchez de Bustamante, donde solía atender las entrevistas que le hacían. Una mirada atenta descubría concentrada en el pequeño living una vida entera dedicada al dibujo. Solano López nació en 1928 y comenzó su carrera como dibujante de historietas en 1953, junto al guionista Roger Plá en la serie Perico y Guillermina. Tenía 25 años y, poco después, empezaría a ilustrar los guiones de Oesterheld. En 1957 el guionista fundaría la editorial Frontera y junto al dibujante cambiarían las viñetas argentinas con El Eternauta. Se publicaba como serie y su primera entrega fue publicada el 4 de septiembre, fecha por la que hoy se celebra con fuerza de ley el “Día de la Historieta Nacional”.

Es llamativo enterarse de que las páginas originales de esa obra fundamental de las viñetas argentinas no están en el país, sino en manos de un coleccionista italiano. Hace poco una editorial francesa publicó el libro a partir de esos originales y el propio Solano López comentaba sorprendido que allí había redescubierto un montón de detalles que había olvidado, merced a las falibles impresiones de la época en la que fue publicada originalmente, y sobre las cuales se hicieron las sucesivas reediciones.

Cuando el proyecto de editorial Frontera cayó, Solano se radicó en Europa y trabajó para la editorial inglesa Fleetway hasta mediados de los ‘70, cuando volvió al país. En 1976 la editorial Record lo convenció de continuar El Eternauta junto a Oesterheld. Fue una saga todavía más jugada políticamente, con Oesterheld ya integrando Montoneros, y Gabriel, hijo del dibujante, siguiendo un camino similar. Fue el propio Gabriel quien marcó los siguientes pasos del dibujante, cuando lo secuestró un grupo de tareas de la dictadura. Entonces Solano López recurrió a viejos conocidos de estudios en el Liceo Militar y consiguió liberarlo, a cambio del exilio en España. Allí creó Ana e Historias Tristes, sobre cuentos de su hijo, en lo que son varios de sus relatos más potentes y desgarradores.

Más tarde se radicó en Brasil y desde allí trabajó para editoriales norteamericanas. En su largo periplo acumuló personajes y series, siempre con un nivel notable, como Bull Rocket, capítulos de Ernie Pike, Slott Bar, Ministerio, Rolo el Marciano (las dos últimas publicadas un año y medio atrás por Página/12), Joe Zonda, Evaristo, Calle Corrientes o La guerra del Paraguay.

El de la infausta guerra de la Triple Alianza era uno de sus proyectos más valorados, ya que además de llamarse igual, era descendiente directo del presidente paraguayo al que las tropas argentinas, brasileñas y uruguayas derrocaron con la venia británica. Podía hablar horas sobre historia latinoamericana y de ese episodio en particular.

Sin embargo, jamás podría abandonar a Juan Salvo y las aventuras de quienes sobrevivían a la invasión extraterrestre. En 1997 retomó el personaje, esta vez con Pablo “Pol” Maiztegui en los guiones. Juntos crearon El mundo arrepentido. Más tarde harían otra continuación que funcionaría como metáfora del dominio neoliberal que cambiaba el poderío militar por los espejitos de colores. Luego, Juan Salvo, eterno viajero del tiempo, recorrería el cosmos buscando a su esposa, en La búsqueda de Elena. El año pasado, y en una colección bajo su dirección, publicó El Eternauta: el perro llamador, con la intervención de varios de los mejores dibujantes de las generaciones que siguieron el legado de Solano. Hasta hoy seguía en proceso una nueva historia que aguardan editores argentinos e italianos, ilustrada por el rosarino Carlos Ariel Barocelli, bajo la supervisión del maestro. La historia original, en tanto, se estaba republicando en la contratapa del matutino Tiempo Argentino. Y en Télam ilustraba la “sitcom” Sección imposible.

Curiosamente, durante mucho tiempo Solano López había tenido una mirada crítica de las intenciones políticas de Oesterheld en su obra cumbre. La progresiva radicalización del guionista, que hacia el final de su colaboración le pasaba los guiones desde la clandestinidad, generaba debate en la dupla. Los últimos años, sin embargo, habían suavizado el recuerdo y –explicaba en una entrevista reciente– había comprendido y aceptado con orgullo que los jóvenes leyeran en El Eternauta una serie de valores con los que identificarse y por los cuales luchar. En este contexto, agrupaciones kirchneristas habían retomado el dibujo clásico de Solano cambiando el rostro de Salvo por el de Néstor Kirchner y, luego, el de la presidenta Cristina Fernández.

Generaciones leyeron su obra y en cualquier charla que ofrecía se podía ver a lectores de todas las edades acercársele en busca de una firma suya. Bastaba su aparición en la presentación de un libro para que la charla se interrumpiera para recibirlo con aplausos de pie. Cuando el noveno arte local tuvo su “Espacio Comic” en la Feria del Libro de Buenos Aires 2010, se entregó un Premio que llevó su nombre, y cuyo jurado integró. Contra la ortodoxia de sus fieles más estrictos, Solano López votó por obras surgidas al amparo de nuevos tiempos y modos creativos. Para mejor guión, por ejemplo, se decidió por Cena con amigos, que llegó al papel tras publicarse al calor de los blogs. Para las categorías Mejor Dibujo y Mejor obra integral, en cambio, optó por Nocturno, de Salvador Sanz, serializada originalmente en la revista Fierro, y con influencias notorias de la narrativa oriental.

En los últimos años, con el reverdecer de la historieta local y el resurgir de los eventos dedicados a las viñetas argentinas, Solano López recibió multitud de homenajes. Todo el tiempo era invitado a muestras y convenciones en todo el país, e incluso en el exterior. Se seguía sorprendiendo y aceptaba halagado, siempre que su físico se lo permitiera, pues su avanzada edad hacía que se cansara rápido.

Solano se inscribe ahora en un año de dolorosas pérdidas para el noveno arte local. Sólo en 2011 fallecieron también el humorista gráfico Penni, el ilustrador Eduardo Santellán y el fundamental guionista Carlos Trillo. Solano se fue, pero dejó todo para que sus lectores disfruten. Sólo queda decirle gracias, Maestro, y hasta la próxima nevada.

Link a la nota. Link a opinión de Juan Sasturain.

Anuncios

1 comentario

Archivado bajo 2º Año, El eternauta

Solano López cuenta cómo conoció a Oesterheld

Durante las tardes de Radio Nacional AM 750, se emite el programa Argentina tiene historia, conducido por Jorge Halperín. Rescataron un archivo donde el primer dibujante de la historieta cuenta cómo conoció al guionista y creador de El eternauta.

Escuchalo haciendo clic acá.

Deja un comentario

Archivado bajo 2º Año, El eternauta

Solano en Calle Corrientes

Hay una muestra de Solano en el centro, en la calle Corrientes, en el ambiente y por donde circula mucha de la gente que lo ha leído/visto/seguido desde hace sesenta años (sic). Siempre vale la pena ir a ver el poderoso trabajo del dibujante, pero sobre todo cabe últimamente, cuando el sabio y veterano historietista asiste a múltiples homenajes y justos reconocimientos por su coherencia de trabajo, arte y vida. Además, coincide esta muestra con la circulación –poco difundida aún entre nosotros– de una edición ejemplar de El Eternauta –su (nuestra) historieta emblemática– realizada por primera vez (sic, otra vez) a partir de las planchas, los dibujos originales. Es que habitualmente estábamos acostumbrados a ver las 360 páginas apaisadas del clásico de Oesterheld y Solano tal cual se venían reproduciendo desde mediados de los setenta, “levantadas” con mayor o menor cuidado y fortuna de la revista en que comenzó a salir, el Hora Cero Semanal, aquel 4 de septiembre de 1957 que es, con justicia y desde no hace mucho, el Día de la Historieta en este país. Aquella impresión original era pésima: mal papel, berreta; líneas empastadas de tinta… Las ediciones que vinieron después hicieron lo que pudieron. Esta nueva –hecha a partir de originales que están desde hace décadas en manos de coleccionistas privados, en Europa– es, en cambio, una joya que confirma lo que sospechábamos: Solano dibujaba (ya entonces) más y mejor de lo que parecía…

Y ni hablar de esto que está expuesto ahora. En la muestra Homenaje a Solano López, que hasta el 19 de diciembre estará colgada en la sala Abraham Vigo, en la planta baja del Centro Cultural de la Cooperación, Floreal Gorini, en Corrientes 1543 –frente al Teatro Municipal San Martín–, se exhibe un abanico de trabajos de distintos momentos del autor, algunas maravillas no demasiado frecuentadas por la impresión o las ocasionales exposiciones.

Uno conoce, por ejemplo, bastante bien la excelencia del policial Evaristo, la obra maestra que hizo con guiones de Carlos Sampayo en los ochenta, pero son pocos los que recuerdan el único capítulo de la serie Clown, con el mismo autor. Acá está. Hay una muestra variada y exhaustiva de los distintos aspectos de su trabajo junto a Ricardo Barreiro: la ciencia ficción desatada de Slot Barr, la parábola antiutópica de Ministerio y el erotismo gótico de El prostíbulo del terror. Acá están también. Y no faltan los trabajos de las últimas dos décadas junto a Pablo Maiztegui en las distintas continuaciones de la saga de El Eternauta, o las feroces Historias Tristes y Ana –en uno de sus mejores momentos creativos– con guiones de Gabriel Solano López, su hijo.

Y dejo para el final, porque sirve de ejemplo del natural anclaje del creador con su medio y su gente, las breves y pequeñas historias que escribió Guillermo Saccomanno para la serie Calle Corrientes, a principios de los ochenta, precisamente para que el paseante al salir a la calle verifique una vez más que lo que dibuja Solano es simplemente así, verdadero. Nadie lo iguala en ese “efecto verdad” que va más allá de referencias precisas y parecidos exactos.

Y la última: hay por ahí una caja descomunal, un Solano-box si quieren, una caja negra que contiene –como la de los aviones– los secretos mejor guardados del arte del dibujante que nos toca admirar: edición limitada de quinientos ejemplares/cajas que incluyen setenta láminas obra del artista, quince serigrafías, trabajos de otros plásticos en su homenaje y otras maravillas. 

 mí, la caja, me la encajaron. Gracias.

Deja un comentario

Archivado bajo 2º Año, El eternauta

Los trazos eternos de Solano López

Por Victoria Linari 

López no se parece a su criatura más famosa. Menudo, de mirada amable y hablar pausado, supo crear a un Juan Salvo imponente, casi eterno, de paso firme y decidido. Su caracterización del protagonista de El Eternauta –a partir de la fantástica historia creada por Héctor Oesterheld– puede leerse como la síntesis de una obra en la que cada creación es construida minuciosamente y se afirma en los detalles. 

Amante del dibujo desde muy pequeño, Francisco Solano López cuenta que su admiración por las historietas ya era evidente desde antes de aprender a leer: “En los años ’30 empezaron a aparecer en la última página de los diarios las primeras tiras de aventuras novela

das. Había tres personajes que recuerdo: Buck Rogers, Flash Gordon y Brick Bradford. Yo era tan chico que me sentaba en las rodillas de mi padre a esperar que terminara de leer el diario, para que después me leyera lo que decían esos cuadritos que me fascinaban”. El Eternauta fue su obra más famosa, la que le valió el reconocimiento internacional y abrió puertas en su carrera, pero no fue la única. Comenzó a dibujar profesionalmente en 1953 en la Editorial Columba, donde con guiones de Roger Plá hizo Perico y Guillermina. En 1955 pasa a Editorial Abril, donde dibuja Uma-Uma para Rayo Rojo, y la serie Bull Rocket para la revista Misterix, ambas con guión de Oesterheld. Allí nace una de las duplas más importantes de la historieta argentina. Un par de años después brillarían juntos con este relato de una nevada mortal caída sobre Buenos Aires, y la odisea de Juan Salvo (el Eternauta), único sobreviviente que lucha por la resistencia. La tira fue publicada por primera vez en 1957 en la revista Hora Cero. En poco tiempo la historieta se transformó en un éxito mundial, reeditada, relanzada y leída por generaciones. 

Más tarde vendrían Amapola Negra, Flor Pampa, Marcianeros y la segunda parte de la saga de El Eternauta, todas junto a Oesterheld; Ana, Paraguay e Historias Tristes, creadas con su hijo Gabriel Solano; y Evaristo, un policial ambientado en la Buenos Aires de los ’50 ideada junto a Carlos Sampayo, por mencionar sólo algunas de sus obras.
Si hay algo que distingue a Solano es su capacidad de convertir cada cuadro de historieta, con sus personajes y atmósferas, en una obra de arte en miniatura. Muestra de eso es la reciente edición de la Solano Box, una inmensa caja en homenaje al artista –de la que sólo existen 500 únicas e irrepetibles unidades– que puede llegar a convertirse en la figurita difícil de coleccionistas y fanáticos: láminas con reproducciones del autor listas para encuadrar, serigrafías, e ilustraciones de artistas invitados de la talla de Ciruelo, Daniel Santoro, Benavídez Bedoya, El Tomi, Pol Maiztegui y Alcatena, entre muchos otros. 

Gentil e inquieto por la entrevista, el artista –que en octubre próximo cumplirá 83 años– recibe a Miradas al Sur en su casa del barrio de Almagro. Su humildad no lo deja hablar de este homenaje en vida que significa la edición de sus trabajos más emblemáticos. Prefiere en cambio conversar sobre su temprana pasión por el dibujo, su admiración por Oesterheld, y hasta su propia inquietud sobre los motivos que aún siguen haciendo que El Eternauta sobreviva en el tiempo. 

–¿Es cierta la anécdota que cuenta que al morir su padre, cuando usted tenía diez años, vio a su madre tirar los dibujos suyos que él guardaba, y tuvo un shock que lo llevó a dejar de dibujar por mucho tiempo?
–Yo no estaba enterado de que mi padre guardaba mis dibujos. Él no me hacía gran alharaca sino que recogía los dibujos que le gustaban cuando yo los dejaba por ahí tirados. Cuando falleció, en un rincón de su biblioteca tenía una pila de carpetas donde había ido archivándolos. Parece ser que mi madre no tenía mucho interés o, mejor dicho, trató de contrarrestar la pérdida y tiró todo. Después de eso estuve unos cuantos años sin dibujar. No me daba cuenta de por qué no quería dibujar más, pero por lo visto había un motivo importante en mi subconsciente. 

–¿Y cómo volvió al dibujo?
–A principios de la década del ’40, estaba pupilo en el Liceo Militar y los miércoles a la tarde, en el campo de deportes, era el día de visita de los familiares de los cadetes. A mí me venía a visitar mi madre, viuda ya, en compañía de mi hermana. Yo tenía 14 o 15 años y ella 9 o 10. Y entre las visitas había muchísimas chicas de mi edad, eran las hermanas, las amigas, las novias de mis compañeros. A esa edad, las mujeres eran un factor de interés muy fuerte. Entonces retomé la afición al dibujo, pero ya dirigida hacia otro factor de la realidad. 

–Volvió inspirado por las mujeres. ¿Y de chico qué dibujaba?
–A Tarzán peleando con los negros del África. Siempre era una visión aventurera. Lo que caracterizaba mi trabajo era el movimiento, la acción. Lo que me llamaba la atención eran las visitas al zoológico, al cine, las películas de aventura o de acción. 

–¿Y cómo ese pasatiempo se trasformó luego en una profesión?
–Mi padre había trabajado para la editorial Atlántida, entre otras cosas, y mi pretensión era suplantar a Raúl Manteola que era un dibujante chileno estupendo que hacía las tapas de la revista Para Ti. Yo quería ocupar su lugar y, aunque mis dibujos tenían muchos elogios, no lo conseguía. Así que pasó el tiempo y no me resignaba a hacer algún estudio académico únicamente. Tampoco tenía por parte de mi madre ningún apoyo, y no alcanzaba con el apoyo de mi tía. Era estudiante de Derecho, empleado de banco y dibujante libre, todo al mismo tiempo. Finalmente, lo que me satisfacía más era hacer ilustración de historias, de narraciones, de lo que fuera que contara una historia y que lo pudieran leer 100, 200, 300 mil lectores, que eran las tiradas semanales de las revistas de historietas de esa época. 

–¿Cómo lo conoce a Oesterheld?
–Cerca del ’51, cuando ya me había resignado a ir midiendo mis progresos de acuerdo con los rechazos sucesivos de las editoriales, fui contratado por Editorial Abril, donde conseguí que me dieran historias cortas. Había algunas que me gustaban mucho, las veía diferentes y las firmaba un tal señor Oesterheld. ¿Quién será éste?, me preguntaba. Su nivel de trabajo excitaba mi curiosidad, creía que era alguien que mandaba sus trabajos desde afuera. Resulta que era Héctor Oesterheld, quien tampoco pensaba dedicarse a la historieta. 

–Él era geólogo.
–Era geólogo y aficionado a la ciencia ficción. Tenía una gran cultura literaria, una gran apertura a la fantasía y una manera de tomar el estilo narrativo de la novela típica del siglo XIX y principios del XX. 

–¿Y cómo era trabajar con él?
–Trabajé varios años con Oesterheld, era muy soñador y habilidoso. Él tuvo la aventura de hacer sus propias historietas, con personajes no estereotipados, personajes a los que convertía en protagonista, se esforzaba mucho en volverlos héroes mucho más ricos e interesantes que lo que le proponían las editoriales, que era más parecido a los estereotipos que venían prefabricados de Norteamérica. Oesterheld me encargó distintas historietas, y tenía la habilidad de elegir muy bien a los ilustradores de sus narraciones. 

–Porque entendía que el dibujo era una parte fundamental de la historia.
–Eso fue precisamente lo que produjo el cambio. Por eso tuvo un éxito bárbaro entre los chicos que estaban terminando la primaria o en la secundaria. El nuevo estilo de Oesterheld incorpora a la historieta elementos de la narración de aventura dirigida a un público juvenil principalmente. Y a mí siempre me gustó ser el que descifra, el que visualiza a los protagonistas y crea el ambiente. La parte anecdótica de lo que ocurre en la historia prefiero dejar que otro la escriba y me sorprenda. 

–¿Por qué cree que El Eternauta se reeditó tantas veces y sigue vigente hoy?
–A mí eso mismo me llama la atención también. Creo que tiene que ver con cómo fue construida la historia, tanto desde lo narrativo como desde lo visual, con características que antes no existían. En aquellos años empecé a percibir que era posible dar un paso más hacia la intimidad de lo que significaba el repertorio de líneas, de recursos gráficos que un dibujante tenía a su disposición para crear los personajes. Se necesitaba una propuesta narrativa, un argumento en la trama de la historia que contuviera el valor agregado de profundizar un poco más en la personalidad de los actores, es decir que no sólo estén capacitados para pegar trompadas sino que sean personas. En El Eternauta había un contenido que respondía a los desafíos o a las situaciones dramáticas, que creaban una fisonomía y hacían pensar que detrás del personaje había una persona y no un muñeco. Ese fue el criterio con el que trabajamos. El desafío era transmitir algo real, con aliento de vida y no estar tan obsesionado por la creación de lo novedoso, lo extraño. Con eso se dejaba satisfecho al lector que podía reconocer a Juan Salvo, al que hoy le siguen teniendo cariño.
–¿Cree que abrieron un camino o logaron influenciar a otros jóvenes historietistas?
–Sí. Después de que dejé de trabajar con Oesterheld y después de su desaparición en manos de la dictadura militar –vamos a decir simplemente que se inmoló–, surgió toda una generación de dibujantes que terminaron siendo discípulos sin que hubiera un criterio orgánico de su parte. Juan Sasturain, por ejemplo, y toda su generación estuvo influenciada por ese estilo. Lo que ocurría con Oesterheld es que él escribía y era inagotable en su producción. Todos nosotros éramos jóvenes y cuando empezamos a trabajar con Oesterheld se produjo un cambio. Con lo que él nos daba como materia prima para ilustrar, conseguimos diferenciarnos y dar lugar a una capacidad de desarrollo de historias con un criterio y un contenido que no era frecuente. Algo que estaba más cerca de la novela y de las artes plásticas que del producto estereotipado que venía de Estados Unidos. 

SOLANO LÓPEZ PARA FANÁTICOS
La Solano Box –una maravillosa edición con un material digno de colección– es una publicación exclusiva de la que se editaron sólo 500 unidades numeradas, únicas e irrepetibles. Quienes quieran conseguirla pueden consultar en www.homenajesolanolopez.com.ar, y obtenerla con entrega a domicilio.

Deja un comentario

Archivado bajo 2º Año, El eternauta

Solano, a salvo

Por Juan Sasturain

Se acaba de inaugurar en estos días, en la sede central del Banco Nación, en el hall justo frente a Plaza de Mayo y la Casa Rosada, una exposición de páginas de historietas de Solano López. Le han puesto un título bárbaro, polisémico y sugestivo: Dibujos a salvo. No es necesario subrayar el doble sentido: por un lado, ciertas páginas que se exhiben –sobre todo las contadas y memorables de El Eternauta– son restos del naufragio generalizado de originales que han sufrido los millares de páginas de las primeras décadas de su producción: se han salvado –y él tiene– muy pocas; por otra parte, Solano ha dibujado largamente “a Salvo”, su personaje emblemático. Y ahí está Juan, una vez más, en secuencias inolvidables: la panorámica de la cabecera de puente de la invasión en Plaza Congreso antes del bazucazo de Franco, por ejemplo.

La exposición permite comprobar, una vez más y como si fuera necesario, las cualidades de este narrador gráfico excepcional pero también descubrir –para agradable sorpresa de muchos– cuánto más y “mejor” dibujaba Solano de lo que se veía publicado, qué poca justicia hacían las condiciones técnicas de reproducción de las revistas baratas de historietas de hace cincuenta años con su trabajo (y el de tantos otros creadores, claro). La reciente edición europea de El Eternauta, en la que se utilizó, para su realización, un ochenta por ciento o más de las planchas originales (en mano, desde hace décadas, de un coleccionista privado), ha permitido, por fin, ver impresa la primera obra maestra de Solano como su arte y el de cualquier artista se lo merecen.

Esta exposición de Dibujos a salvo, que además de aquellas páginas míticas incluye sobre todo obras de los años ochenta –sus versiones de Cabecita negra, de Rozenmacher, y de Operación Masacre– de Walsh, más episodios de Evaristo, la historieta realizada con Carlos Sampayo– confirma a Solano, con pluma, pincel, lápiz o Rotring, como uno de los últimos grandes cultores del relato clásico en su modalidad original: el blanco y negro. Al respecto, una vez más nos gustaría señalar ciertas precisiones que a veces suelen desdibujarse en la apreciación contemporánea.

En una secuencia memorable de El estado de las cosas, una bella y extraña película de Win Wenders de los ochenta, el personaje que es y compone el veterano Sam Fuller –al alemán Wenders a menudo le gustó sumar / citar a algún director yanqui arquetípico de la época de oro en sus filmes, que siempre hablan de cine–; Fuller, digo, le explica a alguien que no recuerdo, en un viejo bar de Lisboa, que si bien lo que conocemos como la realidad es en colores, en las películas el blanco y negro es más verdadero. El efecto de realidad –dice el veterano– es mayor en blanco y negro. Y claro que sí. Qué bárbaro.

Y no por casualidad me acuerdo de la cita –como me ocurrió cierta vez al referirme a las cualidades de Milton Caniff– al volver ahora, con esta exposición, sobre el arte de Solano López, sobre el efecto Solano, digamos. Y a él le cabe, perfectamente, lo de Fuller. Dímelo de nuevo, Sam: el blanco y negro de Solano es, sencillamente, verdad. Las cosas son así. El Buenos Aires de El Eternauta o de Evaristo; los suburbios, las callecitas, los colectivos, los interiores: cocinas, mesas con hule, livings, la gente, son ciertos… Sobre todo la gente puesta en situación: cómo les cae la ropa, les calza el sombrero o el casco, los moja la lluvia.

Acaso parezca o sea así porque el mundo más entrañable que Solano evoca y dibuja de memoria, el universo que lleva puesto, el de los cincuenta y sesenta, era un mundo que el cine solía fotografiar –de la ciencia ficción clase B al policial clásico o al costumbrismo argentino– en ese blanco y negro de matiné con tres películas: el color, como pasa con los clásicos yanquis coloreados por Turner para la tevé, le quitaría carácter, lo falsearía como alguna versión de El Eternauta en fascículos de la que no quiero acordarme. Y hay otra cosa respecto del efecto de realidad en Solano, otra aproximación en el mismo sentido. Hace unos años, tratando de describir en qué consistía el encanto y la soberana autoridad de su dibujo, concluimos –metafórica, arbitrariamente– en que Solano dibujaba gente que existía según peso y medida, que andaba por ahí. Más precisamente: que más allá de la precisión anatómica –músculo más o menos, escorzo logrado o forzado– había carne, huesos, nervios y grasa bajo el saco, la camisa arrugada de los hombres, tras la bufanda o los ojos vacíos de los hombres robots, dentro de los vestidos apretados o los escotes sudados de las mujeres.

Eso, por ejemplo: hay muchos buenos dibujantes de mujeres hermosas, que no existen… En cambio las nenas, las minas que dibuja Solano, más o menos vírgenes, hermosas o sensuales, sí; pendejas tersas o veteranas fuertes de arrugas, formas pasadas y repasadas por la vida, existen, están ahí. Tienen calle y carnadura. Un notable guionista, coequiper y conocedor cercano del dibujante, el inolvidable loco Barreiro, solía decir que la razón era muy simple: “Solano siempre la puso”, sostenía Ricardo, usando un lenguaje un poco más crudo. Es decir: la respuesta estaba fuera del tablero y de la tinta china, estaba en la vida, en la manera de vivir. Cuando dibuja, Solano sabe de qué se trata. Y lo mismo que decimos de sus mujeres cabe para sus viejos, esos criollos, esos cabecitas, esos obreros, canas, chorros, vigilantes; sus desolados hombres robots, incluso las manos de El Eternauta, atravesados por una paradójica, carnal humanidad.

Epico, lírico, sensual –expresivo sin ademanes– Solano es, además, y cabe repetirlo, un narrador excepcional. Solano fluye. Porque cuenta con pincel, con lápiz o con Rotring como todos pero con una intuición narrativa y una sensibilidad extremas, como casi nadie.

Por eso, ya lo hemos dicho otras veces y lo repetimos ahora: grande, Solano.

Deja un comentario

Archivado bajo El eternauta

El eternauta, en breve, héroe de la pantalla grande

La salteña Lucrecia Martel -directora de La ciénaga, La niña santa y La mujer sin cabeza- tiene entre manos su cuarto trabajo: la adaptación al lenguaje audiovisual del cómic El eternauta, de Oesterheld y Solano López. Aquí, un fragmento de la conferencia de prensa en el que la directora habla del proyecto de convertir a Buenos Aires en una ciudad con un colchón de nieve.

Luego de varios intentos fallidos y de adaptaciones en formato de dibujo animado, El eternatura posiblemente se podrá ver en las pantallas de cine durante 2010.

1 comentario

Archivado bajo 2º Año, El eternauta